En un Viaje Familiar

heranlu

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Iba sentada en el puesto de copiloto del camper que había comprado Alberto, desde que la compró se había convertido en su pasatiempos favorito, le dedicaba más tiempo que a cualquier otra cosa, había estado insistiéndome para comprarla durante un par de años, a mí no me convencía la idea de que se gastara tanto dinero en esa cosa hasta que me propuso el viaje familiar, después de comprarla tuvimos que esperar casi un año para poder coincidir con las vacaciones de Jorge, nuestro hijo, que había decidido venir en su propia camioneta junto a su mujer Isabela, la cual se encontraba en estado. Eran un matrimonio joven, nuestro Jorge tenía veintisiete e Isabela veinticuatro. No era una mala edad para ser padres, yo había dado a luz a Jorge a los veintiún años y no sentía que eso me hubiese privado de disfrutar mi juventud, no tendría que ser diferente con ellos, a Jorge le estaba marchando espectacular en la firma en la que trabajaba.

Recorríamos una estrecha carretera rodeada de árboles y pasamos un aviso rustico que decía “Lago Verde”.

—¿Estamos cerca ya? —pregunté a Alberto.

—El lago debe estar cerca de aquí —me respondió—, recuerdo el letrero, era el mismo que entonces.

Mi esposo soñaba con hacer este viaje desde que nos conocimos, sus padres lo habían traído en su infancia y le quedaron buenos recuerdos de las vacaciones que tuvo junto a sus hermanos.

Miré por el retrovisor y vi que la Jeep de Jorge nos seguía de cerca. Seguramente Isabela estaría necesitando ir al baño de nuevo, así que comencé a marcar al número de Jorge.

—Mamá, ¿Qué ocurre? —respondió al teléfono—, pregunta a papá sí ya estamos llegando, Isabela necesita usar el baño.

—Jaja precisamente por eso llamaba —respondí—. Aún falta un poco, pero tu padre va a detenerse para que Isabela pueda usar el baño y también quiere decirte alguna otra cosa.

—Sí, eso me parece bien —dijo.

Alberto detuvo el camper y Jorge estacionó adelante. Isabela bajó de la camioneta y vino hacia nosotros, la vimos abordar el vehículo y luego Alberto bajó y se puso a conversar con Jorge en el medio de la carretera, parecía estarle explicando algo.

—¿Todo bien allá? —pregunté a Isabela cuando salió del baño.

—Sí, Sra. Rosa, no podía aguantar más, es una bendición que esto tenga un baño.

—Sí que lo es —respondí—. Es un viaje largo, no entiendo por qué Jorge decidió venir en su camioneta, era mucho más cómodo que todos nos viniéramos aquí. Tendrías el baño disponible todo el tiempo y podríamos conversar todo el camino.

—Jorge lo prefirió así —respondió como disculpándose—, dijo que así sería más fácil al regresarnos y que además era bueno contar con dos vehículos para este tipo de viaje.

—Jorge siempre pensando en todo, ¿no es así? —dije.

Isabela sonrió.

Lo que no sabía en ese momento es que Jorge se la había pasado todo el viaje pidiéndole a Isabela que lo masturbara mientras conducía, al punto de que a ella ya le estaba resultando molesto pues le parecía peligroso hacer algo así mientras conducía.

Las dos bajamos del camper y nos acercamos a nuestros hombres.

—Entonces… —dije sonriendo—, ¿Estamos perdidos?

—Para nada —respondió Alberto—, ¿en todo el tiempo que llevas conmigo cuándo nos hemos perdido?

—Jamás —respondí riendo con algo de sarcasmo—, nunca ha ocurrido —dije y besé su mejilla.

Noté que Jorge estaba algo serio.

—¿Falta mucho para llegar? —preguntó Isabela.

—Prácticamente no falta nada —respondió Jorge mirándola a la cara—, según nuestro guía en treinta minutos estaremos allí, ¿por qué?, ¿ansiosa por llegar?

—Es que tu madre me ha ofrecido acompañarlos en el camper y me pareció buena idea, ya sabes, en caso de que necesite usar el baño.

