Esteban & Ana - Una Historia Prohibida

heranlu

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Ane tenía 27 años y vivía con sus padres en San Sebastián. A diferencia de sus hermanas, que ya habían tomado su rumbo —Míriam, la mediana, trabajando como enfermera en Madrid, y Amaia, la pequeña, estudiando la carrera en Bilbao—, ella había decidido quedarse en casa. No por compromiso, ni por ayudar, sino por pura conveniencia.

Había terminado su carrera hacía un par de años, pero ahora trabajaba en una tienda de ropa. No le iba mal. El horario era cómodo, tenía cierta libertad y, sobre todo, casi ningún gasto. Sus padres, pero sobre todo su padre, Esteban, cubrían la mayoría de las cosas. No coincidían mucho en casa, así que la convivencia era sencilla. Lo justo para vivir bien sin demasiadas responsabilidades.

Esteban trabajaba en una empresa, de horario fijo, serio, con ese aire tranquilo de los hombres que no hacen ruido, pero imponen. Canoso, con ojos claros, buena planta aunque algo dejado con los años. No era un hombre de gimnasio, pero a sus 50, aún conservaba ese atractivo maduro que algunas mujeres sabían apreciar.

Su madre, Leire, venía de una familia acomodada. Siempre había tenido una vida fácil y sin complicaciones, rodeada de amigas, cenas y escapadas. Se casó con Esteban por amor, convencida, fruto de ello sus dos primeras y preciosas hijas, pero la cosa se empezó a torcer, algo que intentaron enderezar con el nacimiento de Amaia, pero no resultó. Su matrimonio pasó a ser por pura conveniencia, y con el tiempo la relación se fue apagando. Ahora apenas hablaban, no se tocaban, y cada uno hacía su vida. Leire pasaba la mayor parte del tiempo fuera de casa, y cuando estaba, parecía completamente desinteresada por todo lo que tuviera que ver con su marido.

Ane había crecido viendo ese ejemplo de relación: fría, vacía, casi automática. Desde adolescente, había interiorizado que los hombres no valían para mucho más que para cumplir una función. Su madre no le hablaba muy bien de ellos, y ella no había visto muestras reales de afecto en casa. Leire le había inculcado sin querer la idea de que el hombre era débil y estaba para servir, y si querías mantener el control, no debías mostrar debilidad emocional.

Y quizás por eso, Ane desarrolló ese carácter que ahora la definía.

Ane no se consideraba una hija modelo, ni tampoco una rebelde. Era segura, provocadora y consciente del impacto que generaba su físico. Su cuerpo era envidiable: tetas grandes y bien formadas, culo firme y redondo, cintura finita y piernas largas. Pero no solo era su figura lo que llamaba la atención. Tenía un rostro precioso, de facciones marcadas, labios carnosos, ojos claros de un tono avellana, y una mirada que a veces resultaba dulce y otras completamente seductora. Su cabello era largo, liso y brillante, con reflejos dorados que resaltaban aún más su piel bronceada.

Ligaba bastante. De hecho, era habitual que más de un chico se le acercara con la intención de tener algo. Pero ahí venía el problema: su carácter. Era complicada, directa, bastante irritable cuando algo no le gustaba. Nadie lograba pasar de la atracción inicial. Todos se rendían ante su cuerpo, pero solo la buscaban para follar. Y eso, aunque al principio le dolía, con el tiempo aprendió a manejarlo y disfrutarlo. Lo aprovechaba en su beneficio y no se ataba a nadie.

Solo había tenido una relación larga, de algo más de dos años. No terminó bien. Desde entonces, Ane se había blindado emocionalmente. Se divertía, coqueteaba, y si alguien le gustaba, se lo follaba. Pero nada más. No dejaba que nadie se le acercara demasiado.

Ane trataba a su padre con una mezcla de indiferencia y sarcasmo. No lo odiaba, pero tampoco lo respetaba demasiado. Era ese hombre apagado al que su madre ignoraba, y ella había heredado ese desprecio sutil. Aun así, ella intentaba no tener mucha relación con su él, mientras este no intentase meterse en su estilo de vida. Cada cual hacía la suya.

Pero sin darse cuenta, el equilibrio empezaba a romperse.

Esteban siempre había sido un hombre tranquilo. Nunca necesitó llamar la atención para imponer respeto. Su forma de ser era serena, y su presencia bastaba. Pero hacía tiempo que había dejado de sentirse hombre en su propia casa. Leire, su mujer, no lo miraba, no lo tocaba, no le preguntaba nada. La distancia entre ellos se había vuelto insalvable.

A veces, cuando estaba solo en casa, se permitía recordar. Pensaba en cuando las niñas eran pequeñas, en los años donde todo parecía más simple. Cuando los domingos estaban llenos de ruidos, dibujos animados y risas desordenadas. Cuando Leire aún le dedicaba alguna caricia. Cuando la casa tenía vida, cuando había calor en los gestos, en las conversaciones, en las miradas.

Ahora, en cambio, todo era frío. Leire iba y venía como si no tuviera familia. Amaia apenas estaba. Míriam vivía en Madrid. Y Ane... Ane seguía allí, pero ya no era la niña que él recordaba. Ahora era una mujer. Y eso lo atormentaba.

Aceptaba su vida con resignación. Mantenía su rutina, su trabajo, su silencio. Pero últimamente algo lo tenía inquieto. Algo que no se atrevía a decir en voz alta.

Ese algo era Ane.

