La noche que no terminó en la terraza

MARORI69

Pajillero
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Feb 4, 2025
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La noche que no terminó en la terraza

El verano se resistía a morir en Madrid y la terraza del ático de Manuel y Elsa olía a jazmín, ginebra y sudor limpio. Habían invitado a doce personas, pero pasadas las tres de la madrugada solo quedaban cuatro: ellos dos, Ángel y María.

La botella de Hendrick’s descansaba casi vacía sobre la mesa de hierro forjado. Manuel, con la camisa desabrochada hasta el tercer botón, sentía el alcohol como un calor agradable que le aflojaba los bordes. Frente a él, Ángel se reclinaba en la tumbona con esa calma felina que siempre había envidiado: hombros anchos, antebrazos marcados por horas de gimnasio, la camiseta negra pegada al torso por la humedad de la noche.

Elsa y María charlaban en voz baja junto a la barandilla, las dos descalzas, riendo por algo que solo ellas entendían. Elsa, menuda y precisa como un sable, con su corte garçon que dejaba al descubierto la nuca morena; María, más suave, más llena, la melena cayéndole en ondas sobre los hombros desnudos.

Manuel cruzó una mirada con Ángel. Llevaba meses ensayando mentalmente esa conversación. Esa noche, con el alcohol como coartada perfecta, decidió que era ahora o nunca.

Se levantó, fingiendo ir por más hielo, y le hizo un gesto a Ángel para que lo siguiera a la cocina. Cerraron la puerta corredera de cristal. El rumor de la fiesta quedó amortiguado.

—¿Te acuerdas de lo que hablamos hace un par de meses en el palco del Bernabéu? —preguntó Manuel sin preámbulos, apoyando las palmas en la encimera de granito frío.

Ángel sonrió de lado, esa sonrisa lenta que hacía que las mujeres giraran la cabeza en los restaurantes.

—Recuerdo cada palabra. Dijiste que te volvería loco verla con otro hombre… pero que ese hombre tenía que ser alguien en quien confiaras ciegamente.

Manuel asintió. El corazón le golpeaba las costillas con fuerza contenida.

—Y tú me dijiste que, si alguna vez lograba que ella quisiera… o al menos que no dijera que no… contara contigo.

Ángel se acercó un paso. Olía a colonia amaderada y a ginebra.

—No me lo dijiste como una broma, Manuel. Lo dijiste muy en serio. Y yo también te contesté en serio. —Hizo una pausa—. Pero también te dije mi condición.

—Lo sé. Las dos.

El silencio se estiró como una cuerda tensa.

—¿Y has avanzado algo? —preguntó Ángel, bajando la voz.

—He estado sembrando. Pequeñas cosas. Comentarios en la cama, cuando está muy excitada y baja la guardia. Le he dicho que me excita imaginarla deseada por otros… que me gustaría verla perder el control, saber que otro hombre la toca mientras yo miro. Al principio se reía, se ponía nerviosa. Últimamente se queda callada… respira más rápido. Anoche, mientras la tenía encima, le susurré que imaginara que eras tú quien la sujetaba por las caderas. Se corrió en menos de un minuto.

Ángel dejó escapar el aire lentamente.

—Joder, Manuel…

—No te estoy pidiendo que la fuerces. Ni que la engañemos de verdad. Solo… que estemos preparados. Que si la ocasión aparece, no haya marcha atrás por miedo o vergüenza. Quiero que ella lo desee tanto como yo. Y creo que esta noche puede ser el comienzo.

Ángel lo miró fijamente.

—¿Cuál es tu plan?

Manuel sonrió por primera vez en toda la conversación, una sonrisa tensa y hambrienta.

—Seguimos bebiendo. Bailamos. Dejo que las dos hermanas se queden solas un rato hablando. Luego propongo un juego. Algo inocente al principio… verdad o reto, pero con alcohol y poca ropa. Si Elsa entra, iremos subiendo la temperatura. Si se cierra, paramos. Pero si se queda… tú y yo sabremos leer las señales.

Ángel se pasó la lengua por el labio inferior.

—Y cuando llegue el momento… ¿cómo quieres que sea?

—Quiero verla temblar de anticipación antes de que la toques. Quiero que seas tú quien la bese primero. Yo miraré. Después… quiero participar. Pero despacio. Muy despacio. Que sienta que está cayendo en algo inevitable.

