Mi madre era una mujer áspera, de personalidad seria y de carácter amargado. La mayor parte de la comunicación que tenía con mi padre y conmigo se basaba en dar órdenes e indicaciones y hacer reclamos. Tanto el mundo de mi padre como el mío giraba en torno a sus dictámenes y normas, ajustándonos a rutinas diseñadas por ella.
Cada domingo se detenía en la entrada de mi habitación y con la intención de captar mi atención le daba un par de toques a la puerta a pesar de que ya se encontraba abierta. Al voltear la veía ya arreglada, peinada con su cabello hacia atrás a la altura de los hombros.
—Alístate para ir a misa —decía con una postura correcta.
Sus pechos se veían bastante acentuados a pesar de que usaba siempre dos capas de tela, poniéndose una camisa de botones sobre la cual se colocaba un suéter. Sus caderas eran anchas y la falda que le llegaba por debajo de sus rodillas le hacía un culo estupendo, firme como sus pantorrillas y piernas voluminosas.
Se quedaba en la puerta en silencio hasta que veía que comenzaba a cambiarme de ropa, como me había ordenado. Mientras ella permanecía ahí yo trataba de no mirarle. Siempre me daba la impresión de que se quedaría allí parada hasta que me quedase en boxers, pero no lo hacía, justo antes notaba que se alejaba por el sonido de sus tacones cortos.
Odiaba ir a la iglesia, pero mi madre era muy religiosa y nos hacía ir sin falta. Al igual que nos hacía rezar al despertarnos, antes de cada comida y por las noches. Parecía que estuviese luchando ella misma contra el diablo y escuchaba al cura siempre asintiendo con la cabeza. Luego me enteré que siempre quiso ser monja, pero por alguna razón no había podido. Menos mal que no fue así.
El evento trágico llegó cuando fui descubierto mirando mangas pornográficos en mi ordenador. Mi madre se puso histérica y completamente indignada le ordenó a mi padre que me enviara a un internado. Les imploré que no lo hicieran, pero no me hicieron caso.
Al contrario de lo que mi madre pensaba, el internado tuvo en mi un efecto corruptor, pues todos los jóvenes que me encontré ahí eran unos auténticos rebeldes y sinvergüenzas.
Un día, mientras me encontraba limpiando uno de los salones, un grupo de chicos pasó a mi lado y los observé con curiosidad. Me dio la impresión de que estaban gastándole una broma a alguien o de que tramaban algo.
—Oye tú —dijo uno—. ¿Vienes?
No sabía a dónde se dirigían, pero asentí con la cabeza. Dejé la escoba y la pala a un lado y los seguí. Fuimos hasta un rincón en la parte trasera de las instalaciones. Era el lugar donde se hallaban los contenedores de basura. Uno de los chicos sacó una caja de cigarrillos.
—¿Fumas? —preguntó mientras me ofrecía uno el mismo chico que me había invitado a ir con ellos.
Lo tomé a pesar de que no era fumador.
—Entonces estás aquí por haberte hecho una paja —dijo el chico.
Agaché la cabeza. No sabía cuánto le había dicho mi madre a los encargados del internado, ni cómo es que esa información era del conocimiento de él.
—Menuda tontería —dijo otro de los muchachos—. Todo el mundo se la jala. Hasta el cura.
Todos sonreímos.
—¿Qué clase de pornografía veías? —preguntó el chico—. ¿De lesbianas?
No quise decir la verdad por miedo a quedar en ridículo, así que aproveché para darle una aspirada al cigarrillo. Todos se rieron cuando comencé a toser.
—Yo me la he jalado mirando transexuales —dijo un tercer chico, uno que era gordo.
Los otros chicos y yo nos reímos.
—¿De qué se ríen? —replicó—. Si vieran de lo que estoy hablando ustedes también se la jalarían. Están buenísimas, parecen mujeres reales.
—¡Pero con penes! —dijo el segundo chico.
—Ya dejen de hablar de esas cosas que luego vamos a terminar haciéndonos otra paja grupal —dijo el cuarto y último de los chicos.
—Cállate
—Sí, cállate
Los otros tres chicos comenzaron a golpear sus brazos.
—No lo escuches —dijo el primer chico—. Está hablando de la vez que veíamos a la hermana Luciana desvestirse.
—Sí, sí, cuéntale de eso —dijo el chico gordo.
—Deberíamos follarnos a una de las monjas —dijo el segundo chico.
—Ya quisiéramos —dijo el gordo.
—No, no, en serio —dijo el segundo chico—. Una de las monjas tiene cara de que quiere verga. Tiene esa mirada y sonríe de esa forma.
—¿Cómo se llama? —preguntó el primer chico.
—No sé cómo se llama —dijo—. Es una de las jóvenes. Esa que trabaja en la enfermería.
—Ya sé cuál es —dijo el primer chico—. Es verdad, es verdad, esa monja tiene cara de mala… Y está buenísima.
—Sí —dijo el segundo chico—. Tiene buenas tetas.
Ese día conseguí con quienes pasar mis ratos libres; Marcos el primero, Martín el segundo, Pablo el tercero y Álvaro el cuarto. Eran chicos rebeldes, todo lo contrario a lo que yo era.
—Me la he follado —llegó un día diciendo Marcos.
—¿A quién? —preguntó Martín.
—Pues a quién va a ser… A la monja de la enfermería.
—No puede ser —dijo Martín—. ¡Me has robado la idea!
—Ufff que rico —dijo Pablo.
En este punto ya todos sabíamos de quién estaba hablando. Y sí, estaba buenísima.
—Vamos —dijo Álvaro—. Cuenta, cuenta.
—Esperé a que estuviera sola en la enfermería y fui quejándome de un dolor —dijo Marcos—. Cuando me preguntó que parte me dolía se la saqué tiesa.
—Noooo… jajaja —dijo y rió Pablo.
—No te creo —dijo Martín.
—Y qué hizo… —preguntó Álvaro—. ¿Qué hizo?
—Sonrió —dijo Marcos—. Luego nos fuimos junto a la camilla que es la parte que está cubierta por la cortina y me la chupó.
—Que zorra… —dijo Martin— Lo sabía.
—Luego terminé acostado en el suelo y la hija de puta se subió la falda y se bajó la bombacha —dijo Marcos—. Yo le cogí las tetas sobre el uniforme.
Pablo metió su mano adentro de sus pantalones.
—La tengo dura —dijo Pablo.
—Todos la tenemos dura —replicó Álvaro a Pablo—. Continua —dijo dirigiéndose a Marcos.
—No… nada… No hay más nada que contar… —dijo Marcos—. Agachada me dio unos fuertes sentones hasta hacerme acabar.
—Seguro acordaron volverse a ver y no nos quieres decir —dijo Martin con un tono de voz que dejaba a ver que estaba algo celoso.
Marcos nos miró a todos.
—¿Quieren que le diga que lo haga con ustedes? —nos preguntó.
Nos miramos entre nosotros.
—Me van a deber un gran favor —dijo Marcos finalmente.
De ahí nos fuimos todos a la enfermería.
—Esperen aquí —dijo Marcos en el cruce del pasillo en el que se encontraba la enfermería—. Denme cinco minutos y luego entran.
Esperamos con ansias mirando que no viniera nadie. Luego nos acercamos lentamente, pero antes de que llegáramos a la puerta esta se abrió y Marcos se asomó haciéndonos un gesto para que nos diéramos prisa.
Todos entramos a la enfermería y nos quedamos perplejos. La monja se encontraba en pelotas. Era de cabello oscuro, grandes tetas y vello púbico tupido.
—Hola, chicos… —dijo sonriendo—. Me comenta Marcos que a todos les duele la polla. ¿Es así?
Primero fue Martin, pero luego todos seguimos su ejemplo y nos comenzamos a sacar las pollas de los pantalones. Todos me vieron al mismo tiempo, asumí equivocadamente que era porque la mía era la única polla que no habían visto.
—Vaya… vaya… —dijo la monja—. Muy bien, chicos… muy bien… ¿Quién será el primero?
—Él —dijo Marcos señalándome.
La monja le devolvió una sonrisa y una mirada cómplice y luego se acercó a mí. Me puso las tetas en la cara y de frente se la ensartó ella sola. Me llevó al cielo en un segundo.
Marcos se acercó por detrás, se sacó la suya, se abrió espacio entre sus nalgas y se la metió en el coño él también. Éramos dos de nosotros los que se la teníamos ensartada.
—Joder… no me lo creo —dijo Álvaro.
Pablo se estaba pajeando y Martín nos miraba en silencio. Metí mi cara entre sus tetas y ella las juntaba para presionarlas en mi rostro mientras Marcos la embestía desde atrás.
—Oh… oh… —gimió Pablo al correrse en el suelo.
—Eres un imbécil, Pablo —dijo Álvaro—. Ahora no te la vas a poder follar.
—No, no, no, no… que tonto soy —dijo Pablo.
—Oh… oh… oh… —gimió Marcos acabándole en el coño.
Se la sacó.
—Es mi turno —dijo Martín.
La monja me rodeó los hombros con las manos e hizo algo con su coño que me venció.
—Oh… ah… —gemí y disparé un chorro de esperma mientras hundía mi cara en sus tetas y la abrazaba fuertemente contra mí. Una mezcla del semen de Marcos se mezclaba con el mío y los fluidos de la monja.
Caí sentado en el suelo. La monja me había desvirgado.
—Ahora voy con ustedes, muchachos —dijo sonriendo y se giró hacia Martín y Álvaro.
Se arrodilló tomándoles las pollas. Y luego se metió la de Álvaro en la boca. La succionó con fuerza y este le dejó la boca llena de esperma pastosa, luego se la jaló a Martín hasta que este le dejó las tetas llenas de leche líquida.
—Bueno ya está —dijo la monja—. Que buenas vergas tienen, muchachos. Pueden venirme a visitar cuando gusten, pero con precaución.
—Sí, si —dijo Pablo eufórico.
—Pero que sea de uno a la vez, chicos —dijo—. No queremos que nos pillen. Bueno, hasta luego… no olviden rezar por mí.
Así fue que gracias a Marcos pasamos dos años rotándonos para follarnos a la monja de la enfermería. Se llamaba Claudia y tenía veinticuatro años. Me la follé incontables veces y me enseñó una gran cantidad de cosas, con ella aprendí a perderle el respeto a todo.
