En el tren de camino a la costa de Málaga se encontraba Meredith, una chica de unos treinta años, joven y bastante atractiva, originaria de Madrid. Siempre que algún chico trataba de ligar con ella, terminaban diciéndole la misma frase: que les recordaba a una actriz. Todos coincidían en que se parecía a Megan Fox. Al principio, al tratarse de una comparación tan exagerada con una mujer tan bella como la actriz, no se lo tomaba en serio, pero tras escuchar lo mismo una y otra vez, comenzó a creerlo un poco.
Iba vestida con unos pantalones de chándal y una sudadera para ir cómoda durante el viaje. Escuchaba música con sus auriculares mientras leía un libro de fantasía medieval. La historia trataba sobre una princesa que había comenzado una relación con un mago, pese a que sus padres querían casarse con un príncipe del reino vecino. La princesa escapó y mantenía una relación secreta con el mago, sin saber que este manipulaba su mente. El mago aprovechó el amor y la confianza de la princesa para controlarla por completo, hasta convertirla en una simple bailarina en un burdel del reino.
Meredith estaba tan concentrada en su lectura que, al levantarse para ir al baño, chocó con un chico en el pasillo del tren. —¡Oh, perdona chico, no te vi! —dijo riendo mientras seguía su camino al baño.
Cuando la puerta del vagón se cerró tras ella, el chico se quedó mirándola con una sonrisa. Al regresar, se escuchó por megafonía que el tren estaba a punto de llegar a la estación de Málaga. Meredith guardó su libro en el bolso y recogió sus cosas. Al detenerse el tren, se levantó y caminó hacia la salida, pero volvió a chocar accidentalmente con el mismo chico. —Uy, oye, perdón, jajaja. ¡Nos volvemos a ver! —dijo riendo nerviosa.
El chico sonrió y ella siguió su camino. Cuando estaba a punto de bajar del tren con sus maletas, sintió un escalofrío en el antebrazo y un ligero mareo, aunque lo ignoró al escuchar a la gente detrás de ella pidiéndole que se bajara más rápido.
Tiempo después, Meredith se encontraba en la recepción de su hotel, el Hotel Águila Dorada. La pobre se dio cuenta de que había calculado mal su presupuesto: apenas tendría dinero para la estancia y unas pocas cosas más. Eso reduciría bastante su experiencia en la costa, así que decidió llamar a su amiga Nikki, que estaba cerca y con quien pensaba verse tras hacer el check-in, para pensar juntas qué podrían hacer con el dinero disponible.
Unas horas después, ya instalada en su habitación y vestida con ropa más ligera para el calor, Meredith salió a caminar por el paseo marítimo. Hizo algunas fotos para su Instagram y luego se dirigió al chiringuito donde había quedado con Nikki. Al llegar, la vio sentada en la terraza: estaba espectacular con su atuendo veraniego, el cabello rubio suelto hacia un lado, un vestido blanco con los hombros descubiertos que dejaba entrever su bikini azul, blanco y negro, un short corto para mitigar el calor, unos tacones bajos y, como accesorios, un sombrero blanco y unas gafas de sol.
Al verse, las dos amigas se saludaron efusivamente antes de sentarse. Tras pedir una caña cada una, comenzaron a hablar. —¿De repente el hotel es más caro? Joder, lo siento, tía —dijo Nikki al oír el problema de su amiga.
Siguieron conversando mientras Meredith se quejaba de su mala suerte. Cuando llegó la comida —una lubina para Meredith y un rodaballo para Nikki—, hablaron de posibles alternativas. —Bueno, no se lo digas a nadie, pero tengo un pequeño trabajillo nocturno. Me pagan al día —confesó Nikki con voz baja—. Es algo bastante común por aquí.
—Tía, hago lo que sea por tener dinero rápido, jajaja —respondió Meredith, interesada.
Nikki, algo avergonzada, aclaró: —Bueno, pero no me juzgues ni pienses mal. Soy bailarina en un club de striptease en el barrio de los ingleses. Pero no me tengo que desnudar ni nada, todo es con bikinis y lencería.
La noticia dejó a Meredith impactada. No podía creer que su amiga hiciera algo así, siendo tan pija y reservada. Pero no conocía toda la historia, ni lo que había llevado a Nikki a aceptar ese trabajo. —Nikki, no sé... me parece raro. No te imagino haciendo eso, tía. ¿Cómo conseguiste ese trabajo? —preguntó Meredith, sin tomarse muy en serio la propuesta.
