Las Pasiones del Futbol

heranlu

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Ago 31, 2007
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Todo comenzó con una tarjeta roja. Una roja directa, de esas que te dejan tieso, que te sacan del partido y te dejan en evidencia. El árbitro, un tipo de unos cuarenta y pico, alto, con mandíbula cuadrada y mirada de hielo, me la mostró sin pestañear. Había sido una entrada fuerte, sí, pero no tanto como para merecer la expulsión. Protesté, claro. Me acerqué, le grité, le dije de todo. Él solo me miró con desprecio y me señaló el túnel. Mi equipo perdió el partido, y yo me convertí en el hazmerreír del club.

Esa tarde, en casa, mi madre estaba que se la lleva el diablo. No tanto por la derrota, sino por mi humillación. Me había visto por la tele local, había visto cómo el árbitro me echaba, cómo yo gesticulaba, cómo los compañeros me miraban con lástima.

—¡Ese hijo de puta te arruinó el partido! —exclamó, sirviéndose un vaso de vino con mano temblorosa—. ¿Quién se cree que es? ¿Un dios? Te expuso delante de todos. Voy a quejarme. Voy a llamar a la AFA, a la asociación, a quien sea.

Mi madre, Carolina, no era mujer de quedarse callada. A sus treinta y ocho años, mantenía un cuerpo de escándalo: gimnasio y disciplina férrea. El cabello castaño oscuro, largo y liso; unos ojos verdes que podían ser dulces o cortantes como cuchillas; una boca carnosa pintada de rojo intenso. Esa noche, llevaba leggings negros ajustados y una camiseta corta que dejaba ver un trozo de su vientre plano. Cada movimiento suyo era una declaración de poder.

—Mamá, dejalo —intenté calmarla—. Ya pasó. Me comí la roja. No hay vuelta atrás.

—¡No! —golpeó la mesa con la palma—. Ese tipo necesita saber que no puede pisotear a la gente así. ¿Tenés su número? ¿Algo?

No tenía su número, pero sí sabía su nombre: Roberto Mansilla. Un árbitro conocido por su rigidez. Mi madre, con esa determinación que la caracterizaba, buscó en internet, encontró un perfil en redes y le escribió un mensaje directo. No sé qué le puso exactamente, pero debió ser fuerte, porque a los diez minutos recibió una respuesta. Lo vi en su cara: primero sorpresa, luego bronca, luego… intriga.

—Dice que quiere hablar en persona —me dijo, mostrándome el teléfono—. Que si tengo tanto huevo, que me queje cara a cara. Que puede pasar esta noche.

—¿Y vas a dejar que venga? —pregunté, incómodo.

—Claro que sí. Acá, en mi casa. Le voy a decir cuatro verdades.

No me gustó la idea, pero sabía que no había forma de disuadirla. Así que, cuando sonó el timbre a las nueve de la noche, me escondí en el pasillo, detrás de la puerta semiabierta de mi habitación, desde donde podía ver la entrada sin ser visto.

Roberto Mansilla estaba en el umbral. Vestía de civil: jeans oscuros, camisa negra abierta en el cuello, chaqueta de cuero. Imponente. Medía uno noventa, hombros anchos, postura que gritaba autoridad. El cabello, entrecano, corto al rape. Sus ojos grises, fríos como el acero, recorrieron a mi madre de arriba abajo, sin disimulo.

—Usted debe ser Carolina —dijo, con voz grave, áspera, como si tuviera arena en la garganta.

—Sí. Y usted el árbitro que echó a mi hijo sin motivo.

— Motivo hubo —replicó él, esbozando una sonrisa helada—. ¿Me invita a pasar o prefiere que hablemos aquí?

Ella dudó un instante, luego hizo a un lado. Roberto entró, mirando alrededor con desdén. Su presencia parecía ocupar todo el cuarto de estar, hacerlo más pequeño.

—Siéntese —indicó mi madre, señalando el sillón.

—Prefiero estar de pie —dijo él, cruzando los brazos—. Usted me escribió que soy un incompetente, un prepotente, y que me deberían quitar la licencia. Palabras fuertes para una madre que solo vio el partido por la tele.

—Vi suficiente. Usted humilló a mi hijo.

