Mi Madre es la Puta de su Jefe – Capítulo 001
Hola, me llamo Tomas, tengo 22 años y soy un estudiante de 4 año de leyes, actualmente vivo con mi familia. Mi padre Juan es un hombre de negocios de 48 años con cierto éxito, que nos ha ofrecido una vida bastante cómoda. Mi madre Isabel es un ama de casa de 42 años que se conserva muy bien y tiene una vida de ama de casa muy cómoda. Tiene el pelo rubio liso cortado a media melena, enmarcando una cara bonita, ojos marrones y rasgos muy finos, acordes con su cuerpo muy bien proporcionado, que sin exagerar, no tiene nada que envidiar a las chicas compañeras de mi universidad.
Esto comenzó a ocurrir hace un año cuando la crisis económica acabó afectando también a los negocios de mi padre, y los lujos en nuestras vidas fueron desapareciendo poco a poco. Afortunadamente yo había empezado como becario en una empresa consultora, trabajando duro, sin embargo uno de los jefes me hacia la vida imposible.
El jefecito en cuestión era un chaval joven recién licenciado, pero con un currículum académico impresionante, y la verdad, con todas las cualidades necesarias para llegar a ser jefe. Además tenía imagen: un tío alto, de complexión atlética, y una sonrisa carismática con la que muchas veces conseguía que la gente se olvidase de lo difícil que era. Se llama Óscar, con 26 años, consiguió puesto de jefe y hasta un despacho. A pesar de que el personaje en cuestión me caía fatal, sí que me daba envidia que hubiera llegado tan alto en tan poco tiempo y en el fondo deseaba tener una progresión similar a la suya, y esa era la razón por la que todavía no le había mandado a la mierda.
Esa noche, mientras cenaba con mis padres, comenté el despido de la secretaria de mi jefe, y mi madre comentó que tal vez debería ofrecerse para ese puesto, aunque fuera para ayudar un poco con los gastos de la casa. Yo le dije que ni en broma, que ya encontraría otra cosa, y que además Óscar era un personaje difícil y que ella no iba a aguantar la presión. Mi madre insistió, diciendo que la cosa estaba muy mal.
Sin embargo las cosas iban a peor para mi padre, y con la crisis, a mi madre tampoco le resultaba fácil encontrar un trabajo. La situación en casa cada vez era más difícil, y sabiendo que Óscar todavía no había encontrado una nueva secretaria se me ocurrió la tonta idea de entrar a su despacho. Hecho una manojo de nervios, le pregunté qué tal iba la búsqueda de secretaria, y él me dijo que fatal, que no le convencía nadie, y porque me importaba a mí?.
– Es que…mi madre está buscando un trabajo. – dije no muy convencido.
Óscar se quedó callado un momento y de repente empezó:
– ¡Jajaja! ¿Tu madre? ¿Y luego qué, intentarás enchufar a tu primo en administración? ¿O tal vez a tu abuelo? ¡Jajaja! – dijo con sorna – Pero bueno, no pierdo nada, así que dile a tu madre que se pase por aquí mañana por la mañana y le haré la entrevista, aunque no te prometo nada. Eso sí, no le digas nada a nadie, a ver si van a empezar a venir todos los becarios con solicitudes de trabajo para toda su familia.
Al día siguiente, mientras estaba en la universidad estuve pensando en cómo le habría ido la entrevista a mi madre, y esperaba que Óscar no hubiera sido muy mala clase con ella, así que al terminar las clases me fui rápido para el trabajo.
Cuando llegué había cierto revuelo en la oficina, sobre todo por parte de los compañeros, y cuando me senté en mi puesto supe por qué.
– Vaya madurita que ha venido a hacer una entrevista de trabajo con el Óscar – me dijo un señor que se sentaba cerca de mí y que estaba todo el rato comentado cosas sobre las mujeres de la oficina –
El comentario no me sentó muy bien, sobre todo viniendo del cincuentón salido ese, pero tampoco me sentó mejor lo que dijo uno de mis compañeros becarios.
– Ya te digo, menuda milf, ¡jajaja! Tienes que verla, a ver si la aceptan y la tenemos aquí para que nos alegre la vista – me dijo con entusiasmo. La verdad es que yo ya sospechaba de quién hablaba, y cuando Óscar me llamó a su despacho se confirmaron mis sospechas.
– ¡Becario!, tengo buenas noticas para ti – me dijo con una sonrisa indescifrable en su cara – Voy a darle una oportunidad a tu madre. Ya le he dicho a ella también que en la oficina serán dos extraños, nada de madre e hijo, ¿entendido?
Asentí con una mezcla de sentimientos, feliz por mi madre pero preocupado porque no quería ver a Óscar echándole broncas y llamándola inútil y cosas por el estilo. Por la noche, en casa, mi madre nos anunció que la habían contratado a tiempo completo por 6 meses y no paró de decir lo feliz que estaba de poder trabajar después de tanto tiempo, y que no me preocupara, que se iba a esmerar en todo para demostrar su valía.
Al día siguiente al acabar las clases, cuando llegué, allí estaba mi madre, en su sitio a la entrada del despacho de Óscar, atendiendo una llamada mientras tomaba nota de algo. Estaba vestida con un traje con falda beige, muy discreta y elegante, que parecía más propio de una jefa que de una secretaria, y desentonaba un poco con las secretarias de los otros jefes. Mis compañeros estaban revolucionados, haciendo comentarios obscenos sobre mi madre, algo que probablemente no hubieran hecho delante si hubieran sabido quién era ella. En un momento que se cruzaron nuestras miradas, mi madre me hizo un guiño y yo le devolví una sonrisa de ánimo, pero enseguida seguimos cada uno a lo suyo como si no nos conociéramos.