—Mira, Mer, para que no pienses que me he vuelto loca, vente esta noche al club. Se llama The Happy Mile, está en el barrio de los ingleses, cerca de la costa. Luego te paso la ubicación —respondió Nikki, sonriendo.
Meredith, sin muchas opciones y decidida a no pedirle dinero a su madre, terminó aceptando: —Ah, está bien, Nikki, pero no prometo nada. Y como hagas cosas raras, me voy, ¿eh? —dijo entre risas.
Tras pagar la comida, las dos se abrazaron antes de despedirse. —Vale, el club abre a las 20:00, pero ven sobre las 19:30. Así te presento al jefe y a las demás chicas. Tranquila, Mer, seguro que te gusta —dijo Nikki antes de marcharse.
—Venga, iré, pero necesito dormir, tía, que me muero del cansancio. Luego te aviso. ¿Qué ropa llevo a un sitio así? ¿Un bikini? —preguntó Meredith, provocando la risa de su amiga.
—¡Qué va! Jajaja. Ellos te dejan los outfits, porque cada día hay temáticas. Por ejemplo, ahora todas llevamos ropa dorada. No sé a quién se le ocurrió, pero así es —respondió la rubia.
Meredith, aunque tenía preguntas, solo comentó que le parecía “divertido” y se despidió de su amiga para volver al hotel, donde la esperaba una merecida siesta.
Ya después de que Meredith se tomase una merecida siesta, comenzó a prepararse para ir al club con Nikki. Aún dudaba sobre el trabajo que su amiga le había ofrecido: no se sentía segura ni cómoda con la idea. Jamás se había imaginado bailando semidesnuda para hombres durante sus vacaciones.
Lo bueno era que, mientras descansaba, había hablado un poco más con Nikki. Su amiga le explicó que en el club pagaban al día, por lo que, si en algún momento no quería continuar, podía irse sin compromiso. Aquello le dio cierta tranquilidad. Su plan inicial para las vacaciones era más cultural y relajado: visitar museos, recorrer la ciudad, disfrutar de la playa. No pensaba pasar las noches de fiesta. En sus años universitarios, cuando estudiaba Bellas Artes, había sido bastante fiestera. Salía casi todas las semanas, unas veces de forma tranquila, otras con más intensidad. Con el tiempo, y sobre todo durante su máster, fue dejando ese estilo de vida atrás. Así que estas vacaciones buscaba algo de diversión, sí, pero no precisamente de esa manera.
De camino al club, ya podía ver los neones brillando desde la distancia, aunque el lugar apenas estuviese abriendo. Meredith llegó un poco más tarde de lo acordado con Nikki. Llevaba un maquillaje discreto: solo un delineado de ojos y algo de brillo labial. No sabía muy bien qué esperar. Se había puesto un vestido azul oscuro ceñido, unos tacones negros altos que usaba para salir de fiesta, y, por si acaso, una lencería roja de encaje debajo. Vestida así, se sentía algo fuera de lugar, casi como una prostituta, por lo que quiso entrar cuanto antes para evitar las miradas.
Aceleró el paso, pero uno de sus tacones resbaló y cayó al suelo. Mientras se sobaba la rodilla, un hombre se acercó rápidamente para ayudarla. —¿Te encuentras bien? ¿Te has hecho daño? Ten cuidado, que un poco más y alguno de estos te habría visto de más, jajaja —le dijo el chico con una sonrisa.
Meredith lo miró fugazmente y, cuando él se alejó girando hacia la derecha, notó algo familiar en su rostro. En el camino al club cayó en la cuenta: era el mismo chico del tren. Aquello la inquietó. ¿Era coincidencia? o la estaba siguiendo? No quiso pensar demasiado. Ya estaba frente a la puerta del local, así que decidió preocuparse por él después. Ahora debía concentrarse en encontrar a Nikki.
Dentro del club lo primero que vio fueron las taquillas y los vestuarios. Como Nikki aún no había llegado, Meredith decidió dar una vuelta. El lugar era mucho más grande de lo que imaginaba. Se dividía en dos zonas: una con la barra principal, algunas mesas altas, los baños y un pasillo por donde las chicas cruzaban; y otra con un escenario con varias barras de pole dance. Detrás de una cortina al fondo parecía haber un área reservada para shows especiales. A los lados del escenario se distribuían mesas y butacas para los clientes.
Cuando Meredith regresaba hacia la entrada, un hombre se le acercó. Iba vestido de manera informal, pero su expresión autoritaria y su voz lo delataron como alguien con poder allí. —¡Oye! ¿Qué pasa contigo? ¿Por qué no te has cambiado aún? Abrimos en veinticinco minutos —le gritó.