—“Tu” hijo —corrigió Roberto, remarcando el posesivo— se comportó como un gil del palo. Le mostré la roja y me insultó. Eso, en cualquier reglamento, amerita sanción adicional. Podría haberlo reportado a la AFA, pero no lo hice. Por consideración.

—¿Consideración? —mi madre soltó una risa amarga—. Usted no tiene consideración. Solo le gusta ejercer poder.

Roberto dio un paso hacia ella. La distancia entre ambos se redujo a menos de un metro. Yo, desde mi escondite, contuve la respiración.

—El poder —dijo lentamente— es algo que se gana. O se toma. Y a veces, la gente pide a gritos que se lo muestren.

Hubo un silencio cargado. Mi madre no retrocedió, pero noté cómo su pecho se elevaba más rápido bajo la camiseta.

—¿Y qué quiere decir con eso? —preguntó, con tono desafiante, pero con un temblor apenas perceptible.

—Que usted vino buscando pelea. Y la va a tener. Pero no la pelea que usted cree.

Antes de que mi madre pudiera reaccionar, Roberto cerró la distancia restante. Su mano grande se alzó y agarró su muñeca con fuerza.

—¡Suélteme! —exclamó ella, forcejeando.

—Cállese —ordenó él, sin levantar la voz—. Usted quiere protestar, ¿verdad? Proteste ahora. Grítele. Diga lo que quiera.

Mi madre abrió la boca para gritar, pero solo salió un jadeo. La mirada de Roberto la tenía paralizada. Era una mirada que penetraba, que desnudaba, que no dejaba resquicio para la dignidad.

—No… no me toque —logró decir, pero su voz era un hilo.

—Ya la estoy tocando —murmuró él, acercando su rostro al de ella—. Y voy a seguir tocándola. Porque en el fondo, esto es lo que buscaba. No una disculpa. No una explicación. Buscaba que alguien le pusiera un límite. Que alguien le mostrara quién manda.

Mientras hablaba, su otra mano se posó en la cintura de mi madre, bajando lentamente hasta la curva de sus nalgas. Ella tembló.

—¿Se da cuenta? —continuó Roberto, apretando su nalga con los dedos—. Su cuerpo lo sabe. Está temblando. Pero no de miedo. De excitación.

—No es verdad —susurró ella, pero su negación sonó hueca.

—Mentira. Usted está mojada. Lo apuesto. Déjeme ver.

Con un movimiento brusco, Roberto la giró y la empujó contra la pared, cerca de donde yo estaba escondido. Ahora podía ver el perfil de mi madre: ojos muy abiertos, boca entreabierta. Roberto se pegó a su espalda, su cuerpo grande y duro aplastándola contra la pared.

—Suelte… por favor —imploró mi madre, pero su tono ya no era de protesta, era de sumisión.

—No —refutó él—. Ahora vas a callarte y vas a aceptar lo que te voy a dar. Por protestar. Por atreverte a desafiarme.

Su mano izquierda rodeó su cuello, sin apretar para ahogar, pero con firmeza, dominante. Con la derecha, se deslizó por su costado, levantó la camiseta y metió los dedos bajo el borde de sus leggings. Mi madre gimió.

—¿Lo ve? —murmuró Roberto en su oído—. La tanga está empapada. Me estaba esperando.

—No… yo no…

—Cállate. Solo siente.

Sus dedos hundieron en la tela de la tanga, buscando la concha. Mi madre arqueó la espalda, un gemido largo y tembloroso escapó de sus labios. Roberto frotó con rudeza, sin delicadeza, como si estuviera limpiando algo.

—Así me gusta —gruñó—. Grita, patalea, pero al final todas terminan así. Con la concha chorreando y pidiendo más.

Yo, desde mi escondite, sentía un nudo en el estómago y una erección incómoda en el pantalón. No podía creer lo que estaba viendo. Mi madre, la mujer fuerte, independiente, que siempre había sido mi ejemplo, estaba siendo manoseada por el árbitro que me había echado. Y lo peor era que ella no lo detenía. Al contrario, su cuerpo respondía.

Roberto bajó aún más los leggings, junto con la tanga, hasta las rodillas. Las nalgas de mi madre, redondas y firmes quedaron al descubierto. Él las apreció con ambas manos, apretando la carne, dejando marcas rojas en la piel pálida.