No sabía exactamente cuándo había comenzado. Quizás fue un día cualquiera, al verla salir de su habitación en camiseta ajustada, sin sujetador, con los pezones marcados sin pudor. Tal vez cuando la sorprendió saliendo del baño envuelta en vapor, con la toalla colgando precariamente sobre sus pechos y caderas. O la noche que llegó algo perjudicada después de salir con sus amigas y se tumbó junto a él en el sofá con un vestido tan corto que apenas cubría el inicio de su culo.

Esteban intentaba no mirar. Se decía a sí mismo que era su hija y que no debía pensar esas cosas. Pero su cuerpo no obedecía. Y su mente, menos.

Comenzó a masturbarse con más frecuencia. Al principio, se forzaba a pensar en otras mujeres. Pero siempre acababa imaginándola a ella. Su cuerpo, sus labios, su voz cuando lo llamaba “Papá” con ese tono despreocupado. Una vez encontró un tanga suyo al sacar la ropa de la lavadora. Pequeño, mínimo. Lo sostuvo entre los dedos como si quemara. Pero no lo soltó. Se lo llevó al cuarto aprovechando que Leire no estaba y esa noche se corrió como hacía años no lo hacía.

Desde entonces, nada fue igual.

Estaba más irritable. Más sensible a cada roce, a cada gesto, a cada palabra suya. Ane, por su parte, no parecía consciente del efecto que causaba. Seguía andando por la casa como si nada. A veces hasta bromeaba con él, como si le gustara provocarlo sin querer.

Pero lo peor fue aquella vez que la vio agachada recogiendo algo, con ese pantalón corto que dejaba ver el inicio de su culo. Esteban sintió cómo su polla se endurecía al instante. Le dolía incluso contenerse.

Y entonces lo supo.

Ya no podía seguir negándolo. Estaba deseando a Ane. Cada día más. Cada gesto, cada palabra, cada imagen suya le quemaba por dentro.

Aún no sabía que algo también estaba cambiando en su hija.

Ane no se había planteado nunca ver a Esteban como un hombre. Era su padre. Había crecido con él, lo había visto como esa figura callada, seria, casi invisible. Le hablaba con sarcasmo, como hacía su madre, sin pensar mucho en el efecto de sus palabras. Pero últimamente... algo estaba cambiando. Y ella aún no se daba cuenta.

Una tarde cualquiera, mientras salía de su habitación con el móvil en la mano, escuchó ruido en el pasillo. Al alzar la vista, se lo encontró de frente, saliendo del baño, envuelto en una toalla blanca. Esteban no la vio. Caminaba distraído, secándose el pelo. Ane bajó la mirada de forma automática y se quedó petrificada. La toalla colgaba baja, y el bulto que se marcaba era imposible de ignorar.

“¿Cómo puede tener... eso?”, pensó. No era curiosidad. Era impacto.

—¿Ane? —preguntó Esteban al verla parada—. ¿Te pasa algo?

—¿Eh? No, nada... —dijo ella, apartando la vista—. Me has asustado, eso es todo.

Se encerró en su cuarto con el corazón acelerado. Esa noche, se metió a la ducha y sin querer, mientras el agua le caía por la espalda, le vino la imagen. El bulto. La toalla. Y sintió un cosquilleo en el vientre que no quiso reconocer.

Pasaron unos días. Una mañana, mientras desayunaban en la cocina, discutieron por una tontería. Ane hizo uno de sus comentarios punzantes, como solía hacer.

—No sé ni cómo mi madre te aguanta —dijo sin levantar la vista del móvil.

Esteban, por primera vez en mucho tiempo, no lo dejó pasar.

—Pues si no sabes, cállate. Porque tú también llevas años aprovechándote de este techo sin dar las gracias.

Ane se quedó en silencio. No por el reproche, sino por el tono. Firme. Serio. Le habló con una autoridad que no recordaba haberle escuchado antes.

—Vale, perdón... —musitó, molesta. Pero por dentro, sintió ese cosquilleo otra vez.

Otro día, en una tienda del barrio a la que había ido a comprar pan, escuchó a dos vecinas que no la vieron. Hablaban entre ellas.

—El marido de Leire... ¿cómo se llama? ¿Esteban? —dijo una.

—Sí, ese. Pues aunque tenga algo de barriga, esos ojos, y esa forma de mirar... no sé. A mí me da morbo.

—Calla, mujer...

—Te lo juro. Tiene algo. Muy callado, muy serio, pero si te agarra... ese hombre tiene que ser puro fuego.

Ane se alejó de allí con el ceño fruncido. Le molestaba. No sabía por qué. Se sintió extraña, incómoda. Pero lo cierto era que desde hacía días, su opinión sobre su padre había comenzado a cambiar.

Y entonces ocurrió.

Aquel día llegó más temprano del trabajo. No oyó ruido y subió al baño sin pensar que habría alguien en casa. Abrió la puerta y...

Lo que vio la dejó congelada.

Esteban estaba arrodillado, completamente desnudo, con una mano firme sujetando un tubo de silicona translúcida. Un “one hole”. Lo movía frenéticamente sobre su polla, jadeando, los ojos cerrados. La polla era enorme, hinchada, húmeda. Y entonces, lo escuchó.

—Ane... joder... Ane... qué rica estás… me corro Ane…

Él no la había visto. Seguía bombeando el juguete con desesperación. Y justo en ese momento, eyaculó con un gemido ronco, dejando caer chorros gruesos sobre el suelo del baño. Ane retrocedió un paso, sin poder dejar de mirar.

