Lupita, error de calculo.

Historias el macho

Pajillero
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Feb 5, 2025
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Lupita había alcanzado la cima de su carrera como ingeniera bioquímica en uno de los laboratorios más prestigiosos del país. A sus 32 años, era reconocida por su inteligencia brillante y su dedicación casi obsesiva. Su vida personal también marchaba viento en popa: llevaba tres años con David, un hombre estable, cariñoso y predecible que la esperaba todas las tardes en el estacionamiento después de su turno. Todo parecía perfecto… hasta aquel fatídico día.
Estaban trabajando en un nuevo compuesto estimulante, una molécula diseñada para mejorar la circulación sanguínea y potencialmente tratar disfunciones eréctiles de forma más potente que el Viagra. Lupita manipulaba una muestra concentrada cuando, por un descuido, el frasco se le resbaló y salpicó directamente sobre el pantalón de su compañero de trabajo, Alejandro, un hombre de 32 años, alto, atlético y siempre discreto.
Al principio no pasó nada. Pero a los pocos minutos, Alejandro empezó a quejarse de una calor intensa en la entrepierna. Su verga comenzó a hincharse de manera descontrolada, creciendo y endureciéndose hasta triplicar su tamaño normal. La tela del pantalón se tensó dolorosamente, marcando una erección monstruosa que palpitaba visiblemente.
—¡Mierda, Lupita! ¿Qué carajo me hiciste? —gruñó Alejandro, con la voz entrecortada por la mezcla de dolor y placer involuntario.
Lupita palideció. Sabía exactamente qué había pasado: el compuesto se había activado al contacto con la piel y la sangre, maximizando el flujo sanguíneo de forma extrema y prolongada. Desesperada, revisó los datos en su computadora. El efecto solo se revertiría si el sujeto eyaculaba múltiples veces, liberando la presión acumulada y permitiendo que la molécula se metabolizara.
David la esperaba abajo, en el estacionamiento, probablemente aburrido y medio dormido como siempre. No podía bajar así. No podía contarle nada.
—Necesitamos solucionar esto ahora mismo —dijo Lupita con el corazón latiéndole en la garganta—. No hay otra forma. Tengo que… satisfacerte sexualmente hasta que eyacules lo suficiente para revertir el efecto.
Alejandro la miró con los ojos vidriosos de lujuria forzada. Su verga enorme presionaba contra la tela como si quisiera romperla.
Llevó a su compañero a una zona privada del laboratorio: una sala de almacenamiento pequeña y poco usada, con una mesa amplia y puerta con seguro. Cerró con llave y se arrodilló frente a él.
—Necesitamos hacer esto. No hay otra solución —repitió Lupita, tratando de sonar profesional aunque su voz temblaba.
Se bajó la cremallera de Alejandro y liberó su verga. Era descomunal: gruesa como su muñeca, venosa, con una cabeza hinchada y morada que brillaba de precum. Mucho más grande de lo que jamás había visto. Lupita la tomó con ambas manos y, sin pensarlo dos veces, abrió la boca y se la metió.
Comenzó a mamarlo vorazmente. Su lengua giraba alrededor de la cabeza enorme, chupando con fuerza mientras sus manos masturbaban el tronco que no alcanzaba a rodear por completo. Alejandro gemía fuerte, agarrándola del cabello, empujando sus caderas hacia adelante para follarle la boca. La verga golpeaba el fondo de su garganta, haciendo que Lupita babeara y se ahogara, pero no se detenía. Chupaba con hambre, lamiendo los huevos pesados, tragando saliva mezclada con precum salado.
Pasaron varios minutos. A pesar de la mamada intensa y ruidosa, Alejandro no parecía cerca de correrse. El compuesto mantenía su erección dura como piedra y retrasaba el orgasmo.
—Necesitamos probar algo más —jadeó Lupita, limpiándose la baba de la barbilla.
Se quitó los pantalones y el tanga con rapidez, dejando al descubierto su coño perfectamente depilado. Se subió encima de Alejandro, que se había sentado en la mesa, y guió aquella verga monstruosa hacia su entrada. La cabeza gruesa presionó contra sus labios vaginales y, con un movimiento descendente, Lupita se empaló.
—¡Ahhh, joder! —gritó ella, sintiéndose completamente llena, estirada al límite. Dolía, pero era un dolor delicioso, profundo. Su coño se abrió al máximo alrededor de aquella polla enorme.
Comenzó a moverse arriba y abajo frenéticamente, cabalgando con desesperación. Sus tetas rebotaban dentro de la blusa del laboratorio mientras sus nalgas golpeaban contra los muslos de Alejandro. El sonido húmedo de su coño tragándose aquella verga llenaba la habitación. Alejandro la agarraba de la cintura, embistiéndola desde abajo con fuerza, clavándola hasta el fondo con cada movimiento.
Los gemidos de ambos se hacían cada vez más fuertes. Lupita sentía que la verga le llegaba al útero, golpeando lugares que nunca habían sido tocados. Su clítoris rozaba contra el pubis de él y pronto empezó a correrse, convulsionando alrededor de aquella polla gigantesca, chorreando jugos que le empapaban los huevos.
Pero Alejandro seguía sin eyacular.
Fue entonces cuando Lupita tomó la decisión más drástica. Se levantó, se dio la vuelta, se inclinó sobre la mesa y separó sus nalgas.
