Mi Abuelo me Enseña como se Asean los Animales

heranlu

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Nací y crecí en un pueblo de Yucatán; la casa donde vivía en ese entonces se encontraba en las afueras del poblado, por lo cual en ese entonces teníamos muy pocos vecinos. Vivíamos con mis abuelos; mi mamá a los 6 años me abandonó, pues conoció a una persona que le endulzó el oído y se fue con él, por lo tanto me quedó el cuidado de mis abuelos. Mi abuela en ese entonces tenía 40 años y mi abuelo 45 años (mi abuela tuvo a mi mamá a los 17, y mi mamá quedó embarazada a los 16).

Recuerdo que todo comenzó en la primaria, cuando tenía 17 años. Mi abuelo siempre ha sido un hombre del campo; es de esas personas que la mayor parte del día se la pasa en su parcela en el monte o cultivando algo del campo. Mi abuela, en cambio, era una mujer dedicada al hogar y muy sumisa con mi abuelo, pues él era muy machista.
Mi abuelo a sus 45 años, era un hombre de tez morena, complexión algo gruesa, chaparrito, pelo ondulado y corto, siempre andaba sin camisa y con una gorra, se dedicaba al trabajo en el campo; Yo en ese entonces era de complexión media, algo gordita, igual chaparrita, morena, pelo lacio, con los pechos apenas en desarrollo y nalgona.

Recuerdo que una tarde, llegando de la escuela, mi abuelo nos contó que unos borregos acababan de nacer. Emocionada, como cualquiera de la edad, estuve presionando para que me llevara a conocer a los animalitos. Al principio él decía que no, pero después, a los días, aceptó. Un día después de comer me preguntó si aún quería conocer a los animales; emocionada, le dije que sí. Me subió a su bicicleta y emprendimos el viaje hacia la parcela. Su parcela se encontraba a unos kilómetros del poblado, muy dentro del monte. Yo ya había ido con mi abuela a cosechar o a alimentar algún animalito. Al llegar, me llevó a los corrales, sacó a los bebés y me los dio para que me conocieran; los dejó al cuidado mientras él hacía otras labores.

Al poco rato regresó, me dijo que ya había terminado y que quería descansar. Entramos al cuarto que había para resguardarse del sol; era una construcción de madera sin electricidad, apenas tenía una lámina que le servía como puerta y un agujero en la pared sin ventana, el cual tenía tapado con un trapo para que no entre el sol directo, y su piso era de cemento. No tenía baño; en la esquina de la construcción metía unas cubetas con agua para bañarse y las necesidades se hacían en el monte. En el interior tenía una hamaca para descansar, unas sillas y una mesa, además de herramientas de trabajo.

Al entrar, él se quitó la camisa y se acostó en la hamaca. Me dijo que se encontraba muy cansado, insistió en que yo me acueste a su lado; era usual que él, al llegar a casa, se acueste conmigo o me abrace y me haga cariñitos, por lo tanto, nunca le vi nada malo. Me acosté a su lado y comenzamos a platicar de los animalitos; a los minutos, él se paró y se quitó su short. Me dijo que tenía ganas de dormir; se quedó únicamente con su trusa. Esta acción igual no era nada rara para mí, pues él acostumbraba a dormir únicamente en ropa interior, pues en la casa donde vivíamos únicamente tenía un cuarto donde dormimos los tres (mi abuela, él y yo); por lo tanto, era usual verlo dormir así.

Se acostó otra vez conmigo en la hamaca que había en la casa, comenzó a abrazarme mientras platicamos de los animalitos; por momentos me hacía cosquillas o me besaba el cuello. No lo veía como nada malo, sin embargo, sentía que su pene había crecido, pues yo estaba de espaldas a él.

Poco a poco los toqueteos fueron aumentando. Primero comenzó a hacer cosquillas en mi panza, después fue metiendo su mano entre la blusa que tenía, hasta llegar a mis pechos (en ese entonces no usaba corpiño). Después comenzó a bajar hasta mi vagina; únicamente pasaba sus dedos alrededor de mi ingle, sin introducirlos, después por encima. Yo únicamente me reía y le decía que me daba cosquillas; él preguntaba si me gustaba; yo únicamente respondía diciendo que me daba cosquillas y me reía.

Sentía que él se movía, apretaba mi cuerpo para que esté lo más pegado a él; sus besos en mi espalda se volvían más intensos, sus dedos jugaban con mis labios vaginales; por momentos metía sus manos entre mis nalgas y las apretaba.

Cuando su pene quedó completamente duro, se paró de la hamaca y dijo que ya íbamos a dormir, pero que como había mucho calor, debíamos dormir desnudos. Entonces se quitó la truza y pude ver por primera vez su pene; en ese momento lo veía «gordo»; sin embargo, era un pene bastante común en tamaño (16 o 17 CM, algo grueso, con pelos, con prepucio y moreno). Yo aún seguía con mi ropa (short, calzón y blusa), entonces me dijo que también debía quitarme la ropa para dormir más cómodos, porque íbamos a dormir juntos en la hamaca. seguía sin ver algo malo, entonces me pare y el le ayudo a desvestirme, mientras me quitaba la ropa me decía que solo en la parcela podemos dormir así, porque nadie nos puede ver, además de que no se le debo decir a nadie que dormíamos desnudos, pues podían ir a acecharnos y ya no podría regresar a ver a los animalitos

Mientras me desvestía, él pasaba sus manos por todo mi cuerpo y también lo besaba; de igual forma, por momentos agarraba su pene y lo sacudía. Cuando ya me encontraba totalmente desnuda, él se acostó primero en la hamaca y después me jaló hacia él. Quedé de nuevo a espaldas de él, sentía su pene moverse y lo duro que ya se había puesto; hasta ese momento no había preguntado por qué su pene hacía eso.