Meredith se sobresaltó, sin saber qué decir. Justo en ese momento apareció Nikki. —¡Señor Martínez! —exclamó, interponiéndose entre ellos—. Tenga cuidado, es mi amiga, no una bailarina.
—Se llama Meredith —continuó Nikki—. Ha venido a ver el sitio y a probar esta noche, quizás como camarera o bailarina.
El hombre, que se relajó al oír eso, sonrió. —Ah, bueno, chicas, haberlo dicho antes, jajaja. Perdona, guapa. Te vi con ese vestido tan bonito y cara de perdida y pensé que eras una de mis chicas. Te propongo algo: quédate hoy a prueba. Si mañana decides no seguir, vienes y cobras lo de esta noche. Pero si te gusta, te hacemos un contrato por los días que estés en la ciudad. Empezarás como camarera, y más adelante, si te animas, podrás subir al escenario. Habla con la pelirroja de recepción, que te dará el uniforme. Ah, y me llamo Carlos Martínez, soy el dueño del sitio. Lo que necesites, dímelo a mí, a Nikki o a la pelirroja.
Meredith asintió, aún dudosa, pero aceptó. Al fin y al cabo, sería solo una noche.
En el vestuario, las dos amigas se cambiaron y guardaron su ropa en las taquillas. Cuando se vieron con el uniforme —un bikini dorado metalizado— no pudieron evitar reírse. —¡Puajaja! Parecemos C-3PO, jajaja. No sé a quién puede parecerle sexy esto. Tenemos que hacer una noche de pelis al volver —bromeó Meredith.
—Jajaja, vale, pero en tu casa, que la última vez destrozamos todo —respondió Nikki, riendo también—. Y sí, los bikinis son curiosos… jajaja.
De pronto, una música potente sonó por los altavoces: el club acababa de abrir sus puertas. Hasta las diez de la noche, no hubo mucha actividad. Meredith aprovechó para conocer a las demás chicas:
Meredith pensó un momento y eligió “Sasha”, el nombre de una antigua compañera con la que se llevaba fatal en el instituto.
Con el paso de las horas, el club se fue llenando. Meredith trabajaba sobre todo como camarera: llevaba copas, tomaba pedidos y recogía el dinero que los clientes lanzaban tras los bailes. Siempre debía sonreír y presentarse: —Hola, bienvenidos a The Happy Mile. Soy Sasha, ¿en qué puedo ayudarles?
Cuando llegó a la barra, exhausta, se quejó ante Martha: —¡Marthitaaa, los tacones me están matando! Estoy muerta… La mesa 15 pidió tres mojitos y un Tequila Sunrise.
La mujer rió, preparó las copas y se las entregó. Meredith caminó con su bandeja, notando las miradas de los hombres. El bikini dorado le quedaba ajustado, y los tacones hacían que su caminar atrajera aún más atención. Al inclinarse para dejar las copas, notó cómo algunos clientes se acercaban demasiado. Se sonrojó y se alejó incómoda.
De regreso a la barra, el señor Martínez la interceptó. —Oh, Meredith, ¿verdad? ¡Tengo buenas noticias! Has sido todo un éxito. A los clientes les encantas : les pareces preciosa, amable y muy sexy. Así que te toca subir a la barra antes de tiempo. Tranquila, no es difícil. No tienes que hacer piruetas, solo moverte con gracia y dejar que te tiren dinero. Lo que te quites o no, depende de ti. ¡Venga, suerte!
Meredith se quedó helada. Nunca había bailado para nadie, y menos en una barra. Decidió buscar a Nikki antes de subir, pero no la encontró. Terminó tomándose un mojito que Martha le ofreció “para los nervios”.
Mientras hablaban Meredith y Martha, el locutor anunció por megafonía: —¡¡Y ahora, en la barra principal, nuestra rubia favorita, la chica que nos quita el hipo y nos levanta muchas cosas... Anaaaastasiaaa!!
Meredith giró hacia el escenario y se quedó sin palabras. La “Anastasia” del anuncio era Nikki. La vio deslizarse por la barra con movimientos seguros y sensuales. Se frotaba contra el tubo, giraba, se colgaba boca abajo, movía las caderas con ritmo y miraba al público con descaro. Era otra persona: una profesional del deseo.
Luego, sin previo aviso, empezó a desnudarse por completo. Se quitó el sostén, jugueteó con él, lo lanzó al público, y después hizo lo mismo con el tanga. Terminó completamente desnuda, moviéndose como si dominara el escenario.
Meredith y Martha se miraban atónitas. Aquella no era la Nikki que conocían. Siempre había dicho que solo bailaba con ropa interior.
