—Listo, ya quedó, tía.
—Ay, mi niño, muchas gracias. Te juro que pensé que ya había perdido mis fotos.
—No te preocupes, tardó un poco porque no me dejaba completar el respaldo de tu iPhone, pero se logró.
Estiré los brazos y puse las manos en mi nuca. Mi tía estaba de visita para las fiestas decembrinas, vino sola porque a sus hijas les tocó quedarse con el papá. Es una señora muy hermosa y distinguida, blanca y de ojos verdes con cabello castaño ondulado. Era su primer noche en la casa y durante la cena me pidió ayuda con su celular. Fui por mi portatil y puse manos en el asunto. Tardó tanto que mis papás eventualmente nos dieron las buenas noches y se fueron a dormir.
Me quedé a solas con mi tía mientras terminaba el respaldo y nos sirvió para conocernos mejor. Me platicó uno que otro secreto de mis primas, yo le platiqué situaciones con mi novia y en algún punto se ofreció a cooperar con el servicio de fotografías para mi boda.
—No inventes ya es casi medianoche, perdón por acaparar toda tu noche.
—No te preocupes, tía, me gusta ayudar.
—Qué lindo eres.
Me acarició la mejilla y no pude evitar sonrojarme. Bajé la mirada.
—¿Cuánto te debo, hijo?
—Nada, tía, cómo crees.
—Qué pena de verdad.
Se puso de pie, se paró a mi lado y me dio la espalda.
—Por cierto, tu madre me prestó está cangurera y no sé cómo quitármela, ¿me ayudas?
Tener su culo tan cerca de mi rostro activó mis bajos instintos. Lentamente tomé la correa y la sujeté, se trataba de un seguro típico y sin problema lo abrí. Al quitarle la cangurera vi su franja de piel que se asomaba entre el pantalón y su blusa. En seguida me activé.
—Listo.
Se giró y sus piernas rozaron mis rodillas.
—Vayamos a dormir, que ya es muy tarde.
Me puse de pie manteniendo la misma distancia y nos dimos un abrazo que se prolongó. Yo seguía caliente y atontado.
—¿Seguro que no te debo nada? De verdad me espanté —me susurró.
—Tal vez un pequeño masaje en los hombros.
—No se diga más.
Sin despegarnos del abrazo comenzó deslizar sus manos por mi espalda y se concentró en mis hombros.
—Qué fuerte estás.
—Gracias, hago barra a veces.
Su toque era divino, me sentí como un caballero medieval siendo acaricado por una doncella después de la batalla. Llevaba meses sin contacto femenino y pasando por un tremendo estrés por la universidad y el trabajo. Esos segundos fueron la gloria.
Bajé mi rostro, mi nariz y labios quedaron sobre su hombro desnudo y discretamente quise provocar sensaciones. Su respiración se relajó y me di luz verde para continuar. Giré mi cuello como si fuera involuntario y ahora mi rostro tocaba su cuello. Olía a Chanel. Rocé mis labios con su collar de perlas. Mi respiración se
—Mmmm qué buen masaje.
—Es lo menos que puedo hacer por mi sobrino.
—Gracias… ya necesitaba esto…
—Lo sé.
Subí con toda la lentitud del mundo sin separar mis labios de su cuello. Mi nariz exhalaba vapor caliente que enternecía sus poros y de forma casi imperceptible abrió su cuello, dándome entrada para continuar.
Si más, le di un beso cerca de su oreja. Ella seguía con el masaje, pero intentó decir algo. Lo interpreté como su duelo interior sobre detenerme o seguir. Yo seguiría, no me importaba nada. Le di otro beso, uno más húmedo que el otro y el vapor de mi nariz cerraba con broche de oro.
—Ay, mi niño…
—Si quieres me detengo —dije aprovechando el aire para seguir estimulando su cuello.
No respondió.
Mis manos habían estado inmóviles rodeando su cintura. Decidí acariciar esa zona y poco a poco bajé hasta su culo. Lo acaricié por encima de su pantalón y lo apreté un par de veces.
De pronto un sonido en las escaleras nos sacó del trance y nos separamos al instante. Era mi perro que estaba dando un paseo nocturno. Nos miramos fijamente con el mismo grado de culpa y nos reímos con nerviosismo.
—¿Hace cuánto que no estás con una mujer?
—Hace bastante.
—Siéntate.
Acercó una silla y se sentó a mi lado.