Cuando llegó el día en el que volveríamos a nuestros hogares me despedí de aquellos chicos y quedamos en volvernos a ver, pero en realidad no sabíamos si eso iba a ocurrir.
Al regresar a casa mis padres me recibieron de buena manera, como fingiendo que no me habían enviado a un internado, como si hubiese sido idea mía irme. Me abrazaron y luego pasamos a sentarnos en la mesa para tener una cena familiar. Lo que no sabían es que ahora ya no los veía como si fueran una autoridad, es verdad que había perdido el acceso a la pornografía en aquel lugar confinado al que me enviaron, pero solo la había cambiado por sexo real, había perdido mi virginidad en un trio, en un “todos contra una” con una monja que de monja solo parecía tener el uniforme, había adquirido el mal hábito de fumar, había aprendido a romper las normas por placer, a no tomar en serio a la autoridad, a mofarme de todo el que quisiera controlarme o someterme. Ahora era libre, ya no sentía culpa ni remordimiento.
—Supongo que ahora iniciarás en la universidad —dijo mi padre intentando iniciar una conversación conmigo.
—El mes que viene empezará a estudiar medicina —respondió mi madre—. Ya investigué e hice las solicitudes.
En ese momento supe que mi padre había hecho esa pregunta solo para ponerle la alfombra a mi madre. De esa forma me hacía saber lo que ya había planeado para mí.
—¿Te ha crecido el pecho? —dije mirándola a la cara.
—¿Qué has dicho? —respondió ella.
Mi padre se quedó estupefacto.
—Te las veo más grandes… —dije—. ¿Te has puesto implantes?
Mi padre escupió el agua en su comida.
—Es todo —dijo mi madre tajantemente y se levantó de su silla—. Mañana vamos a misa.
No se dijo nada más, mi madre recogió la mesa y yo me marché a mi habitación.
—¿Qué es esto? —dije al ver que mi habitación no tenía puerta.
Volví a la cocina.
—¿Qué ha pasado con la puerta de mi habitación? —dije.
—Hay dos opciones —dijo mi madre—. El ordenador o la puerta. Con tus antecedentes no puedo permitir que vuelvas hacer esas cochinadas. Sé que el internado debió solventar ese problema, pero es mejor evitar la tentación.
Me hirvió la sangre.
—Yo creo que lo que tú quieres es verme la polla —dije comenzando a desvestirme.
Mi padre no hallaba donde meterse.
—Esto es lo que querías ver —dije sacudiéndome la polla flácida con todo y huevos—. Mírala, mírala.
Mi madre me había dado la espalda antes de que me hubiese dado chance de desvestirme.
—¡Tu haz algo! —le gritó a mi padre. Él enseguida vino hacia mí. Tomé mi ropa y me fui a mi habitación.
—Tranquilo —dijo mi padre que venía siguiéndome—, mañana colocaré la puerta otra vez. Sabía que era demasiado, pero sabes cómo es tu madre.
—Dile que me voy hacer una paja —dije—, que para eso no necesito la puerta.
Obviamente mi padre no le dijo que yo había dicho eso. Al día siguiente fuimos a misa.
Noté que un chico se encontraba solo, apartado de los demás.
—¿Qué le pasa? —le pregunté a una señora que se encontraba sentada a mi lado.
—Es homosexual —dijo—. Al señor no le gustan esas perversiones.
En ese momento elucubré un plan para quitarme la misa de los domingos de encima. Me levanté y me senté al lado del chico. A mi madre se le iban a salir los ojos de las retinas.
Al terminar la misa mis padres se acercaron cuando íbamos saliendo de la iglesia.
—¿Qué hacías con ese chico? —dijo mi madre—. Es homosexual, ¿lo sabías?
—Tengo algo que decirles —dije—. Necesito que tengamos una conversación cuando lleguemos a casa.
Los dos se me quedaron viendo sin saber que decir. Al llegar a la casa se sentaron los dos frente a mí.
—Mamá… papá… —dije—. Ayer no me comporté de la mejor manera. Debo pedir disculpas por las cosas que dije y las cosas hice… no, espera, déjenme hablar —dije al ver que mi padre iba abrir la boca para decir algo—. No estuvo bien hablar sobre tus pechos ni tampoco haberme quitado la ropa frente a ustedes. Lo siento. Estaba molesto porque me habían enviado a ese internado y al ver que actuaban de esa forma, como si no hubiese pasado nada, perdí el control. No intento excusarme… Ustedes solo han hecho lo mejor que han podido…
Tomé un trago de agua. Mi padre tenía una expresión en el rostro razonable, mi madre permanecía seria.
—Sin embargo… —retomé la palabra—… debo confesarles algo. Hoy, como vieron, estuve conversando con Ricardo.
La expresión de mi madre cambió. Parecía estar a punto de explotar.
—No sabía que alguien gay como él podía compartir nuestra fe —dije—. Creo que hablar con él me hizo aceptarme.
Mi padre volteó a mirar a mi madre, parecía que él ya se había dado cuenta también.
—Mamá… papá… soy…
—No —dijo mi madre—. No lo eres.
—Sí, mamá, sí lo soy —dije.
—¡Que no! —dijo.
—En el internado unos chicos que hicieron chupársela y me gustó —dije eso rápido, dejándolo caer como si fuera una bomba—. Me follaron, mamá, me follaron.
—¡Aaaaaaaaaaaaaaaaaaah! —gritó.
Mi padre otra vez no sabía dónde meterse.
—Te vas a ir a estudiar medicina y luego te vas a casar con una mujer decente —dijo mi madre.
Ahí terminó la conversación. Luego dejé que las cosas se calmaran durante el transcurso de la semana, pero cuando el domingo llegó, mi madre se volvió a detener bajo el marco de la entrada. Esta vez no tenía la puerta para tocar.
—Sabes que hoy hay misa —dijo con su cuerpo mirando hacia mí, pero mirando hacia el otro extremo de la habitación.
Me encontraba en boxers sobre la cama. Me levanté de la cama con cierta actitud retadora, quería que supiera que no estaba contento en ir, el plan gay había fallado.
Me le quedé mirando y volteó a verme. Hicimos contacto visual y luego desvió la mirada hacia el extremo de la habitación nuevamente. Sonreí y me quité el bóxer.
Caminé hacia ella hasta ponerme a escasos centímetros.
—¿Qué haces? —dijo. La noté algo tensa.
—¿Quieres mirarme la polla?, mamá —dije en un tono de voz bajo mientras me rascaba los huevos—. ¿Es eso?
No respondió y se puso muy tensa.
—Mírala —le susurré.
No dijo nada. Rápido le tomé la mano de la muñeca y la llevé mi miembro.
—¡Qué haces! —dijo retirándola rápidamente—. ¿Acaso te volviste loco?
Se giró y se marchó.
Joder. Intentaba hacerla molestar, pero se me había puesto dura.
Me vestí y me subí en la parte trasera del coche. Luego llegamos a la iglesia y me senté a su lado. Tanto en el coche como en el banco de la iglesia no pude dejar de mirarle el cuello, las orejas y los pies. Comencé a recordar que en realidad mi madre siempre se me había hecho una mujer muy… muy… bonita.
Después de la misa del domingo volví a pedirles que tuviéramos una conversación. Mi madre se negó, dijo que ya todo lo que se tenía que decir estaba dicho, no obstante, cuando le dije que en realidad no estaba seguro de si era gay o no, decidió escucharme.
Me quedé callado y mirándola pensé en que pronto la llevaría a la cama.
—Mamá, creo que lo que necesito es tener relaciones sexuales —dije—. Acostarme con una mujer.
Me escuchó en silencio.
—Mamá, necesito que me ayudes —dije.
Por primera vez la vi mirarme con una expresión que mostraba comprensión. En realidad no era una mala madre, antes de enviarme al internado yo era feliz siguiendo sus normas, mi único pecado era tener libido.
—Sé a lo que te refieres —dijo—. No has sido un mal hijo, nunca lo fuiste. Tampoco eres eso que dices ser, solo lo haces para provocar mi ira. No lo conseguirás de esa forma. Lo he pensado mucho y he intentado ayudarte enviándote a ese internado, pero por lo visto no ha funcionado. Mi intención siempre ha sido ayudarte, sé qué es lo que te pasa… y eso es imposible.
—Mamá… —dije.
—No —replicó.
—No he sido honesto contigo —dije tratando de sonar honesto a pesar de que lo que quería en ese momento era quitarle la ropa interior—. Sé que he estado mal todo lo que he hecho, pero no sé, no sé cómo lidiar con esto. Necesito tu ayuda…
—Jamás… —dijo—. No para eso.
—Sí me ayudas terminaré haciendo cosas peores que la pornografía o… bueno… no soy gay, pero no creo que eso tenga nada de malo —dije.
—Busca a Dios —dijo y se retiró.
Pasaron algunas semanas en las que seguí asistiendo a misa, ayude en casa, me volví más conversador e incluso ayudaba en los quehaceres. Me había vuelto a convertir en su niño bueno. Todo estaba listo para que me fuera a estudiar a la facultad de medicina. El día antes de irme mi madre se acercó a mí.
—He pensado mucho en el problema que te aqueja —dijo—. El que me comentaste la otra vez. Le he dado vueltas y también he llegado a la conclusión de que necesitas hacerlo para finalmente poder trascender ese problema. Mi intención es ayudarte.
La miré sin entender muy bien a que se refería.
—¿Qué estas intentando decir? —pregunté.
—Pídemelo de frente —dijo—. Con tu padre presente. Sí el acepta, entonces te ayudaré. Ya he hablado con Dios. Eres mi hijo, necesitas mi ayuda y te la daré.
Sí lo único que tenía que hacer para que accediese a acostarse conmigo pedir a mi padre que me dejara follar con mi madre, entonces lo haría sin pensarlo. Los volví a tener sentados frente a mí.
—Papá… —dije. Debía ser respetuoso y cuidar muy bien mis palabras. En sus manos estaba la decisión de si podría o no poder acostarme con mi madre.
—Supongo que mamá te ha comentado la situación… —dije.
—Lo ha hecho —dijo interrumpiéndome.
—No debes explicar nada —dijo mi madre—. Solo pídeselo.
La miré a ella, luego a él, después a ambos. Bajé la cabeza e hice como si me lo estuviera pensando, luego los volví a mirar.
—Papá, me quiero acostar con mamá —dije—… es decir… ¿Me dejarías tener relaciones sexuales con ella?