Cuando el show terminó, Nikki se acercó a un hombre del público, el mismo con el que había intercambiado miradas durante la actuación. Él le devolvió su sostén y le dio una palmada en el trasero. Nikki soltó una risa coqueta. Meredith y Martha se alarmaron: estaba prohibido que los clientes tocaran a las chicas.
—Nikki… ¿Qué ha sido eso? —dijo Meredith, seria—. ¿Y quién era ese tipo que te tocó el culo? —Cariño, ha sido impresionante lo que hiciste, pero… ¿no crees que te pasaste un poco? —añadió Martha con tono maternal.
—Ah, tranquilas, jajaja. Hoy me sentí más atrevida. Además, así ves cómo se hace un buen show, Mer —respondió la rubia con una sonrisa pícara—. El chico es un amigo, no quería venir, pero lo convencí. Bueno, me voy, que el jefe me pidió que lo viera después del show. ¡Suerte con el tuyo, Mer!
Y se marchó, dejando a ambas confundidas y preocupadas.
Cuando llegó el turno de Meredith, subió al escenario tratando de no caerse con los tacones. Recordó las palabras de Martha:
“Meri, relájate. No tienes que hacer algo como lo de Nikki. Con que te muestres segura, bastará. Anda, mucha suerte, chica.”
Respiró hondo, cerró los ojos, y cuando los abrió comenzó a moverse lentamente. No bailaba tan bien como Nikki, pero tenía ritmo. Se deslizó por la barra, subió y bajó con suavidad, dejando que su cuerpo fluyera con la música. Se inclinó hacia el público, apoyando las manos y las rodillas sobre el borde del escenario.
Cuando levantó la vista, vio al “amigo” de Nikki. Su corazón se aceleró. Era el mismo chico del tren.
El mismo que la había ayudado cuando cayó.
El mismo que, tal vez, la estaba siguiendo.
“¿Cómo conoce a Nikki? ¿Qué hace aquí? ¿Todo esto es casualidad?”, ya cuando llegó a la barra siguió bailando pero con menos intensidad por todo lo que ocurría en su cabeza.
Después de que Meredith terminara su show en el escenario, se dirigió hacia la barra para hablar con Martha sobre lo que había descubierto acerca de Nikki y su supuesto “amigo”. Sospechaba que aquel hombre podía ser algo más que eso. Mientras caminaba con paso firme, los tacones resonaban contra el suelo y atraían las miradas de los hombres, que no podían evitar babear al verla moverse.
Justo cuando estaba a punto de sentarse en la barra para hablar con Martha, apareció el señor Martínez, eufórico.
—¡Meriii! —exclamó—. ¡Has sido todo un éxito! Los clientes han quedado fascinados contigo. Ha sido un primer show impresionante. Incluso uno ha pedido un baile privado tuyo. Es política del club que todas hagáis al menos un show privado a la semana. Él te está esperando en la sala 2, así que no tardes mucho. Tranquila, no puede tocarte ni hacer nada inapropiado. Y si te sientes incómoda, me avisas a mí o a tu amiga Martha. ¡Venga, chica, que lo vas a petar! ¡Y me vas a hacer de oro! —dijo, alejándose sin escuchar las protestas ni las quejas de Meredith.
Meredith caminaba con paso inseguro hacia la sala 2. No había podido hablar con Martha sobre lo que había descubierto del “amigo” de Nikki ni sobre la sospecha de que su amiga pudiera estar ocultando algo. Por ahora, solo pensaba en terminar rápido ese show privado, deshacerse del cliente y luego resolver el misterio.
Nada más llegar a la sala 2, corrió la cortina que cubría la entrada y, al entrar, intentó mantener su voz más sensual posible:
—Bienvenido, guapo. Soy Sasha. Muchas gracias por pedir un baile privado conmigo, espero que lo disfrutes —dijo, con una sonrisa forzada.
Pero en cuanto sus ojos se cruzaron con los del cliente, un escalofrío recorrió todo su cuerpo. Era él.
El mismo hombre.
El “amigo” de Nikki.
Por un instante, Meredith quedó paralizada. No podía creer lo que veía. La última vez que lo había visto, él se marchaba con Nikki hacia algún lugar del club. Ahora estaba allí, esperándola a ella.
El miedo se apoderó de su mente, y una idea la golpeó con fuerza: si él estaba allí… ¿dónde estaba Nikki?. Meredith comprendió que debía mantener la calma. Si quería descubrir qué estaba ocurriendo, tendría que pensar rápido y actuar con cuidado.