—Ya sé cómo terminar de pagarte. Lo único que debes hacer es no dejar de mirarme.
—Ok… —dije con el corazón a punto de salirse de mi pecho.
Mientras la miraba sentía su mano deslizarse hasta mi pantalón, me quitó el botón y me bajó el cierre. Instintivamente quise ver, pero me detuvo. Me sacó la verga y la acarició con sus dedos suaves.
—Ah…
—¿Te gusta?
—Mucho…
Aumentó el ritmo y no tardé en sacar precum. Ella ocasionalmente se detenía para pasar su pulgar por mi cabeza y embadurnar el asunto. Yo estaba aguantando con todas fuerzas no venirme, quería disfrutar hasta el último segundo.
—No te contengas, cielo, deja que tu tía te complazca.
La paja tomó un vaivén divino y el precum brotaba sin control. Mis bolas saltaban rítmicamente y mi verga estaba más dura que nunca. Ocasionalmente me lo miraba.
—¿Solo una chupadita, vale?
De pronto bajó la cabeza y me dio la mejor mamada de la vida. Años de experiencia vinieron a educar todo mi ser en el fino arte del oral. Le tomé el cabello para que no estorbara y de pronto ahí estábamos; tía y sobrino solos en la sala haciendo cochinadas mientras todos dormían.
Volvió con la mano y de sus labios escurría un poco de lefa con saliva. Ni en mis mejores fantasías hubiera ideado una imagen tan divina con mi tía. La limpié con mi mano y acaricié su rostro. Mis huevos seguían rebotando y el PRIP-PRIP-PRIP de la paja estaba a tope en todo el comedor. Cerré los ojos.
—Saca toda la leche, cariño.
Puse mi mano en su nuca y la dirigí hacia abajo. Ella obedeció y sin bajar el ritmo puso sus labios en mi cabeza. Fue así como comencé a correrme bestialmente. Ahogué todo sonido y me agité como renacuajo. Disparo tras disparo entraba en la boquita de mi tía y ella obediente engulló cada gota. Al terminar me succionó con suavidad para remover cada rastro y escuché cómo se tragó todo de una. Al subir de nuevo me dio un beso blanco. Yo seguía prendidísimo y ella también. El beso se volvió besadera y al poco rato nos arrastramos al sillón de la sala como adolescentes primerizos. Prendí la lámpara de lectura y la iluminación tenue acarició nuestros rostros. Me desvestí enfrente de ella.
—No, alguien podría entrar.
Pero al ver mi cuerpo dejó de balbucear. Estaba en forma y bendecido por una buena genética.
—¿Hace cuánto que no estás con un hombre?
No respondió.
Me senté a su lado en el sillón y le quité la blusa. El sostén se lo removí de un solo movimiento con total maestría y finalmente pude chuparle las tetas a aquella mujer tan hermosa. Le quité el pantalón con todo y pantys, ambos quedando completamente desnudos.
—Siempre fantasee con este momento —dije.
No respondió.
La recosté a besos en el cuello y me coloqué entre sus piernas. La cabeza de mi nepe rozó su vulva por primera vez. Al sentir su calor y humedad, percibí el llamado de la naturaleza, nada ni nadie podía detenerme para coronar a mi propia tía.
—Hijo… ¿no tienes…?
—No pasa nada tía, te prometo que estoy limpio.
Poco a poco comencé a entrar en ella y como llave maestra entró hasta el mero fondo. Ella soltó un gemido fuerte y alzó la mirada al cielo; como si estuviera agradeciendo al cielo tal como yo minutos antes.
—Ahora eres mía, tía.
—Hijo…
Comencé un vaivén agónico, donde cada milímetro le provocaba olas de placer, que ella se limitaba a responder enterrando sus uñas en mi espalda.
—Hijo… qué rico la metes dios mío…ahhh… ahhh…
Me comencé a descontrolar y cada mentida era más dura que la anterior.
PLAP PLAP PLAP sonaba por toda la sala.
PLAP PLAP PLAP nuestros sexos chocaban sin pudor.
PLAP PLAP PLAP sus uñas se enterraban con más y más fuerza.
—Vas a hacer que me corra… ahhh… nunca me he corrido así no puede ser… coges tan rico, mi niño.
—Siempre que quieras te daré así de duro, tía.