Ángel asintió una sola vez.

—Entonces volvamos ahí fuera. Y que empiece el juego.

Volvieron a la terraza como si nada hubiera pasado.

Media hora después, entre risas y copas, Manuel propuso el juego. Elsa alzó una ceja, divertida pero alerta. María aplaudió, encantada con la idea.

Las primeras rondas fueron ligeras: besos en la mejilla, confesiones tontas, un striptease ridículo de Ángel que hizo reír a carcajadas a las dos hermanas.

Pero entonces llegó el turno de Elsa.

—Verdad —dijo ella, con esa voz baja que ponía cuando estaba excitada y no quería admitirlo.

Manuel se inclinó hacia delante, los ojos clavados en los suyos.

—¿Alguna vez has fantaseado con que otro hombre te tocara mientras yo miro?

El silencio cayó como una losa. Elsa se mordió el labio inferior. Sus pezones se marcaron contra la fina tela del vestido negro. No contestó con palabras.

Solo asintió, muy despacio.

María soltó una risita nerviosa. Ángel no se movió, pero sus ojos se oscurecieron.

Manuel sintió que el aire se volvía espeso.

—Entonces… —continuó, con voz ronca—, ¿te atreverías a dejar que ocurriera esta noche?

Elsa miró primero a su marido. Después a Ángel. Por último a su hermana, que observaba la escena con las pupilas dilatadas y las mejillas encendidas.

Y entonces, con una voz que apenas superaba el susurro, dijo:

—Solo si tú también lo deseas… y si María está de acuerdo.

María se levantó despacio, se acercó a Elsa y le acarició la mejilla con el dorso de los dedos.

—Siempre he querido saber cómo sería besarte de verdad —murmuró—. Y creo que esta noche los cuatro podemos descubrir muchas cosas.

Elsa cerró los ojos un instante.

Cuando los abrió de nuevo, ya no había marcha atrás.

Ángel se levantó primero. Caminó hacia Elsa con pasos deliberados. Se detuvo frente a ella. Le rozó la mandíbula con los nudillos, levantándole apenas la barbilla.

—¿Puedo? —preguntó en voz muy baja.

Elsa tragó saliva. Miró una última vez a Manuel.

Su marido asintió, los ojos brillantes, la respiración entrecortada.

Entonces Elsa cerró los ojos y entreabrió los labios.

El primer beso fue lento, exploratorio, casi reverente. Ángel le sujetó la nuca con una mano grande y cálida mientras la otra descendía por su espalda hasta detenerse en la curva de su cintura estrecha. Elsa dejó escapar un suspiro tembloroso contra su boca.

Manuel sintió que el mundo se detenía.

María se acercó por detrás a su cuñado, le rodeó el torso con los brazos y apoyó la barbilla en su hombro para mirar la escena.

—¿Estás seguro de que puedes con esto? —le susurró al oído.

Manuel giró la cabeza y la besó con hambre contenida.

—Llevo años soñando con esto —respondió contra sus labios—. Y tú… tú también lo has imaginado.

María sonrió, traviesa.

—Tal vez.

La noche se deshizo en caricias, susurros y piel contra piel.

Elsa terminó sentada a horcajadas sobre Ángel, el vestido subido hasta las caderas, mientras él le recorría los muslos con las manos abiertas. Manuel, detrás de su mujer, le besaba el cuello y le sujetaba las muñecas con suavidad cuando ella intentaba cubrirse por puro instinto. María, arrodillada junto a ellos, besaba a su hermana en la boca mientras sus dedos jugaban con los pezones pequeños y endurecidos de Elsa.

No hubo prisa. Solo deseo destilado, respiraciones que se acompasaban, gemidos que nadie intentó silenciar.

Cuando por fin Elsa alcanzó el clímax —con la cabeza echada hacia atrás, los ojos cerrados y la boca abierta en un grito mudo—, Manuel sintió que algo dentro de él se liberaba para siempre.







La noche se había vuelto densa, casi palpable, como si el aire mismo hubiera absorbido el calor de los cuatro cuerpos y lo devolviera multiplicado.