Iba vestida con unos pantalones de chándal y una sudadera para ir cómoda durante el viaje. Escuchaba música con sus auriculares mientras leía un libro de fantasía medieval. La historia trataba sobre una princesa que había comenzado una relación con un mago, pese a que sus padres querían casarse con un príncipe del reino vecino. La princesa escapó y mantenía una relación secreta con el mago, sin saber que este manipulaba su mente. El mago aprovechó el amor y la confianza de la princesa para controlarla por completo, hasta convertirla en una simple bailarina en un burdel del reino.
Meredith estaba tan concentrada en su lectura que, al levantarse para ir al baño, chocó con un chico en el pasillo del tren. —¡Oh, perdona chico, no te vi! —dijo riendo mientras seguía su camino al baño.
Cuando la puerta del vagón se cerró tras ella, el chico se quedó mirándola con una sonrisa. Al regresar, se escuchó por megafonía que el tren estaba a punto de llegar a la estación de Málaga. Meredith guardó su libro en el bolso y recogió sus cosas. Al detenerse el tren, se levantó y caminó hacia la salida, pero volvió a chocar accidentalmente con el mismo chico. —Uy, oye, perdón, jajaja. ¡Nos volvemos a ver! —dijo riendo nerviosa.
El chico sonrió y ella siguió su camino. Cuando estaba a punto de bajar del tren con sus maletas, sintió un escalofrío en el antebrazo y un ligero mareo, aunque lo ignoró al escuchar a la gente detrás de ella pidiéndole que se bajara más rápido.
Tiempo después, Meredith se encontraba en la recepción de su hotel, el Hotel Águila Dorada. La pobre se dio cuenta de que había calculado mal su presupuesto: apenas tendría dinero para la estancia y unas pocas cosas más. Eso reduciría bastante su experiencia en la costa, así que decidió llamar a su amiga Nikki, que estaba cerca y con quien pensaba verse tras hacer el check-in, para pensar juntas qué podrían hacer con el dinero disponible.
Unas horas después, ya instalada en su habitación y vestida con ropa más ligera para el calor, Meredith salió a caminar por el paseo marítimo. Hizo algunas fotos para su Instagram y luego se dirigió al chiringuito donde había quedado con Nikki. Al llegar, la vio sentada en la terraza: estaba espectacular con su atuendo veraniego, el cabello rubio suelto hacia un lado, un vestido blanco con los hombros descubiertos que dejaba entrever su bikini azul, blanco y negro, un short corto para mitigar el calor, unos tacones bajos y, como accesorios, un sombrero blanco y unas gafas de sol.
Al verse, las dos amigas se saludaron efusivamente antes de sentarse. Tras pedir una caña cada una, comenzaron a hablar. —¿De repente el hotel es más caro? Joder, lo siento, tía —dijo Nikki al oír el problema de su amiga.
Siguieron conversando mientras Meredith se quejaba de su mala suerte. Cuando llegó la comida —una lubina para Meredith y un rodaballo para Nikki—, hablaron de posibles alternativas. —Bueno, no se lo digas a nadie, pero tengo un pequeño trabajillo nocturno. Me pagan al día —confesó Nikki con voz baja—. Es algo bastante común por aquí.
—Tía, hago lo que sea por tener dinero rápido, jajaja —respondió Meredith, interesada.
Nikki, algo avergonzada, aclaró: —Bueno, pero no me juzgues ni pienses mal. Soy bailarina en un club de striptease en el barrio de los ingleses. Pero no me tengo que desnudar ni nada, todo es con bikinis y lencería.
La noticia dejó a Meredith impactada. No podía creer que su amiga hiciera algo así, siendo tan pija y reservada. Pero no conocía toda la historia, ni lo que había llevado a Nikki a aceptar ese trabajo. —Nikki, no sé... me parece raro. No te imagino haciendo eso, tía. ¿Cómo conseguiste ese trabajo? —preguntó Meredith, sin tomarse muy en serio la propuesta.
—Mira, Mer, para que no pienses que me he vuelto loca, vente esta noche al club. Se llama The Happy Mile, está en el barrio de los ingleses, cerca de la costa. Luego te paso la ubicación —respondió Nikki, sonriendo.
Meredith, sin muchas opciones y decidida a no pedirle dinero a su madre, terminó aceptando: —Ah, está bien, Nikki, pero no prometo nada. Y como hagas cosas raras, me voy, ¿eh? —dijo entre risas.
Tras pagar la comida, las dos se abrazaron antes de despedirse. —Vale, el club abre a las 20:00, pero ven sobre las 19:30. Así te presento al jefe y a las demás chicas. Tranquila, Mer, seguro que te gusta —dijo Nikki antes de marcharse.