Se produjo un breve silencio, a Jorge no pareció gustarle la idea, pero también me pareció curioso que ella afirmara que yo le había hecho tal propuesta, aunque también me generó la duda de si yo había dado a entender tal cosa con lo que le había comentado.

—Sí, claro —respondió Jorge—, es una buena idea, igual ya estamos por llegar.

—Yo iré contigo —dije.

Alberto me miró desencajado. ¿Qué tema de conversación iba a tener con Isabela?

—Bueno —dijo Jorge—, entonces sigamos.

Alberto e Isabela subieron al camper y se pusieron en marcha, Jorge y yo subimos a la camioneta y los seguíamos detrás.

—Jorge, hijo —le dije—, ¿pasa algo?

—¿Algo? —respondió—, ¿algo de qué?

—Con Isabela.

—No, no pasa nada, ¿por qué? —respondió—, ¿te ha dicho algo?

—No, no me ha dicho nada.

—¿Entonces qué te hace pensar que pasa algo?

—Pues no sé, solo me lo pareció.

—No, no pasa nada, mamá.

Nos quedamos en silencio un rato, pasamos frente a una edificación con fachada rustica que tenía un letrero que rezaba ”Motel Oasis” junto al cual se encontraba una estación de servicio y lo que parecía ser un pequeño restaurante llamado “Montecristo”. Me pareció curioso que no nos detuviéramos allí, ya debíamos estar muy cerca.

—Mamá… —rompió el silencio Jorge, parecía dudar lo que iba a decir.

—¿Qué ocurre? —respondí al ver que no terminaba de hablar.

—No, no es nada, olvídalo —dijo.

—Vamos, Jorge, dímelo, dímelo —dije—, ¿qué ocurre?

—Es solo una tontería, algo que me causa curiosidad —dijo.

—¿Qué?

—Bueno, seguramente debes saber ya que eres mujer y has pasa por uno —dijo ahora usando un tono casual—. ¿Crees que el embarazo pueda hacer que se pierda el deseo? —preguntó.

—Entonces era eso, eh, ¿qué ocurre?, ¿Isabela no ha estado dispuesta últimamente? —respondí calmada—. Es perfectamente normal que durante el embarazo una como mujer atraviese etapas donde el deseo aumente o se desaparezca por completo. En mi caso fue al revés, le pedía a tu padre que lo hiciéramos todo el tiempo.

Jorge se puso algo incómodo.

—Jaja tranquilo, hijo —dije sonriendo—, disculpa por esa última aclaración, ya sabes como soy hablando, pero quédate tranquilo, tienes que darle algo de tiempo a Isabela.

—Sí… no pasa nada —dijo y guardó silencio mientras mantenía su mirada fija en la vía.

—¿Qué pasa?, ¿es que temes que ella ya no sienta nada por ti? —pregunté—, sí es así estoy segura que te equivocas, ya se le pasará y será ella misma quién te busque.

—Mira, mamá, la verdad no sé sí quisiera hablar de esto, pero muchas gracias.

—Vamos, Jorge, soy tu madre, por favor, no tienes que apenarte, puedes conversar conmigo de lo que sea —dije—. Ya de por sí sé que eres bastante reservado con tus propios amigos y sé que tu padre tal vez no sea la persona más abierta para hablar de estas cosas, por lo que me tienes a mí para escucharte, no te juzgaré.

—No es que sea reservado, es que no creo que uno deba hablar sobre problemas maritales con otros hombres, me parece ridículo confesarle a otro sujeto que las cosas no marchan bien en la cama, ni siquiera a los amigos. Me parece que es casi como una invitación a que se inmiscuya, un tipo de oferta inocente para que intenten aprovecharse de la situación.

—Ay Jorge, por dios —dije riendo—, que desconfiado eres, eh. No creo para nada que Isabela te vaya a ser infiel, ella está enamoradísima de ti, estoy bastante segura.

