Lupita, ¡yo, me quedo!

Historias el macho

Pajillero
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Feb 5, 2025
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Lupita era una mujer de 33 años, una pinche diosa azteca encarnada, con piel morena que brillaba como el cacao bajo el sol de Cuernavaca, cabello lacio y largo de un negro intenso que le caía hasta la cintura, curvas que volvían locos a los hombres –tetas grandes y firmes, nalgas redondas y prietas, y un coño que, aunque ella no lo supiera aún, guardaba un fuego adictivo. Sus facciones finas y hermosas la hacían parecer salida de un templo prehispánico, con ojos oscuros que hipnotizaban y labios carnosos perfectos para mamar vergas. Trabajaba como ingeniera bioquímica en un laboratorio gubernamental en las afueras de la ciudad, un chingado lugar donde investigaban virus y compuestos para enfermedades que nadie pelaba. Vivía con su novio David en un departamentito chafa en el centro, un wey bueno pero aburrido que laburaba en una maquiladora y la cogía de vez en cuando, sin pasión, solo para desahogarse. David la quería a su modo, pero no tenía idea de la tormenta que se avecinaba en la vida de Lupita.
Los días en el lab eran una puta pesadilla. El gobierno federal, con sus recortes de mierda y corrupción hasta el tope, había dejado el presupuesto en huesos. Los reactivos escaseaban como agua en el desierto, los equipos se descomponían y no había lana para arreglarlos, y ahora hablaban de recortar personal para "sobrevivir". Lupita estaba en la mira; sus proyectos no eran prioritarios, y aunque era chingona en lo suyo, no había sacado papers importantes lately. En la junta próxima, sus colegas votarían quién se quedaba y quién se iba, y para salvar su culo, necesitaba que la declararan "esencial". Pero la neta, no lo era. "Pinche vida de mierda", murmuraba Lupita frente al espejo del baño del lab, ajustando su bata blanca que apretaba sus tetas morenas. No tenía conexiones, ni lambisconería con los jefes. Lo único que se le ocurrió fue su cuerpo, esa herramienta que siempre atraía miradas babosas de sus compañeros. Al principio, la idea le dio asco. "¿En serio voy a tener que prostituirme por un pinche empleo?", pensó, sintiendo náuseas. Pero no había de otra; era obligación pura, por necesidad. David no ganaba lo suficiente para mantenerlos, y ella no quería volver a la pobreza de su infancia en el pueblo. Así que, tragándose el orgullo, empezó el plan.
El primero fue Jorge, el jefe de suministros, un gordo baboso con una verga gruesa que siempre la devoraba con los ojos. Lo arrinconó en la bodega de reactivos al mediodía, cuando nadie andaba por ahí. "Jorge, necesito que votes por mí en la junta", le dijo con voz temblorosa, desabotonando su bata para dejar ver sus tetas, los pezones duros por el nerviosismo, no por excitación. Él se quedó pasmado, pero su pito se paró al instante. Lupita, obligada, se arrodilló y le bajó el zipper, sacando esa verga gorda y venosa. "Solo hazlo rápido", pensó ella, cerrando los ojos mientras empezaba a mamar, chupando ese pene con movimientos mecánicos, la saliva chorreando por obligación. Jorge gemía: "¡Ay, Lupita, qué rica eres!", empujando su cabeza para que lo tragara más profundo. Ella lo mamó hasta que estuvo listo, luego se levantó, se subió la falda y se empinó contra una estantería. "Cógeme y acabemos con esto", le dijo fríamente. Jorge la penetró vaginal, metiendo su pito en su panocha seca al principio, follando con embestidas torpes que le dolían. "¡Más duro, cabrón, para que termines pronto!", gruñó ella, fingiendo para acelerarlo. Él la cogió vigorosamente, sus nalgas chocando contra su panza, hasta que eyaculó su semen caliente dentro de su coño. Lupita sintió asco al sentir los mecos chorreando por sus piernas, pero Jorge prometió: "Votaré por ti, eres esencial". Salió de ahí limpiándose, jurando que sería el último, pero sabía que no.