—Eres mío también, cariño, y quiero que seas solo… solo… mío…
Se tensó y se tapó la boca para ahogar el gemido más duro que le he provocado a alguna mujer. Se empezó a retorcer mientras yo mantuve el ritmo perfecto para llevarla al cielo. Comencé a sentir un calor propagarse por mi falo hasta mis huevos, estaba squirteando como una desquiciada inundando todo el sillón.
Me detuve unos segundos dentro de ella para descansar. Mi respiración agitada y el sudor de mi frente a punto de caer hacia ella.
Me miraba con el rostro ensoñado y la respiración igual de agitada. Reanudé el movimiento y esbozó una sonrisa.
—Anda, cielo, faltas tú.
Bombee lentamente disfrutando cada roce de nuestros sexos, pero no tardé en embestir cada vez más rápido. Me aproximé al orgasmo. Me salí, la tomé de la cadera y le di vuelta, ella entendió perfectamente y se puso en cuatro. Me mostró su durazno enorme y lo paró bajando su espalda. En ese segundo me consideré el hombre más afortunado del mundo.
Se la metí hasta el fondo y seguí mi vaivén bestial.
—Ahhh qué rico, hijo, la tienes bien grande
—Qué culote, tía, no quiero que sea la última vez.
—Ahhh ahh no lo será, cariño.
Llevó su mano a su entrepierna y comenzó a estimular su clítoris. Yo estaba desatado y pospuse mi orgasmo para llenar mis huevos lo más posible. Mi tía estaba enloquecida frotando su chicharo y se contorsionaba provocándome sensaciones variadas en cada metida.
Sin previo aviso la putita comenzó a correrse y armó un desmadre chorreando de nuevo el sillón de sus líquidos.
—Te vienes en mi verga como una zorrita en celo.
—ahhh sí, es que soy tu zorrita, mi amor.
—Ahora me toca a mí.
La reventé con toda mi furia.
—Córrete adentro, mi amor. Quiero que me hagas tu mujer.
No podía creerlo.
—Lléname de tu lechita, papi, hazlo por tu tía.
Solo un loco rechazaría tal oferta. Así que la tomé con fuerza, se la metí lo más profundo posible y me descargué dentro de ella. Carga tras carga llené su cérvix hasta su útero y al salir un río de lefa comenzó a brotar de su sexo.
Nos acostamos un rato apretados en el sillón y fuimos a dormir a sendas habitaciones.
—Ay, mi niño, muchas gracias. Te juro que pensé que ya había perdido mis fotos.
—No te preocupes, tardó un poco porque no me dejaba completar el respaldo de tu iPhone, pero se logró.
Estiré los brazos y puse las manos en mi nuca. Mi tía estaba de visita para las fiestas decembrinas, vino sola porque a sus hijas les tocó quedarse con el papá. Es una señora muy hermosa y distinguida, blanca y de ojos verdes con cabello castaño ondulado. Era su primer noche en la casa y durante la cena me pidió ayuda con su celular. Fui por mi portatil y puse manos en el asunto. Tardó tanto que mis papás eventualmente nos dieron las buenas noches y se fueron a dormir.
Me quedé a solas con mi tía mientras terminaba el respaldo y nos sirvió para conocernos mejor. Me platicó uno que otro secreto de mis primas, yo le platiqué situaciones con mi novia y en algún punto se ofreció a cooperar con el servicio de fotografías para mi boda.
—No inventes ya es casi medianoche, perdón por acaparar toda tu noche.
—No te preocupes, tía, me gusta ayudar.
—Qué lindo eres.
Me acarició la mejilla y no pude evitar sonrojarme. Bajé la mirada.
—¿Cuánto te debo, hijo?
—Nada, tía, cómo crees.
—Qué pena de verdad.
Se puso de pie, se paró a mi lado y me dio la espalda.
—Por cierto, tu madre me prestó está cangurera y no sé cómo quitármela, ¿me ayudas?
Tener su culo tan cerca de mi rostro activó mis bajos instintos. Lentamente tomé la correa y la sujeté, se trataba de un seguro típico y sin problema lo abrí. Al quitarle la cangurera vi su franja de piel que se asomaba entre el pantalón y su blusa. En seguida me activé.
—Listo.
Se giró y sus piernas rozaron mis rodillas.
—Vayamos a dormir, que ya es muy tarde.
Me puse de pie manteniendo la misma distancia y nos dimos un abrazo que se prolongó. Yo seguía caliente y atontado.
—¿Seguro que no te debo nada? De verdad me espanté —me susurró.
—Tal vez un pequeño masaje en los hombros.
—No se diga más.