Elsa seguía a horcajadas sobre Ángel, pero ya no había distancia posible entre ellos. El vestido negro se había arrugado hasta convertirse en una banda oscura alrededor de su cintura; las braguitas de encaje negro estaban apartadas a un lado, húmedas y olvidadas. Las manos grandes de Ángel abarcaban casi por completo sus caderas estrechas, los pulgares presionando justo donde terminaba la curva de sus costillas, manteniéndola abierta, expuesta, sin permitirle cerrar los muslos ni un segundo.

Ella temblaba. No era solo excitación: era la consciencia absoluta de que cuatro ojos la devoraban al mismo tiempo. Manuel, arrodillado detrás, le había pasado un brazo por debajo de los pechos y la sostenía contra su torso. Con la otra mano le sujetaba la barbilla, obligándola a mantener la cabeza erguida, a no esconder la cara cuando el placer la atravesara. Le besaba el lóbulo de la oreja, la nuca, el punto exacto donde el pelo corto dejaba al descubierto la piel sensible.

—Respira hondo… —le susurraba Manuel contra la piel—. Quiero que sientas cada centímetro de él antes de que empiece a moverse.

Ángel no se había quitado la camiseta todavía. Solo se había desabrochado el cinturón y bajado lo justo la cremallera. Su erección, gruesa y pesada, descansaba contra el sexo abierto de Elsa, sin entrar aún. Solo rozaba. Subía y bajaba lentamente, untándose con la humedad que ella no podía controlar. Cada pasada hacía que Elsa se arqueara un poco más, que sus uñas se clavaran en los hombros de Ángel, que un gemido ronco se le escapara sin permiso.

María observaba desde un metro de distancia, sentada en el borde de la tumbona, las piernas cruzadas, el vestido rojo subido hasta medio muslo. Sus pechos subían y bajaban con respiraciones profundas; los pezones se marcaban como dos puntas duras bajo la tela fina. Tenía una mano entre los muslos, presionando con el talón de la palma, pero sin moverse todavía. Quería alargar el espectáculo.

—¿Te gusta verlo así? —preguntó Manuel a su cuñada sin apartar la vista de su mujer.

María asintió despacio.

—Me gusta verla rendirse. Siempre ha sido tan… contenida. Y ahora está temblando como una hoja.

Elsa giró la cabeza lo justo para mirar a su hermana. Sus ojos estaban vidriosos, las pupilas enormes.

—María… —susurró, casi suplicante.

María se levantó. Caminó descalza hasta ellos. Se arrodilló al lado de Ángel y, sin pedir permiso, deslizó una mano entre los cuerpos unidos. Sus dedos encontraron el clítoris hinchado de Elsa y comenzaron a dibujar círculos lentos, precisos, con la yema del dedo corazón.

Elsa soltó un grito ahogado y echó la cabeza hacia atrás, apoyándola en el hombro de Manuel. Sus caderas intentaron subir, buscar más fricción, pero Ángel la mantuvo clavada en su sitio con una fuerza tranquila e implacable.

—No todavía —dijo él en voz baja, casi tierna—. Primero quiero que lo sientas todo.

Entonces, por fin, Ángel flexionó las caderas y entró.

Lo hizo despacio. Muy despacio. Centímetro a centímetro. Elsa abrió la boca en un jadeo silencioso; sus paredes internas se contrajeron alrededor de la invasión, intentando adaptarse a la anchura, a la longitud que la llenaba más de lo que estaba acostumbrada. Cuando la base de su sexo chocó contra el de ella, los dos dejaron escapar el aire a la vez.

Manuel sintió cómo el cuerpo de su mujer se tensaba contra el suyo. Le rodeó la garganta con la mano —sin apretar, solo sosteniendo—, y le habló al oído con voz ronca:

—Míralo. Mira a los ojos al hombre que te está follando mientras yo te sostengo.

Elsa obedeció. Sus ojos se encontraron con los de Ángel. Había algo crudo, casi animal en esa mirada. Él comenzó a moverse: primero solo un balanceo mínimo, apenas unos centímetros dentro y fuera, suficiente para que ella sintiera cada vena, cada relieve. Luego más profundo. Más rápido. Los sonidos húmedos llenaron la terraza, mezclándose con los jadeos y los gemidos que ninguno de los cuatro intentaba contener.