No llevaba ni 15 minutos cuando se oyó un furioso «¡Isabel!». Yo ya temí por el puesto de mi madre, pero lo que más me chocó fue lo sumiso que sonó la contestación de mi madre:
– Si, señor – y diciendo esto se levantó y entró a su despacho, no sin que antes varias miradas se posasen en el cuerpo que cruzaba la puerta de Óscar.
Por lo visto mi madre se había equivocado con unas notas que tenía que enviar a unos clientes de Óscar, y la bronca que le estaba echando se escuchaba desde fuera. Al salir del despacho mi madre tenía la cara roja, pero enseguida recuperó la compostura y pude ver que se ponía a enmendar sus errores.
Al día siguiente cuando llegué a la oficina, Óscar estaba en el sitio de mi madre felicitándola por haber sabido arreglar sus errores del día anterior, y tras eso le dijo que fuera a prepararle un café. Ella se levantó a traerlo mostrando su armonioso cuerpo para deleite de los hombres de la empresa, y también de Óscar, ya que mientras entraba a su despacho pude ver cómo sus ojos se clavaban en los glúteos de mi madre mientras una extraña sonrisa se dibujaba en su cara.
Y así fueron pasando los días, y a las dos semanas la relación entre Óscar y mi madre parecía muy estable hasta que un día mi madre le concertó una cita con un cliente sin habérselo consultado primero. Por lo visto dicha persona era un cliente muy pesado pero al que se le debía dinero y al que Óscar había estado tratando de evitar a toda costa. La bronca fue tal que mi madre estaba a punto de llorar.
¡No vuelvas a hacer nada sin mi permiso!¿Entiendes? – Mi madre asentía mientras trataba de contener las lágrimas – Mira que te dije que consultaras estas cosas conmigo siempre. ¡A ver si entiendes de una vez que tu trabajo consiste en hacer lo que yo te diga!
– S..sí, señor …l..lo siento. Le prometo que haré lo que me diga a partir de ahora – asintió mi madre rompiendo a llorar.
Para sorpresa de todos, Óscar pareció mostrar su lado más humano, y pidiéndola disculpas por hacerla llorar, la hizo entrar a su despacho para hablar del tema. Llevaban más de 10 minutos metidos, y yo seguía preocupado por haber visto a mi madre llorar, y con la excusa de tener algunas dudas sobre la factura que tenía que hacer para ciertos clientes, me acerqué al despacho. Lo que vi por lo entreabierta de la puerta me dejó algo confuso. Óscar estaba abrazando a mi madre que lloraba, en principio parecía para consolarla, dándole palmadas en la espalda, pero la otra mano estaba alarmantemente por debajo de su cintura, y a cada palmadita parecía bajar ligeramente para palpar su culo más y más. Supuse que mi madre no se estaba dando cuenta por su estado anímico, pero Óscar tenía que saber que se estaba aprovechando de la situación. Sin valor para interrumpir, me fui a mi sitio y esperé a que acabase el día para regresar a casa. En la noche, quería decirle a mi madre que el hijo puta de Óscar se había intentado aprovechar, pero no sabía cómo.
– Esto… mamá, hoy ha sido muy duro, ¿no? ¿Estás bien? – pregunté intentando empezar la conversación.
– Si hijo, si ha sido culpa mía. No tenía que haber dado la cita al cliente ese – dijo ella dedicándome una triste sonrisa.
– Ya, pero el imbécil ese de Óscar se te ha puesto a gritar como un anormal – contesté enfadado.
– Hijo, no te pongas así. Sí que es cierto que se ha pasado un poco, pero luego en su despacho me ha explicado que tiene que tener mano dura con la gente, y al final conmigo se ha portado como un caballero y me ha estado consolando – dijo tratando de calmarme. Ahí vi mi oportunidad para sacar el tema.
– Ya, consolarte. ¿Y te dio un abrazo o algo o qué? – pregunté de forma picaresca.
– Si, la verdad es que me ha dado un abrazo muy reconfortante. No sabía que tenía ese lado cariñoso.
Me chocó un poco que dijese «cariñoso», pero no cejé en mi intento.
– ¿Pero un abrazo no es un poco….? No sé, que tampoco hay tanta confianza, ¿no? – dije con tono mosqueado.
– Ay, hijo, no ha sido nada, no seas tonto. Lo que tengo que hacer es, como ha dicho él, ser mejor secretaria, obedecerle mejor, y así todo irá bien.
No me gustó nada eso de «obedecerle mejor», pero tampoco quería agobiar a mi madre, y lo dejé correr. Ella en la cena no dijo nada, y supuse que había pasado página al asunto.
A partir de entonces mi madre empezó a trabajar de forma más enérgica, como queriendo demostrar que era perfectamente válida, y que lo de llorar fue un pequeño desliz, y la verdad es que lo hacía tan bien, que la gente empezó a reconocer su trabajo más allá de cara bonita y su figura.
Sin embargo, cuando llegaba a la oficina desde la universidad, podía ver cómo mi madre estaba cambiando poco a poco. Su relación con Óscar era cada vez más amigable, y lo de «Señor » había pasado a «jefe» o a veces incluso llamarle por su nombre. Por parte de Óscar, el roce era cada vez mayor, y ya no había ocasión en la que le estuviera explicando algo en la que no tuviera su brazo alrededor de su cintura y su mano posada en sus caderas o casi en su culo.