—Linda concha —comentó, pasando un dedo por los labios—. Peludita, como me gusta. Ahora vas a sentir mi pija, Carolina. Vas a sentir cómo te la meto por protestar.

Desabrochó su cinturón, bajó la cremallera y sacó su pija. Desde mi ángulo, no podía verla en detalle, pero noté que era grande, gruesa, con venas marcadas. Mi madre, al verla, emitió un sonido entre el pánico y el deseo.

—Por favor… no acá… mi hijo podría…

—Tu hijo no está —la interrumpió Roberto—. Y si estuviera, mejor. Que vea lo que le pasa a las mamás que no saben guardar silencio.

Sin más preámbulos, posicionó la cabeza de su pija en la entrada de su concha y empujó. Mi madre gritó, un grito agudo que se cortó cuando él la penetró por completo.

—¡Ah! ¡Dios! —gritó, con los dedos arañando la pared.

—Sí, grita —la instó Roberto, comenzando a embestir con movimientos cortos y profundos—. Grita todo lo que quieras. A mí me excita.

El sonido de sus cuerpos chocando llenó la sala. El roce húmedo, los jadeos, los gemidos ahogados de mi madre. Roberto la cogía con furia contenida, cada embestida era un castigo, una reafirmación de su poder. Su mano en su cuello la mantenía sujeta, mientras la otra agarraba su cadera para clavar más fuerte.

—Tu concha es estrecha —observó, jadeando—. Como si nadie te hubiera cogido así en mucho tiempo.

—No… hace… años —logró decir mi madre entre gemidos.

—Pobre —se burló él—. Te morías por una buena pija. Y ahora la tenés. Agradecé.

Aceleró el ritmo. Mi madre ya no protestaba. Sus gemidos se volvieron continuos, guturales, de una animalidad que nunca le había conocido. Su cuerpo se entregaba, empujando hacia atrás para encontrar cada centímetro de la pija que la reventaba.

—¿Te gusta? —preguntó Roberto, golpeándola más fuerte.

—Sí… sí… —admitió ella, sin vergüenza.

—¿Sí, ¿qué?

—Sí… me gusta… tu pija… me encanta…

—Dilo completo.

—Me encanta tu pija dentro de mi concha —obedeció, con voz quebrada.

Roberto sonrió, satisfecho. Cambió el ángulo, levantándola un poco para penetrarla más profundo. Mi madre gritó de placer, sus piernas temblaban.

—Vas a venirte —ordenó—. Yo lo digo. Te vienes ahora.

Como si sus palabras tuvieran poder, mi madre se estremeció violentamente. Un grito desgarrador salió de su garganta mientras su cuerpo se convulsionaba en un orgasmo intenso. Roberto no se detuvo. Siguió cogiéndola, aprovechando las contracciones de su concha para su propio placer.

—Así… así… léchame toda —gemía mi madre, fuera de sí.

Pocos segundos después, Roberto gruñó, hundiéndola hasta el fondo y quedándose inmóvil. Su cuerpo se tensó, y yo pude ver cómo sus caderas temblaban al eyacular dentro de ella. Jadeó pesadamente, pegado a su espalda.

Por un momento, solo se escuchó la respiración de ambos. Luego, Roberto se retiró lentamente. Su pija, ahora flácida y brillante de sus jugos, salió con un sonido húmedo. Mi madre se deslizó por la pared, dejándose caer al suelo, con los leggings aún en las rodillas. Estaba deshecha, sudorosa, con la mirada perdida.

Roberto se arregló la ropa, sin prisa. Miró hacia abajo, con expresión de desprecio y satisfacción.

—La próxima vez que quieras protestar —dijo—, pensalo dos veces. O mejor, vení directamente a buscarme. Sabés que lo querés.

Mi madre no respondió. Solo asintió débilmente.

Roberto se dio vuelta y salió de la casa, cerrando la puerta tras de sí con suavidad.

Yo permanecí en mi escondite, temblando, con el corazón a mil. Mi madre se quedó en el suelo un buen rato, hasta que finalmente se levantó, se subió la ropa y se dirigió al baño sin mirar hacia mi habitación.