María se inclinó y besó a su hermana en la boca. Fue un beso hambriento, con lengua, dientes, saliva. Mientras lo hacía, sus dedos no dejaron de trabajar el clítoris de Elsa, acelerando el ritmo al mismo compás que las embestidas de Ángel.

Manuel soltó la garganta de Elsa y bajó ambas manos hasta sus pechos pequeños. Los apretó con fuerza, pellizcó los pezones hasta hacerla arquearse todavía más. Luego deslizó una mano hacia abajo, colocándola justo donde los cuerpos se unían, sintiendo cómo el miembro de Ángel entraba y salía de su mujer, cómo la carne de ella se abría y se cerraba alrededor de él.

—Dios… estás tan mojada… —murmuró Manuel, casi para sí mismo—. Nunca te había sentido así.

Elsa ya no podía hablar. Solo gemía, un sonido continuo, roto, que subía de tono cada vez que Ángel llegaba hasta el fondo y se quedaba ahí un segundo, presionando contra ese punto que la hacía temblar entera.

De pronto María se apartó del beso y miró a Manuel.

—Quiero que me folles mientras ellos siguen —dijo con voz ronca—. Quiero sentirlo al mismo tiempo que mi hermana.

Manuel no necesitó más. Se levantó, se quitó los pantalones con movimientos bruscos y se colocó detrás de María, que se puso a cuatro patas sobre la tumbona, el culo generoso alzado, las piernas abiertas. Él entró de un solo empujón, profundo, sin preámbulos. María soltó un grito de placer y placer-dolor que hizo que Elsa abriera los ojos y los fijara en su hermana.

Las dos hermanas se miraron mientras eran penetradas al mismo tiempo, a apenas un metro de distancia. Sus respiraciones se sincronizaron sin quererlo. Cada embestida de Ángel hacía que Elsa se moviese hacia delante; cada embestida de Manuel hacía que María se moviese hacia atrás. Era como si los cuatro formaran una sola cadena de carne y deseo.

Ángel fue el primero en romper el ritmo controlado. Aceleró. Sus manos se clavaron en las caderas de Elsa con tanta fuerza que dejarían marcas rosadas. Ella gritó su nombre —el de Ángel— por primera vez en voz alta, y eso pareció desatar algo en él. Comenzó a follarla con golpes secos, profundos, sin piedad.

Elsa llegó al orgasmo casi sin aviso. Su cuerpo entero se tensó, los músculos de sus muslos temblaron violentamente, su sexo se contrajo alrededor de Ángel en espasmos rítmicos. Gritó con la boca abierta, los ojos en blanco, las lágrimas de intensidad resbalándole por las sienes. Manuel, al verla así, perdió el control. Se hundió hasta el fondo en María y se corrió con un gruñido largo, llenándola mientras seguía moviéndose, exprimiendo cada gota.

María llegó segundos después, empujada por la visión de su hermana deshecha y por la sensación de Manuel palpitando dentro de ella. Se dejó caer hacia delante, apoyando la frente en el muslo de Elsa, temblando.

Solo Ángel resistió un poco más. Siguió moviéndose dentro de Elsa, ahora más lento, prolongando el placer de ella, hasta que no pudo más. Eyaculó gran cantidad dentro de su cuñada. Se retiró, se masturbó dos veces con fuerza y terminó de correrse sobre el vientre plano y los pechos pequeños de Elsa, dejando gruesas líneas blancas que brillaron bajo la luz de la luna.

Durante largos minutos solo se escucharon respiraciones entrecortadas y el latido acelerado de cuatro corazones.

Manuel fue el primero en moverse. Se inclinó y besó a Elsa en la boca, saboreando todavía el beso que había compartido con su hermana minutos antes.

—Te amo —le susurró.

Elsa, exhausta, con el cuerpo todavía temblando, le devolvió el beso y contestó con voz rota:

—Y yo a ti… más que nunca.

Ángel y María se miraron. Sonrieron, cómplices, satisfechos.

La noche aún no había terminado.

Pero ya nada volvería a ser igual.

Los días siguientes fueron un silencio pesado que ninguno de los cuatro sabía cómo romper.