Esteban giró el rostro. La vio.

—¡Ane! ¡Joder!

—Papá... —balbuceó ella, con los ojos clavados en su polla aún palpitando—. Madre mía...

Salió corriendo del baño, ruborizada, sin poder creerse lo que acababa de ver. Su padre. Su Papá. Diciendo su nombre. Corriéndose como un animal. Y con semejante rabo...

Esteban se quedó sentado, jadeando, cubriéndose con una toalla que ya no servía de nada.

El resto del día transcurrió en silencio. Ane no salió de su cuarto. Esteban no se atrevía a tocar la puerta. Y entonces Leire, como si nada, gritó desde la cocina:

—¡Vamos a cenar!

Ane salió con paso lento. Llegando al salón sin decir nada. Esteban ya estaba sentado. Leire hablaba de tonterías.

Pero Ane no escuchaba. Solo miraba a su padre. Lo veía diferente. Sentía calor. Deseo. Confusión. Y sobre todo, esa imagen grabada en su cabeza: él, diciendo su nombre, con la polla dura, corriéndose como si no pudiera más.

Y sin querer, en su interior, una idea empezó a crecer.

La mesa estaba servida con lo justo: una tortilla, un poco de ensalada y pan recién cortado. Leire hablaba como si nada, ajena a la atmósfera densa que cargaban Ane y Esteban desde el incidente del baño. Ane apenas levantaba la vista de su plato, y Esteban no sabía dónde mirar.

—¿No vais a decir nada? —preguntó Leire mientras servía agua—. Qué ambiente más animado...

Ane forzó una sonrisa, sin decir nada. Esteban solo murmuró algo que no se entendió bien.

—Bueno... —siguió Leire, como si no hubiera notado nada—. ¿Queréis algo de postre? Hay arroz con leche. A ti te encanta, ¿no, Ane?

El silencio fue inmediato. Ane levantó la mirada un segundo, cruzándola con la de Esteban. Ambos recordaban, de forma inevitable, lo que habían vivido hacía apenas unas horas. La frase, tan inocente, fue una bofetada mental.

—Eh... no, no tengo hambre —dijo Ane, con las mejillas encendidas.

—¿Y tú, Esteban?

—No. Gracias.

Leire se encogió de hombros y empezó a recoger los platos.

—Bueno, pues nada. Yo me voy a dormir pronto hoy. Mañana me voy de finde con las chicas. A Hondarribia. Os dejo solos hasta el domingo por la tarde.

Ane tragó saliva. Esteban se tensó.

—¿Todo el fin de semana? —preguntó Ane, con una voz que apenas se oyó.

—Sí. Así respiráis un poco sin mí, que seguro os viene bien. Tú, Esteban, puedes descansar sin que te moleste, y tú, Ane, a ver si limpias algo —bromeó Leire sin saber lo que realmente ocurría.

Cuando terminó de recoger, dejó un beso en la mejilla de Esteban —frío, casi mecánico— y otro a Ane.

—No os matéis. Y si traéis a alguien a casa, me avisáis. Bueno... tú no —miró a Esteban con una sonrisa burlona—, porque dudo que te quede energía para eso.

Ane apretó los labios. Esteban bajó la cabeza.

Cuando Leire se encerró en su habitación, el silencio se hizo denso. Solo se oía el sonido del lavavajillas y algún ruido lejano de la calle. Ane se levantó sin decir nada y subió a su cuarto. Esteban fue a sentarse al sofá en silencio, sin atreverse a mirar hacia las escaleras.

Al día siguiente, evitaron coincidir todo lo posible. Ane salió temprano con una amiga y no sabía si volvería hasta la noche. Esteban también se fue a caminar por la ciudad, solo, con los auriculares puestos, como si el mundo fuera ajeno a lo que ardía dentro de su casa.

Eran cerca de las doce cuando Esteban llegó. Se cambió, se preparó algo para cenar, pero no tenía hambre, así que se sirvió un whisky y se sentó en el sofá del salón, pensando que Ane ya estaría en su habitación y en el mejor de los casos, dormida.

No esperaba oír la puerta abrirse.

Ni ver entrar a Ane con ese vestido ajustado, rojo, de tela brillante que se pegaba a su cuerpo como una segunda piel. Tenía un escote pronunciado, lo justo para que los ojos se perdieran al primer vistazo. Llevaba tacones, el pelo suelto, los labios pintados de rojo y un aroma inconfundible a perfume y alcohol barato de discoteca. Iba ligeramente tambaleante, pero con ese aire altivo de quien sabe lo que provoca.

Cuando lo vio en el sofá, se detuvo en seco.

—No creí que estuvieras despierto —dijo con voz algo más grave, como arrastrada.

—Pensé que tú ya habrías vuelto antes —respondió él, sin saber dónde mirar.

Ane caminó hacia la cocina sin quitarse los tacones. Se sirvió un vaso de agua y bebió de golpe. Esteban intentaba mirar el televisor, pero no veía nada. La vista se le iba sola al contoneo de su cuerpo.

—¿Has salido? —preguntó ella desde la encimera.

—A dar una vuelta. Estaba todo el día metido aquí.

Silencio. Solo el hielo derritiéndose en el vaso.

—¿Y desde que has llegado... te hiciste una buena paja pensando en mí otra vez? —soltó Ane, dándose la vuelta, clavándole la mirada.

Esteban se quedó helado.

—Ane, no empieces…

—¿No empiece qué? ¿A preguntarte por qué coño decías mi nombre mientras te corrías con ese cacharro de plástico?