—Venga, iré, pero necesito dormir, tía, que me muero del cansancio. Luego te aviso. ¿Qué ropa llevo a un sitio así? ¿Un bikini? —preguntó Meredith, provocando la risa de su amiga.
—¡Qué va! Jajaja. Ellos te dejan los outfits, porque cada día hay temáticas. Por ejemplo, ahora todas llevamos ropa dorada. No sé a quién se le ocurrió, pero así es —respondió la rubia.
Meredith, aunque tenía preguntas, solo comentó que le parecía “divertido” y se despidió de su amiga para volver al hotel, donde la esperaba una merecida siesta.
Ya después de que Meredith se tomase una merecida siesta, comenzó a prepararse para ir al club con Nikki. Aún dudaba sobre el trabajo que su amiga le había ofrecido: no se sentía segura ni cómoda con la idea. Jamás se había imaginado bailando semidesnuda para hombres durante sus vacaciones.
Lo bueno era que, mientras descansaba, había hablado un poco más con Nikki. Su amiga le explicó que en el club pagaban al día, por lo que, si en algún momento no quería continuar, podía irse sin compromiso. Aquello le dio cierta tranquilidad. Su plan inicial para las vacaciones era más cultural y relajado: visitar museos, recorrer la ciudad, disfrutar de la playa. No pensaba pasar las noches de fiesta. En sus años universitarios, cuando estudiaba Bellas Artes, había sido bastante fiestera. Salía casi todas las semanas, unas veces de forma tranquila, otras con más intensidad. Con el tiempo, y sobre todo durante su máster, fue dejando ese estilo de vida atrás. Así que estas vacaciones buscaba algo de diversión, sí, pero no precisamente de esa manera.
De camino al club, ya podía ver los neones brillando desde la distancia, aunque el lugar apenas estuviese abriendo. Meredith llegó un poco más tarde de lo acordado con Nikki. Llevaba un maquillaje discreto: solo un delineado de ojos y algo de brillo labial. No sabía muy bien qué esperar. Se había puesto un vestido azul oscuro ceñido, unos tacones negros altos que usaba para salir de fiesta, y, por si acaso, una lencería roja de encaje debajo. Vestida así, se sentía algo fuera de lugar, casi como una prostituta, por lo que quiso entrar cuanto antes para evitar las miradas.
Aceleró el paso, pero uno de sus tacones resbaló y cayó al suelo. Mientras se sobaba la rodilla, un hombre se acercó rápidamente para ayudarla. —¿Te encuentras bien? ¿Te has hecho daño? Ten cuidado, que un poco más y alguno de estos te habría visto de más, jajaja —le dijo el chico con una sonrisa.
Meredith lo miró fugazmente y, cuando él se alejó girando hacia la derecha, notó algo familiar en su rostro. En el camino al club cayó en la cuenta: era el mismo chico del tren. Aquello la inquietó. ¿Era coincidencia? o la estaba siguiendo? No quiso pensar demasiado. Ya estaba frente a la puerta del local, así que decidió preocuparse por él después. Ahora debía concentrarse en encontrar a Nikki.
Dentro del club lo primero que vio fueron las taquillas y los vestuarios. Como Nikki aún no había llegado, Meredith decidió dar una vuelta. El lugar era mucho más grande de lo que imaginaba. Se dividía en dos zonas: una con la barra principal, algunas mesas altas, los baños y un pasillo por donde las chicas cruzaban; y otra con un escenario con varias barras de pole dance. Detrás de una cortina al fondo parecía haber un área reservada para shows especiales. A los lados del escenario se distribuían mesas y butacas para los clientes.
Cuando Meredith regresaba hacia la entrada, un hombre se le acercó. Iba vestido de manera informal, pero su expresión autoritaria y su voz lo delataron como alguien con poder allí. —¡Oye! ¿Qué pasa contigo? ¿Por qué no te has cambiado aún? Abrimos en veinticinco minutos —le gritó.
Meredith se sobresaltó, sin saber qué decir. Justo en ese momento apareció Nikki. —¡Señor Martínez! —exclamó, interponiéndose entre ellos—. Tenga cuidado, es mi amiga, no una bailarina.
—Se llama Meredith —continuó Nikki—. Ha venido a ver el sitio y a probar esta noche, quizás como camarera o bailarina.