Él seguía besandome el cuello y pasando sus manos por todo mi cuerpo, después me dijo que quería abrazarme y me giro de frente a él, su pene chocaba contra mi ombligo (por la diferencia de tamaños), seguía besandome el cuello, sus manos se metían entre mis nalgas y hacia círculos con sus dedos en mi ano, hasta que le dije que su «cosa» me estaba picando el estómago, el se rió y comezó a decirme que se ponía duro por las cosas que estábamos haciendo, yo solo seguía viendolo, entonces mi abuelo tomó mi mano y la puso encima en su pene, comenzó a guiarme para que sienta como era su «cosa», paso mi mano por sus testículos, por todo su tronco y después hasta la punta, con ayuda de su mano comencé a bajarle el prepucio, según él para que vea como era la cabeza de su «cosa», yo estaba atenta a todo lo que me mostraba mientras él seguía manoseandome.

Él únicamente decía que eso hacía que quedara más duro; la verdad, yo lo encontraba entretenido porque era duro, pero la piel que lo cubría era suave. Seguí con los movimientos, hasta que vi que del hoyito que tenía en la cabeza comenzó a brotar algo como aceite. Enseguida le pregunté qué era eso. Él dijo que era jugo; con una mano agarró un poco y me lo puso en la boca. Después preguntó si me gustó y a qué sabía. Le respondí que «era baboso y no sabía a nada». Enseguida él me dijo que eso tenía mucha vitamina y que era bueno tomarlo.

Seguíamos acostados en la hamaca desnudos; yo seguía tocándole el pene, y él no paraba con los besos y deslizando sus dedos en todo mi cuerpo. Me volvió a poner de espaldas a él; volví a decirle que su pene me picaba la espalda. Entonces me dijo que si «cosa» estaba diseñando para que yo me monte en él, que era especial para que se ponga entre las piernas de las mujeres.

Me tomó de los hombros y me acomodó, me pidió abrir las piernas y metió su pene entre ellas; su pene quedó entre mis piernas y mi vagina. Él siguió besándome y acariciando; poco a poco comenzó a mover su pene; parecía que en verdad estaba montada encima de él. Mis piernas lo apretaban y con el líquido que sacaba se deslizaba fácilmente. Los besos subían de intensidad. Después me dijo que ya se le había quitado el sueño, que mejor deberíamos jugar algo para que nos dé sueño a los dos.

Yo le dije que sí, que sí quería jugar, entonces me dijo que jugaríamos a ser animalitos. Se levantó de la hamaca, comenzó a hacer como perro, de nuevo haciéndome cosquillas con sus manos. Me dijo que, como yo era su cachorrita, me bañaría como los perritos lo hacen. Fue cuando comenzó a lamer primero mis pechos, después subió a mi cuello, hasta que llegó a mi boca. Estuvo un momento pasando su lengua por mis labios y mi cara, mientras sus dedos jugaban por encima de mi vagina. Después regresó a lamer mis pecho,Después subió a mi cuello, hasta que llegó a mi boca, estuvo un momento pasando su lengua por mis labios y mi cara, mientras sus dedos jugaban por encima de mi vagina. Después regresó a lamer mis pechos, bajó a mi estómago y poco a poco se fue dirigiendo hacia mi vagina, abrió mis piernas con sus manos y comenzó a lamer mi vagina. Inició por encima y fue bajando hasta llegar a mis labios; con ambas manos mantenía abiertas mis piernas, ya que por la sensación intentaba cerrarlas y él me decía que me dejara. La verdad era algo que me daba mucho cosquilleo y se sentía muy bien; su lengua se movía por toda mi vagina.

La verdad era algo que me daba mucho cosquilleo y se sentía muy bien; su lengua se movía por toda mi vagina, la pasaba por mis labios vaginales, hacía movimientos circulares en el área de mi clítoris, lo que provocó que lubricara por todos los movimientos que hacía con la lengua.

Cuando vio la cantidad de lubricante que salía, comenzó a preguntarme si me estaba gustando; yo le dije que sí me gustaba. Entonces él siguió lamiendo; recuerdo que levantaba mis piernas y pasaba su lengua por mi ano; después regresaba a mi vagina. En ocasiones se detenía para masturbarse y continuaba dándome sexo oral.