—Fóllame el culo —dijo con voz ronca—. Métemela toda.
Alejandro no dudó. Escupió sobre su verga ya lubricada con los jugos de Lupita y presionó la cabeza contra su ano apretado. Empujó lentamente al principio, pero luego con más fuerza. Lupita gritó de dolor y placer cuando aquella verga enorme le abrió el culo, entrando centímetro a centímetro hasta enterrarse completamente.
El hombre empezó a follarla brutalmente por el ano. Embestidas profundas, rápidas, salvajes. Lupita se aferraba a la mesa, gimiendo como una puta en celo mientras sentía cómo su culo era destruido de placer. El dolor se mezclaba con un éxtasis brutal que la hacía temblar.
En ese preciso momento, su teléfono comenzó a sonar. Varias llamadas perdidas de David, seguidas de mensajes: “¿Dónde estás?”, “¿Todo bien?”, “Llevo más de una hora esperando”.
Con la verga de Alejandro aún enterrada hasta el fondo en su ano, Lupita contestó la llamada, intentando controlar su voz.
—D-D-David… —jadeó, mientras Alejandro seguía follándola sin piedad, más lento pero profundo—. Surgió un problema técnico en el laboratorio… un experimento que se complicó. Necesito… ahhh… un poco más de tiempo. Espérame, por favor.
David, medio dormido y aburrido en el auto, solo murmuró que estaba bien y colgó. Lupita soltó el teléfono y se entregó completamente al placer prohibido. Alejandro la taladraba el culo con fuerza, dándole nalgadas que resonaban en la sala. Finalmente, después de lo que pareció una eternidad, rugió y eyaculó dentro de ella. Chorros calientes y abundantes de semen llenaron su ano, rebosando y escurriéndose por sus muslos.
El efecto del compuesto comenzó a desvanecerse casi inmediatamente. La verga de Alejandro empezó a reducir su tamaño poco a poco hasta volver a la normalidad.
Lupita, exhausta, con el culo palpitante y lleno de semen, se vistió rápidamente. Antes de salir, guardó discretamente una pequeña muestra del compuesto en un vial que escondió en su bolso. Sentía una mezcla de alivio… y una curiosidad peligrosa.
Bajó al estacionamiento y encontró a David profundamente dormido en el asiento del copiloto, con la cabeza apoyada en la ventanilla. Lo despertó con una sonrisa culpable.
—Perdón por la demora, amor. Ya resolví todo en el laboratorio.
Mientras conducían de regreso a casa, Lupita no podía dejar de pensar en lo que acababa de vivir: aquella verga enorme abriéndola, el placer intenso y prohibido, el riesgo de ser descubierta. Un secreto ardiente que ahora compartía con Alejandro.
A medida que pasaron los días, el incidente no dejó de atormentarla. En las noches, mientras David dormía plácidamente a su lado, Lupita recordaba cómo se sintió siendo follada por una verga tan monstruosa, cómo su coño y su ano habían sido estirados al límite, llevándola a orgasmos brutales. Su cuerpo anhelaba esa sensación nuevamente.
Una noche, cuando David roncaba profundamente, Lupita se levantó sigilosamente. Sacó el vial con la muestra del compuesto y, tras diluirlo correctamente, se aplicó una pequeña cantidad directamente en su vagina y clítoris. Esperó.
En cuestión de minutos, su coño empezó a transformarse. Se sentía más hinchado, más sensible, más receptivo. Sus labios vaginales se inflamaron ligeramente y un calor intenso subió por su vientre. Estaba empapada, palpitante, como si su cuerpo entero estuviera preparado para recibir una verga enorme.
Sin más preámbulos, Lupita despertó a David con besos hambrientos en el cuello y la mano dentro de su bóxer, acariciándole la polla.
—Fóllame, David… Fóllame con todas tus fuerzas esta noche —suplicó con voz ronca.
David, sorprendido pero excitado por la urgencia repentina de su novia, no se hizo rogar. Se colocó encima de ella y la penetró de un solo empujón. Lupita gritó de placer. Gracias al compuesto, su coño se sentía mucho más apretado y sensible; cada embestida era amplificada. David la follaba con fuerza, pero para Lupita era como si estuviera siendo tomada por una verga mucho más grande.
—Más fuerte… ¡Más duro! —gemía ella, clavándole las uñas en la espalda.
David obedeció, embistiéndola salvajemente, cambiando de posición: la puso de cuatro, la folló de lado, la levantó contra la pared. Lupita se corrió una y otra vez, convulsionando, chorreando jugos sobre las sábanas. El placer era casi doloroso de tan intenso. David terminó eyaculando dentro de ella con un gruñido, exhausto.
Al final de la noche, ambos yacían sudorosos y abrazados. David sonreía, feliz por el sexo apasionado que acababan de compartir. Lupita, con una sonrisa culpable pero satisfecha, sabía que el compuesto había cambiado todo.
Guardaría el secreto para siempre. Pero también sabía que había despertado algo oscuro y adictivo en su interior: el deseo de empujar los límites de su sexualidad, de buscar sensaciones más extremas, más prohibidas. Tal vez con David… o tal vez buscando de nuevo esa verga monstruosa que había probado en el laboratorio.
Con un nuevo brillo peligroso en los ojos, Lupita se prometió a sí misma explorar hasta dónde podía llegar este nuevo capítulo de su vida.
 
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