—Lo que me pides es difícil, hijo —respondió—. Está mal visto a los ojos del señor. No solo porque es la carne de tu madre, sino porque lo que me pides es adulterio. Tu madre es mi esposa…
—No te atrevas a decir que no, viejo hijo de puta —pensé.
—Sin embargo, ella me ha sabido explicar muy bien el problema que tienes —dijo—. Y yo también considero que esa puede ser la solución. No queremos que te vayas a estudiar medicina y regreses luego peor de lo que has regresado del internado. Por ese motivo voy a permitir que folles a tu madre.
Mi madre lo miró sorprendida, y no me pareció que fuera por su respuesta positiva, sino por el término que había usado y la forma en la que lo había dicho.
—Pero… —dijo—. deberás hacerlo con ciertos términos.
—Claro, papá, por supuesto —dije saboreando la victoria.
—Será en la habitación de abajo —dijo—. No será en la tuya ni en nuestra habitación matrimonial.
—Me parece un trato justo —dije.
—Muy bien —dijo él—. Y deberás esperar hasta mañana.
—Pero mañana me voy —dije.
—Exactamente —respondió—. La idea es que al terminar te marches.
No era un mal plan. Me la follo y luego me voy a la universidad. Era un final feliz. Por lo menos para mí lo era.
—Está bien —dije—. Si esas son tus condiciones las acepto.
Esperé el momento con ansias hasta que llegó. Entré en la habitación y me desnudé, acomodé las almohadas para apoyar mi cabeza y me acosté en el medio de la cama listo para presenciar un espectáculo. Miré hacia el viejo reloj que se encontraba en la pared. Faltaba poco.
Me emocioné cuando escuché la puerta abrirse. Mi madre pasó a la habitación mirando hacia abajo. Se dio la vuelta y cerró la puerta. Dio unos pasos más hasta quedar frente a la cama. Evitaba mirarme. Se quedó inmóvil pensando.
¿Debía decirle algo?, ¿debía acercarme?
—Mamá… —dije sin saber muy bien qué era lo que le iba a decir.
—Shsssss… silencio —dijo—. Ya voy.
Comenzó a quitarse el suéter, se lo zafó por arriba de la cabeza y de último dejó las mangas. Me enmudecí al ver que comenzaba a desvestirse. ¡Iba a ver su cuerpo desnudo!... No me lo podía creer.
Se sacó la camisa que llevaba metida debajo de la falda y comenzó desabotonarla. Al terminar con el último botón yo ya la tenía dura.
Se quitó la camisa y al igual que había hecho con el suéter la dejó caer en el suelo. Su piel era blanca y en los brazos y en el abdomen tenía algunos lunares y manchitas. Su brasier sujetaba sus grandes tetas sin apretarlas ni levantarlas.
Se giró la falda para que la cremallera le quedase a un lado y la bajó. Inclinado su torso hacia delante la deslizó por su culo y muslos y luego la dejó caer. Con dos pasos con los que hizo sonar sus tacones se la terminó de sacar.
Tenía una bombacha grande de color beige, de esas que cubren todo el culo, pero que se ajusta perfectamente haciendo como de segunda piel.
La cabeza de mi miembro se humedeció mirándola desvestirse.
Levantó un pie hacia atrás, flexionando su rodilla, y se sacó un tacón con la mano. Lo dejó caer al suelo y luego repitió la acción con el otro pie. En ese momento llevé ambas manos detrás de mi cabeza y entrelacé mis dedos para sostenerla. Mis ojos estaban por presenciar como mi rigurosa madre se quedaba en pelotas, exactamente como su querido dios la trajo al mundo.
Se detuvo un momento para respirar profundo.
—En el nombre de dios —la escuché decir antes de llevar sus manos a su espalda para desabrochar su brasier.
Al sacárselo por delante vi como sus tetas caían gloriosamente, las puntas delimitadas por los pezones hacían un intento por volver alzarse. Tuve que inclinarme hacia delante para mirarlas mejor.
No podía creer que alguna vez llegué a chupar esos pezones. Si bien siempre pude llegar a imaginar que mi madre tenía buenas tetas, ahora que las veía pensaba que no podía haber imaginado algo mejor. Las que tenía se me hacían perfectas. Hasta me sentí orgulloso, de alguna extraña forma sentía que sus tetas eran tan bien las mías, o las que me habían tocado al nacer. El reencuentro con las tetas de mi madre más que excitado me hacían sentir feliz.
Luego metió sus pulgares a los costados de su bombacha y la bajó hasta las rodillas, luego, levantando primero una pierna y luego la otra, se la sacó. Lo hizo todo rápidamente. Apenas pude vislumbrar una mata de vellos antes de que se tapara con una mano. Lo mismo hizo luego con las tetas. Tuvo que hacerlo… se cubrió como pudo para entonces poder finalmente alzar el rostro y mirarme.
Su mirada me encontró sentado y con la polla tiesa. Aunque evitó mirármela. También noté que evitó mirarme el pecho o las piernas. Me miraba directo a la cara. No logré descifrar su rostro. Sentí ganas de decirle algo obsceno para ver si de esa forma perdía un poco el pudor, pero tenía miedo a espantarla y que se arrepintiera, así que solo me limité a mirarla.
—¿Cómo quieres hacerlo? —me dijo—. ¿Dónde me pongo?
—Ven —dije y vino subiéndose sobre la cama.
Me puse de pie, mis pies hundían el colchón. Le puse mi polla cerca del rostro. Noté que su mirada se iba arriba, hacia otro lado, intentando no mirarla.
—Mirarla —dije sujetándola del cabello—. ¡Mírala! —grité impaciente.
Trató de no hacerlo, pero al final cedió. Observó mi polla dura a centímetros de sus ojos. De pronto la seriedad de su rostro se fue desmoronando e hizo un gesto para contener el llanto, movió la cara apretando sus dientes y cerrando la boca como quien no quiere abrirla para que no le den de comer.
Entonces se hizo consciente de que yo permanecía inmóvil y de que a pesar que la sujetaba del cabello no la estaba obligando a nada. Se detuvo y miró la polla con los ojos bien abiertos, oliendo el aroma que esta destilaba. Inhaló y tragó saliva frenando definitivamente las lágrimas que no llegaron nunca brotar.
Lo que vino a continuación no me lo podía haber esperado jamás. Una actitud animal casi demoniaca se apoderó de ella y me la comenzó a devorar. El cambió fue tan brusco que hasta yo me había quedado inmóvil de la impresión.
Glag, glag, galg, glag, glag…
—OoooOOOoooh… dios… sí… ah… —exclamé en voz alta, debía escucharse incluso afuera de la habitación.
Mi madre me devoraba la polla salvajemente. En realidad lo hacía de una forma muy brusca e incluso me dolía un poco porque me rosaba con sus dientes, pero el placer de tenerla comiendo mi miembro con ese grado de iniciativa me daba incluso más morbo que su sumisión.
—Joooder… así, así te quería… ufff… mmm… puta… —dije.
Se detuvo con mi polla metida en la boca hasta el fondo y mirando hacia arriba, buscando mis ojos me clavó una mirada felina. Yo aún la tenía cogida por el pelo, pasé mi mano por su rostro y luego la sujeté del cuello.
—Te voy a follar la boca —le dije—. Reza mientras lo hago.
Ni se inmutó, seguía clavándome la mirada.
—¡Zorra! —dije tras comenzar a menear mi polla en su boca al ritmo del trote de un caballo.
Miré hacia la puerta al ver que esta se abrió. Era mi padre. Miró con incredulidad como corrompía la boca de su esposa, lo que lo hizo llevar una mano a su cabeza del asombro. Luego nos volvió a dejar solos.
Sonreí. Si durante la petición del día anterior me había parecido revelador el hecho de que mi padre usara el término “follar” para describir lo que él me permitiría hacer con mi madre, ahora yo había podido interpretar que se había excitado al ver que en efecto pude hacer ceder a su esposa, de hecho, ciertos rasgos de sorpresa en su expresión me revelaban que esto había llegado a un plano inimaginable en el que estaba cumpliendo incluso hasta las propias fantasías que él tenía y no podía satisfacer.
Había conseguido liberar a la bestia y al mismo tiempo había hecho que se doblegara.
—Aaaah… aaah… —jadeé.
Se la saqué de la boca y le di unos vergazos en la cara. Tenía el pecho y el rostro ruborizado.
—Date la vuelta y colócate en cuatro —le dije.
Se giró y se colocó como se lo pedí.
Tassssssss… le di una nalgada.
—Que buen culo —le dije—. El mejor de toda la misa.
Volteó y me volvió a dirigir esa mirada brutal.
—No me mires así —le dije—. O es que acaso crees que el cura no ve como se te marca el culo en la falda. Lo he visto y sé que piensa lo mismo que pensamos todos… mmmm… —dije acomodándosela—. Aquí… aquí… te la voy a meter, mamá… mmmm… mmmm… —gemí mientras se la iba introduciendo—. Oh… aaah… ya está, así…
La tomé de las caderas y comencé a embestirla.
Plop… plop… plop…
—Joder… la tienes bastante estrecha eh… —dije.
Me miró sobre su hombro clavándome esa mirada que de apoco comencé a interpretar como de enojo.
Plop, plop, plop, plop, plop, plop, plop, plop, plop, plop, plop…
La follaba rápido y duro, estaba seguro que mi papá se encontraba afuera escuchando como embestía el coño de mamá de formas que él no podía ni siquiera imaginar. Llegué a pensar que mis padres solo lo hacían de misionero y que seguramente ella ni le miraba la polla.
Tasss… tasss… le di un azote con la palma en cada nalga.
—Por qué no gimes —pregunté desafiante—. ¿Ah, mamá?, ¿no vas a gemir?
—AaaaaaaaaaaaAAAAAAAAAAAaaaaaaaaaah —soltó un grito desgarrador que debió escucharse cuando menos en toda la casa—… Mmmmmmmmmmmmmmm… —suspiró.
Mi padre abrió la puerta con mucha travesura y esta vez al hacerlo se encontró con la mirada de mi madre. En mi cuerpo pude sentir la ira de mi progenitora. La expresión en el rostro de mi padre fue de pánico e inmediatamente cerró la puerta.
Mi madre entonces comenzó ella misma a mover su culo acompasándose a mis embestidas para hacer que el choque fuera más contundente.
—Mmmm… oaaah… —gemí—. Así, así, joder, que rico…
Me fui sobre ella y le sujeté los brazos, me excitó que los tuviera un poco blandos y los comencé a punzar con mis pulgares. Le mordí el hombro. Duro, lo hice duro, quería dejarle una marca.