Esa noche, no cenamos. Cada uno se encerró en su cuarto. Pero yo no podía sacar de mi cabeza la imagen de mi madre siendo cogida por Roberto Mansilla. La escena se repetía una y otra vez, y con ella, mi erección volvía. Me sentí culpable, asqueado, pero también excitado. Finalmente, me masturbé pensando en ellos, en la forma en que él la dominaba, en los sonidos que ella hacía.

Al día siguiente, mi madre actuó como si nada hubiera pasado. Pero noté algo diferente en ella. Una mirada ausente, un roce más suave al moverse, como si su cuerpo recordara cada embestida. Y cuando me hablaba, había un dejo de sumisión que antes no existía.

Pasaron tres días. Yo intentaba concentrarme en el entrenamiento, pero mi rendimiento bajaba. El entrenador me regañó. Volví a casa de mal humor, y encontré a mi madre vestida con un vestido ajustado, maquillada, perfumada.

—Voy a salir —dijo, sin mirarme a los ojos.

—¿A dónde?

—A arreglar unos asuntos.

No pregunté más. Pero esa noche, cuando regresó, venía despeinada, con el vestido ligeramente arrugado y una marca de amor en el cuello que intentaba cubrir con el cabello. Olía a sexo y a hombre.

No dijo nada. Se fue directo a su habitación.

Una semana después, recibió una llamada. Desde mi cuarto, escuché fragmentos.

—Sí… claro… puedo… a las ocho… sí, en tu casa.

Colgó. Esa tarde, se vistió con esmero: un escote pronunciado, una falda corta, medias de red. Antes de salir, se paró frente a mi puerta, que estaba entreabierta.

—No esperes a cenar —dijo, y en sus ojos había una mezcla de vergüenza y provocación.

—¿Vas a verlo a él, ¿verdad? —pregunté, sin poder contenerme.

Ella dudó, luego asintió.

—Sí. Y no me voy a disculpar. Necesito… necesito que me coja otra vez.

Las palabras, dichas así, en frío, me impactaron. Mi madre lo admitía. Lo deseaba.

—¿Por qué? —murmuré.

—Porque cuando lo hace, me siento viva. Me siento mujer. Y porque… porque me gusta que me trate así. Duro. Sin contemplaciones.

No supe qué responder. Ella salió, y yo, impulsado por una morbosidad que no podía controlar, decidí seguirlos. Sabía la dirección de Roberto; la había buscado después de aquella noche. Vivía en un departamento en un edificio moderno, no muy lejos.

Llegué unos minutos después que ella. Desde la calle, vi la luz encendida en el cuarto piso. Imaginé lo que estaría pasando. La espera se me hizo eterna. Después de un rato, subí al edificio. La puerta de seguridad del hall estaba entreabierta. Entré y tomé las escaleras. En el cuarto piso, me detuve frente a su puerta. No se escuchaba nada. Pero luego, un gemido ahogado. Y otro.

Me arriesgué. La puerta no estaba completamente cerrada; había un espacio de un centímetro. Me acerqué y miré por la rendija.

El ****** era amplio, minimalista. Roberto estaba sentado en un sofá grande, completamente desnudo. Su cuerpo era impresionante: musculoso, con vello en el pecho, y su pija, semi-erecta, ya era considerable. Mi madre estaba arrodillada frente a él, también desnuda, con su cabello suelto sobre los hombros. Tenía las manos atadas a la espalda con lo que parecía una corbata.

—Chupá —ordenó Roberto, agarrando su cabeza—. Chupame la pija como la puta que sos.

Mi madre obedeció de inmediato. Abrió la boca y tomó la cabeza de su pija, lamiéndola con devoción. Roberto cerró los ojos, disfrutando.

—Más hondo —exigió.

Ella intentó, pero con las manos atadas, el equilibrio era difícil. Roberto le agarró la nuca y la empujó hacia adelante, metiéndole casi toda la pija en la garganta. Mi madre tosió, pero no se resistió. Comenzó a mover la cabeza adelante y atrás, chupando con intensidad voraz. Los sonidos eran obscenos: el chupeteo, los gemidos de él, los ahogos de ella.

—Así… así me gusta —murmuró Roberto—. Tu boca fue hecha para esto.

Después de unos minutos, la hizo parar.