Sin despegarnos del abrazo comenzó deslizar sus manos por mi espalda y se concentró en mis hombros.
—Qué fuerte estás.
—Gracias, hago barra a veces.
Su toque era divino, me sentí como un caballero medieval siendo acaricado por una doncella después de la batalla. Llevaba meses sin contacto femenino y pasando por un tremendo estrés por la universidad y el trabajo. Esos segundos fueron la gloria.
Bajé mi rostro, mi nariz y labios quedaron sobre su hombro desnudo y discretamente quise provocar sensaciones. Su respiración se relajó y me di luz verde para continuar. Giré mi cuello como si fuera involuntario y ahora mi rostro tocaba su cuello. Olía a Chanel. Rocé mis labios con su collar de perlas. Mi respiración se
—Mmmm qué buen masaje.
—Es lo menos que puedo hacer por mi sobrino.
—Gracias… ya necesitaba esto…
—Lo sé.
Subí con toda la lentitud del mundo sin separar mis labios de su cuello. Mi nariz exhalaba vapor caliente que enternecía sus poros y de forma casi imperceptible abrió su cuello, dándome entrada para continuar.
Si más, le di un beso cerca de su oreja. Ella seguía con el masaje, pero intentó decir algo. Lo interpreté como su duelo interior sobre detenerme o seguir. Yo seguiría, no me importaba nada. Le di otro beso, uno más húmedo que el otro y el vapor de mi nariz cerraba con broche de oro.
—Ay, mi niño…
—Si quieres me detengo —dije aprovechando el aire para seguir estimulando su cuello.
No respondió.
Mis manos habían estado inmóviles rodeando su cintura. Decidí acariciar esa zona y poco a poco bajé hasta su culo. Lo acaricié por encima de su pantalón y lo apreté un par de veces.
De pronto un sonido en las escaleras nos sacó del trance y nos separamos al instante. Era mi perro que estaba dando un paseo nocturno. Nos miramos fijamente con el mismo grado de culpa y nos reímos con nerviosismo.
—¿Hace cuánto que no estás con una mujer?
—Hace bastante.
—Siéntate.
Acercó una silla y se sentó a mi lado.
—Ya sé cómo terminar de pagarte. Lo único que debes hacer es no dejar de mirarme.
—Ok… —dije con el corazón a punto de salirse de mi pecho.
Mientras la miraba sentía su mano deslizarse hasta mi pantalón, me quitó el botón y me bajó el cierre. Instintivamente quise ver, pero me detuvo. Me sacó la verga y la acarició con sus dedos suaves.
—Ah…
—¿Te gusta?
—Mucho…
Aumentó el ritmo y no tardé en sacar precum. Ella ocasionalmente se detenía para pasar su pulgar por mi cabeza y embadurnar el asunto. Yo estaba aguantando con todas fuerzas no venirme, quería disfrutar hasta el último segundo.
—No te contengas, cielo, deja que tu tía te complazca.
La paja tomó un vaivén divino y el precum brotaba sin control. Mis bolas saltaban rítmicamente y mi verga estaba más dura que nunca. Ocasionalmente me lo miraba.
—¿Solo una chupadita, vale?
De pronto bajó la cabeza y me dio la mejor mamada de la vida. Años de experiencia vinieron a educar todo mi ser en el fino arte del oral. Le tomé el cabello para que no estorbara y de pronto ahí estábamos; tía y sobrino solos en la sala haciendo cochinadas mientras todos dormían.
Volvió con la mano y de sus labios escurría un poco de lefa con saliva. Ni en mis mejores fantasías hubiera ideado una imagen tan divina con mi tía. La limpié con mi mano y acaricié su rostro. Mis huevos seguían rebotando y el PRIP-PRIP-PRIP de la paja estaba a tope en todo el comedor. Cerré los ojos.
—Saca toda la leche, cariño.
Puse mi mano en su nuca y la dirigí hacia abajo. Ella obedeció y sin bajar el ritmo puso sus labios en mi cabeza. Fue así como comencé a correrme bestialmente. Ahogué todo sonido y me agité como renacuajo. Disparo tras disparo entraba en la boquita de mi tía y ella obediente engulló cada gota. Al terminar me succionó con suavidad para remover cada rastro y escuché cómo se tragó todo de una. Al subir de nuevo me dio un beso blanco. Yo seguía prendidísimo y ella también. El beso se volvió besadera y al poco rato nos arrastramos al sillón de la sala como adolescentes primerizos. Prendí la lámpara de lectura y la iluminación tenue acarició nuestros rostros. Me desvestí enfrente de ella.
