Le Rompo el Culo a mi Madre

heranlu

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Le sujeté el trasero con ambas manos y con mis pulgares le separé las nalgas, entonces contemplé sus carnosos labios y un poco más arriba lo que era todavía más prohibido.

El cómo habíamos llegado hasta ahí era una historia larga, confusa, llena de idas y venidas; primero para hacer que me viera como un macho, después para animarme a besarla y luego para que accediese a tener conmigo esa primera noche de sexo maldito, tan placentero como reflexivo y tan culposo como adictivo.

Todo había degenerado en una viciosa relación carnal, días enteros de pura pasión descontrolada que generaban una mezcla de sentimientos y emociones encontradas que no hacían sino intensificar la forma en la que nos comíamos mutuamente; erecciones que me hacían pensar que lo que tenía entre las piernas era más un martillo que un trozo de carne, esperma caliente que como magma brotaba y que en cada encuentro era volcado en una parte diferente de su cuerpo; lo echaba sobre su espalda, lo disparaba en su pecho, derramaba en su rostro, inundaba su boca o vertía en el interior de su vientre.

Sí alguien fuera estado allí para presenciar lo que le hacía a ella o lo que ella me hacía a mí, bueno… lo que nos hacíamos el uno al otro, no hubiese podido imaginar la naturaleza de nuestra relación, porque aunque es natural para un hijo mamar los pechos de su madre, no es natural para una madre devorar el miembro de su hijo, mucho menos de esa forma tan voraz como lo hacía ella; y aunque me encantaba tener sus pezones en la boca como a ella tener mi polla en la suya, lo cierto es que yo deseaba algo injustificable, no sé sí era capricho, vicio, obsesión u obscenidad, pero decidí darme la difícil tarea de que ella me entregase la conservada virginidad de su ano.

Abrirle el culo con la punta de mi verga, tomarla de la cintura e introducirle todo el tronco hasta ver mis huevos chocar contra su coño, clavársela por detrás al menos durante una hora, una hora para hacérselo lento y suave, para que así también disfrute ella y que no le duela más de lo necesario, para tomar de ella la virginidad que no pudo quitarle mi padre a pesar de haberla deseado locamente.

El culo de mi madre es un culo exquisito, no es grande, pero tampoco es pequeño, es perfecto y lo tenía frente a mi listo para gozar de él y hacerlo gozar a él también, pocas veces se le presenta a uno la oportunidad de cumplir todas sus fantasías y frente a mi tenía la última que me quedaba, iba a poseer el culo de mi madre, mi miembro palpitaba más que mi propio corazón.

Tomé el envase con lubricante y lo esparcí por mi mano y luego pase mis dedos entre sus nalgas, lo unté con delicadeza sobre los pliegues de su ano y le hundí apenas la punta de un par de dedos, no se quejó y le comencé a dar besos en las nalgas. Como ya no podía aguantar las ganas sujeté mi miembro grosamente erecto.

La tenía en cuatro patas y volteó hacia atrás para mirarme.

—Mamá… —le dije justo antes de desvirgarle el culo—. Pide un deseo.

—No… mmmmm… —dijo y gimió al sentir como la interrumpí al introducir la punta de mi miembro—. No me dejes jamás.

Me costó metérsela entera, pero con tiempo, paciencia y un poco más de lubricante, toda mi polla terminó gratamente adentro de su culo. El problema luego no fue meterla, sino sacarla de allí, no tanto por lo apretado de su recto, sino por el placer que a mí me proporcionaba la presión que su ano ejercía sobre mi miembro y también el placentero dolor que esta modalidad sexual le suministraba a ella.

Por momentos me dieron ganas de embestirla con la misma fiereza con la que lo hacía por el coño, pero no lo hice. Fui clemente con su culo para que este estuviese dispuesto a recibirme otras noches también, porque esta gloria había que repetirla, el goce y el placer era demasiado como para que quedase en cosa de una sola vez, mi madre tenía que obsequiarme su culo para siempre, sí era posible incluso debíamos firmar un matrimonio entre su ano y mi polla, que de todas formas sí pasaba como en muchos matrimonios y en alguna ocasión este se resistía o se encontraba indispuesto, mi polla podría fácilmente encontrar una amante en la vecina.

—Ya acaba —me dijo. Estaba exhausta.

Así que al final le proporcioné una fuerte, profunda y larga embestida y abrazándola le dejé mi firma en semen en el interior de su culo. Luego la besé en la mejilla y me dejé caer sobre la cama.

Cuando desperté pensé que toda esa fantasía había sido un sueño, pero la humedad de su boca envolviendo mi miembro me confirmó que no era así.

De esa forma pasó el fin de semana entero sin que pudiésemos abandonar el apartamento y en el que no pudimos hacer otra cosa que no fuera coger por detrás; nos acurrucábamos, descansábamos, comíamos, charlábamos y luego su culo volvía a estar dispuesto para mí.

¿Estaba mal lo que hacíamos?, ¿era grotesco que un hijo encontrara placer en el culo de su madre?, ¿era inmoral que una madre se pusiera en cuatro, se abriera ella misma las nalgas y pidiera a su propio hijo que le metiera toda la polla? Pues era todo eso lo que no podíamos parar de hacer, especialmente porque lo que se iba generando entre nosotros era una complicidad que no hacía sino aumentar el placer que sentíamos.

Hoy nuestra relación es perfecta, vivimos juntos y nadie sabe que en nuestro apartamento hay una sola cama, aunque el sexo sí que se ha vuelto un poco predecible; por las noches lo solemos hacer de la forma tradicional, las pajas, mamadas de polla y las comidas de coño han quedado para las mañanas o para esos momentos en los que nos recostamos en el sofá a ver la televisión, mientras que su culo se ha convertido en la salsa de nuestra relación, hemos quedado en tener una cita en algún sitio al menos una vez por mes y al regresar a nuestro hogar sabe que lo primero que voy hacer es comerle el culo durante un buen rato para luego rompérselo con amor.
 
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