—No es eso, mamá, es que desde que nos enteramos del embarazo prácticamente no lo hemos hecho, nada de nada, y con esto de la adquisición he estado lidiando con demasiado estrés en el trabajo, es casi un milagro que me hayan permitido irme de vacaciones, me dejaron venir porque las había solicitado con mucha antelación, y aún con eso estoy poniendo en riesgo mi posición dentro de la firma, pero no aguantó más, la paja no es suficiente, no me satisface, y pronto se sumará el estrés adicional de la niña y seguramente Isabela aún menos tendrá deseo de hacerlo conmigo, es frustrante y ya no sé qué hacer.

Luego de desahogarse de esa forma Jorge se quedó en silencio y yo también dejé de sonreír. No lo había visto mostrar su descontento de esa forma desde que era un niño.

—Cariño, no sabía que te sentías de esa forma —dije—. Discúlpame.

—No, mamá, discúlpame tu a mí —dijo arrepentido—, no debía decir nada de esto. Fue inapropiado y estuvo fuera de lugar.

En ese momento nos encontrábamos llegando a nuestro destino, el camper comenzó a estacionarse y Jorge estacionó la camioneta a un lado.

—Jorge, hijo, no fue para nada inapropiado —le dije—, comprendo perfectamente tu situación.

Vimos que Alberto e Isabela bajaban del camper y esperaban por nosotros.

—Por favor, mamá, ¿podemos olvidar esto? —dijo Jorge—, por favor.

—Está bien… —dije poniendo me mi mano sobre su pierna—, como te sientas cómodo cariño. De igual forma soy tu madre y estoy para ayudarte, no está mal que lo hayas dicho, cuenta conmigo para desahogarte sí lo necesitas.

Jorge me miró a la cara por primera vez en toda la conversación y se produjo un silencio entre incómodo y tenso, entendí entonces que mis palabras podían interpretarse de otra forma y retiré mi mano de su pierna.

—Lo siento —dije apresuradamente—, no quise decir que…

—Lo sé —alcanzó a interrumpirme—, obviamente lo sé, mamá no tienes ni que mencionarlo. Por favor, olvidamos esta conversación, ¿quieres?

—Sí, de acuerdo —respondí.

Ambos bajamos de la camioneta.

—¿Qué ocurre? —dijo Alberto—, ¿todo bien?

—Entonces, este es el lugar —dijo Jorge.

—Sí —respondió mi esposo—, ¿magnifico no es así?

—Es muy bonito —dijo Isabela.

—¿Bonito? —replicó Alberto—, es el mejor lugar del mundo.

—Está bien amor —dije abrazándolo de un costado—, es tal como dijiste.

Frente a nosotros se encontraba un lago inmenso rodeado por montañas y árboles, era un lugar de hermosísimo, tranquilo y poco frecuentado por turistas.

En ese momento la abrumadora belleza del paisaje y la dicha de haber llegado a nuestro destino después de un largo viaje me hizo olvidar por un segundo lo ocurrido con Jorge y pensar que había valido la pena venir. No podía haber previsto lo que estaba por desatarse.

—¡Ya casi va a estar! —gritó Alberto con una sonrisa de genuina felicidad en su rostro mientras volteaba la carne en el asador.

—Ay, sí, por favor, ¡que tengo mucha hambre! —dijo Isabela desde la silla.

Yo me encontraba a su lado, sentada en otra silla mirando hacia el lago. Tomé el último trago de la cerveza que estaba bebiendo y se me antojó ir al baño.

—Ya vuelvo —dije.

Caminé hacia el camper y antes de entrar me asomé al otro lado, donde se suponía que Jorge estaba armando las tiendas de acampar en las que pasaríamos la noche. Las tiendas se encontraban ya armadas, pero no vi a Jorge por ningún lado, decidí ir primero a orinar antes de buscarlo. Entré al camper y al abrir la puerta del baño encontré a Jorge con el bermudas y bóxer por los tobillos, con una lata de cerveza en una mano y con la otra jalándosela, tenía el rostro enrojecido, se sorprendió al verme y rápidamente se detuvo y usó la mano con la que se estaba masturbando para ponerla nerviosamente sobre su muslo, lo que de manera contraproducente provocó que fijara mi mirada en lo que pretendía tapar con ella, y noté que se trataba de una de mis bragas.