Yo sabía que a pesar del roce, mi madre no daría paso a más. O eso esperaba. Un día que tenía que entregar unas cosas a Óscar, iba a entrar en el despacho cuando vi que estaban los dos de pie apoyados sobre la mesa revisando unos documentos, y éste puso su mano descaradamente en el culo de mi madre. Ya no era que pudiese dar lugar a interpretación de si había puesto su mano muy abajo en la cadera de mi madre, es que directamente estaba apretando su nalga derecha.
– Isabel, tengo que reconocer que eres una secretaria increíble, pero más increíble es este culito que tienes, – dijo mirando los documentos que mi madre le estaba explicando, pero sin dejar de palpar el culo de mi madre.
Mi madre se irguió y le apartó la mano cogiéndosela con firmeza y poniéndola sobre la mesa. – Eh, jefe, las manos quietas – dijo con tono de aviso, pero sonriendo. No era el bofetón que yo esperaba que le hubiera dado, pero al menos le dejaba claro que no se pasase de la raya.
– Perdona Isabel, pero es que tienes un culo perfecto. ¿Sabes que todas las becarias te odian por eso?
– No digas tonterías, y atiende, que esto es importante para la reunión de mañana – dijo apoyándose sobre la mesa de nuevo.
Óscar también se apoyó, pero volvió a poner su mano ahora en la pierna de mi madre aprovechando la altura de la falda negra que llevaba mi madre. Mi madre volvió a apartarle la mano diciéndole que tuviera las manos quietas.
– Está bien, explícame todo esto, Isabel – y se inclinó sobre los documentos como poniendo atención, y en cuanto mi madre se hubo inclinado aprovechó para posar sus manos sobre la cintura de ella. Esta vez mi madre no dijo nada, simplemente le miró con una sonrisa de incredulidad, resopló y procedió con la explicación. Viendo aquello sentía una rabia interior insoportable. Tal vez no se dejaba tocar el culo por su jefe, pero parecía que se resignaba a los ligeros roces de aquel tipejo que no ocultaba sus intenciones.
Las semanas fueron pasando y mi madre parecía que ya no sólo se resignaba a los continuos roces y agarrones de Óscar, sino que los aceptaba como parte de la relación jefe-secretaría que habían desarrollado entre ellos dos.
Lo peor fue cuando Óscar le pidió a mi madre empezase a organizar la fiesta del aniversario de la fundación de la empresa. Ahora mi madre estaba de aquí para allá, paseándose por las dos plantas de la empresa, preguntando las preferencias de la gente para la fiesta, y casualmente todos los hombres tenían algo que preguntar o solicitar. Cuando pasaba por las distintas oficinas podía ver cómo compañeros becarios se agolpaban en el ascensor para subir con mi madre. Fueron dos semanas horribles en las que no paraba de ver a muchos hombres de la empresa, jovenes, viejos, becarios, directivos… comerse con la mirada a la que para ellos era la secretaria estrella del jefe más difícil y para mí la dulce madre que estaba intentando ayudar a la situación económica familiar.
Al final, mi madre decidió que se podía organizar en la propia oficina y a Óscar le pareció una idea estupenda y la felicitó por un trabajo bien hecho con un beso en la mejilla, que provocó el sonrojo de mi madre.
Por fin llegó el día de la fiesta, y la gente en la oficina estaba más pendiente de las copas que esperaban que al propio trabajo. No así mi madre, que estaba de arriba para abajo
– De pronto Oscar le preguntó… Isabel, ¿esta noche nos vemos en la fiesta, no? –acercándose por detrás, tomándola por la cintura.
– Claro que sí, jefe, – contestó mi madre sonriendo.
– ¿Te pondrás guapa, no? – sugirió Óscar casi relamiéndose.
– No voy a venir vestida de secretaria, si eso es lo que te preocupa.
– Entonces me voy a cambiar y ansioso de verte esta noche. – le dijo satisfecho – Por cierto, ten en cuenta lo que te dije. No le insistas en venir a tu marido, porque probablemente se aburra. Ya lo he visto en otras reuniones.
Al pasar por mi lado, me pasó el brazo por el cuello y llevándome con él hacia el ascensor me preguntó:
– Te llamabas Miguel, ¿verdad? ¿Qué tal de becario? ¿Aprendes mucho? – y sin darme tiempo a contestar me dijo – ¿Qué tal llevas lo de tu madre? Tiene que ser jodido tener una madre como la tuya, ¿eh? Están todos los hombres de la oficina babeando por su cuerpo, jaja. La verdad es que tiene una cola impresionante.
Estuve a punto de decirle que el más baboso era él, pero me contuve.
– Es un poco aburridor escucharles todo el tiempo decir cosas del cuerpo de ella, pero bueno, mi madre no hace caso, y yo tampoco – contesté con firmeza.
– Esa es la actitud,. Por cierto, ¿vas a venir a la fiesta?
– Creo que… sí. ¿Está todo el mundo invitado, no?
– Si, pero… bueno, pero tú sabrás. A mí me da igual, lo digo por ti. – me dijo con un tono más que de amenaza a consejo. Diciendo esto se metió en el ascensor, me miró con una mezcla de pena y sorna, y echó una última mirada a mi madre que estaba recogiendo para irse a casa a prepararse para la fiesta.
Mi madre se fue a su habitación a cambiarse, y a mí me dijo que hiciera lo mismo, que la fiesta empezaba en dos horas y que no quería llegar tarde siendo ella la organizadora.