—Aaaaah… —exclamó.
Bajé mis manos y la sujeté de sus muñecas, luego me erguí tirando de sus brazos, extendiéndolos hacia atrás mientras ella seguía clavándose mi polla por si misma mientras le bamboleaban las tetas.
Solté sus brazos y le sujeté las tetas, tirando de ellas hacia atrás con algo de fuerza hasta que se fueron escapando de mis manos. La tomé de la cintura, poniendo mis piernas bajo las suyas, y luego acomodándola hasta dejarla sentada sobre mi polla.
—Ves… —le dije al odio en tono conciliador—. Te está gustando. Apuesto a que no habías follado así antes. ¿O sí?
Se detuvo. La miré como esperando una respuesta. Me dio la impresión de que le costaba hablar.
—No —dijo finalmente. Tras eso cerró los ojos y unas lágrimas se deslizaron por sus mejillas—. Jamás así.
Por primera vez su rostro maduro y de aire cansado se mostró vulnerable entre las lágrimas.
Me compadecí. Casi sin quererlo y con la polla aun dura en su interior me vi en el deber de preguntarle si quería continuar.
—¿Quieres parar? —pregunté.
Respiró primero y luego negó con la cabeza.
—Fóllame —dijo—. Quiero que te corras adentro de mí para que te puedas ir en paz.
La miré sorprendido.
—He sido una mala madre —dijo—. He sido egoísta y severa contigo. Jamás te di amor y por eso tu deseo ha sido follarme.
—Mamá…
—No digas nada… —dijo—. Pediré perdón a Dios, pero yo también lo deseo… Oh, dios. Te envié lejos porque sabía… sabía que no me veías solo como una madre, sabía que querías hacerme cosas que solo le corresponde a tu padre hacer, incluso cosas más pervertidas, cosas que ni siquiera hago con él.
—No… no hemos hecho nada de otro mundo...
—Sí, claro que sí… —dijo—. Ahora conozco el sabor de tu falo, pero no el de él, porque siempre me opuse hacer ese tipo de prácticas aberrantes.
Cubrí su coño con mi mano, dejándola sobre su vello. Ella seguía sentada sobre mis piernas y mi polla enterrada en su interior.
—Cada día de estos dos años que has pasado en ese internado no he sino querido que volvieras —dijo—. Quería volver a tener a mi buen muchacho en casa, pero no podía, no podía porque sabía que tenías pensamientos sexuales. Pero cuando volviste no sé qué pasó, esperaba que todo hubiese desparecido. No fue de esa manera, no lo fue, volviste agresivo, y el diablo me tentó… te vi hecho un hombre y desde entonces me negué, me negué a aceptar.
No me lo podía creer todo lo que mi madre me estaba confesando.
—Hijo mío —dijo pasando un brazo sobre mi cabeza, girando su torso para mirarme a la cara—, no estamos fornicando para salvarte de la homosexualidad como le he dicho a tu padre, ni mucho menos porque necesites tener relaciones para quitarte el tormento de la lujuria. Estamos pecando juntos porque soy débil, débil por sucumbir ante mis instintos, débil por querer un poco de ese goce del que esas mujeres apostatas presumen, débil por haber sido tentada al ver el falo de mi hijo y desear tener ese trozo de carne adentro de mí. Tal como lo tengo ahora.
La miré sorprendido. Me sostuvo la cara y me besó en la boca. Luego giró completamente y me tumbó, quedando ella montada sobre mí.
—Me ha bastado con desearlo para tenerlo —dijo mientras comenzaba a menearse con mi polla enterrada.
Miré sus senos desde abajo, se veían verdaderamente gloriosos y se los sujeté. Ella estiró su espalda mientras comenzaba a botar sobre mi polla.
—Tienes unas tetas fantásticas —le dije mientras se las apretaba.
Sonrió. Le apreté los pezones. La eterna amargura de mi madre pareció borrarse. Creo que era la primera vez que la veía sonreír de esa forma, era una sonrisa genuina y no la sonrisa cansada que solía mostrar en ocasiones.
Me levanté con fuerza buscando su pecho y volcándola a ella sobre la cama, quedando yo arriba y ella abajo. En el movimiento se había salido la polla. Se la metí otra vez. Le di un beso en la frente y luego en los labios.
Lento… lento… lento… se la fui empujando.
—Oooohhh… —gemí.
Su coño me apretaba la polla.
—No aguanto más… —dije.
—Hazlo… —dijo—. Hazlo. Estoy preparada.
—MmmmmMMMMMmmmmm… —gemí.
Me corrí adentro. Le llené su caliente coño de leche.
—Oh… —gimió. Al ella sentir que me vaciaba en su interior llegó al clímax.
Luego de eso salí de la habitación. Lo hice desnudo y con la polla mojada en sus fluidos. Mi padre esperaba afuera, sentado en la mesa del comedor.
—¿Y?... —dijo al verme entrar a la cocina—. ¿Cómo fue?
Saqué el jarrón de la nevera y me serví agua en un vaso de vidrio. Me la tomé toda de un sorbo.
—Papá… —dije—. No soy gay. Jamás lo he sido, solo me quería follar a mamá.
Se quedó sorprendido. Llené nuevamente el vaso.
—Ahora discúlpame —dije—, creo que me la voy a volver a follar.
Me marché con el vaso en la mano. Entre a la habitación y cerré la puerta sin mirar atrás.
—Toma —dije dándole el vaso de agua.
Tomó un sorbo.
—Date la vuelta —le dije.
Tomó otro sorbo rápidamente, luego colocó el vaso en la mesa de noche y se giró quedando acostada de espaldas a mí.
—Que buen culo tiene —pensé.
Se lo separé y metí mi rostro entre sus nalgas.
—OooOOOoooh —gimió.
Escuché la puerta abrirse.
—¡¿Le estás comiendo el culo a tu madre?! —exclamó mi padre.
Lo ignoré, pero mi madre no.
—Raúl, por favor —dijo ella mientras yo seguía comiéndole el culo—. Puedes dejarnos solos por un momento. Estoy teniendo éxito, a Jaime se le está quitando lo gay, pero necesito me dejes trabajar.
—¿Pero estás segura de que era gay? —dijo—. Yo creo que no.
—Segura, segura —dijo—. Porqué crees que… Oooh… Oooh… —gimió al sentir que presionaba la entrada del ano con la lengua, metiéndole la punta—. Porqué crees que haría esto sino lo fuera. Por favor… Raúl… déjanos a solas.
—Está bien —dijo—. Pero deberás confesarte luego y pedir perdón por todo lo que hagan.
—Sí, sí —exclamó mi madre—. Sabes que lo haré.
Mi padre se dio la vuelta para salir de la habitación. Antes de que lo hiciera saqué mi rostro del culo de mi madre y me senté sobre sus piernas.
—Te la voy a meter por detrás —dije en voz alta mientras me sujetaba la polla.
Al oir eso mi padre se quedó paralizado bajo el marco de la puerta, como si le fuera pegado un rayo. Mi madre extendió su mano y sacó una crema de la gaveta de la mesa de noche.
—Toma —dijo extendiéndome la crema.
—¿Me va a doler? —preguntó mi madre.
—Un poco —dije—. Pero voy a intentar que pase suave.
Mi padre entonces terminó de salir de la habitación dejando que la puerta se cerrara atrás de él.
—Está bien, hijo —dijo—. Hoy soy tuya. Solo por hoy estoy dispuesta a todo.
Por su tono de voz entendí que en realidad a ella le gustaba la idea de que se la metiera en el culo. Lo que me hizo comprender que esta era una especie de despedida de soltera, o de una forma de purgatorio, un limbo en el que podía permitirse, por única vez, experimentar libremente aquello que consideraba aberraciones y pecados; el desear tanto una polla al punto de querer darle una mamada… la infidelidad… o el sexo anal. Todo esto proporcionado por su propio hijo.
—Estoy seguro que se va a culpar toda la vida por lo que hemos hecho —pensé mientras le embadurnaba el ano con la crema.
—OooOOOoooh —gimió al sentir que le metía la punta de mi pulgar.
—Tienes que relajarte —le dije—. Puede que sientas algo de dolor al principio, pero verás que es glorioso una vez la tengas toda adentro—. ¿No quieres eso?, ¿ah? —le pregunté—. Sentir mi toda mi polla en tu culo. Pídeme que te lo rompa.
Me miró sobre su hombro.
—Pídemelo —dije—. Pídemelo.
Quería escucharla decirlo, quería escuchar su voz diciendo esas palabras.
Sonrió.
—Rómpeme el culo —dijo.
Mi polla dio un respingo y se puso completamente tiesa. La tomé y la llevé entre sus nalgas, a la entrada de su ano.
—Relájate —dije.
Se la comencé a empujar. Mi madre comenzó a rezar el avemaría en voz baja, apenas perceptible.
—Ooooh…OoooOOooooh… —exclamó al sentir como mi verga se habría paso en su recto—. ¡Me lo vas a romper!
—No... no —dije—. Cálmate y relájate.
En realidad sabía que sí le iba a doler, pero no iba renunciar a la posibilidad única de desvirgarle el culo a mi santa madre.
Comencé a brincar con fuerza sobre sus nalgas. Preferí hacérselo breve. Romperle el culo era algo más para mi disfrute que para el de ella, que solo buscaba la experiencia. Si acababa rápido mejor.
Gritó… gritó un poco. Esta vez mi padre no entró a la habitación.
—Duele… —exclamó. Luego busco con su mano la biblia que tenía sobre la mesa de noche y la sostuvo con fuerza, llevándola a su pecho.
Bajé la mirada para ver y recordar por siempre como se lucía mi polla en el culo de mi madre. Luego se lo llené de leche.
—Aaaah… aaah… —gemí. Después se la saqué.
Le azoté una nalga con mi mano.
—Aguantaste muy bien —dije.
Después de eso no hubo más nada. Me marché a la facultad de medicina y no volví a verlos hasta haberme graduado. Mi relación con mis padres se había vuelto formal y los tres hicimos como que jamás me había follado a mi madre ese día en aquella habitación.
Conocí a una mujer, tuve tres hijos. Nunca más volví a ver a ninguno de los chicos del internado. Sin embargo, con quien sí me tope más adelante fue con Claudia, la monja. Lo había dejado, pero continuó con su labor como enfermera. Hablamos y le conseguí trabajo en el hospital donde yo ejercía. Tenía ella cuarenta y nueve años en ese entonces y había engordado a pesar de nunca haber tenido hijos, no dudé en hacerla mi amante.