El hombre, que se relajó al oír eso, sonrió. —Ah, bueno, chicas, haberlo dicho antes, jajaja. Perdona, guapa. Te vi con ese vestido tan bonito y cara de perdida y pensé que eras una de mis chicas. Te propongo algo: quédate hoy a prueba. Si mañana decides no seguir, vienes y cobras lo de esta noche. Pero si te gusta, te hacemos un contrato por los días que estés en la ciudad. Empezarás como camarera, y más adelante, si te animas, podrás subir al escenario. Habla con la pelirroja de recepción, que te dará el uniforme. Ah, y me llamo Carlos Martínez, soy el dueño del sitio. Lo que necesites, dímelo a mí, a Nikki o a la pelirroja.
Meredith asintió, aún dudosa, pero aceptó. Al fin y al cabo, sería solo una noche.
En el vestuario, las dos amigas se cambiaron y guardaron su ropa en las taquillas. Cuando se vieron con el uniforme —un bikini dorado metalizado— no pudieron evitar reírse. —¡Puajaja! Parecemos C-3PO, jajaja. No sé a quién puede parecerle sexy esto. Tenemos que hacer una noche de pelis al volver —bromeó Meredith.
—Jajaja, vale, pero en tu casa, que la última vez destrozamos todo —respondió Nikki, riendo también—. Y sí, los bikinis son curiosos… jajaja.
De pronto, una música potente sonó por los altavoces: el club acababa de abrir sus puertas. Hasta las diez de la noche, no hubo mucha actividad. Meredith aprovechó para conocer a las demás chicas:
- Sarah, rubia con el cabello largo teñido de rojo, ojos verdes intensos y una energía arrolladora. Fue la primera en caerle bien.
- Sandra, morena, alta y con una figura imponente. Le advirtió que algunos clientes podían pasarse de la raya y que, si eso ocurría, debía avisarle.
- Sadie, que aprovechaba su parecido con la cantante Sabrina Carpenter para seducir clientes y conseguir propinas extra. Tenía una voz grave que contrastaba con su aspecto dulce.
- Martha, la bartender. Era la mayor del grupo, madre de una niña, y la única que llevaba más ropa —por el frío de la barra—. Era como la figura maternal del club.
Meredith pensó un momento y eligió “Sasha”, el nombre de una antigua compañera con la que se llevaba fatal en el instituto.
Con el paso de las horas, el club se fue llenando. Meredith trabajaba sobre todo como camarera: llevaba copas, tomaba pedidos y recogía el dinero que los clientes lanzaban tras los bailes. Siempre debía sonreír y presentarse: —Hola, bienvenidos a The Happy Mile. Soy Sasha, ¿en qué puedo ayudarles?
Cuando llegó a la barra, exhausta, se quejó ante Martha: —¡Marthitaaa, los tacones me están matando! Estoy muerta… La mesa 15 pidió tres mojitos y un Tequila Sunrise.
La mujer rió, preparó las copas y se las entregó. Meredith caminó con su bandeja, notando las miradas de los hombres. El bikini dorado le quedaba ajustado, y los tacones hacían que su caminar atrajera aún más atención. Al inclinarse para dejar las copas, notó cómo algunos clientes se acercaban demasiado. Se sonrojó y se alejó incómoda.
De regreso a la barra, el señor Martínez la interceptó. —Oh, Meredith, ¿verdad? ¡Tengo buenas noticias! Has sido todo un éxito. A los clientes les encantas : les pareces preciosa, amable y muy sexy. Así que te toca subir a la barra antes de tiempo. Tranquila, no es difícil. No tienes que hacer piruetas, solo moverte con gracia y dejar que te tiren dinero. Lo que te quites o no, depende de ti. ¡Venga, suerte!
Meredith se quedó helada. Nunca había bailado para nadie, y menos en una barra. Decidió buscar a Nikki antes de subir, pero no la encontró. Terminó tomándose un mojito que Martha le ofreció “para los nervios”.
Mientras hablaban Meredith y Martha, el locutor anunció por megafonía: —¡¡Y ahora, en la barra principal, nuestra rubia favorita, la chica que nos quita el hipo y nos levanta muchas cosas... Anaaaastasiaaa!!
Meredith giró hacia el escenario y se quedó sin palabras. La “Anastasia” del anuncio era Nikki. La vio deslizarse por la barra con movimientos seguros y sensuales. Se frotaba contra el tubo, giraba, se colgaba boca abajo, movía las caderas con ritmo y miraba al público con descaro. Era otra persona: una profesional del deseo.
Luego, sin previo aviso, empezó a desnudarse por completo. Se quitó el sostén, jugueteó con él, lo lanzó al público, y después hizo lo mismo con el tanga. Terminó completamente desnuda, moviéndose como si dominara el escenario.