Yo me metí en mi cuarto con muy pocas ganas de ir a la fiesta, pero sabiendo que debía ir, ya que un sexto sentido me decía que era mejor que estuviese haciendo de guardián de mi madre. Tras estar un rato viendo la tele, me puso a prepararme para la fiesta. La verdad es que no tardé casi nada. Me puse un atuendo casual y ya estaba listo. Mi madre seguro que no tardó tan poco mucho. Cuando salió me quedé boquiabierto, al igual que mi padre. Se había puesto un vestido negro a media pierna, de cuello halter, y unos zapatos también negros, con el tacón más alto que le había visto en años, desde que era un crío y ella una treintañera. El pelo lo llevaba como si estuviera revuelto, pero se notaba que se lo había revuelto con esmero y con toda la intención del mundo. La verdad es que con ese pelo parecía más joven, y para acompañar se había puesto unos pendientes de perla y un collar a juego.
– Isabel, ¡estás impresionante! – le dijo mi padre. Mi madre sonrió y le dio las gracias con un beso en la mejilla. Después cogió las llaves del auto, su bolso de mano y me dijo apurémonos o llegamos tarde.
Una vez en el coche mi madre me empezó a dar los típicos consejos de que no bebiera mucho, que me comportase, que si tenía suerte quién sabe si me hacían contrato cuando acabase mis prácticas, etc. Yo en lo único que podía pensar era en si era esto a lo que se refería Óscar cuando le dijo que se pusiera «guapa». Además me fijé en algo que no me había dado cuenta en casa, y es que el vestido al sentarse se le había recogido dejando ver sus sensuales piernas, desde los tobillos hasta el muslo interior, que ahora podía ver perfectamente desde el asiento del copiloto. Tantas cosas había visto en todos estos días que involuntariamente la escena me produjo una erección.
Cuando llegamos a la fiesta, todas las mujeres se habían puesto muy guapas, pero aún así mi madre resaltaba, a pesar de lo sensual se notaba su clase y así lo indicaban las miradas hacia ella. Cuando por fin llegamos a sitio de la fiesta se sucedieron los típicos besos y saludos de compañeros a los que habíamos visto apenas hace tres horas, y pude ver como alguien se abría paso entre todos los demás. Era Óscar, que venía muy informal, con una camisa de manga corta ultra ajustada marcando pectorales, unos vaqueros y unos zapatos deportivos, que le quedaba bien, y la sonrisa de mi madre al verle me confirmó que ella opinaba lo mismo. Al darse dos besos, Óscar puso sus manos en las caderas de mi madre, con sus dedos tocando sus nalgas por encima del vestido.
– Isabel, ¡estás impresionante! – le dijo Óscar. Fue lo mismo que le dijo mi padre a mi madre, pero esta vez la reacción de mi madre no fue una vaga sonrisa cariñosa, sino una sonrisa en medio de un sonrojo de quinceañera.
– Tú tampoco estás mal. Aunque algo informal, ¿no? – contestó mi madre mientras se iba con él tomada de la cintura en medio del barullo de la fiesta.
Yo me quedé sin saber qué hacer. Al final me dediqué a comer para tener la mente ocupada, y entre licor y canapés, pude dejar de pensar en mis preocupaciones sobre ella durante un buen rato. Me senté y pude ver que mi madre, a cambio de la recomendación que me había hecho de alejarme de la bebida ella si estaba bebiendo. Allí estaba ella, con Óscar agarrándola por la cintura como si fuera suya, se la presentó a otros invitados externos a la fiesta y riéndose como si fueran parejita. A mi madre ya se le notaba que estaba un poco alicorada porque generalmente su risa es tímida y era ahora era bastante alta, sin llegar a ser escandalosa. Eso, y lo otro era que Óscar no perdía oportunidad para discretamente acariciarle el culo, sin que ella se opusiera. Y por si acaso, Oscar no dejaba de alcanzarle copas y ella las aceptaba sin objetar. «Obedeciendo como una buena secretaria» pensé de forma burlona.
Harto de ver esa imagen, me dediqué a dar vueltas por la fiesta, pero cada vez que me paraba a hablar con alguien conocido, siempre acababan comentando algo sobre mi madre, y ya no podía más, así que me escapé un momento para aclarar la mente. Salí de la fiesta y abrí una de las puertas que da a las escaleras y allí me senté un rato. Ya casi se me había pasado la molestia y la confusión cuando escuche las risas de mi madre y de Óscar.
– Jajaja, ¿en serio quieres que bajemos ahora? ¿Pero qué es eso que quieres enseñarme? – decía mi madre medio entre risas nerviosas.
– Lo tengo en mi despacho. Sólo será un momento. Es una sorpresa y seguro que te va a alegrar la noche. – le contestó él mientras la llevaba al ascensor por la cintura.
Tal vez lo normal hubiera sido esperar allí sentado, pues no quedaba ni una hora para que se acabase la fiesta, pero por la curiosidad de saber qué era eso que le quería enseñar y movido por el aburrimiento, camine despacio por las escaleras al piso de abajo donde estaba el despacho de Óscar y cuando llegué a la puerta de salida, escuché como entraba Óscar con mi madre a su oficina. Esperé un par de minutos y abrí la puerta de las escaleras y me dirigí a la oficina. Todo estaba a obscuras con excepción de la oficina de Oscar, solo las luces de la calle servían para poder caminar sin tropezar.
Ahora había un silencio sepulcral, solamente roto por las risas de mamá y los comentarios subidos de Óscar que la hacían reír.