Elsa se despertaba cada mañana con el recuerdo tatuado en la piel: las manos de Ángel en sus caderas, el peso de su cuerpo, la forma en que la había mirado mientras se corría dentro de ella —o casi dentro, porque en el último instante había salido para derramarse sobre su vientre—. Al principio había sido excitante revivirlo en la ducha, bajo el chorro caliente, con los dedos entre los muslos. Pero al tercer día el placer se torció en culpa. Se miraba al espejo y veía a una mujer que había cruzado una línea que no sabía si quería volver a cruzar… o si ya no podía no cruzarla.

Manuel lo notaba. No en palabras —Elsa apenas hablaba de aquello—, sino en los pequeños detalles: cómo se apartaba un poco cuando él la abrazaba por detrás en la cocina, cómo evitaba mirarlo a los ojos cuando se desnudaban para dormir. Él también se sentía extraño. La fantasía había sido perfecta mientras duró; la realidad le dejaba un regusto amargo. Celos retrospectivos, miedo a que ella ya no lo viera igual, a que hubiera abierto una puerta que no sabía cerrar. Y sin embargo, cuando cerraba los ojos y recordaba la imagen de Elsa temblando sobre Ángel, su erección volvía sin permiso. Se masturbaba en el baño del despacho, rápido y culpable, odiándose un poco más cada vez.

María y Ángel, en cambio, se rompieron por una nimiedad.

Una discusión absurda sobre quién había olvidado comprar leche, que escaló hasta reproches antiguos: “Siempre haces lo que te da la gana”, “Tú nunca me has necesitado de verdad”. Cinco años de relación se deshicieron en una tarde de gritos y portazos. María se fue a casa de una amiga con una maleta pequeña y el corazón hecho trizas. Ángel se quedó en el piso que compartían, bebiendo solo, mirando el móvil sin decidirse a escribirle a nadie.

Solo Ángel parecía inmune al remordimiento colectivo.

Al quinto día llamó a Elsa.

—Necesito verte —dijo sin rodeos—. No para hablar de lo que pasó. Solo… verte.

Elsa dudó. Miró el teléfono como si quemara.

—No sé si es buena idea.

—Solo un café. En el sitio de siempre. Si después quieres irte, me dices adiós y no vuelvo a insistir.

Ella colgó sin contestar. Pero una hora después le escribió una sola palabra:

«Vale».

Se encontraron en la terraza del café de la plaza Mayor, a media tarde, cuando el sol ya no quemaba pero todavía calentaba la piedra. Elsa llegó con vaqueros ajustados, camiseta blanca sencilla y el pelo corto revuelto por el viento. Ángel estaba ya sentado, con una cerveza a medio beber y esa calma que a ella siempre le había parecido irritante y atractiva a partes iguales.

Se sentaron frente a frente. Ninguno habló durante el primer minuto. Solo se miraron.

—Estás guapa —dijo él por fin.

—No me digas eso ahora.

—¿Por qué no? Es verdad.

Elsa bajó la vista a la mesa.

—No sé qué estoy haciendo aquí.

—Estás aquí porque quieres estar aquí —respondió Ángel sin alzar la voz—. Igual que yo.

Ella levantó la mirada. Había algo crudo en sus ojos, una mezcla de desafío y vulnerabilidad.

—No fue solo sexo, ¿verdad? —preguntó en voz baja.

—No. No lo fue.

Silencio otra vez.

Ángel extendió la mano por encima de la mesa y rozó apenas los dedos de ella. Elsa no la retiró.

—Ven conmigo —dijo él—. A mi casa. Nadie nos va a interrumpir. Si en cualquier momento quieres parar, paras. Sin reproches. Sin dramas.

Elsa tragó saliva. El pulso le latía en la garganta.

—¿Y si no quiero parar?

—Entonces no pares.

Pagaron la cuenta en silencio y caminaron hasta el piso de Ángel. Subieron en el ascensor sin tocarse, pero el espacio era tan pequeño que sentían el calor del otro en la piel. Cuando la puerta se cerró detrás de ellos, no hubo preámbulos.

Ángel la empujó contra la pared del pasillo con una mano en la nuca y la otra en la cintura. La besó como si llevara días conteniéndose —y era verdad—. Fue un beso profundo, lento al principio, luego urgente. Elsa respondió con la misma hambre. Le clavó las uñas en la espalda por encima de la camiseta, le mordió el labio inferior hasta sacarle un gruñido.