—Ahora, dale vuelta —dijo, desatándole las manos—. Quiero ver ese culo que tanto me gusta.

Mi madre se dio vuelta y se inclinó sobre el brazo del sofá, presentando sus nalgas. Roberto se puso de pie, se acercó y le dio una palmada fuerte en una nalga. Ella gritó, pero era un grito de placer.

—Mirá qué culo más hermoso —comentó, masajeando la zona enrojecida—. Listo para que te lo rompa.

Tomó un preservativo de la mesa, lo abrió y se lo puso. Luego, aplicó lubricante en su pija y en el culo de mi madre. Ella tembló de anticipación.

—Por favor… —susurró.

—Por favor, ¿qué?

—Por favor, metémela por el culo… dueño.

La palabra "dueño" hizo que a Roberto se le endureciera aún más la pija. Posicionó la cabeza en su culo y, con presión constante, comenzó a entrar. Mi madre gritó, pero no de dolor, de éxtasis. Él entró centímetro a centímetro, hasta que sus nalgas chocaron con sus caderas.

—Dios… está tan apretado —gruñó Roberto—. Tu culo es mejor que tu concha.

Comenzó a mover las caderas, al principio lento, luego más rápido. Mi madre gemía sin control, empujando hacia atrás para encontrarlo. La vista era increíble: su cuerpo curvado, sus tetas balanceándose, su rostro contraído en placer.

—¡Sí! ¡Dame más! ¡Rompe mi culo! —gritaba ella, perdida en la lujuria.

Roberto la cogía con fuerza, cada embestida resonaba en la habitación. Sus manos agarraban sus caderas con tanta fuerza que los dedos se hundían en su carne. De pronto, cambió de posición: la tumbó sobre el sofá, de costado, y levantó una de sus piernas para penetrarla más profundo.

—Aquí… aquí… ¡ah! —gemía mi madre, mordiendo el cojín.

Yo, desde la puerta, me masturbaba dentro de mi pantalón, sin poder apartar la vista. Era lo más excitante y perturbador que había visto.

Roberto aceleró, sus gruñidos se volvieron más guturales. Sabía que estaba por venirse.

—Voy a llenarte el culo de leche —anunció—. Y vas a guardarla todo el día, ¿entendido?

—¡Sí! ¡Hazlo! ¡Dámelo todo! —suplicó ella.

Con unos empujones finales, Roberto se detuvo, hundido hasta el fondo, y dejó escapar un rugido. Su cuerpo se estremeció con la descarga. Mi madre gritó también, teniendo otro orgasmo, esta vez anal.

Quedaron jadeando, pegados. Después de un momento, Roberto se retiró. El preservativo, lleno, lo dejó caer al suelo. Mi madre se quedó tumbada, exhausta, con las piernas abiertas, su concha hinchada y brillante.

Roberto se sentó a su lado, acariciándole el cabello.

—Eres una puta increíble —dijo, casi con cariño—. La mejor que tuve.

Mi madre sonrió, débilmente.

—Gracias.

—¿Querés más? —preguntó él, mirándola fijamente.

—Siempre.

—Entonces, la próxima semana, te traés a tu hijo.

Las palabras me helaron la sangre. Mi madre abrió los ojos, sorprendida.

—¿A mi hijo? ¿Por qué?

—Porque quiero que vea bien cómo se coge a su madre. Quiero que aprenda. Y quizás… quizás quiera participar.

Mi madre se mordió el labio. No dijo que no. Solo asintió lentamente.

—Voy a hablar con él.

Roberto sonrió, satisfecho. Yo, al otro lado de la puerta, me alejé silenciosamente, bajé las escaleras y salí a la calle. Caminé sin rumbo, con la cabeza dando vueltas. ¿Participar? ¿Ver a mi madre siendo cogida por ese hombre, y quizás unirme?

Sentí asco. Sentí miedo. Pero también, en lo más profundo, una excitación retorcida que no podía negar.

Al llegar a casa, mi madre ya estaba allí, sentada en el sofá, con una bata puesta. Me miró cuando entré.

—Necesitamos hablar —dijo.

Me senté frente a ella. El silencio era espeso.

—Roberto quiere que vayas la próxima vez —dijo, sin rodeos.

—Lo sé. Escuché.

Ella no se sorprendió. Asintió.