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Hola, me llamo Tomas, tengo 22 años y soy un estudiante de 4 año de leyes, actualmente vivo con mi familia. Mi padre Juan es un hombre de negocios de 48 años con cierto éxito, que nos ha ofrecido una vida bastante cómoda. Mi madre Isabel es un ama de casa de 42 años que se conserva muy bien y tiene una vida de ama de casa muy cómoda. Tiene el pelo rubio liso cortado a media melena, enmarcando una cara bonita, ojos marrones y rasgos muy finos, acordes con su cuerpo muy bien proporcionado, que sin exagerar, no tiene nada que envidiar a las chicas compañeras de mi universidad.
Esto comenzó a ocurrir hace un año cuando la crisis económica acabó afectando también a los negocios de mi padre, y los lujos en nuestras vidas fueron desapareciendo poco a poco. Afortunadamente yo había empezado como becario en una empresa consultora, trabajando duro, sin embargo uno de los jefes me hacia la vida imposible.
El jefecito en cuestión era un chaval joven recién licenciado, pero con un currículum académico impresionante, y la verdad, con todas las cualidades necesarias para llegar a ser jefe. Además tenía imagen: un tío alto, de complexión atlética, y una sonrisa carismática con la que muchas veces conseguía que la gente se olvidase de lo difícil que era. Se llama Óscar, con 26 años, consiguió puesto de jefe y hasta un despacho. A pesar de que el personaje en cuestión me caía fatal, sí que me daba envidia que hubiera llegado tan alto en tan poco tiempo y en el fondo deseaba tener una progresión similar a la suya, y esa era la razón por la que todavía no le había mandado a la mierda.
Esa noche, mientras cenaba con mis padres, comenté el despido de la secretaria de mi jefe, y mi madre comentó que tal vez debería ofrecerse para ese puesto, aunque fuera para ayudar un poco con los gastos de la casa. Yo le dije que ni en broma, que ya encontraría otra cosa, y que además Óscar era un personaje difícil y que ella no iba a aguantar la presión. Mi madre insistió, diciendo que la cosa estaba muy mal.
Sin embargo las cosas iban a peor para mi padre, y con la crisis, a mi madre tampoco le resultaba fácil encontrar un trabajo. La situación en casa cada vez era más difícil, y sabiendo que Óscar todavía no había encontrado una nueva secretaria se me ocurrió la tonta idea de entrar a su despacho. Hecho una manojo de nervios, le pregunté qué tal iba la búsqueda de secretaria, y él me dijo que fatal, que no le convencía nadie, y porque me importaba a mí?.
– Es que…mi madre está buscando un trabajo. – dije no muy convencido.
Óscar se quedó callado un momento y de repente empezó:
– ¡Jajaja! ¿Tu madre? ¿Y luego qué, intentarás enchufar a tu primo en administración? ¿O tal vez a tu abuelo? ¡Jajaja! – dijo con sorna – Pero bueno, no pierdo nada, así que dile a tu madre que se pase por aquí mañana por la mañana y le haré la entrevista, aunque no te prometo nada. Eso sí, no le digas nada a nadie, a ver si van a empezar a venir todos los becarios con solicitudes de trabajo para toda su familia.
Al día siguiente, mientras estaba en la universidad estuve pensando en cómo le habría ido la entrevista a mi madre, y esperaba que Óscar no hubiera sido muy mala clase con ella, así que al terminar las clases me fui rápido para el trabajo.
Cuando llegué había cierto revuelo en la oficina, sobre todo por parte de los compañeros, y cuando me senté en mi puesto supe por qué.
– Vaya madurita que ha venido a hacer una entrevista de trabajo con el Óscar – me dijo un señor que se sentaba cerca de mí y que estaba todo el rato comentado cosas sobre las mujeres de la oficina –
El comentario no me sentó muy bien, sobre todo viniendo del cincuentón salido ese, pero tampoco me sentó mejor lo que dijo uno de mis compañeros becarios.
– Ya te digo, menuda milf, ¡jajaja! Tienes que verla, a ver si la aceptan y la tenemos aquí para que nos alegre la vista – me dijo con entusiasmo. La verdad es que yo ya sospechaba de quién hablaba, y cuando Óscar me llamó a su despacho se confirmaron mis sospechas.
– ¡Becario!, tengo buenas noticas para ti – me dijo con una sonrisa indescifrable en su cara – Voy a darle una oportunidad a tu madre. Ya le he dicho a ella también que en la oficina serán dos extraños, nada de madre e hijo, ¿entendido?
Asentí con una mezcla de sentimientos, feliz por mi madre pero preocupado porque no quería ver a Óscar echándole broncas y llamándola inútil y cosas por el estilo. Por la noche, en casa, mi madre nos anunció que la habían contratado a tiempo completo por 6 meses y no paró de decir lo feliz que estaba de poder trabajar después de tanto tiempo, y que no me preocupara, que se iba a esmerar en todo para demostrar su valía.
Al día siguiente al acabar las clases, cuando llegué, allí estaba mi madre, en su sitio a la entrada del despacho de Óscar, atendiendo una llamada mientras tomaba nota de algo. Estaba vestida con un traje con falda beige, muy discreta y elegante, que parecía más propio de una jefa que de una secretaria, y desentonaba un poco con las secretarias de los otros jefes. Mis compañeros estaban revolucionados, haciendo comentarios obscenos sobre mi madre, algo que probablemente no hubieran hecho delante si hubieran sabido quién era ella. En un momento que se cruzaron nuestras miradas, mi madre me hizo un guiño y yo le devolví una sonrisa de ánimo, pero enseguida seguimos cada uno a lo suyo como si no nos conociéramos.