Cada domingo se detenía en la entrada de mi habitación y con la intención de captar mi atención le daba un par de toques a la puerta a pesar de que ya se encontraba abierta. Al voltear la veía ya arreglada, peinada con su cabello hacia atrás a la altura de los hombros.
—Alístate para ir a misa —decía con una postura correcta.
Sus pechos se veían bastante acentuados a pesar de que usaba siempre dos capas de tela, poniéndose una camisa de botones sobre la cual se colocaba un suéter. Sus caderas eran anchas y la falda que le llegaba por debajo de sus rodillas le hacía un culo estupendo, firme como sus pantorrillas y piernas voluminosas.
Se quedaba en la puerta en silencio hasta que veía que comenzaba a cambiarme de ropa, como me había ordenado. Mientras ella permanecía ahí yo trataba de no mirarle. Siempre me daba la impresión de que se quedaría allí parada hasta que me quedase en boxers, pero no lo hacía, justo antes notaba que se alejaba por el sonido de sus tacones cortos.
Odiaba ir a la iglesia, pero mi madre era muy religiosa y nos hacía ir sin falta. Al igual que nos hacía rezar al despertarnos, antes de cada comida y por las noches. Parecía que estuviese luchando ella misma contra el diablo y escuchaba al cura siempre asintiendo con la cabeza. Luego me enteré que siempre quiso ser monja, pero por alguna razón no había podido. Menos mal que no fue así.
El evento trágico llegó cuando fui descubierto mirando mangas pornográficos en mi ordenador. Mi madre se puso histérica y completamente indignada le ordenó a mi padre que me enviara a un internado. Les imploré que no lo hicieran, pero no me hicieron caso.
Al contrario de lo que mi madre pensaba, el internado tuvo en mi un efecto corruptor, pues todos los jóvenes que me encontré ahí eran unos auténticos rebeldes y sinvergüenzas.
Un día, mientras me encontraba limpiando uno de los salones, un grupo de chicos pasó a mi lado y los observé con curiosidad. Me dio la impresión de que estaban gastándole una broma a alguien o de que tramaban algo.
—Oye tú —dijo uno—. ¿Vienes?
No sabía a dónde se dirigían, pero asentí con la cabeza. Dejé la escoba y la pala a un lado y los seguí. Fuimos hasta un rincón en la parte trasera de las instalaciones. Era el lugar donde se hallaban los contenedores de basura. Uno de los chicos sacó una caja de cigarrillos.
—¿Fumas? —preguntó mientras me ofrecía uno el mismo chico que me había invitado a ir con ellos.
Lo tomé a pesar de que no era fumador.
—Entonces estás aquí por haberte hecho una paja —dijo el chico.
Agaché la cabeza. No sabía cuánto le había dicho mi madre a los encargados del internado, ni cómo es que esa información era del conocimiento de él.
—Menuda tontería —dijo otro de los muchachos—. Todo el mundo se la jala. Hasta el cura.
Todos sonreímos.
—¿Qué clase de pornografía veías? —preguntó el chico—. ¿De lesbianas?
No quise decir la verdad por miedo a quedar en ridículo, así que aproveché para darle una aspirada al cigarrillo. Todos se rieron cuando comencé a toser.
—Yo me la he jalado mirando transexuales —dijo un tercer chico, uno que era gordo.
Los otros chicos y yo nos reímos.
—¿De qué se ríen? —replicó—. Si vieran de lo que estoy hablando ustedes también se la jalarían. Están buenísimas, parecen mujeres reales.
—¡Pero con penes! —dijo el segundo chico.
—Ya dejen de hablar de esas cosas que luego vamos a terminar haciéndonos otra paja grupal —dijo el cuarto y último de los chicos.
—Cállate
—Sí, cállate
Los otros tres chicos comenzaron a golpear sus brazos.
—No lo escuches —dijo el primer chico—. Está hablando de la vez que veíamos a la hermana Luciana desvestirse.
—Sí, sí, cuéntale de eso —dijo el chico gordo.
—Deberíamos follarnos a una de las monjas —dijo el segundo chico.
—Ya quisiéramos —dijo el gordo.
—No, no, en serio —dijo el segundo chico—. Una de las monjas tiene cara de que quiere verga. Tiene esa mirada y sonríe de esa forma.
—¿Cómo se llama? —preguntó el primer chico.
—No sé cómo se llama —dijo—. Es una de las jóvenes. Esa que trabaja en la enfermería.
—Ya sé cuál es —dijo el primer chico—. Es verdad, es verdad, esa monja tiene cara de mala… Y está buenísima.
—Sí —dijo el segundo chico—. Tiene buenas tetas.
Ese día conseguí con quienes pasar mis ratos libres; Marcos el primero, Martín el segundo, Pablo el tercero y Álvaro el cuarto. Eran chicos rebeldes, todo lo contrario a lo que yo era.
—Me la he follado —llegó un día diciendo Marcos.
—¿A quién? —preguntó Martín.
—Pues a quién va a ser… A la monja de la enfermería.
—No puede ser —dijo Martín—. ¡Me has robado la idea!
—Ufff que rico —dijo Pablo.
En este punto ya todos sabíamos de quién estaba hablando. Y sí, estaba buenísima.
—Vamos —dijo Álvaro—. Cuenta, cuenta.
—Esperé a que estuviera sola en la enfermería y fui quejándome de un dolor —dijo Marcos—. Cuando me preguntó que parte me dolía se la saqué tiesa.
—Noooo… jajaja —dijo y rió Pablo.
—No te creo —dijo Martín.
—Y qué hizo… —preguntó Álvaro—. ¿Qué hizo?
—Sonrió —dijo Marcos—. Luego nos fuimos junto a la camilla que es la parte que está cubierta por la cortina y me la chupó.
—Que zorra… —dijo Martin— Lo sabía.
—Luego terminé acostado en el suelo y la hija de puta se subió la falda y se bajó la bombacha —dijo Marcos—. Yo le cogí las tetas sobre el uniforme.
Pablo metió su mano adentro de sus pantalones.
—La tengo dura —dijo Pablo.
—Todos la tenemos dura —replicó Álvaro a Pablo—. Continua —dijo dirigiéndose a Marcos.
—No… nada… No hay más nada que contar… —dijo Marcos—. Agachada me dio unos fuertes sentones hasta hacerme acabar.
—Seguro acordaron volverse a ver y no nos quieres decir —dijo Martin con un tono de voz que dejaba a ver que estaba algo celoso.
Marcos nos miró a todos.
—¿Quieren que le diga que lo haga con ustedes? —nos preguntó.
Nos miramos entre nosotros.
—Me van a deber un gran favor —dijo Marcos finalmente.
De ahí nos fuimos todos a la enfermería.
—Esperen aquí —dijo Marcos en el cruce del pasillo en el que se encontraba la enfermería—. Denme cinco minutos y luego entran.
Esperamos con ansias mirando que no viniera nadie. Luego nos acercamos lentamente, pero antes de que llegáramos a la puerta esta se abrió y Marcos se asomó haciéndonos un gesto para que nos diéramos prisa.
Todos entramos a la enfermería y nos quedamos perplejos. La monja se encontraba en pelotas. Era de cabello oscuro, grandes tetas y vello púbico tupido.
—Hola, chicos… —dijo sonriendo—. Me comenta Marcos que a todos les duele la polla. ¿Es así?
Primero fue Martin, pero luego todos seguimos su ejemplo y nos comenzamos a sacar las pollas de los pantalones. Todos me vieron al mismo tiempo, asumí equivocadamente que era porque la mía era la única polla que no habían visto.
—Vaya… vaya… —dijo la monja—. Muy bien, chicos… muy bien… ¿Quién será el primero?
—Él —dijo Marcos señalándome.
La monja le devolvió una sonrisa y una mirada cómplice y luego se acercó a mí. Me puso las tetas en la cara y de frente se la ensartó ella sola. Me llevó al cielo en un segundo.
Marcos se acercó por detrás, se sacó la suya, se abrió espacio entre sus nalgas y se la metió en el coño él también. Éramos dos de nosotros los que se la teníamos ensartada.
—Joder… no me lo creo —dijo Álvaro.
Pablo se estaba pajeando y Martín nos miraba en silencio. Metí mi cara entre sus tetas y ella las juntaba para presionarlas en mi rostro mientras Marcos la embestía desde atrás.
—Oh… oh… —gimió Pablo al correrse en el suelo.
—Eres un imbécil, Pablo —dijo Álvaro—. Ahora no te la vas a poder follar.
—No, no, no, no… que tonto soy —dijo Pablo.
—Oh… oh… oh… —gimió Marcos acabándole en el coño.
Se la sacó.
—Es mi turno —dijo Martín.
La monja me rodeó los hombros con las manos e hizo algo con su coño que me venció.
—Oh… ah… —gemí y disparé un chorro de esperma mientras hundía mi cara en sus tetas y la abrazaba fuertemente contra mí. Una mezcla del semen de Marcos se mezclaba con el mío y los fluidos de la monja.
Caí sentado en el suelo. La monja me había desvirgado.
—Ahora voy con ustedes, muchachos —dijo sonriendo y se giró hacia Martín y Álvaro.
Se arrodilló tomándoles las pollas. Y luego se metió la de Álvaro en la boca. La succionó con fuerza y este le dejó la boca llena de esperma pastosa, luego se la jaló a Martín hasta que este le dejó las tetas llenas de leche líquida.
—Bueno ya está —dijo la monja—. Que buenas vergas tienen, muchachos. Pueden venirme a visitar cuando gusten, pero con precaución.
—Sí, si —dijo Pablo eufórico.
—Pero que sea de uno a la vez, chicos —dijo—. No queremos que nos pillen. Bueno, hasta luego… no olviden rezar por mí.
Así fue que gracias a Marcos pasamos dos años rotándonos para follarnos a la monja de la enfermería. Se llamaba Claudia y tenía veinticuatro años. Me la follé incontables veces y me enseñó una gran cantidad de cosas, con ella aprendí a perderle el respeto a todo.
Cuando llegó el día en el que volveríamos a nuestros hogares me despedí de aquellos chicos y quedamos en volvernos a ver, pero en realidad no sabíamos si eso iba a ocurrir.