—No era mi intención que me vieras —repitió él, bajando la voz.

—No he preguntado si querías que te viera. He preguntado si te pajeabas pensando en mí. ¿Sí o no?

Esteban apretó los puños.

—No deberías provocarme.

—¿Eso es un sí?

—¡Joder, sí! —estalló él, levantándose del sofá—. ¡Sí, me pajeaba pensando en ti! ¡Porque no podía aguantar más! Porque no dejo de verte por la casa con ese culo, con esas tetas rebotando cuando no llevas sujetador, con esa puta boca tuya…

Ane lo miraba fijamente. Su pecho subía y bajaba, más rápido. El calor la invadía, la rabia, la confusión, el deseo… Y entonces también estalló. Como si todo lo que llevaba reprimiendo saliera de golpe.

—¡Pues qué suerte tienes! ¡Porque desde ayer por la tarde no me saco tu puto pollón de la cabeza! ¡Desde que te vi ahí, corriéndote con mi nombre en la boca! ¡Me volviste loca de la cabeza, papá!

El silencio fue demoledor.

Esteban la miró como si acabara de perder el control de todo. Y en ese instante, quizás, fue exactamente lo que pasó.

El grito de Ane fue como una detonación. Lo que vino después, pura electricidad en el aire.

Se quedaron frente a frente, con el pecho agitado, mirándose con los ojos encendidos de rabia, deseo y algo más sucio que ninguno se atrevía a nombrar. El vestido rojo se le ceñía al cuerpo como un guante, y el escote pronunciado dejaba asomar un canalillo que parecía invitar a pecar. Esteban no apartaba la mirada. La polla le latía con fuerza bajo el pantalón.

—¿De verdad no te das cuenta de lo que haces...? —dijo él, avanzando un paso, con voz ronca.

—¿Y tú no te das cuenta de lo que has provocado? —le escupió ella, sin moverse.

Otro paso. Ya estaban cerca. El whisky en el vaso de Esteban temblaba en su mano, pero no por miedo. Por hambre.

—¿Y ahora qué? —soltó Ane, desafiante, con la voz ronca.

Esteban no dijo nada. Dio un paso hacia ella. Después otro. La tensión era insoportable. Ane no retrocedió. Se quedaron tan cerca que sentían la respiración del otro. Sus ojos bajaron lentamente al bulto que ya se marcaba bajo el pantalón de su padre. Era real. Estaba duro. Por ella. Otra vez.

—No deberíamos... —murmuró él, aún con la voz temblando de contención.

—Entonces dime que pare —retó Ane, acercándose más, casi pegada—. Dímelo a la cara.

Esteban tragó saliva. No lo dijo.

Y fue ahí donde todo se rompió.

Esteban dejó el vaso en la mesa de golpe y la agarró por la cintura con fuerza y la besó. No hubo delicadeza, ni permiso. Fue un beso salvaje, con lengua, con dientes, con hambre. Ane respondió con furia, como si lo estuviera esperando. Se aferró a su camiseta, se la subió, le arañó el pecho. Él levantó un poco su vestido, agarrándole el culo por debajo, sintiendo cómo lo apretaba contra su polla endurecida.

Esteban siguió, llevando las manos a su espalda y le bajó la cremallera del vestido, dejándolo caer. Ane quedó solo en un tanga diminuto y tacones. Sus tetas, grandes y firmes, quedaron al aire, con los pezones duros, erguidos, desafiantes.

—Estás más buena de lo que me dejabas ver... —le susurró Esteban, mordiéndole el cuello—. Y lo sabes, ¿verdad?

—Alguna vez me di cuenta de que me mirabas, aunque no pensaba que sería en este sentido, cerdo... —le jadeó ella al oído—. Pero lo que nunca imaginé es que tendrías una polla así... ni que me mojaría tanto por verla.

—¿Sabes cuántas veces me he corrido en los últimos meses imaginando esto...? —dijo él entre dientes—. Viéndote pasear por casa con ese culo, sabiendo que no llevabas nada debajo...

—¿Y tú sabes cuántas veces he pensado en tu rabo desde que te vi con el juguete...? —le respondió ella, gimiendo suavemente—. Quiero que me lo metas por la boca... y luego por todos lados...

Esteban no aguantó más. La levantó en brazos y la llevó al sofá. Se tumbaron. Se desabrochó el pantalón y liberó su erección. Ane la miró con los ojos muy abiertos y una sonrisa pícara.

—Madre mía... así que con esto decías mi nombre en el baño...

—Y ahora te lo voy a decir mientras la tienes en la boca —gruñó él.

Ella bajó sin pensarlo. Se la metió en la boca con avidez, sujetándola con una mano y masturbándola mientras la lamía entera, hasta la base. La lengua le bailaba en la punta, lo miraba desde abajo, provocadora.

—Qué rica está tu polla, joder... —murmuró entre succiones.

Esteban le sujetó el pelo y gemía por lo bajo, con la cabeza echada hacia atrás.

—Así... así, trágala entera, Ane...

Después, él la levantó, la hizo girar y la tumbó boca arriba. Se arrodilló entre sus piernas y bajó directo a su entrepierna. Apartó el tanga a un lado y comenzó a lamerle el coño con ganas, con la lengua húmeda, profunda, recorriendo cada pliegue, cada centímetro.

Ane gemía, se retorcía, se aferraba al sofá.

—¡Papá... joder... no pares...! ¡Me estás volviendo loca!