No llevaba ni 15 minutos cuando se oyó un furioso «¡Isabel!». Yo ya temí por el puesto de mi madre, pero lo que más me chocó fue lo sumiso que sonó la contestación de mi madre:
– Si, señor – y diciendo esto se levantó y entró a su despacho, no sin que antes varias miradas se posasen en el cuerpo que cruzaba la puerta de Óscar.
Por lo visto mi madre se había equivocado con unas notas que tenía que enviar a unos clientes de Óscar, y la bronca que le estaba echando se escuchaba desde fuera. Al salir del despacho mi madre tenía la cara roja, pero enseguida recuperó la compostura y pude ver que se ponía a enmendar sus errores.
Al día siguiente cuando llegué a la oficina, Óscar estaba en el sitio de mi madre felicitándola por haber sabido arreglar sus errores del día anterior, y tras eso le dijo que fuera a prepararle un café. Ella se levantó a traerlo mostrando su armonioso cuerpo para deleite de los hombres de la empresa, y también de Óscar, ya que mientras entraba a su despacho pude ver cómo sus ojos se clavaban en los glúteos de mi madre mientras una extraña sonrisa se dibujaba en su cara.
Y así fueron pasando los días, y a las dos semanas la relación entre Óscar y mi madre parecía muy estable hasta que un día mi madre le concertó una cita con un cliente sin habérselo consultado primero. Por lo visto dicha persona era un cliente muy pesado pero al que se le debía dinero y al que Óscar había estado tratando de evitar a toda costa. La bronca fue tal que mi madre estaba a punto de llorar.
¡No vuelvas a hacer nada sin mi permiso!¿Entiendes? – Mi madre asentía mientras trataba de contener las lágrimas – Mira que te dije que consultaras estas cosas conmigo siempre. ¡A ver si entiendes de una vez que tu trabajo consiste en hacer lo que yo te diga!
– S..sí, señor …l..lo siento. Le prometo que haré lo que me diga a partir de ahora – asintió mi madre rompiendo a llorar.
Para sorpresa de todos, Óscar pareció mostrar su lado más humano, y pidiéndola disculpas por hacerla llorar, la hizo entrar a su despacho para hablar del tema. Llevaban más de 10 minutos metidos, y yo seguía preocupado por haber visto a mi madre llorar, y con la excusa de tener algunas dudas sobre la factura que tenía que hacer para ciertos clientes, me acerqué al despacho. Lo que vi por lo entreabierta de la puerta me dejó algo confuso. Óscar estaba abrazando a mi madre que lloraba, en principio parecía para consolarla, dándole palmadas en la espalda, pero la otra mano estaba alarmantemente por debajo de su cintura, y a cada palmadita parecía bajar ligeramente para palpar su culo más y más. Supuse que mi madre no se estaba dando cuenta por su estado anímico, pero Óscar tenía que saber que se estaba aprovechando de la situación. Sin valor para interrumpir, me fui a mi sitio y esperé a que acabase el día para regresar a casa. En la noche, quería decirle a mi madre que el hijo puta de Óscar se había intentado aprovechar, pero no sabía cómo.
– Esto… mamá, hoy ha sido muy duro, ¿no? ¿Estás bien? – pregunté intentando empezar la conversación.
– Si hijo, si ha sido culpa mía. No tenía que haber dado la cita al cliente ese – dijo ella dedicándome una triste sonrisa.
– Ya, pero el imbécil ese de Óscar se te ha puesto a gritar como un anormal – contesté enfadado.
– Hijo, no te pongas así. Sí que es cierto que se ha pasado un poco, pero luego en su despacho me ha explicado que tiene que tener mano dura con la gente, y al final conmigo se ha portado como un caballero y me ha estado consolando – dijo tratando de calmarme. Ahí vi mi oportunidad para sacar el tema.
– Ya, consolarte. ¿Y te dio un abrazo o algo o qué? – pregunté de forma picaresca.
– Si, la verdad es que me ha dado un abrazo muy reconfortante. No sabía que tenía ese lado cariñoso.
Me chocó un poco que dijese «cariñoso», pero no cejé en mi intento.
– ¿Pero un abrazo no es un poco….? No sé, que tampoco hay tanta confianza, ¿no? – dije con tono mosqueado.
– Ay, hijo, no ha sido nada, no seas tonto. Lo que tengo que hacer es, como ha dicho él, ser mejor secretaria, obedecerle mejor, y así todo irá bien.
No me gustó nada eso de «obedecerle mejor», pero tampoco quería agobiar a mi madre, y lo dejé correr. Ella en la cena no dijo nada, y supuse que había pasado página al asunto.
A partir de entonces mi madre empezó a trabajar de forma más enérgica, como queriendo demostrar que era perfectamente válida, y que lo de llorar fue un pequeño desliz, y la verdad es que lo hacía tan bien, que la gente empezó a reconocer su trabajo más allá de cara bonita y su figura.
Sin embargo, cuando llegaba a la oficina desde la universidad, podía ver cómo mi madre estaba cambiando poco a poco. Su relación con Óscar era cada vez más amigable, y lo de «Señor » había pasado a «jefe» o a veces incluso llamarle por su nombre. Por parte de Óscar, el roce era cada vez mayor, y ya no había ocasión en la que le estuviera explicando algo en la que no tuviera su brazo alrededor de su cintura y su mano posada en sus caderas o casi en su culo.