Al día siguiente, por obligación otra vez, citó a Miguel y Paco en el baño de hombres. "Vengan si quieren salvarme el puesto", les mandó por WhatsApp. Llegaron nerviosos, y Lupita, con el estómago revuelto, se abrió la bata. "Tómenme, pero voten por mí". Empezó mamando la verga de Miguel, chupando ese pene largo con desgano, mientras Paco le metía dedos en el coño para lubricarla. "Qué pucha tan apretada", dijo Paco, pero a ella le importaba un carajo. Se turnaron: Miguel la folló vaginal contra el lavabo, embistiendo su panocha con fuerza, sus tetas rebotando sin que ella sintiera placer. "Fóllame rápido, pinche puto", exigía para acabar. Paco la puso de cuatro y le metió el pito en el culo, cogiendo su ano analmente con lubricante que traía. Dolía como la chingada al principio, y Lupita mordió su labio para no gritar de dolor, no de gusto. "Mi fundillo... acaba ya", susurraba. Al final, le hicieron un bukake, semen en su cara y tetas, mecos blancos en su piel morena. Se limpió con asco, pero tenía dos votos más.
Pasaron los días, y Lupita siguió por obligación: en una oficina vacía, con Carlos y Esteban. "Háganlo, pero voten", les dijo, desnudándose sin entusiasmo. Mamó sus pitones, chupando vergas duras mecánicamente. Carlos la cogió por el coño en el escritorio, follando vaginal con embestidas que empezaban a sentir... diferentes. Por primera vez, su panocha se humedeció sola, no por obligación. "Qué rico...", pensó fugazmente, pero lo negó. Esteban la penetró anal, cogiendo su culo mientras ella mamaba al otro. Era gangbang, pero ella lo veía como trabajo. Al final, bukake de leche caliente, y más votos.
Con el tiempo, algo cambió. Después de la cuarta vez, en el almacén con Raúl el viejo, Lupita notó que su coño palpitaba antes de empezar. Lo mamó con más ganas, chupando su pene venoso como si lo disfrutara. Cuando él la folló anal, metiendo su pito en su fundillo, ella gimió de verdad: "¡Ay, qué rico en el culo!". Se estaba volviendo vicio. Al principio obligación, ahora empezaba a excitarla el poder, el riesgo, los gemidos de los weyes. En casa, con David, lo cogía más salvaje, mamando su verga pensando en los del lab.
La adicción creció. En la bodega grande, organizó una orgía con cuatro colegas. Ya no era obligación; su pucha estaba húmeda solo de pensarlo. "Vengan, cabrones, y cójanme bien", les dijo, desnudándose con lujuria. Empezó con oral grupal, mamando vergas en círculo, chupando pitones con pasión, tragando mecos prematuros. Luego, la gangbang: uno en el coño, otro en el ano, follando vaginal y anal al unísono. "¡Fórniquenme más, putos! ¡Llenen mi panocha!", gritaba ahora por gusto, sus nalgas temblando, tetas rebotando. Doble penetración: una verga en la pucha, otra en el fundillo, mientras mamaba una tercera. Era orgía pura, cuerpos sudorosos, olores a semen y sudor. Al clímax, bukake masivo, semen cubriéndola como una diosa viciosa. Ya no pensaba en votos; lo hacía por el rush.
La junta llegó, y votaron por ella unánimemente. Salvó su trabajo. Pero el vicio no paró. Aunque ya no necesitaba, Lupita siguió. Una semana después, en el baño, citó a Jorge otra vez. "Cógeme, cabrón", le dijo, arrodillándose para mamar su verga con deleite, chupando ese pene gordo hasta tragarlo entero. Se empinó, y él la folló vaginal, embistiendo su coño húmedo con vigor. "¡Más duro, llena mi pucha de leche!", gemía ella, gozando cada embestida. En casa, David notaba su fuego, pero ella lo distraía cogiéndolo salvaje, mamando su pito mientras fantaseaba con orgías.
Meses después, el lab mejoró un poco, pero Lupita organizaba gangbangs semanales por puro gusto. En la oficina vacía, con cinco weyes: "Vamos a la orgía, putos". Mamaba vergas en grupo, chupando pitones duros, lamiendo huevos. Luego, penetraciones múltiples: vaginal, anal, oral. Uno la cogía por el zapo, otro por el culo, un tercero en la boca. "¡Gangbang total, cabrones! ¡Fóllenme el coño y el ano!", chillaba, adicta al semen chorreando, bukakes en sus tetas y cara. Se volvió su vicio: el poder de su cuerpo azteca, los mecos calientes, los gemidos. David nunca supo, y ella seguía en el lab, trabajando de día y cogiendo por gusto de noche. Ya no por obligación, sino porque su panocha y culo lo pedían, una diosa viciosa que no podía parar.
 
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