—Entonces sabes que… que quiere que veas. Y que quizás… te unas.

—¿Y vos querés eso? —pregunté, con voz temblorosa.

Ella bajó la mirada.

—No sé. Pero… pero cuando estoy con él, siento cosas que nunca sentí. Y sé que es malo, que está mal, pero no puedo evitarlo. Y si vos estás ahí… quizás sería menos… sucio.

—¿Menos sucio? Mamá, esto ya es sucio. Él te cogió acá, en nuestra casa, para castigarte. Y ahora te ata, te coge por el culo, y quiere que tu hijo mire. ¿No ves que está mal?

—¡Lo sé! —exclamó, con lágrimas en los ojos—. ¡Lo sé, hijo! Pero mi cuerpo lo desea. Mi mente lo desea. Y vos… vos también lo deseás. Lo vi en tus ojos esa noche. Te excitaste viéndome.

No pude negarlo. Bajé la cabeza.

—Sí —admití—. Me excité. Y me da asco.

Ella se acercó, tomó mi mano.

—Entonces, quizás… quizás podamos aceptarlo juntos. Sin juicios. Solo… satisfacer esta curiosidad. Esta lujuria.

Su mano estaba caliente. Su mirada, suplicante. En ese momento, supe que ya no había vuelta atrás. El camino estaba trazado. Y aunque me aterraba, una parte de mí quería recorrerlo.

—De acuerdo —dije, casi en un susurro—. Iré.

La semana siguiente fue tensa. En casa, apenas hablábamos, pero la tensión sexual era palpable. Mi madre se vestía más provocativa, se movía con una sensualidad que antes reprimía. Yo la observaba, y ella lo sabía. A veces, me sorprendía mirándola, y en lugar de regañarme, sonreía.

Llegó el día. Mi madre se vistió con un conjunto de lencería negra bajo un abrigo largo. Yo me puse ropa cómoda, nervioso.

Roberto nos recibió en su departamento. Vestía un albornoz, descalzo. Nos hizo pasar.

—Bienvenidos —dijo, mirándonos a ambos—. Me alegra que hayan aceptado mi invitación.

Su mirada se posó en mí, evaluadora.

—Tú debés ser el jugador. El que protesta mucho. Hoy no vas a protestar. Vas a observar. Y si te portás bien, quizás participes.

No dije nada. Solo asentí.

Roberto se dirigió a mi madre.

—Desvestite. Quiero verte.

Ella, sin dudar, se quitó el abrigo. Debajo, solo tenía la lencería: un corpiño que levantaba sus tetas, una tanga diminuta, medias con ligas. Roberto la observó con aprobación.

—Hermosa. Ahora, vos —me señaló—. Siéntate acá. Y no te movés.

Me senté en una silla junto a la pared. Roberto tomó a mi madre de la mano y la llevó al centro de la habitación. Comenzó a besarla, con rudeza, mordiendo sus labios. Sus manos recorrieron su cuerpo, desabrochando el corpiño, dejando sus tetas libres. Las manoseó con fuerza, haciéndola gemir.

—¿Ves? —le dijo a mi madre, pero mirándome a mí—. Tu hijo nos está viendo. Le gusta verte así.

Ella miró hacia mí, sus ojos vidriosos de placer. No dijo nada.

Roberto la hizo arrodillarse y le ordenó que le chupara la pija. Ella lo hizo con entusiasmo, mientras él miraba hacia mí, desafiante.

—Así se hace —comentó—. Tu madre es una excelente mamadora. ¿Querés probar?

La pregunta me tomó por sorpresa. No supe qué responder.

—No… no sé —tartamudeé.

—Ven acá —ordenó.

Me levanté, las piernas temblorosas. Me acerqué. Roberto tomó mi mano y la puso sobre la cabeza de mi madre.

—Tocala. Sentí cómo me chupa.

Apliqué presión sobre su cabeza, sintiendo el movimiento. Fue extraño, excitante, prohibido. Mi madre gimió, y el sonido vibró a través de la pija de Roberto.

—Bien —dijo él—. Ahora, desvestite.

Obedeciendo, me quité la ropa, hasta quedar en calzoncillos. Roberto los bajó, dejando mi pija al descubierto. Estaba erecta, palpitante.