—Tienes el coño más sabroso que he probado en mi vida —gruñó él entre lamidas—. No puedo esperar a follarte.

Se incorporó y le pasó la polla por la entrada de su coño, despacio, sin meterla. Ane lo miraba con los ojos nublados por el deseo.

—¿Vamos a la cama? —dijo ella—. Lleva años sin usarse como es debido... y creo que esta noche la vamos a romper.

Esteban sonrió, agarrándola de la cintura.

—Pues vamos a usarla como se merece...

Y la levantó en brazos rumbo a la habitación.

Esteban entró en la habitación con Ane en brazos, empujando la puerta con el pie. La dejó caer suavemente sobre el colchón, que crujió como si despertara de un largo letargo.

Ane se deshizo del tanga y los tacones y se recostó con las piernas ligeramente abiertas, el cuerpo desnudo, los pezones duros, la piel caliente. Lo miró desde abajo con una sonrisa que combinaba deseo con malicia.

—Espera... —murmuró, incorporándose y caminando de rodillas hacia él—. Si me vas a meter ese pollón... mejor que lo deje bien lubricado, ¿no?

—¿Tú crees que hace falta...? —bromeó él, mientras su erección seguía palpitando con fuerza.

—Por si acaso...

Gateó hasta quedar delante de él y se lo volvió a meter en la boca. Esta vez lo hizo más lento, más profundo. Lo saboreaba con hambre, con precisión. Su lengua jugaba con cada centímetro, mientras sus dedos masajeaban los huevos con suavidad. Esteban gemía con la cabeza hacia atrás, acariciándole el pelo.

—Me vuelves loco, Ane... así, trágatela entera... sí...

Cuando lo notó al borde, se apartó y lo empujó suavemente hacia la cama.

—Ahora tú... quiero tu lengua otra vez.

Se montó sobre él y se colocó en posición. Un 69 perfecto. Ane bajó a su polla mientras él se hundía de nuevo entre sus piernas. Las lenguas se movían al ritmo del deseo, entre gemidos, jadeos y palabras sucias.

—Mmm... cómo me gusta tu sabor, papá... —jadeaba ella con la polla en la boca.

—Te comería el coño todos los días, hija de puta... —gruñía él, empapado de su humedad.

La escena era salvaje. Humedad, cuerpos tensos, caderas moviéndose en busca de más placer. Y entonces, casi al mismo tiempo, llegaron al límite.

Esteban gruñó con fuerza, mientras sujetaba fuerte el culo de Ane con ambas manos y empezó a correrse con violencia en su boca.

—¡Me corro, joder! ¡Trágatelo todo, Ane...! ¡Trágate la leche de tu padre!

Ane no se apartó. Se lo tragó todo, gemía con la polla dentro, con la lengua aún en movimiento. Su cuerpo se sacudía encima de él.

—¡Emmfoy… Ezztoy oriéndome ambén! (¡Estoy... estoy corriéndome también!) —jadeó ella con la polla aún entre los labios, mientras se le estremecía todo el cuerpo.

Cuando se separaron, ambos estaban empapados y jadeando. Ane seguía acariciando la polla de Esteban, sorprendida.

—¿Pero qué coño...? —murmuró entre risas—. ¿No se te baja nunca o qué?

—Contigo delante así, no se me va a bajar en la vida.

Él la agarró de la cintura y la giró con decisión.

—Abre las piernas —ordenó.

Ane lo hizo, ansiosa, mirando cómo él le pasaba la polla por la entrada del coño, empapado.

—Ahora vas a sentir todo lo que me hiciste aguantar...

Y se la metió entera, hasta el fondo, de una sola embestida.

Ane gritó.

—¡Ahhh... joder! ¡Sí, fóllame! ¡Fóllame fuerte, papá!

Esteban comenzó a moverse con fuerza, bombeando duro, con las manos agarrándole las caderas. La carne chocaba con fuerza, los gemidos se mezclaban con los jadeos y el sonido sucio del sexo.

—Eres una puta de lujo... —gruñía él—. Este coño me va a volver loco...

—¡Más! ¡Dámelo más fuerte! ¡Rompe esta cama de una vez!

Él la besó con rabia, y sin dejar de empujar, la giró de lado. La tomó por detrás, con una pierna suya por encima, y le siguió dando con ritmo profundo.

—Me encanta este coño... es perfecto... —le decía al oído mientras la embestía—. Está hecho para mi polla.

—¡Sí, sí... está hecho para ti, papá...!

Esteban la tenía de lado, follándola con fuerza mientras ella gemía contra la almohada, los muslos le temblaban con cada embestida. Pero no tardaron en cambiar.

Ane se giró con una mirada salvaje, lo empujó, se subió encima de él y lo montó sin aviso. Se sentó de golpe sobre su polla, haciéndolo gemir como un animal.

—¡Sí! ¡Eso es, fóllame tú ahora! —jadeó Esteban, clavándole las manos en el culo.

Ane empezó a cabalgarlo como una posesa. Subía y bajaba con fuerza, con el pelo cayéndole sobre la cara, las tetas rebotando con cada movimiento. Esteban se incorporó un poco y se las agarró con las dos manos, se las metió en la boca, se las chupó con hambre, como si fueran suyas.

—¡Joder, papá... me vas a volver loca! —gimió ella, mientras se clavaba su polla hasta el fondo una y otra vez—. ¡Tú polla es perfecta... no quiero que salgas nunca!

—Y tú coño es una adicción... ¡qué puta eres, Ane! ¡Qué puta más rica me salió mi niña!