Él estaba perdido lamiendo cada parte de mi vagina; por momentos subía a mis pechos, hasta que llegó de nueva cuenta a mi boca y comenzó a besarme. Ahí me dijo que lo hacía para que yo sienta a qué sabía mi vagina, y también insistía en que a nadie le debía decir que él me había besado. Poco después me levantó de la hamaca y me puso en una silla de madera que tenía, me pidió que me pusiera como una perrita, a cuatro patas; me acomodó y dijo que ya solo faltaba que me lavara el culo. Recuerdo que con ambas manos agarró mis nalgas y las abrió; entonces sentí cómo su lengua se movía por todo mi ano. Yo seguía riendo y diciéndole que me daba mucho cosquilleo; él únicamente seguía lamiendo.

Cuando se cansó de darme sexo oral, me sentó de nuevo en la hamaca y me preguntó si me estaba gustando; yo le dije que se sentía raro, pero que sí me gustaba. Entonces se acostó a mi lado y dijo que ahora a mí me tocaba bañarlo como si él fuera un perrito. Yo me reía y le decía que no sabía cómo. Él decía que debía repetir lo mismo que él me hizo porque así los perritos se mantienen limpios.

Él comenzó a darme indicaciones de dónde lamerlo, comencé con sus pechos igual; recuerdo que sabían salados. Por momentos me pedía que le muerda los pezones, después hizo que subiera a su cuello y ya cerca de su boca me tomó y comenzó a besarme. Yo intentaba seguirle el ritmo a su lengua; mientras nos besábamos, él seguía masturbándose. Hubo un momento en el que hizo que parara para mostrarme que le estaba saliendo mucha baba a su pene y, por los movimientos que hacía mientras se masturbaba, ya se había vuelto espumosa. Con su mano dio un estirón a su pene y toda la baba y la espuma se le quedaron en la mano.

La acercó a mi boca y comenzó a decirme que debo aprovechar para vitaminarme; entonces hizo que le lamiera la mano con la espuma y el aceite que había recolectado de su pene.

Cuando termine de limpiar su mano, me tomó de la cadera y me acercó a su pene, puso mis manos encima de su miembro y comenzó a guiarme para masturbarlo (él se encontraba acostado y yo de pie); mientras lo masturbaba, comenzó a pasar sus dedos por mis nalgas y tocar mi vagina. Hubo un momento en el que sentí que me agarró de la espalda e inclinó mi cara para que quedara cerca de su pene; ahí él me dijo que me tocaba lavarle su «pito», así como él había lavado mi vagina con su lengua.

Comenzó a decirme que solo lamiera la cabeza, que lo hiciera como si fuera una paleta, le decía que eso no entraría en mi boca, que estaba muy grande, él se reía, tomo mi cabeza y la acerco a su pene, entonces comencé a lamerle la cabeza como él me había dicho, después me pidió que intentará meterlo en mi boca y lo intente, así estuve algo de tiempo, por momentos mi abuelo me agarraba de la cabeza para llevar un ritmo, él gemía de placer y cada que la punta de su pene entraba en mi boca yo sentía lo caliente y baboso que se ponía.

Después me pidió que le pasara mi lengua a todo su pene. Al principio yo solo le daba pequeños besos a su tronco y a parte de sus testículos. Entonces comenzó a decirme que así no se bañaban los perritos, que se bañaban con la lengua y comenzó a indicarme cómo debía bañarlo; me pidió que comience pasando mi lengua desde abajo hacia arriba, que cuando llegue a la punta debería intentar metérmelo completo, aunque si no podía, solo me tragara la punta; esto lo hice muchas veces. Después pidió que le lamiera los testículos; me hizo que con una mano los agarre y levante para pasarle la lengua. Pidió que intentara meterlos a mi boca, pero por accidente los apreté de más y ahí ya dijo que únicamente los lamiera. Él tenía las piernas abiertas para que yo pudiera meter la cabeza y lamerle los testículos; mientras yo hacía eso, él se masturbaba y metía su mano entre mi vagina y mi ano. Cuando su pene sacaba baba y espuma, hacía que lo limpiará con la lengua, tengo que aceptar que su sabor y olor era algo que me gustaba mucho.

Creo que la peor parte fue cuando me pidió que le lamiera el culo igual. Abrió las piernas y con su mano estiró sus testículos para que yo pudiera meter mi cabeza y así mi lengua llegara. Tengo que admitir que no sentí algo desagradable y tampoco fue algo que tardara haciendo, ya que únicamente le di unas pasadas y él solo dijo que mejor regresara a lamerle el pene. Poco después se levantó de la hamaca y me pidió sentarme.

Después de sentarme en la hamaca, él se puso frente a mí, acercó su pene a mi boca y comenzó a pasármelo por toda la cara. Me pedía que abriera la boca y sacara la lengua para que con él me diera pequeños golpes. Me pidió que comenzara de nuevo a lamerle el pene; en esta ocasión, por momentos, él intentaba que todo su pene me entrara en la boca, pero yo me movía, ya que sentía que me ahogaba. Después de un momento, me pidió que abriera la boca y comenzó a masturbarse, hasta que de su pene salieron chorros de leche; era espesa y babosa, muy blanca, similar al resistol. Parte de su semen acabó en mi boca y otro en diversas partes de mi cuerpo (cara y pecho).Yo permanecía sentada con la leche cubriendo parte de mi cara mientras él seguía masturbándose hasta que hubo una segunda descarga de leche.