Él la levantó sin esfuerzo —ella era ligera, siempre lo había sido— y la llevó al salón. La dejó de pie frente al sofá y se arrodilló delante de ella. Le desabrochó los vaqueros con dedos precisos, los bajó junto con las braguitas de algodón gris hasta los tobillos. Elsa se apoyó en sus hombros para no perder el equilibrio.

Ángel separó sus muslos con las manos abiertas y acercó la boca. No hubo caricias suaves de entrada; lamió directamente, plano y firme, recorriendo toda la longitud de su sexo antes de centrarse en el clítoris. Elsa soltó un gemido largo y le agarró el pelo con ambas manos. Sus caderas se movieron solas, buscando más presión, más lengua, más de todo.

Él la devoró como si fuera lo único que importara en el mundo. Metió dos dedos dentro de ella, curvándolos hacia arriba, presionando ese punto que la hacía arquearse y jadear. Elsa se corrió rápido, casi con violencia, temblando de pies a cabeza, las rodillas flojas. Ángel la sostuvo por las caderas para que no se cayera.

Cuando ella recuperó el aliento, él se levantó, se quitó la camiseta y los vaqueros en movimientos fluidos. Su erección estaba dura, pesada, apuntando hacia arriba. La llevó al sofá, la sentó a horcajadas sobre él.

—Mírame —le ordenó en voz baja.

Elsa obedeció. Sus ojos estaban nublados de deseo.

—Quiero que lo hagas tú —dijo él—. Que me montes como quieras. Que uses mi cuerpo hasta que no puedas más.

Ella se colocó encima, guió la punta dentro de sí y descendió despacio. Los dos dejaron escapar el aire al unísono cuando él la llenó por completo. Elsa se quedó quieta un segundo, sintiendo cómo la dilataba, cómo llegaba hasta el fondo. Luego empezó a moverse.

Al principio lento, ondulando las caderas en círculos pequeños. Después más rápido, subiendo y bajando con fuerza, apoyando las manos en el pecho de él para impulsarse. Ángel le sujetaba las caderas, pero no la guiaba; dejaba que ella marcara el ritmo. Cada vez que bajaba hasta el fondo, soltaba un gemido ronco que hacía que Elsa se contrajera a su alrededor.

Él le pellizcó los pezones por encima de la camiseta, los apretó hasta hacerla gemir de placer-dolor. Luego le levantó la camiseta y se metió un pecho pequeño en la boca, chupando con fuerza mientras ella seguía cabalgándolo sin parar.

Elsa llegó otra vez, esta vez gritando su nombre —«Ángel»—, el cuerpo convulsionando, las paredes internas apretándolo con espasmos rítmicos. Él aguantó lo justo para dejarla terminar y luego la levantó, la puso de rodillas en el sofá, de espaldas a él.

Entró de nuevo desde atrás, profundo, con un solo empujón. Elsa se agarró al respaldo, la cabeza baja, el pelo corto pegado a la frente por el sudor. Ángel la folló con golpes secos, controlados, cada uno sacándole un jadeo. Le rodeó la cintura con un brazo y bajó la otra mano entre sus piernas, frotando el clítoris en círculos rápidos.

—Otra vez —le susurró al oído—. Quiero sentir cómo te corres una vez más alrededor de mí.

Elsa negó con la cabeza, jadeando.

—No puedo… ya no…

—Puedes. Y lo vas a hacer.

Aceleró el ritmo de los dedos y de las embestidas. Elsa se tensó entera, intentó resistirse al orgasmo que subía como una ola inevitable. Cuando llegó, fue devastador: gritó sin control, las piernas temblando, el sexo contrayéndose tan fuerte que casi lo expulsó. Ángel se hundió hasta el fondo una última vez y se dejó ir dentro de ella, llenándola con chorros calientes mientras gruñía contra su nuca.

Se quedaron así, unidos, respirando con dificultad.

Cuando por fin se separaron, Elsa se giró y lo miró. No había remordimiento en sus ojos esta vez. Solo una certeza tranquila y peligrosa.

—No sé qué va a pasar con nosotros —dijo en voz baja—. Pero sé que voy a querer volver a hacer esto.

Ángel sonrió, le apartó un mechón de pelo de la frente.

—Cuando quieras. Donde quieras. Como quieras.

Y en ese momento, Elsa entendió que ya no había vuelta atrás.

El deseo había ganado.
 
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