Yo sabía que a pesar del roce, mi madre no daría paso a más. O eso esperaba. Un día que tenía que entregar unas cosas a Óscar, iba a entrar en el despacho cuando vi que estaban los dos de pie apoyados sobre la mesa revisando unos documentos, y éste puso su mano descaradamente en el culo de mi madre. Ya no era que pudiese dar lugar a interpretación de si había puesto su mano muy abajo en la cadera de mi madre, es que directamente estaba apretando su nalga derecha.
– Isabel, tengo que reconocer que eres una secretaria increíble, pero más increíble es este culito que tienes, – dijo mirando los documentos que mi madre le estaba explicando, pero sin dejar de palpar el culo de mi madre.
Mi madre se irguió y le apartó la mano cogiéndosela con firmeza y poniéndola sobre la mesa. – Eh, jefe, las manos quietas – dijo con tono de aviso, pero sonriendo. No era el bofetón que yo esperaba que le hubiera dado, pero al menos le dejaba claro que no se pasase de la raya.
– Perdona Isabel, pero es que tienes un culo perfecto. ¿Sabes que todas las becarias te odian por eso?
– No digas tonterías, y atiende, que esto es importante para la reunión de mañana – dijo apoyándose sobre la mesa de nuevo.
Óscar también se apoyó, pero volvió a poner su mano ahora en la pierna de mi madre aprovechando la altura de la falda negra que llevaba mi madre. Mi madre volvió a apartarle la mano diciéndole que tuviera las manos quietas.
– Está bien, explícame todo esto, Isabel – y se inclinó sobre los documentos como poniendo atención, y en cuanto mi madre se hubo inclinado aprovechó para posar sus manos sobre la cintura de ella. Esta vez mi madre no dijo nada, simplemente le miró con una sonrisa de incredulidad, resopló y procedió con la explicación. Viendo aquello sentía una rabia interior insoportable. Tal vez no se dejaba tocar el culo por su jefe, pero parecía que se resignaba a los ligeros roces de aquel tipejo que no ocultaba sus intenciones.
Las semanas fueron pasando y mi madre parecía que ya no sólo se resignaba a los continuos roces y agarrones de Óscar, sino que los aceptaba como parte de la relación jefe-secretaría que habían desarrollado entre ellos dos.
Lo peor fue cuando Óscar le pidió a mi madre empezase a organizar la fiesta del aniversario de la fundación de la empresa. Ahora mi madre estaba de aquí para allá, paseándose por las dos plantas de la empresa, preguntando las preferencias de la gente para la fiesta, y casualmente todos los hombres tenían algo que preguntar o solicitar. Cuando pasaba por las distintas oficinas podía ver cómo compañeros becarios se agolpaban en el ascensor para subir con mi madre. Fueron dos semanas horribles en las que no paraba de ver a muchos hombres de la empresa, jovenes, viejos, becarios, directivos… comerse con la mirada a la que para ellos era la secretaria estrella del jefe más difícil y para mí la dulce madre que estaba intentando ayudar a la situación económica familiar.
Al final, mi madre decidió que se podía organizar en la propia oficina y a Óscar le pareció una idea estupenda y la felicitó por un trabajo bien hecho con un beso en la mejilla, que provocó el sonrojo de mi madre.
Por fin llegó el día de la fiesta, y la gente en la oficina estaba más pendiente de las copas que esperaban que al propio trabajo. No así mi madre, que estaba de arriba para abajo
– De pronto Oscar le preguntó… Isabel, ¿esta noche nos vemos en la fiesta, no? –acercándose por detrás, tomándola por la cintura.
– Claro que sí, jefe, – contestó mi madre sonriendo.
– ¿Te pondrás guapa, no? – sugirió Óscar casi relamiéndose.
– No voy a venir vestida de secretaria, si eso es lo que te preocupa.
– Entonces me voy a cambiar y ansioso de verte esta noche. – le dijo satisfecho – Por cierto, ten en cuenta lo que te dije. No le insistas en venir a tu marido, porque probablemente se aburra. Ya lo he visto en otras reuniones.
Al pasar por mi lado, me pasó el brazo por el cuello y llevándome con él hacia el ascensor me preguntó:
– Te llamabas Miguel, ¿verdad? ¿Qué tal de becario? ¿Aprendes mucho? – y sin darme tiempo a contestar me dijo – ¿Qué tal llevas lo de tu madre? Tiene que ser jodido tener una madre como la tuya, ¿eh? Están todos los hombres de la oficina babeando por su cuerpo, jaja. La verdad es que tiene una cola impresionante.
Estuve a punto de decirle que el más baboso era él, pero me contuve.
– Es un poco aburridor escucharles todo el tiempo decir cosas del cuerpo de ella, pero bueno, mi madre no hace caso, y yo tampoco – contesté con firmeza.
– Esa es la actitud,. Por cierto, ¿vas a venir a la fiesta?
– Creo que… sí. ¿Está todo el mundo invitado, no?
– Si, pero… bueno, pero tú sabrás. A mí me da igual, lo digo por ti. – me dijo con un tono más que de amenaza a consejo. Diciendo esto se metió en el ascensor, me miró con una mezcla de pena y sorna, y echó una última mirada a mi madre que estaba recogiendo para irse a casa a prepararse para la fiesta.
Mi madre se fue a su habitación a cambiarse, y a mí me dijo que hiciera lo mismo, que la fiesta empezaba en dos horas y que no quería llegar tarde siendo ella la organizadora.