Al regresar a casa mis padres me recibieron de buena manera, como fingiendo que no me habían enviado a un internado, como si hubiese sido idea mía irme. Me abrazaron y luego pasamos a sentarnos en la mesa para tener una cena familiar. Lo que no sabían es que ahora ya no los veía como si fueran una autoridad, es verdad que había perdido el acceso a la pornografía en aquel lugar confinado al que me enviaron, pero solo la había cambiado por sexo real, había perdido mi virginidad en un trio, en un “todos contra una” con una monja que de monja solo parecía tener el uniforme, había adquirido el mal hábito de fumar, había aprendido a romper las normas por placer, a no tomar en serio a la autoridad, a mofarme de todo el que quisiera controlarme o someterme. Ahora era libre, ya no sentía culpa ni remordimiento.
—Supongo que ahora iniciarás en la universidad —dijo mi padre intentando iniciar una conversación conmigo.
—El mes que viene empezará a estudiar medicina —respondió mi madre—. Ya investigué e hice las solicitudes.
En ese momento supe que mi padre había hecho esa pregunta solo para ponerle la alfombra a mi madre. De esa forma me hacía saber lo que ya había planeado para mí.
—¿Te ha crecido el pecho? —dije mirándola a la cara.
—¿Qué has dicho? —respondió ella.
Mi padre se quedó estupefacto.
—Te las veo más grandes… —dije—. ¿Te has puesto implantes?
Mi padre escupió el agua en su comida.
—Es todo —dijo mi madre tajantemente y se levantó de su silla—. Mañana vamos a misa.
No se dijo nada más, mi madre recogió la mesa y yo me marché a mi habitación.
—¿Qué es esto? —dije al ver que mi habitación no tenía puerta.
Volví a la cocina.
—¿Qué ha pasado con la puerta de mi habitación? —dije.
—Hay dos opciones —dijo mi madre—. El ordenador o la puerta. Con tus antecedentes no puedo permitir que vuelvas hacer esas cochinadas. Sé que el internado debió solventar ese problema, pero es mejor evitar la tentación.
Me hirvió la sangre.
—Yo creo que lo que tú quieres es verme la polla —dije comenzando a desvestirme.
Mi padre no hallaba donde meterse.
—Esto es lo que querías ver —dije sacudiéndome la polla flácida con todo y huevos—. Mírala, mírala.
Mi madre me había dado la espalda antes de que me hubiese dado chance de desvestirme.
—¡Tu haz algo! —le gritó a mi padre. Él enseguida vino hacia mí. Tomé mi ropa y me fui a mi habitación.
—Tranquilo —dijo mi padre que venía siguiéndome—, mañana colocaré la puerta otra vez. Sabía que era demasiado, pero sabes cómo es tu madre.
—Dile que me voy hacer una paja —dije—, que para eso no necesito la puerta.
Obviamente mi padre no le dijo que yo había dicho eso. Al día siguiente fuimos a misa.
Noté que un chico se encontraba solo, apartado de los demás.
—¿Qué le pasa? —le pregunté a una señora que se encontraba sentada a mi lado.
—Es homosexual —dijo—. Al señor no le gustan esas perversiones.
En ese momento elucubré un plan para quitarme la misa de los domingos de encima. Me levanté y me senté al lado del chico. A mi madre se le iban a salir los ojos de las retinas.
Al terminar la misa mis padres se acercaron cuando íbamos saliendo de la iglesia.
—¿Qué hacías con ese chico? —dijo mi madre—. Es homosexual, ¿lo sabías?
—Tengo algo que decirles —dije—. Necesito que tengamos una conversación cuando lleguemos a casa.
Los dos se me quedaron viendo sin saber que decir. Al llegar a la casa se sentaron los dos frente a mí.
—Mamá… papá… —dije—. Ayer no me comporté de la mejor manera. Debo pedir disculpas por las cosas que dije y las cosas hice… no, espera, déjenme hablar —dije al ver que mi padre iba abrir la boca para decir algo—. No estuvo bien hablar sobre tus pechos ni tampoco haberme quitado la ropa frente a ustedes. Lo siento. Estaba molesto porque me habían enviado a ese internado y al ver que actuaban de esa forma, como si no hubiese pasado nada, perdí el control. No intento excusarme… Ustedes solo han hecho lo mejor que han podido…
Tomé un trago de agua. Mi padre tenía una expresión en el rostro razonable, mi madre permanecía seria.
—Sin embargo… —retomé la palabra—… debo confesarles algo. Hoy, como vieron, estuve conversando con Ricardo.
La expresión de mi madre cambió. Parecía estar a punto de explotar.
—No sabía que alguien gay como él podía compartir nuestra fe —dije—. Creo que hablar con él me hizo aceptarme.
Mi padre volteó a mirar a mi madre, parecía que él ya se había dado cuenta también.
—Mamá… papá… soy…
—No —dijo mi madre—. No lo eres.
—Sí, mamá, sí lo soy —dije.
—¡Que no! —dijo.
—En el internado unos chicos que hicieron chupársela y me gustó —dije eso rápido, dejándolo caer como si fuera una bomba—. Me follaron, mamá, me follaron.
—¡Aaaaaaaaaaaaaaaaaaah! —gritó.
Mi padre otra vez no sabía dónde meterse.
—Te vas a ir a estudiar medicina y luego te vas a casar con una mujer decente —dijo mi madre.
Ahí terminó la conversación. Luego dejé que las cosas se calmaran durante el transcurso de la semana, pero cuando el domingo llegó, mi madre se volvió a detener bajo el marco de la entrada. Esta vez no tenía la puerta para tocar.
—Sabes que hoy hay misa —dijo con su cuerpo mirando hacia mí, pero mirando hacia el otro extremo de la habitación.
Me encontraba en boxers sobre la cama. Me levanté de la cama con cierta actitud retadora, quería que supiera que no estaba contento en ir, el plan gay había fallado.
Me le quedé mirando y volteó a verme. Hicimos contacto visual y luego desvió la mirada hacia el extremo de la habitación nuevamente. Sonreí y me quité el bóxer.
Caminé hacia ella hasta ponerme a escasos centímetros.
—¿Qué haces? —dijo. La noté algo tensa.
—¿Quieres mirarme la polla?, mamá —dije en un tono de voz bajo mientras me rascaba los huevos—. ¿Es eso?
No respondió y se puso muy tensa.
—Mírala —le susurré.
No dijo nada. Rápido le tomé la mano de la muñeca y la llevé mi miembro.
—¡Qué haces! —dijo retirándola rápidamente—. ¿Acaso te volviste loco?
Se giró y se marchó.
Joder. Intentaba hacerla molestar, pero se me había puesto dura.
Me vestí y me subí en la parte trasera del coche. Luego llegamos a la iglesia y me senté a su lado. Tanto en el coche como en el banco de la iglesia no pude dejar de mirarle el cuello, las orejas y los pies. Comencé a recordar que en realidad mi madre siempre se me había hecho una mujer muy… muy… bonita.
Después de la misa del domingo volví a pedirles que tuviéramos una conversación. Mi madre se negó, dijo que ya todo lo que se tenía que decir estaba dicho, no obstante, cuando le dije que en realidad no estaba seguro de si era gay o no, decidió escucharme.
Me quedé callado y mirándola pensé en que pronto la llevaría a la cama.
—Mamá, creo que lo que necesito es tener relaciones sexuales —dije—. Acostarme con una mujer.
Me escuchó en silencio.
—Mamá, necesito que me ayudes —dije.
Por primera vez la vi mirarme con una expresión que mostraba comprensión. En realidad no era una mala madre, antes de enviarme al internado yo era feliz siguiendo sus normas, mi único pecado era tener libido.
—Sé a lo que te refieres —dijo—. No has sido un mal hijo, nunca lo fuiste. Tampoco eres eso que dices ser, solo lo haces para provocar mi ira. No lo conseguirás de esa forma. Lo he pensado mucho y he intentado ayudarte enviándote a ese internado, pero por lo visto no ha funcionado. Mi intención siempre ha sido ayudarte, sé qué es lo que te pasa… y eso es imposible.
—Mamá… —dije.
—No —replicó.
—No he sido honesto contigo —dije tratando de sonar honesto a pesar de que lo que quería en ese momento era quitarle la ropa interior—. Sé que he estado mal todo lo que he hecho, pero no sé, no sé cómo lidiar con esto. Necesito tu ayuda…
—Jamás… —dijo—. No para eso.
—Sí me ayudas terminaré haciendo cosas peores que la pornografía o… bueno… no soy gay, pero no creo que eso tenga nada de malo —dije.
—Busca a Dios —dijo y se retiró.
Pasaron algunas semanas en las que seguí asistiendo a misa, ayude en casa, me volví más conversador e incluso ayudaba en los quehaceres. Me había vuelto a convertir en su niño bueno. Todo estaba listo para que me fuera a estudiar a la facultad de medicina. El día antes de irme mi madre se acercó a mí.
—He pensado mucho en el problema que te aqueja —dijo—. El que me comentaste la otra vez. Le he dado vueltas y también he llegado a la conclusión de que necesitas hacerlo para finalmente poder trascender ese problema. Mi intención es ayudarte.
La miré sin entender muy bien a que se refería.
—¿Qué estas intentando decir? —pregunté.
—Pídemelo de frente —dijo—. Con tu padre presente. Sí el acepta, entonces te ayudaré. Ya he hablado con Dios. Eres mi hijo, necesitas mi ayuda y te la daré.
Sí lo único que tenía que hacer para que accediese a acostarse conmigo pedir a mi padre que me dejara follar con mi madre, entonces lo haría sin pensarlo. Los volví a tener sentados frente a mí.
—Papá… —dije. Debía ser respetuoso y cuidar muy bien mis palabras. En sus manos estaba la decisión de si podría o no poder acostarme con mi madre.
—Supongo que mamá te ha comentado la situación… —dije.
—Lo ha hecho —dijo interrumpiéndome.
—No debes explicar nada —dijo mi madre—. Solo pídeselo.
La miré a ella, luego a él, después a ambos. Bajé la cabeza e hice como si me lo estuviera pensando, luego los volví a mirar.
—Papá, me quiero acostar con mamá —dije—… es decir… ¿Me dejarías tener relaciones sexuales con ella?
—Lo que me pides es difícil, hijo —respondió—. Está mal visto a los ojos del señor. No solo porque es la carne de tu madre, sino porque lo que me pides es adulterio. Tu madre es mi esposa…
—No te atrevas a decir que no, viejo hijo de puta —pensé.