Ane soltó una carcajada entre gemidos, mientras apretaba su culo contra él y aceleraba aún más.

—¡Me estoy corriendo... joder, me corro contigo dentro!

Esteban la sujetó fuerte, sintiendo cómo se le contraía todo el coño, cómo le temblaban las piernas y se le cortaba la respiración.

—¡Así me gusta... correte en mi polla... empápamela toda!

Ella se dejó caer sobre él, jadeando, con el cuerpo convulsionando de placer.

—No pares... quiero que te corras tú ahora...

Esteban la volvió a girar y la puso boca abajo, tumbada con las piernas abiertas. Se colocó encima, y sin dudarlo, le metió la polla de nuevo con fuerza.

—Voy a llenarte por dentro... voy a marcarte por dentro, Ane...

—¡Sí! ¡Rómpeme entera, papá! ¡Hazlo!

Los gemidos volvieron a llenar la habitación, más fuertes, más sucios, más desesperados. Esteban bombeaba con todo, con los huevos chocando contra ella, con la polla entrando hasta el fondo una y otra vez.

Y entonces, sin aviso, gruñó con fuerza y se corrió dentro, como un cañón, descargando todo con espasmos que lo dejaron sin fuerzas.

—¡Mierda! ¡Sí! ¡Tómalo todo, hija de puta...!

Ane gemía debajo, sintiendo cómo su interior se llenaba de caliente semen, cómo el cuerpo de él se desplomaba encima del suyo, ambos empapados, sin aire, sin fuerza.

La habitación apestaba a sexo. A tabú. A todo lo que habían callado desde hace un tiempo.

Y ahora ya no había vuelta atrás.

La habitación quedó en silencio después del último gemido, con el aire espeso y el cuerpo de Esteban aún encima de Ane, jadeando. Poco a poco, se deslizó a su lado, sin soltarla. Ane apoyó la cabeza en su pecho, y así, empapados en sudor y semen, se quedaron dormidos.

Fue un sueño profundo. El cuerpo agotado, la mente revuelta. Esteban se movió un poco en medio del sueño, confuso, pensando que quizá todo había sido producto de una fantasía demasiado real.

Pero entonces... algo cálido, húmedo, placentero, lo sacó de ese estado. Un cosquilleo en la entrepierna. Una succión suave, rítmica.

Abrió los ojos.

Ane estaba arrodillada entre sus piernas, desnuda, con el pelo despeinado y los labios abrazando su polla con entusiasmo.

—¿Buenos días...? —murmuró ella con una sonrisa perversa, mirándolo desde abajo.

—¿Esto es real...? —musitó él, medio dormido.

—Muy real. Y ya estás duro otra vez —dijo, sacándosela de la boca y dándole un par de lengüetazos lentos por la punta—. Me apetecía desayunar leche caliente.

Esteban gimió, estiró uno de sus brazos con esfuerzo y le acarició el pelo mientras ella volvía a metérsela entera.

—Dios... Ane, vas a matarme...

—Tú empezaste esto, ¿recuerdas?

Después de un par de minutos, Esteban la cogió con sus brazos con una sonrisa de placer culpable y haciendo un poco de fuerza la giró, tumbándola de nuevo sobre la cama.

—Ven aquí, que ahora me toca a mí otra vez.

Abriéndola de piernas. La penetró sin ceremonia, directo, profundo. Ane gemía como si no hubiera pasado ni una hora desde la noche anterior.

—¡Sí, así! ¡Fóllame otra vez, papá...! ¡No quiero que pares nunca!

La tomó con fuerza, marcando un ritmo intenso. Cambiaron de postura una vez más, ella sentada encima de él, dándole con todo el ritmo que podía a las caderas, luego, él encima otra vez.

Ambos acabaron casi al mismo tiempo, temblando, jadeando.

—¡Me corro otra vez...! —gritó ella.

—¡Y yo... joder, otra vez! ¡Trágatelo todo otra vez si quieres...!

Pero no dio tiempo y acabó dentro. Profundo. Con fuerza.

Después, Esteban se dejó caer a su lado.

—Me voy a duchar —dijo, exhausto.

Ane sonrió, se levantó desnuda y comenzó a recoger las sábanas y fundas.

—Yo voy a poner una lavadora... no quiero dejar ni rastro —dijo Ane con una sonrisa pícara mientras salía desnuda con la ropa de cama en los brazos.

El cuarto de lavado estaba abajo, en la parte trasera de la casa, junto al patio. Tardó lo justo en bajar, volver a subir y bajar comprobando que no había dejado nada atrás, preparar la carga, buscar detergente y agacharse frente a la lavadora para ver qué programa elegir.

Esteban, mientras tanto, se había duchado rápido. Salió solo con una toalla anudada a la cintura, el pecho aún húmedo, el pelo revuelto. Al no verla en la habitación, bajó las escaleras con calma... hasta que la vio.

Ane estaba en cuclillas, con el culo completamente expuesto, redondo, firme, perfecto, mientras revisaba la pantalla de la lavadora. Su espalda arqueada, el cabello cayendo hacia adelante, y su coño a plena vista desde esa posición. El corazón de Esteban se aceleró de golpe.

Y entonces lo recordó.

Ese era el mismo cuarto donde, hacía ya un par de meses, había visto por primera vez un tanga mínimo suyo olvidado sobre la lavadora. Pequeñísimo, apenas una tira. Lo había olido, había sentido culpa... pero también una excitación tan intensa como la que ahora le recorría el cuerpo.