Yo me metí en mi cuarto con muy pocas ganas de ir a la fiesta, pero sabiendo que debía ir, ya que un sexto sentido me decía que era mejor que estuviese haciendo de guardián de mi madre. Tras estar un rato viendo la tele, me puso a prepararme para la fiesta. La verdad es que no tardé casi nada. Me puse un atuendo casual y ya estaba listo. Mi madre seguro que no tardó tan poco mucho. Cuando salió me quedé boquiabierto, al igual que mi padre. Se había puesto un vestido negro a media pierna, de cuello halter, y unos zapatos también negros, con el tacón más alto que le había visto en años, desde que era un crío y ella una treintañera. El pelo lo llevaba como si estuviera revuelto, pero se notaba que se lo había revuelto con esmero y con toda la intención del mundo. La verdad es que con ese pelo parecía más joven, y para acompañar se había puesto unos pendientes de perla y un collar a juego.
– Isabel, ¡estás impresionante! – le dijo mi padre. Mi madre sonrió y le dio las gracias con un beso en la mejilla. Después cogió las llaves del auto, su bolso de mano y me dijo apurémonos o llegamos tarde.
Una vez en el coche mi madre me empezó a dar los típicos consejos de que no bebiera mucho, que me comportase, que si tenía suerte quién sabe si me hacían contrato cuando acabase mis prácticas, etc. Yo en lo único que podía pensar era en si era esto a lo que se refería Óscar cuando le dijo que se pusiera «guapa». Además me fijé en algo que no me había dado cuenta en casa, y es que el vestido al sentarse se le había recogido dejando ver sus sensuales piernas, desde los tobillos hasta el muslo interior, que ahora podía ver perfectamente desde el asiento del copiloto. Tantas cosas había visto en todos estos días que involuntariamente la escena me produjo una erección.
Cuando llegamos a la fiesta, todas las mujeres se habían puesto muy guapas, pero aún así mi madre resaltaba, a pesar de lo sensual se notaba su clase y así lo indicaban las miradas hacia ella. Cuando por fin llegamos a sitio de la fiesta se sucedieron los típicos besos y saludos de compañeros a los que habíamos visto apenas hace tres horas, y pude ver como alguien se abría paso entre todos los demás. Era Óscar, que venía muy informal, con una camisa de manga corta ultra ajustada marcando pectorales, unos vaqueros y unos zapatos deportivos, que le quedaba bien, y la sonrisa de mi madre al verle me confirmó que ella opinaba lo mismo. Al darse dos besos, Óscar puso sus manos en las caderas de mi madre, con sus dedos tocando sus nalgas por encima del vestido.
– Isabel, ¡estás impresionante! – le dijo Óscar. Fue lo mismo que le dijo mi padre a mi madre, pero esta vez la reacción de mi madre no fue una vaga sonrisa cariñosa, sino una sonrisa en medio de un sonrojo de quinceañera.
– Tú tampoco estás mal. Aunque algo informal, ¿no? – contestó mi madre mientras se iba con él tomada de la cintura en medio del barullo de la fiesta.
Yo me quedé sin saber qué hacer. Al final me dediqué a comer para tener la mente ocupada, y entre licor y canapés, pude dejar de pensar en mis preocupaciones sobre ella durante un buen rato. Me senté y pude ver que mi madre, a cambio de la recomendación que me había hecho de alejarme de la bebida ella si estaba bebiendo. Allí estaba ella, con Óscar agarrándola por la cintura como si fuera suya, se la presentó a otros invitados externos a la fiesta y riéndose como si fueran parejita. A mi madre ya se le notaba que estaba un poco alicorada porque generalmente su risa es tímida y era ahora era bastante alta, sin llegar a ser escandalosa. Eso, y lo otro era que Óscar no perdía oportunidad para discretamente acariciarle el culo, sin que ella se opusiera. Y por si acaso, Oscar no dejaba de alcanzarle copas y ella las aceptaba sin objetar. «Obedeciendo como una buena secretaria» pensé de forma burlona.
Harto de ver esa imagen, me dediqué a dar vueltas por la fiesta, pero cada vez que me paraba a hablar con alguien conocido, siempre acababan comentando algo sobre mi madre, y ya no podía más, así que me escapé un momento para aclarar la mente. Salí de la fiesta y abrí una de las puertas que da a las escaleras y allí me senté un rato. Ya casi se me había pasado la molestia y la confusión cuando escuche las risas de mi madre y de Óscar.
– Jajaja, ¿en serio quieres que bajemos ahora? ¿Pero qué es eso que quieres enseñarme? – decía mi madre medio entre risas nerviosas.
– Lo tengo en mi despacho. Sólo será un momento. Es una sorpresa y seguro que te va a alegrar la noche. – le contestó él mientras la llevaba al ascensor por la cintura.
Tal vez lo normal hubiera sido esperar allí sentado, pues no quedaba ni una hora para que se acabase la fiesta, pero por la curiosidad de saber qué era eso que le quería enseñar y movido por el aburrimiento, camine despacio por las escaleras al piso de abajo donde estaba el despacho de Óscar y cuando llegué a la puerta de salida, escuché como entraba Óscar con mi madre a su oficina. Esperé un par de minutos y abrí la puerta de las escaleras y me dirigí a la oficina. Todo estaba a obscuras con excepción de la oficina de Oscar, solo las luces de la calle servían para poder caminar sin tropezar.
Ahora había un silencio sepulcral, solamente roto por las risas de mamá y los comentarios subidos de Óscar que la hacían reír.
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