Meredith y Martha se miraban atónitas. Aquella no era la Nikki que conocían. Siempre había dicho que solo bailaba con ropa interior.
Cuando el show terminó, Nikki se acercó a un hombre del público, el mismo con el que había intercambiado miradas durante la actuación. Él le devolvió su sostén y le dio una palmada en el trasero. Nikki soltó una risa coqueta. Meredith y Martha se alarmaron: estaba prohibido que los clientes tocaran a las chicas.
—Nikki… ¿Qué ha sido eso? —dijo Meredith, seria—. ¿Y quién era ese tipo que te tocó el culo? —Cariño, ha sido impresionante lo que hiciste, pero… ¿no crees que te pasaste un poco? —añadió Martha con tono maternal.
—Ah, tranquilas, jajaja. Hoy me sentí más atrevida. Además, así ves cómo se hace un buen show, Mer —respondió la rubia con una sonrisa pícara—. El chico es un amigo, no quería venir, pero lo convencí. Bueno, me voy, que el jefe me pidió que lo viera después del show. ¡Suerte con el tuyo, Mer!
Y se marchó, dejando a ambas confundidas y preocupadas.
Cuando llegó el turno de Meredith, subió al escenario tratando de no caerse con los tacones. Recordó las palabras de Martha:
“Meri, relájate. No tienes que hacer algo como lo de Nikki. Con que te muestres segura, bastará. Anda, mucha suerte, chica.”
Respiró hondo, cerró los ojos, y cuando los abrió comenzó a moverse lentamente. No bailaba tan bien como Nikki, pero tenía ritmo. Se deslizó por la barra, subió y bajó con suavidad, dejando que su cuerpo fluyera con la música. Se inclinó hacia el público, apoyando las manos y las rodillas sobre el borde del escenario.
Cuando levantó la vista, vio al “amigo” de Nikki. Su corazón se aceleró. Era el mismo chico del tren.
El mismo que la había ayudado cuando cayó.
El mismo que, tal vez, la estaba siguiendo.
“¿Cómo conoce a Nikki? ¿Qué hace aquí? ¿Todo esto es casualidad?”, ya cuando llegó a la barra siguió bailando pero con menos intensidad por todo lo que ocurría en su cabeza.
Después de que Meredith terminara su show en el escenario, se dirigió hacia la barra para hablar con Martha sobre lo que había descubierto acerca de Nikki y su supuesto “amigo”. Sospechaba que aquel hombre podía ser algo más que eso. Mientras caminaba con paso firme, los tacones resonaban contra el suelo y atraían las miradas de los hombres, que no podían evitar babear al verla moverse.
Justo cuando estaba a punto de sentarse en la barra para hablar con Martha, apareció el señor Martínez, eufórico.
—¡Meriii! —exclamó—. ¡Has sido todo un éxito! Los clientes han quedado fascinados contigo. Ha sido un primer show impresionante. Incluso uno ha pedido un baile privado tuyo. Es política del club que todas hagáis al menos un show privado a la semana. Él te está esperando en la sala 2, así que no tardes mucho. Tranquila, no puede tocarte ni hacer nada inapropiado. Y si te sientes incómoda, me avisas a mí o a tu amiga Martha. ¡Venga, chica, que lo vas a petar! ¡Y me vas a hacer de oro! —dijo, alejándose sin escuchar las protestas ni las quejas de Meredith.
Meredith caminaba con paso inseguro hacia la sala 2. No había podido hablar con Martha sobre lo que había descubierto del “amigo” de Nikki ni sobre la sospecha de que su amiga pudiera estar ocultando algo. Por ahora, solo pensaba en terminar rápido ese show privado, deshacerse del cliente y luego resolver el misterio.
Nada más llegar a la sala 2, corrió la cortina que cubría la entrada y, al entrar, intentó mantener su voz más sensual posible:
—Bienvenido, guapo. Soy Sasha. Muchas gracias por pedir un baile privado conmigo, espero que lo disfrutes —dijo, con una sonrisa forzada.
Pero en cuanto sus ojos se cruzaron con los del cliente, un escalofrío recorrió todo su cuerpo. Era él.
El mismo hombre.
El “amigo” de Nikki.
Por un instante, Meredith quedó paralizada. No podía creer lo que veía. La última vez que lo había visto, él se marchaba con Nikki hacia algún lugar del club. Ahora estaba allí, esperándola a ella.
El miedo se apoderó de su mente, y una idea la golpeó con fuerza: si él estaba allí… ¿dónde estaba Nikki?. Meredith comprendió que debía mantener la calma. Si quería descubrir qué estaba ocurriendo, tendría que pensar rápido y actuar con cuidado.