—No está mal —comentó—. Pero la mía es más grande. Tu madre lo sabe.

Hizo que mi madre se levantara y la empujó contra la pared, de espaldas a mí.

—Mirá —me dijo—. Mirá cómo se abre para mí.

Separó sus piernas y posicionó su pija en su concha. Lentamente, la penetró. Mi madre gritó, arqueándose. Roberto comenzó a mover las caderas, cogiéndola con fuerza, mirándome a los ojos.

—¿Querés probarla? —preguntó, jadeando—. ¿Querés coger a tu madre?

El mundo se detuvo. Mi mente gritaba que no, pero mi cuerpo ardía de deseo. Asentí, casi sin darme cuenta.

Roberto se retiró. Mi madre quedó apoyada contra la pared, jadeando, su concha brillante y abierta.

—Ven —me dijo Roberto—. Es tu turno.

Me acerqué. Mi madre me miró, con una mezcla de vergüenza y anhelo.

—Hazlo, hijo —susurró—. Cógeme.

Coloqué mi pija en su entrada. Estaba caliente, húmeda, apretada. Empujé. Entré. Un gemido escapó de ambos. Era extraño, incestuoso, pero el placer era intenso. Comencé a moverme, al principio torpemente, luego con más confianza. Mi madre gemía, animándome.

—Sí… así… más duro…

Roberto observaba, con una sonrisa satisfecha. Después de un rato, me detuvo.

—Cambio —dijo.

Me retiré, y él tomó mi lugar, metiéndose de nuevo en ella. Luego, me indicó que me acercara a su boca. Mi madre, comprendiendo, tomó mi pija en su boca y comenzó a chuparla mientras Roberto la cogía.

Fue una escena demente. Mi madre siendo penetrada por Roberto mientras me chupaba a mí. Los gemidos, los jadeos, el olor a sexo. Yo no pude aguantar mucho. Al sentir la lengua de mi madre, me vine en su boca, con un grito ahogado. Ella tragó, sin dejar de gemir por la cogida de Roberto.

Él, poco después, también eyaculó dentro de ella.

Quedamos los tres exhaustos, sudorosos, enredados en el suelo. Mi madre, en medio, sonreía beatíficamente.

Roberto se levantó primero.

—Bien —dijo—. Hoy fue solo el comienzo. La próxima vez, haremos un trío completo.

Miró a mi madre, luego a mí.

—¿Les gustó?

Mi madre asintió. Yo, después de un momento, también.

—Sí —dije—. Me gustó.

Roberto sonrió, un gesto triunfal.

—Entonces, esto será regular. Tu madre es mi puta ahora. Y vos, si querés, podés ser mi cómplice.

Así comenzó nuestro arreglo perverso. A partir de ese día, mi madre y yo nos convertimos en los juguetes sexuales de Roberto Mansilla. Él nos citaba en su departamento, a veces por separado, a veces juntos. Con mi madre, era siempre duro, dominante, explorando sus límites. Conmigo, era un maestro que me enseñaba a dominar a mi propia madre, a compartirla, a disfrutar de la lujuria más oscura.

Aprendí a cogerla en todas las posiciones, a compartirla con él, a verla como una mujer antes que como mi madre. Ella, por su parte, floreció en su papel de sumisa. Dejó de protestar por todo. En casa, era dócil, servicial, siempre dispuesta a satisfacernos a mí y, cuando venía Roberto, a los dos.

En la cancha, las cosas cambiaron también. Roberto seguía arbitrando mis partidos, pero ahora sus miradas tenían un significado secreto. A veces, después de un partido, me hacía una seña discreta, y yo sabía que esa noche mi madre lo estaría esperando, o que ambos lo estaríamos esperando.

Nunca hablamos de esto fuera del contexto sexual. Era nuestro secreto sucio, nuestro vicio compartido. Y aunque sabía que estaba mal, que era una perversión, no podía negar la intensidad del placer, la conexión retorcida que se había formado entre nosotros tres.

A veces, en la quietud de la noche, me preguntaba cómo había llegado a esto. Todo empezó con una tarjeta roja, con una protesta. Y terminó con mi madre gimiendo bajo la pija del árbitro, y yo, viéndolo, disfrutándolo, siendo parte de ello.
 
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