Irene y su Hijo Oscar

heranlu

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Irene siempre había sido una mujer con un magnetismo sexual fuera de lo normal. En su juventud habían sido muchos los amantes con los que disfrutó de un sexo desenfrenado. Perdió la virginidad mucho antes de cumplir la mayoría de edad y desde entonces su vida sexual creció de manera casi incontrolable.

A los 28 años fue madre. Juampe la preñó a los seis meses de empezar su relación de pareja. Se casaron y comenzaron una vida en común, con sus altibajos, que duró dos décadas. Hubo infidelidades por parte de ambos, aunque de cara al exterior lo disimulaban como una pareja ejemplar, padres de un niño que se desarrollaba con un cuerpo grande.

Tras un divorcio traumático y conflictivo, Irene, a sus 48 años, se quedó viviendo en el chalet familiar junto a Oscar, su hijo de 20 años. La mujer, peleó una pensión compensatoria y manutención que le permitía vivir sin trabajar y mantener un buen ritmo de vida. Juampe, era un empresario de éxito en el sector del marketing y prefirió pactar un desfavorable acuerdo antes que entrar en una guerra con una mujer como Irene.

Pero al tiempo que ganaba la batalla legal de su divorcio ante el padre de su hijo su agitada vida sexual iba a caer de manera radical. Durante los siguientes tres años sus relaciones sexuales comenzaron a reducirse hasta llevar más de un año sin un encuentro con nadie. En su condición de “depredadora sexual” esto la estaba llevando a un estado de ansiedad y frustración desconocido para ella. Los vibradores y el satisfyer no satisfacían sus necesidades.

Por mucho que le molestara, echaba de menos a su exmarido como amante. Era un hombre que colmaba en todos los sentidos sus necesidades sexuales. Juampe poseía un miembro grande que le daba mucho placer. Al parecer era una especie de herencia familiar. En la familia corrían leyendas sobre el tamaño de la polla de su abuelo y de su padre.

La cuestión es que Irene hacía demasiado tiempo que no follaba. Se mataba a pajas a lo largo de los días. Alcanzaba un orgasmo y a los pocos minutos ya necesitaba masturbarse de nuevo. Estaba desarrollando una especie de obsesión por la falta de un encuentro carnal con una buena polla.

Aquella tarde noche de agosto, se encontraba tumbada en la cama intentando soportar la ola de calor que llevaba una semana azotando la ciudad. Solamente con unas braguitas intentaba atemperarse bajo el ventilador de techo. Su cuerpo estaba perlado con cientos de gotitas de sudor. En la mesita de noche, una botella de agua a la que apenas le quedaba nada. El liquido que había ingerido hacía presión por salir. Su mano juguetona acariciaba la estrecha franja de vello púbico pero tuvo que detenerse ante la necesidad de vaciar su vejiga,

Su hijo Oscar se encontraba en la ducha, y con un simple aviso abrió la puerta para sentarse en el váter. No era la primera vez que él veía las majestuosas tetas de su madre. Dos pechos de considerables dimensiones rematados por una gran aureola de color rosado de aspecto casi virginal.

Irene se bajó las bragas y se sentó en la taza. De inmediato el ruido del chorro hizo que su cara se relajara con el alivio de la evacuación. Quedaron frente a frente dada la situación de la ducha y el váter. La mujer comenzó a admirar el espectacular cuerpo de su hijo. Bajo la alcachofa, el agua caía sobre el chico de 22 años. Alto, ancho de hombros, musculado. La mujer hizo un reconocimiento de arriba abajo. Hacía mucho que no veía a su hijo desnudo.

Se detuvo en su entrepierna. Se quedó mirando fijamente y sorprendida al ver el tamaño que calzaba Oscar. Tenía la polla morcillona. Con un leve movimiento, aquel trozo de carne pendía levemente de un lado a otro de sus piernas. Ante la atenta mirada de su madre, la polla comenzó a crecer. La mujer era incapaz de dejar de mirar aquel espectáculo.

La mano de su hijo comenzó a acariciar, de manera muy lenta, aquel miembro que recordaba al de su progenitor pero más grueso. Las venas comenzaron a marcarse a lo largo del inmenso tronco. En pocos segundos, Oscar lucía una erección completa. Con su mano derecha tiró de la piel haciendo que un capullo enorme luciera provocador.

Irene, con la cara sorprendida y la boca abierta, miró por fin a los ojos de su hijo. Este la miraba fijamente sin dejar de acariciarse la polla. Bajó la mano hasta abajo y aun dejaba media polla sin agarrar. La cimbreó levemente ante la atenta mirada de su madre.

De inmediato, Irene sintió un calambre de excitación que recorrió su columna vertebral desde la nuca hasta su clítoris. Sus pezones se retorcieron sobre sí mismos endureciendose. Su pipa comenzó a palpitar y el calor de su flujo vaginal inundó el interior de su coño.

-¿Cuánto te mide? –preguntó casi en susurro Irene.

En una actitud altiva y arrogante, Oscar hizo unos segundos de silencio, sin dejar de mirarla y acariciarse, de arriba abajo, luciendo orgulloso una polla de actor porno.

-Veintitres centímetros.

Aquello impactó en el cerebro de la mujer disparando su libido más aún. De manera casi instintiva separó las piernas ofreciendo una mejor visión de su coño peludo. Llevó su mano derecha hasta su entrepierna y con los dedos, índice y anular, separó los labios mostrando una raja rosada y mojada. Estaba muy excitada, pese a hacer menos de 10 minutos de haberse masturbado.

-Hazte una paja. –Ordenó a su hijo.

Oscar la miraba mordiendose el labio inferior. Veía su cara de vicio y deseo, sus maravillosas tetas que tantas pajas habían provocado entre sus amigos, y su coño grande, baboso por los flujos, caliente y abierto.

El hijo comenzó a acelerar el movimiento sobre su rabo. La madre lo miraba notando como su mente volaba sin encontrar una escena más excitante que esta. Por un momento sintió envidia de Carolina, la novia de su hijo. La imaginó gritando mientras aquella polla se clavaba en lo más hondo de su ser.

-Córrete. –Le pidió mientras ella movía de manera frenética sus dedos por su clítoris sin dejar de mirar la polla de su hijo.

Con un sonido gutural Oscar descargó. El capullo violáceo comenzó a escupir, uno, dos, tres chorros de lefa que impactaron sobre la mampara. Irene gritó al alcanzar uno intenso orgasmo que la dejó boqueando con la respiración entrecortada y casi inconsciente durante unos pocos segundos.

Cuando volvió en sí sintió mucha vergüenza. Una extraña sensación de suciedad la hizo levantarse de inmediato, subirse las bragas y salir corriendo del baño. Se encerró en su habitación a oscuras. Se tiró en la cama con las manos en la cara mientras en su cabeza todo lo que acababa de suceder daba vueltas. Había cruzado una línea roja moral que no tenía vuelta atrás.
 
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