Después que terminó, pasó su pene por las partes de mi cara donde había semen, y las dirigió hacia mi boca; me pidió que las trague, ya que eso era leche de hombre y era muy nutritiva, la tragué de un tirón y sentí un sabor raro y viscoso; después, con su camiseta, limpió mi cuerpo para después pasar su lengua donde hubo restos de semen, según él, para bañarme bien y para que yo vea que no era mala porque también el la estaba lamiendo.

Me dio la camiseta para que me limpiara la cara; después volvió a acercar su pene para que lo limpiara con la boca. Ahí me dijo que debía absorber como si fuera un popote la leche que hubiera dentro. Yo hice todo lo que él dijo. Después acercó su pene de nuevo a mi boca y comenzó a masturbarse. Al ver que ya no se le ponía dura, otra vez me tomó de la cara y comenzó a besarme, hasta que nos acostamos de nuevo en la hamaca los dos.

Estuvimos un rato acostados; él comenzó a decirme que lo que acabábamos de hacer no debía contárselo a nadie, ni a mi abuela, porque me prohibiría ir con él, además de que me iban a pegar por dormir desnuda. De igual forma, me preguntó si me había gustado jugar con él; yo le dije que sí, que me había gustado jugar. Entonces volvió a repetirme que si quería volver a jugar con él, no debería decirlo a nadie; además, me dijo que por jugar con él podría comprarme lo que yo quisiera de regreso en la tienda.

Vio la hora en su reloj, y me dijo que iba a dormir un rato, para quitarnos antes de que oscureciera; así desnudos nos dormimos los dos, hasta que me levantó para irnos. Él ya se había puesto la ropa, volvió a repetirme que no debía decir nada y, antes de llegar a casa, pasamos a una tienda a comprar. Ahí él dejó que yo comprara lo que quisiera comer porque me había portado muy bien.

Ya en la casa, mi abuela preguntó por qué tardamos mucho, pero enseguida él le dijo que no debía estar de preguntona, que tardamos porque él estuvo checando unos animales y porque yo estaba jugando, además de que a ella no debía interesarle si tardaba o no, porque de eso vivían y estaba cuidando unos animales para vender. Mi abuela enseguida intentó regañarme por irme con él y no quedarme a ayudarla en la casa, pero él enseguida me defendió y le dijo que no se desquitara conmigo, que yo podía ir a jugar con él las veces que yo quisiera y que me serviría aprender a cuidar los animales porque eso dejaba más dinero que la escuela.


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Después de la primera visita a la parcela, los juegos se repitieron muchas veces. Durante 6 o 8 meses aproximadamente estuve yendo a la parcela con él, con el pretexto de alimentar animales. Siempre me esperaba después de la escuela para que lo acompañara. Iba 2 o 3 veces por semana con él. Cambió su rutina de trabajo nada más para que yo pudiera irme con él en las tardes, ya que normalmente él se iba desde temprano y regresaba en la noche. Ahora, para que pudiera llevarme, se iba temprano, regresaba a la casa para almorzar y después nos íbamos a jugar a la parcela.

Durante ese tiempo me convertí en su consentida; en mi cumpleaños 18 me regaló lo que le pedí, cumplía todos mis caprichos, me compraba lo que yo quería; a cambio, él me pedía que siguiera jugando en las tardes cuando lo acompañaba y, claro, guardar nuestros juegos secretos. Sentía cierta tensión entre mi abuela y yo, pues ella comenzó a tratarme mal porque él me defendía siempre. Hubo ocasiones en las que llegó a golpearme muy fuerte por no obedecerla.

Los juegos seguían siendo los mismos; las lamidas de cuerpo (sexo oral) entre los dos eran casi obligatorias cuando él terminaba de trabajar en su milpa. Me fui acostumbrando a lamerle el pene, sus testículos y en algunas ocasiones su ano; según sus palabras, ya había mejorado mucho y ya era experta «bañándolo». Comencé a disfrutar que él comiera mi vagina, ya que lubricaba bastante cuando él me daba sexo oral. Ahora, cada que él terminaba de trabajar en el campo, me llamaba para que entrara a acostarme a descansar con él, obviamente desnudos.

Ya me había aprendido la rutina; cuando me gritaba, yo corría hacia la pequeña choza. Al entrar, él siempre estaba sentado en la hamaca desnudo. Lo primero que hacía era quitarme el calzón mientras me besaba la boca y los pechos, para después acostarme en la hamaca y abrir mis piernas para que pudiera meter su cabeza entre ellas, ya que siempre comenzaba lamiendo mi vagina y mi ano. Cuando ya tenía bien duro su pene, me arrodillaba para lamerlo centímetro a centímetro; mientras se lo lamía, él se masturbaba. Muchas veces fue algo brusco, ya que ahora hundía hasta el final de mi garganta su miembro, Igual en muchas ocasiones apenas estaba comenzando a lamérselo cuando le salía semen, bañándome la cara y la boca de su rica leche, para que al finalizar nos quedemos desnudos durmiendo en la hamaca.