No lo pensó.

Se acercó en silencio, y justo cuando Ane se incorporaba, él se pegó a su espalda y le agarró las tetas con ambas manos, apretándolas con fuerza. Ane soltó un gemido de sorpresa, mezcla de susto y excitación.

—¡Papá...! —jadeó, sin girarse.

—¿Te creías que ibas a dejarme así de caliente...? —le susurró al oído, metiéndole una mano entre las piernas—. Tu coño se moja cada vez que te toco...

Le metió dos dedos de golpe, salvajes, su hija ya estaba húmeda de nuevo. Ane se inclinó hacia adelante, apoyando las manos contra la pared. Esteban la penetraba con los dedos mientras la mordía por el cuello, por los hombros, por la espalda.

—¡Fóllame otra vez... aquí... ahora! —gritó ella, sin vergüenza.

Él la alzó en brazos, sujetándola por el culo, y la empaló sobre su polla. Ane rodeó su cintura con las piernas y lo besó con furia mientras él la follaba a pulso, apoyándola brevemente contra la lavadora para impulsarse.

Después la bajó, la giró y la puso de espaldas a él, con las manos apoyadas en la pared. Ane arqueó el cuerpo, sacando el culo y bajando la cabeza.

—Dámelo... fóllame como un animal, papá...

Esteban le metió la polla entera de una embestida, y empezó a follarla con fuerza, con rabia. El sonido del sexo llenaba el cuarto, los jadeos, los gemidos, los golpes de piel contra piel.

—¡Qué puta estás hecha, Ane... qué coño más perfecto tienes!

—¡Sigue, no pares! ¡Fóllame más fuerte, más profundo!

Esteban no tardó en correrse otra vez dentro de ella, apretándola contra la pared, mientras Ane se estremecía y gemía descontrolada, volviéndose a correr, temblando sobre sus piernas.

La lavadora pitó suavemente al empezar su programa. Ellos aún jadeaban, pegados, empapados, con la toalla de Esteban ya en el suelo.

El cuarto de la lavadora olía a sexo. Ane estaba pegajosa, sudada, con las piernas aún temblando y el coño lleno de la corrida caliente de Esteban. Él recogió su toalla del suelo, se la anudó como pudo y salieron juntos, medio riéndose, medio jadeando.

—Voy a prepararme algo rápido... —dijo Ane, yendo a la cocina, sin molestarse en vestirse.

Esteban se quedó un segundo contemplándola desde el salón. Estaba completamente desnuda, con el culo redondo moviéndose mientras abría un armario. Sus tetas aún marcadas por sus manos y su boca. El pelo revuelto. Las marcas de sus dedos en las caderas, piernas y culo.

No pudo resistirse.

Se acercó por detrás, la empujó suavemente contra la encimera y le abrió las piernas con el pie.

—¿Otra vez...? —preguntó Ane, sonriendo por encima del hombro.

—Así no puedo desayunar, joder...

—Pues fóllame mientras haces el café —se burló ella, mordiéndose el labio.

Y eso hizo. Le levantó una pierna, se colocó detrás y la penetró de nuevo, sin previo aviso. Ane soltó un gemido fuerte, agarrándose del borde de la encimera.

—¡Ahh! ¡Estás enfermo...! Me tienes reventada...

—Tú tienes la culpa. No puedo dejar de imaginar cómo me corro dentro otra vez...

La folló con fuerza, con una mano sujetándole la cintura y la otra apretándole una teta. Los dos se movían al ritmo de los jadeos, de los gemidos, del deseo que ya no podían ni querían frenar.

—¡Así! ¡Joder! ¡Me encanta esta cocina!

—Y a mí tu coño. No me voy a cansar nunca de esto.

Cuando se corrieron otra vez, Esteban se inclinó sobre ella, besándole el cuello, el lomo, sin sacarla.

Ane jadeaba, agotada, el cuerpo apoyado sobre la encimera.

—Joder... este desayuno se ha convertido en mi favorito. No podré esperar para repetir.

Esteban la abrazó por la espalda.

—Con ese cuerpo, te desayuno todos los días...

—Estoy toda pegajosa, llena de tus corridas... —dijo ella, sin rastro de vergüenza—. Voy a ducharme.

—Voy contigo —respondió él al instante.

Y sin decir más, salieron de la cocina rumbo al baño, sabiendo que la ducha tampoco iba a ser tranquila.

La ducha se llenó de vapor en cuestión de segundos. Ane entró la primera, con el agua caliente cayéndole sobre la espalda. Cerró los ojos y echó el pelo hacia atrás, dejando que el chorro le empapara la cara, el cuello, los pechos... El agua resbalaba por sus tetas redondas, bajando por su vientre plano y siguiendo entre sus piernas hasta su coño depilado, brillando con cada gota. Se giró lentamente, dejando que el agua llegase hasta su culo firme, redondo, perfecto. Las piernas torneadas parecían esculpidas.

Esteban la observaba desde el umbral de la ducha, completamente embobado. Su polla ya había empezado a endurecerse otra vez sin que la tocara. Ane era una diosa, mojada, desnuda, envuelta en vapor.

Ella lo miró por encima del hombro, con una sonrisa provocadora.

—¿Piensas quedarte ahí o vas a venir a enjabonarme?

Él entró y cerró la mampara. Cogió el gel, lo vertió en sus manos y empezó a pasarlas por su espalda. Luego bajó, lentamente, hasta su culo, apretándolo, masajeándolo con las dos manos mientras ella se mordía el labio.