—Sin embargo, ella me ha sabido explicar muy bien el problema que tienes —dijo—. Y yo también considero que esa puede ser la solución. No queremos que te vayas a estudiar medicina y regreses luego peor de lo que has regresado del internado. Por ese motivo voy a permitir que folles a tu madre.
Mi madre lo miró sorprendida, y no me pareció que fuera por su respuesta positiva, sino por el término que había usado y la forma en la que lo había dicho.
—Pero… —dijo—. deberás hacerlo con ciertos términos.
—Claro, papá, por supuesto —dije saboreando la victoria.
—Será en la habitación de abajo —dijo—. No será en la tuya ni en nuestra habitación matrimonial.
—Me parece un trato justo —dije.
—Muy bien —dijo él—. Y deberás esperar hasta mañana.
—Pero mañana me voy —dije.
—Exactamente —respondió—. La idea es que al terminar te marches.
No era un mal plan. Me la follo y luego me voy a la universidad. Era un final feliz. Por lo menos para mí lo era.
—Está bien —dije—. Si esas son tus condiciones las acepto.
Esperé el momento con ansias hasta que llegó. Entré en la habitación y me desnudé, acomodé las almohadas para apoyar mi cabeza y me acosté en el medio de la cama listo para presenciar un espectáculo. Miré hacia el viejo reloj que se encontraba en la pared. Faltaba poco.
Me emocioné cuando escuché la puerta abrirse. Mi madre pasó a la habitación mirando hacia abajo. Se dio la vuelta y cerró la puerta. Dio unos pasos más hasta quedar frente a la cama. Evitaba mirarme. Se quedó inmóvil pensando.
¿Debía decirle algo?, ¿debía acercarme?
—Mamá… —dije sin saber muy bien qué era lo que le iba a decir.
—Shsssss… silencio —dijo—. Ya voy.
Comenzó a quitarse el suéter, se lo zafó por arriba de la cabeza y de último dejó las mangas. Me enmudecí al ver que comenzaba a desvestirse. ¡Iba a ver su cuerpo desnudo!... No me lo podía creer.
Se sacó la camisa que llevaba metida debajo de la falda y comenzó desabotonarla. Al terminar con el último botón yo ya la tenía dura.
Se quitó la camisa y al igual que había hecho con el suéter la dejó caer en el suelo. Su piel era blanca y en los brazos y en el abdomen tenía algunos lunares y manchitas. Su brasier sujetaba sus grandes tetas sin apretarlas ni levantarlas.
Se giró la falda para que la cremallera le quedase a un lado y la bajó. Inclinado su torso hacia delante la deslizó por su culo y muslos y luego la dejó caer. Con dos pasos con los que hizo sonar sus tacones se la terminó de sacar.
Tenía una bombacha grande de color beige, de esas que cubren todo el culo, pero que se ajusta perfectamente haciendo como de segunda piel.
La cabeza de mi miembro se humedeció mirándola desvestirse.
Levantó un pie hacia atrás, flexionando su rodilla, y se sacó un tacón con la mano. Lo dejó caer al suelo y luego repitió la acción con el otro pie. En ese momento llevé ambas manos detrás de mi cabeza y entrelacé mis dedos para sostenerla. Mis ojos estaban por presenciar como mi rigurosa madre se quedaba en pelotas, exactamente como su querido dios la trajo al mundo.
Se detuvo un momento para respirar profundo.
—En el nombre de dios —la escuché decir antes de llevar sus manos a su espalda para desabrochar su brasier.
Al sacárselo por delante vi como sus tetas caían gloriosamente, las puntas delimitadas por los pezones hacían un intento por volver alzarse. Tuve que inclinarme hacia delante para mirarlas mejor.
No podía creer que alguna vez llegué a chupar esos pezones. Si bien siempre pude llegar a imaginar que mi madre tenía buenas tetas, ahora que las veía pensaba que no podía haber imaginado algo mejor. Las que tenía se me hacían perfectas. Hasta me sentí orgulloso, de alguna extraña forma sentía que sus tetas eran tan bien las mías, o las que me habían tocado al nacer. El reencuentro con las tetas de mi madre más que excitado me hacían sentir feliz.
Luego metió sus pulgares a los costados de su bombacha y la bajó hasta las rodillas, luego, levantando primero una pierna y luego la otra, se la sacó. Lo hizo todo rápidamente. Apenas pude vislumbrar una mata de vellos antes de que se tapara con una mano. Lo mismo hizo luego con las tetas. Tuvo que hacerlo… se cubrió como pudo para entonces poder finalmente alzar el rostro y mirarme.
Su mirada me encontró sentado y con la polla tiesa. Aunque evitó mirármela. También noté que evitó mirarme el pecho o las piernas. Me miraba directo a la cara. No logré descifrar su rostro. Sentí ganas de decirle algo obsceno para ver si de esa forma perdía un poco el pudor, pero tenía miedo a espantarla y que se arrepintiera, así que solo me limité a mirarla.
—¿Cómo quieres hacerlo? —me dijo—. ¿Dónde me pongo?
—Ven —dije y vino subiéndose sobre la cama.
Me puse de pie, mis pies hundían el colchón. Le puse mi polla cerca del rostro. Noté que su mirada se iba arriba, hacia otro lado, intentando no mirarla.
—Mirarla —dije sujetándola del cabello—. ¡Mírala! —grité impaciente.
Trató de no hacerlo, pero al final cedió. Observó mi polla dura a centímetros de sus ojos. De pronto la seriedad de su rostro se fue desmoronando e hizo un gesto para contener el llanto, movió la cara apretando sus dientes y cerrando la boca como quien no quiere abrirla para que no le den de comer.
Entonces se hizo consciente de que yo permanecía inmóvil y de que a pesar que la sujetaba del cabello no la estaba obligando a nada. Se detuvo y miró la polla con los ojos bien abiertos, oliendo el aroma que esta destilaba. Inhaló y tragó saliva frenando definitivamente las lágrimas que no llegaron nunca brotar.
Lo que vino a continuación no me lo podía haber esperado jamás. Una actitud animal casi demoniaca se apoderó de ella y me la comenzó a devorar. El cambió fue tan brusco que hasta yo me había quedado inmóvil de la impresión.
Glag, glag, galg, glag, glag…
—OoooOOOoooh… dios… sí… ah… —exclamé en voz alta, debía escucharse incluso afuera de la habitación.
Mi madre me devoraba la polla salvajemente. En realidad lo hacía de una forma muy brusca e incluso me dolía un poco porque me rosaba con sus dientes, pero el placer de tenerla comiendo mi miembro con ese grado de iniciativa me daba incluso más morbo que su sumisión.
—Joooder… así, así te quería… ufff… mmm… puta… —dije.
Se detuvo con mi polla metida en la boca hasta el fondo y mirando hacia arriba, buscando mis ojos me clavó una mirada felina. Yo aún la tenía cogida por el pelo, pasé mi mano por su rostro y luego la sujeté del cuello.
—Te voy a follar la boca —le dije—. Reza mientras lo hago.
Ni se inmutó, seguía clavándome la mirada.
—¡Zorra! —dije tras comenzar a menear mi polla en su boca al ritmo del trote de un caballo.
Miré hacia la puerta al ver que esta se abrió. Era mi padre. Miró con incredulidad como corrompía la boca de su esposa, lo que lo hizo llevar una mano a su cabeza del asombro. Luego nos volvió a dejar solos.
Sonreí. Si durante la petición del día anterior me había parecido revelador el hecho de que mi padre usara el término “follar” para describir lo que él me permitiría hacer con mi madre, ahora yo había podido interpretar que se había excitado al ver que en efecto pude hacer ceder a su esposa, de hecho, ciertos rasgos de sorpresa en su expresión me revelaban que esto había llegado a un plano inimaginable en el que estaba cumpliendo incluso hasta las propias fantasías que él tenía y no podía satisfacer.
Había conseguido liberar a la bestia y al mismo tiempo había hecho que se doblegara.
—Aaaah… aaah… —jadeé.
Se la saqué de la boca y le di unos vergazos en la cara. Tenía el pecho y el rostro ruborizado.
—Date la vuelta y colócate en cuatro —le dije.
Se giró y se colocó como se lo pedí.
Tassssssss… le di una nalgada.
—Que buen culo —le dije—. El mejor de toda la misa.
Volteó y me volvió a dirigir esa mirada brutal.
—No me mires así —le dije—. O es que acaso crees que el cura no ve como se te marca el culo en la falda. Lo he visto y sé que piensa lo mismo que pensamos todos… mmmm… —dije acomodándosela—. Aquí… aquí… te la voy a meter, mamá… mmmm… mmmm… —gemí mientras se la iba introduciendo—. Oh… aaah… ya está, así…
La tomé de las caderas y comencé a embestirla.
Plop… plop… plop…
—Joder… la tienes bastante estrecha eh… —dije.
Me miró sobre su hombro clavándome esa mirada que de apoco comencé a interpretar como de enojo.
Plop, plop, plop, plop, plop, plop, plop, plop, plop, plop, plop…
La follaba rápido y duro, estaba seguro que mi papá se encontraba afuera escuchando como embestía el coño de mamá de formas que él no podía ni siquiera imaginar. Llegué a pensar que mis padres solo lo hacían de misionero y que seguramente ella ni le miraba la polla.
Tasss… tasss… le di un azote con la palma en cada nalga.
—Por qué no gimes —pregunté desafiante—. ¿Ah, mamá?, ¿no vas a gemir?
—AaaaaaaaaaaaAAAAAAAAAAAaaaaaaaaaah —soltó un grito desgarrador que debió escucharse cuando menos en toda la casa—… Mmmmmmmmmmmmmmm… —suspiró.
Mi padre abrió la puerta con mucha travesura y esta vez al hacerlo se encontró con la mirada de mi madre. En mi cuerpo pude sentir la ira de mi progenitora. La expresión en el rostro de mi padre fue de pánico e inmediatamente cerró la puerta.
Mi madre entonces comenzó ella misma a mover su culo acompasándose a mis embestidas para hacer que el choque fuera más contundente.
—Mmmm… oaaah… —gemí—. Así, así, joder, que rico…
Me fui sobre ella y le sujeté los brazos, me excitó que los tuviera un poco blandos y los comencé a punzar con mis pulgares. Le mordí el hombro. Duro, lo hice duro, quería dejarle una marca.
—Aaaaah… —exclamó.