Uno de los juegos nuevos era «el caballito», donde yo me ponía encima de él, su pene lo acomodaba entre mis labios vaginales, para que se frotara mientras los dos nos movíamos en la hamaca. Ese juego me gustaba mucho, pues la fricción de su miembro en mi vagina hacía que lubricara mucho, a tal grado que a veces mi lubricante hacía espuma en el cuerpo de su pene. Mientras estaba encima, me besaba los pechos o me daba besos de boca. De igual forma, en varias ocasiones mientras lo cabalgaba, su pene tiraba chorros de semen, los cuales, por la posición, caían en su estómago y entre mi vagina. Cuando sucedía eso, le gustaba que lo limpiara con mi lengua para tomarme el semen. Él, por su parte, me abría las piernas y lamía mi vagina para dejarla limpia.

Otra costumbre que fui agarrando fue la de bañarnos juntos, pues, como he dicho, en la esquina de la construcción ponía unas cubetas con agua y ahí nos bañamos. Me tallaba todo el cuerpo y yo también a él. Me enseñó a lavarle el pene, lo cual era similar a cuando él se masturbaba; ponía jabón a su pene y con mis manos comenzaba a tallarlo, le bajaba su prepucio y con mi otra mano limpiaba la cabeza de su miembro. Igual, mientras nos bañábamos, le gustaba cargarme. Cuando eso pasaba, me alzaba y ponía mis piernas en sus brazos; yo me sujetaba a su cuello con las manos. Él me besaba y yo me reía. Cuando eso sucedía, muchas veces, por error, su pene picaba mi culo o mi vagina, pero sin penetrar, pues en la mayoría de las ocasiones su pene estaba duro.

Poco a poco fue preparándome para el siguiente paso, penetrarme y hacerme suya. En muchas ocasiones, mientras jugábamos, por accidente su pene rozaba con la entrada de mi vagina o mi ano. También le gustaba pasar su pene por mi vagina mientras yo estuviera acostada con las piernas abiertas. Me decía que abriera las piernas y con mis manos las mantuviera así, mientras él agarraba su pene y lo ponía encima de mi vagina, o lo agarraba y con su miembro abría mis labios vaginales; eso igual me comenzó a gustar mucho, pues era una mezcla de sensaciones y cosquillas nuevas.

En la casa teníamos una perrita; recuerdo que entró en celo y muchos perros comenzaron a fastidiarla. Entonces mi abuelo la llevó a la parcela para ponerla en un corral y evitar que algún perro la preñara; sin embargo, no fue exitoso. En una ocasión llegamos y vimos que un perro estaba encima de la perrita. Él no hizo nada para espantarlos; al contrario, me agarró y dijo: «Ese juego no lo hemos hecho». Hizo que viera toda la escena de sexo de los perros, hasta que quedaron pegados, mientras observabamos el comenzó a besarme, tocar mis pechos y meter su mano dentro de mi ropa y frotar mi vagina. No sé si por la escena o el manoseo, terminé mojada. Habremos visto unas 3 veces en esos días que los perros tuvieran sexo y, en todas las situaciones, terminaba muy lubricada.

Mi abuelo, después de nuestros juegos sexuales cotidianos, comenzó a explicarme que su pene estaba diseñado para entrar en mi vagina y mi culo. Lo primero que dije fue: «Está muy grande, no creo que me entre todo». Entonces él respondió: «Así como poco a poco aprendiste a meterte completa la verga, así vas a aprender a coger». Siempre decía que terminaría gustándome más que jugar con él. Un día dijo: «Esta semana lo intentamos, para que aprendas, porque esa es tu obligación como mujer y debes aprender». Además, señaló que era algo privado y que no debía contárselo a nadie.

Días antes, tal vez a propósito o sin querer, me tocó verlo tener sexo con mi abuela. Normalmente, cuando tenían relaciones, intentaban que fuera cuando estaba dormida o de plano me decían que no entrara al cuarto; sin embargo, ese día apenas nos habíamos acostado a dormir (los tres dormíamos en la misma recámara), cuando comencé a escuchar los gemidos de ambos. Lo extraño fue que tenían la luz encendida y pude verlos desnudos. No fue nada extraordinario; mi abuela estaba de pie con la falda en los pies y detrás de ella estaba él. Veía cómo la piel de sus nalgas se movía cada que el cuerpo de él se impactaba contra el de ella. Los estuve observando un rato hasta que me dormí.

Por fin llegó el día. Un lunes, después de llegar de la escuela, fuimos a la parcela como de costumbre, pero a diferencia de un día normal, él no realizó ningún trabajo. Entramos directo a la choza; al entrar, él comenzó a quitarme la ropa. Ambos quedamos desnudos, comenzó a besarme y tocarme como de costumbre, me pidió que le chupara el pene para que pudiera tener una buena erección. Después de estar un rato hincada mamando, me acostó en la hamaca, abrió mis piernas y comenzó a succionar mi vagina. Cuando ya me encontraba bien lubricada, se puso encima de mí y comenzó a besar mis pechos.