—Mmm... así me gusta... —susurró Ane.

Las manos de Esteban se deslizaron por sus muslos, sus caderas, y luego subieron por delante. Le enjabonó las tetas, acariciando los pezones con los pulgares, haciéndolos endurecer aún más.

—Tienes unas tetas de escándalo... —jadeó él.

—Y tú un rabo que no para de crecer —dijo ella, volviéndose para encarar la bestia que ya tenía delante.

Ane tomó el gel y vertió un poco en sus manos. Empezó a pasarlas por la espalda de Esteban, bajando por sus costados, acariciando su culo, sus muslos, y al final, rodeando su polla ya durísima. Se la masturbó un par de veces con suavidad, observándola.

—Uuff, papá... no entiendo cómo puedes tenerla así otra vez...

—No lo puedo evitar... —suspiró él—. Mírate. ¿Quién podría?

Volvieron a besarse, esta vez con una lentitud cargada de deseo. Las manos no se detenían, explorándose, tocándose por todos lados.

—¿Y cómo vamos a seguir con esto...? —preguntó Ane, apoyada en su pecho.

—No lo sé aún... —contestó él, rozando sus labios—. Pero disfrutemos del momento. Seguro que se nos presentan oportunidades... y no vamos a dejarlas pasar.

Ane sonrió. Y entonces se agachó.

Esteban arqueó una ceja.

—¿Qué haces?

Ella lo miró desde abajo, con una expresión traviesa.

—Aprovechar el momento...

Se metió la polla en la boca despacio, cerrando los labios con fuerza, mientras la lengua la recorría entera. Esteban gimió, apoyando una mano en la pared y la otra en el pelo de ella.

—Dios... sí, chúpamela así... —jadeó.

Después de unos minutos, Ane vertió gel sobre su propia piel, frotándose las tetas hasta dejarlas bien cubiertas de espuma. Luego tomó la polla de Esteban y la colocó entre ellas.

—A ver qué tal se me da esto...

Y empezó a moverlas, arriba y abajo, envolviéndosela, apretando con fuerza, haciendo que la polla resbalara entre sus pechos mojados.

—¡Joder, Ane...! —gruñó él, con la mandíbula apretada—. Eso... eso es una puta locura...

—¿Te gusta mi paja con las tetas, papá? —dijo ella, mirándolo con los ojos bien abiertos mientras le masajeaba la punta del pollón con la lengua entre embestida y embestida de sus propias tetas.

Esteban no podía ni responder. Solo gemía, completamente rendido.

Ane seguía presionando sus tetas húmedas contra la polla de Esteban, subiendo y bajando con fuerza, con espuma y gemidos mezclándose con el vapor de la ducha.

—Mmm... ¿te gusta, eh? —susurraba ella, alternando entre meter la punta en la boca y apretarla con sus pechos—. Qué rica está, está tan dura... tan gorda...

Esteban jadeaba, con las manos en la cabeza, sin poder contenerse.

—¡Sigue así, Ane... joder, no pares!

Ella lo miró desde abajo, con los labios entreabiertos y los ojos brillando de deseo. Aceleró el ritmo, haciendo que la polla resbalara a toda velocidad entre sus tetas enjabonadas.

—¿Quieres correrte en mis tetas? ¿En mi cara? —le dijo ella, lamiendo la punta entre embestidas—. Pues hazlo, papi... quiero que me llenes entera.

—¡Mierda... Ane...! ¡Qué puta estás hecha!

—¡Dame toda tu leche, papi! ¡Toda! ¡Manchame la cara, las tetas, lléname la boca si quieres!

Esteban gruñó como una bestia y con una última embestida entre los pechos de ella, estalló. Chorros espesos y calientes salieron disparados, cubriéndole el rostro, los labios, el cuello, las tetas. Ane no se apartó. Recibió todo con una sonrisa sucia y los ojos cerrados.

—¡Dios... sí! ¡Así, empapada, como una buena guarra!

—Joder... —jadeó Esteban, apoyado en la pared, con el cuerpo temblando.

—Esto sí que es hidratación... —dijo ella, pasándose la lengua por los labios y una mano por las tetas.

Se enjuagaron entre risas, limpiándose con calma. Después, se ayudaron a secarse el uno al otro sin prisas. Al salir de la ducha, ambos sabían lo que venía: asegurarse de que no quedara ningún rastro.

Caminaron por la casa recogiendo ropa, abriendo ventanas para ventilar, usando ambientador. Ane puso otra lavadora con sus toallas. Esteban fregó la encimera de la cocina y volvió a ordenar los cojines del sofá.

Cuando se escuchó el sonido de llaves en la puerta, ya todo parecía normal.

Leire entró como si nada. Esteban estaba frente a la cocina, preparando algo rápido de cenar, y Ane en el salón, con una camiseta amplia y el pelo recogido en una cola alta de caballo, comiendo pizza y viendo la tele.

—Vaya... aunque no estáis juntos por lo menos estáis sin discutir —dijo Leire mientras dejaba el bolso.

Ane y Esteban se miraron apenas un segundo.

—¿Qué tendrá que pasar para que os relacionéis un poco más...? —añadió Leire, medio en broma.

—No seas pesada... —respondió Ane, sin despegar la vista del televisor.

Esteban forzó una sonrisa mientras removía la sartén.

Pero por dentro, ambos sintieron un nudo en el estómago.

Uno caliente, húmedo y adictivo.
 
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