Bajé mis manos y la sujeté de sus muñecas, luego me erguí tirando de sus brazos, extendiéndolos hacia atrás mientras ella seguía clavándose mi polla por si misma mientras le bamboleaban las tetas.
Solté sus brazos y le sujeté las tetas, tirando de ellas hacia atrás con algo de fuerza hasta que se fueron escapando de mis manos. La tomé de la cintura, poniendo mis piernas bajo las suyas, y luego acomodándola hasta dejarla sentada sobre mi polla.
—Ves… —le dije al odio en tono conciliador—. Te está gustando. Apuesto a que no habías follado así antes. ¿O sí?
Se detuvo. La miré como esperando una respuesta. Me dio la impresión de que le costaba hablar.
—No —dijo finalmente. Tras eso cerró los ojos y unas lágrimas se deslizaron por sus mejillas—. Jamás así.
Por primera vez su rostro maduro y de aire cansado se mostró vulnerable entre las lágrimas.
Me compadecí. Casi sin quererlo y con la polla aun dura en su interior me vi en el deber de preguntarle si quería continuar.
—¿Quieres parar? —pregunté.
Respiró primero y luego negó con la cabeza.
—Fóllame —dijo—. Quiero que te corras adentro de mí para que te puedas ir en paz.
La miré sorprendido.
—He sido una mala madre —dijo—. He sido egoísta y severa contigo. Jamás te di amor y por eso tu deseo ha sido follarme.
—Mamá…
—No digas nada… —dijo—. Pediré perdón a Dios, pero yo también lo deseo… Oh, dios. Te envié lejos porque sabía… sabía que no me veías solo como una madre, sabía que querías hacerme cosas que solo le corresponde a tu padre hacer, incluso cosas más pervertidas, cosas que ni siquiera hago con él.
—No… no hemos hecho nada de otro mundo...
—Sí, claro que sí… —dijo—. Ahora conozco el sabor de tu falo, pero no el de él, porque siempre me opuse hacer ese tipo de prácticas aberrantes.
Cubrí su coño con mi mano, dejándola sobre su vello. Ella seguía sentada sobre mis piernas y mi polla enterrada en su interior.
—Cada día de estos dos años que has pasado en ese internado no he sino querido que volvieras —dijo—. Quería volver a tener a mi buen muchacho en casa, pero no podía, no podía porque sabía que tenías pensamientos sexuales. Pero cuando volviste no sé qué pasó, esperaba que todo hubiese desparecido. No fue de esa manera, no lo fue, volviste agresivo, y el diablo me tentó… te vi hecho un hombre y desde entonces me negué, me negué a aceptar.
No me lo podía creer todo lo que mi madre me estaba confesando.
—Hijo mío —dijo pasando un brazo sobre mi cabeza, girando su torso para mirarme a la cara—, no estamos fornicando para salvarte de la homosexualidad como le he dicho a tu padre, ni mucho menos porque necesites tener relaciones para quitarte el tormento de la lujuria. Estamos pecando juntos porque soy débil, débil por sucumbir ante mis instintos, débil por querer un poco de ese goce del que esas mujeres apostatas presumen, débil por haber sido tentada al ver el falo de mi hijo y desear tener ese trozo de carne adentro de mí. Tal como lo tengo ahora.
La miré sorprendido. Me sostuvo la cara y me besó en la boca. Luego giró completamente y me tumbó, quedando ella montada sobre mí.
—Me ha bastado con desearlo para tenerlo —dijo mientras comenzaba a menearse con mi polla enterrada.
Miré sus senos desde abajo, se veían verdaderamente gloriosos y se los sujeté. Ella estiró su espalda mientras comenzaba a botar sobre mi polla.
—Tienes unas tetas fantásticas —le dije mientras se las apretaba.
Sonrió. Le apreté los pezones. La eterna amargura de mi madre pareció borrarse. Creo que era la primera vez que la veía sonreír de esa forma, era una sonrisa genuina y no la sonrisa cansada que solía mostrar en ocasiones.
Me levanté con fuerza buscando su pecho y volcándola a ella sobre la cama, quedando yo arriba y ella abajo. En el movimiento se había salido la polla. Se la metí otra vez. Le di un beso en la frente y luego en los labios.
Lento… lento… lento… se la fui empujando.
—Oooohhh… —gemí.
Su coño me apretaba la polla.
—No aguanto más… —dije.
—Hazlo… —dijo—. Hazlo. Estoy preparada.
—MmmmmMMMMMmmmmm… —gemí.
Me corrí adentro. Le llené su caliente coño de leche.
—Oh… —gimió. Al ella sentir que me vaciaba en su interior llegó al clímax.
Luego de eso salí de la habitación. Lo hice desnudo y con la polla mojada en sus fluidos. Mi padre esperaba afuera, sentado en la mesa del comedor.
—¿Y?... —dijo al verme entrar a la cocina—. ¿Cómo fue?
Saqué el jarrón de la nevera y me serví agua en un vaso de vidrio. Me la tomé toda de un sorbo.
—Papá… —dije—. No soy gay. Jamás lo he sido, solo me quería follar a mamá.
Se quedó sorprendido. Llené nuevamente el vaso.
—Ahora discúlpame —dije—, creo que me la voy a volver a follar.
Me marché con el vaso en la mano. Entre a la habitación y cerré la puerta sin mirar atrás.
—Toma —dije dándole el vaso de agua.
Tomó un sorbo.
—Date la vuelta —le dije.
Tomó otro sorbo rápidamente, luego colocó el vaso en la mesa de noche y se giró quedando acostada de espaldas a mí.
—Que buen culo tiene —pensé.
Se lo separé y metí mi rostro entre sus nalgas.
—OooOOOoooh —gimió.
Escuché la puerta abrirse.
—¡¿Le estás comiendo el culo a tu madre?! —exclamó mi padre.
Lo ignoré, pero mi madre no.
—Raúl, por favor —dijo ella mientras yo seguía comiéndole el culo—. Puedes dejarnos solos por un momento. Estoy teniendo éxito, a Jaime se le está quitando lo gay, pero necesito me dejes trabajar.
—¿Pero estás segura de que era gay? —dijo—. Yo creo que no.
—Segura, segura —dijo—. Porqué crees que… Oooh… Oooh… —gimió al sentir que presionaba la entrada del ano con la lengua, metiéndole la punta—. Porqué crees que haría esto sino lo fuera. Por favor… Raúl… déjanos a solas.
—Está bien —dijo—. Pero deberás confesarte luego y pedir perdón por todo lo que hagan.
—Sí, sí —exclamó mi madre—. Sabes que lo haré.
Mi padre se dio la vuelta para salir de la habitación. Antes de que lo hiciera saqué mi rostro del culo de mi madre y me senté sobre sus piernas.
—Te la voy a meter por detrás —dije en voz alta mientras me sujetaba la polla.
Al oir eso mi padre se quedó paralizado bajo el marco de la puerta, como si le fuera pegado un rayo. Mi madre extendió su mano y sacó una crema de la gaveta de la mesa de noche.
—Toma —dijo extendiéndome la crema.
—¿Me va a doler? —preguntó mi madre.
—Un poco —dije—. Pero voy a intentar que pase suave.
Mi padre entonces terminó de salir de la habitación dejando que la puerta se cerrara atrás de él.
—Está bien, hijo —dijo—. Hoy soy tuya. Solo por hoy estoy dispuesta a todo.
Por su tono de voz entendí que en realidad a ella le gustaba la idea de que se la metiera en el culo. Lo que me hizo comprender que esta era una especie de despedida de soltera, o de una forma de purgatorio, un limbo en el que podía permitirse, por única vez, experimentar libremente aquello que consideraba aberraciones y pecados; el desear tanto una polla al punto de querer darle una mamada… la infidelidad… o el sexo anal. Todo esto proporcionado por su propio hijo.
—Estoy seguro que se va a culpar toda la vida por lo que hemos hecho —pensé mientras le embadurnaba el ano con la crema.
—OooOOOoooh —gimió al sentir que le metía la punta de mi pulgar.
—Tienes que relajarte —le dije—. Puede que sientas algo de dolor al principio, pero verás que es glorioso una vez la tengas toda adentro—. ¿No quieres eso?, ¿ah? —le pregunté—. Sentir mi toda mi polla en tu culo. Pídeme que te lo rompa.
Me miró sobre su hombro.
—Pídemelo —dije—. Pídemelo.
Quería escucharla decirlo, quería escuchar su voz diciendo esas palabras.
Sonrió.
—Rómpeme el culo —dijo.
Mi polla dio un respingo y se puso completamente tiesa. La tomé y la llevé entre sus nalgas, a la entrada de su ano.
—Relájate —dije.
Se la comencé a empujar. Mi madre comenzó a rezar el avemaría en voz baja, apenas perceptible.
—Ooooh…OoooOOooooh… —exclamó al sentir como mi verga se habría paso en su recto—. ¡Me lo vas a romper!
—No... no —dije—. Cálmate y relájate.
En realidad sabía que sí le iba a doler, pero no iba renunciar a la posibilidad única de desvirgarle el culo a mi santa madre.
Comencé a brincar con fuerza sobre sus nalgas. Preferí hacérselo breve. Romperle el culo era algo más para mi disfrute que para el de ella, que solo buscaba la experiencia. Si acababa rápido mejor.
Gritó… gritó un poco. Esta vez mi padre no entró a la habitación.
—Duele… —exclamó. Luego busco con su mano la biblia que tenía sobre la mesa de noche y la sostuvo con fuerza, llevándola a su pecho.
Bajé la mirada para ver y recordar por siempre como se lucía mi polla en el culo de mi madre. Luego se lo llené de leche.
—Aaaah… aaah… —gemí. Después se la saqué.
Le azoté una nalga con mi mano.
—Aguantaste muy bien —dije.
Después de eso no hubo más nada. Me marché a la facultad de medicina y no volví a verlos hasta haberme graduado. Mi relación con mis padres se había vuelto formal y los tres hicimos como que jamás me había follado a mi madre ese día en aquella habitación.
Conocí a una mujer, tuve tres hijos. Nunca más volví a ver a ninguno de los chicos del internado. Sin embargo, con quien sí me tope más adelante fue con Claudia, la monja. Lo había dejado, pero continuó con su labor como enfermera. Hablamos y le conseguí trabajo en el hospital donde yo ejercía. Tenía ella cuarenta y nueve años en ese entonces y había engordado a pesar de nunca haber tenido hijos, no dudé en hacerla mi amante.