Mientras él estaba encima, dijo: «Te va a doler un poquito, es normal, pero al final vas a ver que te va a gustar». Mientras decía eso, seguía besando mi cuerpo y vagina. Después acomodó su pene hacia mi vagina, y únicamente lo pasaba por mi vagina, hasta que se detuvo, agarró su pene y lo encaminó hacia mi vagina. Poco a poco la punta fue entrando; sentía que dolía y le pedía que parara. Él se detuvo y comenzó a besarme, y a decir que ya mero entraba. Mientras nos besábamos, inició de nuevo, hasta que logró meter casi la mitad de su pene. Sentía que mi vagina se estiraba y ardía leve.

Él estaba disfrutando penetrarme, sacaba y metía su verga hasta la mitad, preguntaba si me dolía; yo le decía que un poco. Estuvo repitiendo meter y sacar la mitad; se escuchaba el sonido de entrada y salida de su pene en mi vagina; estaba muy lubricada, hasta que su pene entró por completo en mi vagina. Cuando entró, sentí que todo mi estómago se movió, sentía cómo se movían mis tripas; también sentía cómo sus testículos se aporreaban en mi vagina. Él comenzó a meter y sacar más rápido. Al principio, cuando su pene entraba al fondo, por inercia yo hacía un pequeño gemido y permanecía inmóvil. Él decía: «Ya ves que te está gustando, mira cómo estás mojada»; mientras me hablaba, besaba mis pechos, mi cuello y mi boca. A los pocos minutos, mis gemidos ya eran de placer, porque era una sensación rica, pero algo incómoda por el dolor.

Él seguía penetrándome, preguntaba si me gustaba y yo le decía que sí; él se reía y decía: «Viste que te iba a gustar, es muy rico coger». Yo le respondía que sí, que se sentía rico. Él me besaba con desesperación la boca y los pechos mientras metía y sacaba su pene de mi vagina; estuvo encima de mí hasta que estuvo a punto de terminar, sacó su pene y tiró toda la leche en mi estómago, lo exprimió hasta que salió la última gota de semen; después se acostó a mi lado y comenzó a decir: «Estás bien apretadita, se ve que te va a gustar la verga como a tu mamá, pero de ahora en adelante solo yo puedo cogerte; te voy a cuidar para que no te me vayas a escapar con cualquier chamaco». Recuerdo ver su pene y verlo con algo de sangre; le pregunté por qué estaba así y él me dijo que era normal porque «me había hecho mujer».

Estuvimos acostados en la hamaca hasta que se levantó y dijo que nos bañaríamos para irnos. Mientras nos echábamos agua, él dijo que me compraría una bicicleta por portarme bien; recuerdo que lo abracé y comenzó a besarme y tocarme. Después me levantó con sus brazos; yo me sostuve de su cuello con ambas manos, mis piernas quedaron en el aire y abiertas por sus brazos. Su pene estaba duro otra vez. Me dijo que lo acomodara para que me entrara. Bajé mi mano y acomodé su pene para que entrara en mi vagina; tal vez por la posición o el agua de nuestros cuerpos, pero su pene se deslizó sin trabajo dentro de mí, emitió un largo gemido cuando su pene entró por completo. Yo sentí cómo su miembro entró de un solo golpe en mi vagina; sentía que llegaba al final de mi cuerpo. Mi abuelo comenzó a penetrarme en el aire; con facilidad columpiaba mi pequeño cuerpo para que su pene entrara y saliera. Comenzó a escucharse el sonido de mi vagina recibiendo la verga de mi abuelo; estaba muy lubricada. Los sonidos de nuestros cuerpos chocar se intensificaron por el ritmo que él llevaba. Al principio hacía pequeños gemidos, pero después aumentaron por el placer que sentía el ser penetrada por mi abuelo.

Estuvimos teniendo sexo un momento más, hasta que estuvo a punto de terminar. Poco a poco fue bajando la intensidad del movimiento de columpio; en ocasiones únicamente me movía sin sacar su miembro. Sentía en esos movimientos que su pene tocaba el fondo de mi vagina, hasta que sacó su pene y me bajó de nuevo al suelo. Pidió que me arrodillara para tomar el semen que brotaría. Obediente como siempre, abrí la boca y saqué la lengua para recibir las descargas de leche mientras él se masturbaba para terminar, y después darle una sesión de sexo oral para dejar limpio su pene. Terminamos de «bañarnos» y nos acostamos en la hamaca a descansar un rato.

Él seguía besándome y prometiendo comprarme cosas. Preguntó de nuevo si me había dolido y si me había gustado. Yo respondí diciendo que me dolía poco, pero que me había gustado muchísimo. Él se reía y me besaba. Me dijo que llegando haría que mi abuela me diera una pastilla para el dolor y que si llegase a preguntar, dijera que me dolía la panza. Nos dormimos desnudoshasta que él me despertó para regresar a la casa de nuevo.

Al día siguiente, después del almuerzo, mi abuelo me llamó y dijo que iríamos a la parcela a buscar unas cosas, así que me subí a su triciclo y nos fuimos hacia la parcela. Ni permiso le pedía a mi abuela para ir con él. En el camino estuvo preguntando cómo seguía mi vagina, si me dolía o no, si quería repetir lo que hicimos el día anterior. Le contesté diciendo que me dolía un poco y que sí quería repetir. Él aseguró que con el tiempo me acostumbraría y también me dijo: «Cuando te la meta por el culo te va a doler un poquito más, pero vas a ver que igual te va a gustar, hasta vas a preferir hacerlo por atrás, pero todavía no te voy a enseñar eso; primero tienes que aprender bien a coger y después te voy a enseñar cómo es coger por el culo».