—No, alguien podría entrar.
Pero al ver mi cuerpo dejó de balbucear. Estaba en forma y bendecido por una buena genética.
—¿Hace cuánto que no estás con un hombre?
No respondió.
Me senté a su lado en el sillón y le quité la blusa. El sostén se lo removí de un solo movimiento con total maestría y finalmente pude chuparle las tetas a aquella mujer tan hermosa. Le quité el pantalón con todo y pantys, ambos quedando completamente desnudos.
—Siempre fantasee con este momento —dije.
No respondió.
La recosté a besos en el cuello y me coloqué entre sus piernas. La cabeza de mi nepe rozó su vulva por primera vez. Al sentir su calor y humedad, percibí el llamado de la naturaleza, nada ni nadie podía detenerme para coronar a mi propia tía.
—Hijo… ¿no tienes…?
—No pasa nada tía, te prometo que estoy limpio.
Poco a poco comencé a entrar en ella y como llave maestra entró hasta el mero fondo. Ella soltó un gemido fuerte y alzó la mirada al cielo; como si estuviera agradeciendo al cielo tal como yo minutos antes.
—Ahora eres mía, tía.
—Hijo…
Comencé un vaivén agónico, donde cada milímetro le provocaba olas de placer, que ella se limitaba a responder enterrando sus uñas en mi espalda.
—Hijo… qué rico la metes dios mío…ahhh… ahhh…
Me comencé a descontrolar y cada mentida era más dura que la anterior.
PLAP PLAP PLAP sonaba por toda la sala.
PLAP PLAP PLAP nuestros sexos chocaban sin pudor.
PLAP PLAP PLAP sus uñas se enterraban con más y más fuerza.
—Vas a hacer que me corra… ahhh… nunca me he corrido así no puede ser… coges tan rico, mi niño.
—Siempre que quieras te daré así de duro, tía.
—Eres mío también, cariño, y quiero que seas solo… solo… mío…
Se tensó y se tapó la boca para ahogar el gemido más duro que le he provocado a alguna mujer. Se empezó a retorcer mientras yo mantuve el ritmo perfecto para llevarla al cielo. Comencé a sentir un calor propagarse por mi falo hasta mis huevos, estaba squirteando como una desquiciada inundando todo el sillón.
Me detuve unos segundos dentro de ella para descansar. Mi respiración agitada y el sudor de mi frente a punto de caer hacia ella.
Me miraba con el rostro ensoñado y la respiración igual de agitada. Reanudé el movimiento y esbozó una sonrisa.
—Anda, cielo, faltas tú.
Bombee lentamente disfrutando cada roce de nuestros sexos, pero no tardé en embestir cada vez más rápido. Me aproximé al orgasmo. Me salí, la tomé de la cadera y le di vuelta, ella entendió perfectamente y se puso en cuatro. Me mostró su durazno enorme y lo paró bajando su espalda. En ese segundo me consideré el hombre más afortunado del mundo.
Se la metí hasta el fondo y seguí mi vaivén bestial.
—Ahhh qué rico, hijo, la tienes bien grande
—Qué culote, tía, no quiero que sea la última vez.
—Ahhh ahh no lo será, cariño.
Llevó su mano a su entrepierna y comenzó a estimular su clítoris. Yo estaba desatado y pospuse mi orgasmo para llenar mis huevos lo más posible. Mi tía estaba enloquecida frotando su chicharo y se contorsionaba provocándome sensaciones variadas en cada metida.
Sin previo aviso la putita comenzó a correrse y armó un desmadre chorreando de nuevo el sillón de sus líquidos.
—Te vienes en mi verga como una zorrita en celo.
—ahhh sí, es que soy tu zorrita, mi amor.
—Ahora me toca a mí.
La reventé con toda mi furia.
—Córrete adentro, mi amor. Quiero que me hagas tu mujer.
No podía creerlo.
—Lléname de tu lechita, papi, hazlo por tu tía.
Solo un loco rechazaría tal oferta. Así que la tomé con fuerza, se la metí lo más profundo posible y me descargué dentro de ella. Carga tras carga llené su cérvix hasta su útero y al salir un río de lefa comenzó a brotar de su sexo.
Nos acostamos un rato apretados en el sillón y fuimos a dormir a sendas habitaciones.