Llegamos a la choza. De nuevo él no hizo ningún trabajo; entramos directo a besarnos y jugar, nos desnudamos, comenzamos con sexo oral. Después se puso encima de mí, acomodó su pene en la entrada de mi vagina y comenzó a meterlo lentamente. Al principio dolió y apretaba con mis manos su brazo, pero a los minutos era casi nulo el dolor; mi cuerpo lubricaba bastante, así que su pene ya entraba y salía fácil de mi vagina. Él fue aumentando los movimientos; sentía como sus testículos topaban con mis labios vaginales. En la habitación se escuchaba el sonido de su pene entrando y saliendo de mi vagina, junto con los gemidos de él y los míos; en el aire se sentía el olor a sexo.

Recuerdo bajar la vista por ocasiones cuando sacaba su pene de mi vagina; su miembro salía brilloso y con espuma blanca. Toda la parte que su pene tenía cubierta con bello se encontraba mojada con mi lubricante. Él se detuvo, sacó su pene y me alzó las piernas con ambas manos; entonces comenzó a lamer mi vagina y mi culo, pasaba su lengua por todas partes. Después, con una mano, comenzó a meterme los dedos para después seguir lamiendo. En algún momento metió sus dedos y después me los puso en la boca para que «sintiera mi propio sabor», yo me retorcía y me reía de lo rica que era esa nueva sensación. Tengo que admitir que el olor a sexo era algo que me gustaba; incluso darle sexo oral a él con su pene oliendo a sudor era algo que me gustaba.

Después me levanto de la hamaca y él se acostó. Me pidió que me montara encima de él. Al principio los movimientos eran como nuestro juego del caballito; yo estaba encima y su pene se deslizaba entre mis piernas y vagina. Él apretaba mis pequeños pechos y cadera mientras yo cabalgaba, hasta que me detuvo, hizo que me levantara un poco y procedió a acomodar su pene en la entrada de mi vagina. Poco a poco comenzó a acomodarme para que entrara dentro de mí; sentía cada centímetro que avanzaba en mi vagina. Una vez que entró completo, me tomó de la cadera y comenzó a moverme; él movía sus caderas empujando su pene dentro y fuera; mis manos se encontraban apoyándose sobre su pecho.

Lo estuve cabalgando un momento; veía la cara de placer de mi abuelo, su cuerpo se retorcía cada que su pene entraba en mi vagina; estaba disfrutando cogerse a su nieta. Después se detuvo y me dijo que me pusiera en 4 en la silla que había en la habitación. Me subí e intenté ponerme como él me decía. Se inclinó, abrió mis nalgas con ambas manos y comenzó a lamer mi vagina y culo. Introducía sus dedos y me los ponía en la boca. Después me tomó de las caderas y comenzó a penetrarme. Comenzó lento y después fue aumentando el ritmo. De nuevo tenía la sensación de que todo mi interior se movía, pero era algo que me gustaba y disfrutaba.

Mientras me penetraba, me tenía apretadas las caderas y jalaba del cabello; después subió una pierna y comenzó a darme más fuerte. Por momentos sacaba su pene de mi vagina para comerme el culo y dedearme. Mis nalgas ya habían quedado rojas, pues cada que metía su lengua en mi raya, las apretaba con fuerza para abrirlas. Esa sensación de tener su lengua deslizándose entre mi ano y mi vagina me gustaba muchísimo; disfrutaba sentir como la punta de su lengua jugaba con mis labios vaginales, clítoris y después con la entrada de mi ano. En ocasiones, mientras estaba en 4, acercaba su pene a mi boca para que le diera sexo oral. Su miembro estaba cubierto de líquido blanco y espeso.

Estuvo penetrándome en esa posición hasta que sintió que ya estaba a punto de expulsar su rica leche. Como de costumbre, me pidió hincarme, mientras con su mano terminaba de darse placer para que los chorros de semen cayeran sobre mi cara, y así fue, salieron disparados sobre mi cara y pecho. Quedé cubierta de semen como siempre. Me pidió que lo limpiara y me tomara la leche. Él seguía con una pierna encima de la silla; por lo tanto, podía lamerle bien la verga y sus testículos, así que lo obedecí, pues ya me había acostumbrado a recibir regalos de su parte si le daba placer.

Después de bañarnos, me dio una última sesión de sexo oral, y yo a él, pero no logró mantener su erección, entonces solo nos acostamos en la hamaca a dormir. Después de descansar, regresamos de nuevo a la casa; le dije que me dolía el cuerpo para que le diga a mi abuela que me dé una pastilla para el dolor, recuerdo que esa semana que perdí mi virginidad, casi todos los días fuimos a la parcela, con excepción del fin de semana. Me quitó mi virginidad el día lunes y hasta el día sábado me dejó descansar. Después del tercer día, ya duraba menos su erección y también sacaba menos leche, por lo cual no tardaba en penetrarme; sin embargo, el sexo oral era obligatorio y era algo que se había vuelto cotidiano para mí.

Tuvimos sexo casi toda la semana; de ir 2 veces a la parcela, pasamos a ir 4 días a la semana. En esos meses no hubo semana alguna en la que no tuviéramos largas sesiones de sexo. Mi abuelo me disfrutó en todas las posiciones que le pasaron por su cabeza, me enseñó a montarlo, a moverme para que su pene quedara duro, a darle sentones y acomodar su pene en mi vagina cuando salía. También hizo que el olor y sabor a su verga recién salida de mi vagina me gustara. Tengo que admitir que de igual forma disfrutaba, pues lubricaba bastante, aunque una de las consecuencias de que me estuviera cogiendo seguido fue la de dejarme rozada, sin embargo, para él no fue impedimento, pues le decía a mi abuela que me rozaba por manejar bicicleta, así que mi abuela me compró una crema para que me ayudara con esa sensación.

Nuestras sesiones de sexo se redujeron a los 2 meses; íbamos a la parcela 2 o 3 de nuevo, pues a él ya no le tardaba la erección, además de que en varias ocasiones tuvimos relaciones sexuales en la casa cuando mi abuela salía a comprar. Recuerdo que la primera vez fue cuando mi abuela viajó a Mérida a comprar algunas cosas que necesitaba; el viaje tardaba aproximadamente 2 horas de ida y 2 de regreso, más el tiempo que tardara comprando y viendo lo que necesitaba.Regularmente me llevaba con ella, pero por temas de la escuela ese día no me llevó, por lo que al regresar de la escuela mi abuelo ya me esperaba. Ese día me dijo que no iríamos al terreno porque mi abuela llegaba tarde y podríamos aprovechar para hacerlo más cómodos en la casa.

Él comenzó a besarme como de costumbre; yo traía el uniforme de la escuela (falda de tablones, blusa blanca y el cabello con cola). Me dijo que no quería que me cambiara de ropa, comenzó a desabrochar mi blusa escolar para poder quitarme el sport que llevaba de abajo; después levantó mi falda y me bajó el short y el calzón que llevaba, entonces me quedé únicamente con la falda, sin nada debajo. Él ya había comenzado a meter sus dedos en mí vagina, mientras sucedía todo eso; él llevaba puesto únicamente un short de tela, el cual ya había bajado para que lo comenzara a masturbar.

Cuando su pene logró quedar duro, me jaló hacia el sofá que había en la sala. Ahí me abrió las piernas, levantó mi falda, comenzó a darme sexo oral y a dedearme. Después puso su pene en mi boca para que lo chupara. Minutos después, él se sentó y me pidió que me montara encima de él. Estuve brincando encima de su pene hasta que me pidió parar para cambiar de posición. Me puso en 4 ahí en el sofá, se colocó detrás de mí y comenzó a penetrarme; metía y sacaba su pene de mi vagina. De nuevo en la casa se escuchaba el sonido cuando remojaba su miembro dentro de mí; en ocasiones se inclinaba a lamerme y nalguearme.

Cuando se cansó, nos fuimos al cuarto; yo seguía únicamente con mi falda y mis pequeños pechos al aire; él ya se había quitado la ropa. En la habitación me subió a la cama y me pidió acostarme boca abajo; él se subió encima de mí y comenzó a besarme la espalda y el culo, agarró mis nalgas y las levantó. Sentía cómo su pene buscaba entrar en mi vagina, hasta que lo consiguió. Comenzó a penetrarme en esa posición; yo jalaba la colcha y en cada embestida que él me daba emitía un pujido. En esa posición tardó un poco hasta que por fin chorreo su semen en mi espalda. Paramos y me dijo que me metiera a bañar mientras él acomodaba todo.

Con el pasar de los meses, en las ocasiones en las que mi abuela salía a comprar a la tienda o al mercado y tardaba minutos, mi abuelo los aprovechaba para que yo le diera sexo oral. Apenas mi abuela salía, él me buscaba y sacaba la verga; yo estaba acostumbrada, entonces me hincaba o me acomodaba de tal forma que pudiera lamer bien ese trozo de carne que ya me gustaba mucho. Había días en los que, cuando mi abuela se iba, yo buscaba a mi abuelo para mamarle su verga. Muchas veces él me decía que no porque no tardaba en regresar ella; sin embargo, siempre metía su mano bajo mi ropa para «sentir» si estaba mojada.

Mi abuelo disfrutaba que yo fuera su puta personal y a mí me encantaban los beneficios que obtenía siendo su favorita. Por su parte, mi abuela seguía con el odio hacia mí, pues ya no podía regañarme ni pegarme si no quería obedecerla. Mi abuelo siempre intercedía por mí; después de decirle cosas a mi abuela y pelearse con ella para defenderme, se acercaba a mí y me abrazaba para burlarse, y ella, por molestia, salía del lugar donde nos encontramos para irse a hacer otra cosa en la casa mientras me insultaba y decía que me estaba malcriando. Apenas ella salía, él metía rápidamente su mano entre mi ropa y acariciaba mi vagina o metía sus dedos para después pasarlos a su boca o a la mía. Yo únicamente me reía y disfrutaba ser tocada por él.

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