No dije nada e intenté salir, pero Jorge se puso rápidamente de pie y tomándome del brazo me tiró hacia dentro. Rápidamente se inclinó para poner la lata de cerveza sobre el váter y luego cerró la puerta del baño.

—Puedo explicarlo —dijo.

Yo me había quedado inmóvil pegada contra la pared, apenas y cabíamos los dos en el angosto baño, sentía su miembro punzándome el vientre.

—Jorge —le dije—, ¿Qué ocurre?

Por un segundo pasó por mi cabeza la posibilidad de que mi hijo me fuese a tomar en contra de mi voluntad. No sabía cómo reaccionar ante eso.

—Mamá… —dijo subiéndose las bermudas—, por favor no digas nada —hizo una breve pausa—, maldita sea… estoy muy mal y lo sé, no debí tomar esto —dijo poniéndome la braga a la altura de mi cara—, es que... fue lo primero que vi, no estaba pensando en ti ni nada, solo estaba…

—Está bien, Jorge —dije con un semblante serio—, no pasa nada, lo que sí ha estado muy mal es que me hayas tomado de esta forma. Soy tu madre —sentencié.

Nunca había tenido motivos para reprenderle cuando era un crio, pero ahora, aunque me resultaba sumamente difícil asumir esa posición, especialmente dadas las circunstancias, estaba haciéndolo con firmeza.

Lo había dejado apenado y enmudecido. Le quité la prenda de la mano.

—Ahora márchate, tengo que usar el baño —dije.

Abrió la puerta, tomó la lata de cerveza y luego se fue aún con una notoria erección bajo el bermudas. Yo cerré la puerta, me bajé él short y la bombacha y me senté en váter. Estaba mojada y excitada, vacié mi vejiga y luego me metí dos dedos pensando en él. No puede aguantarme; mi propio hijo me había puesto cachonda. Imaginé todo lo que pudo haberme hecho allí, en el baño del camper, con ese pedazo de polla.

Hacía mucho tiempo que no me corría de esa forma. Luego me tuve que poner la braga que había estado usando Jorge para masturbarse, más por necesidad y practicidad que por cualquier otra cosa, pero a decir verdad, también me resultaba algo excitante.

Dejé la bombacha que había estado usando en un bolso que había traído para la ropa usada y luego volví afuera. Jorge se había sentado junto a Isabela, mientras que Alberto ya se encontraba sirviendo el asado. Me acerqué y nos reunimos todos a comer y charlar. Al principio Jorge estuvo algo callado, luego comenzó a intercambiar palabras con su padre, con alguna que otra intervención de Isabela, y yo decidí aprovechar para hacer lo mismo que ella y preguntar a Jorge algunas cosas referentes a la conversación, fue algo tenso al principio, pero a medida que la charla se fue desenvolviendo naturalmente dicha tensión fue desapareciendo, había sido una forma de hacer las paces.

Ya casi acercándonos al atardecer comencé a sentirme algo animada, también un poco motivada por el alcohol, y me puse a bailar con la música de los ochenta que sintonizaba la radio.

—Oh, cariño —exclamó Alberto—, hacía tiempo que no te veía así.

—¿Cómo? —pregunté sin parar de bailar.

—Salvaje —respondió.

Isabela sonrió al escuchar lo que decía Alberto, también parecía gratamente sorprendida con mi actitud.

—Con que salvaje, eh —dije.

Sí estaba algo eufórica, debo admitir, de otra forma no me hubiese quitado la franelilla que llevaba puesta, dejando que solo fuera el brasier deportivo que tenía puesto el que cubriera mis modestos senos.

—¡Vaya! —exclamó Alberto aplaudiendo y vitoreando—, ¡pero qué mujer!, ¡qué mujer!

Isabela se veía aún más sorprendida. En cuanto a Jorge, cuando volteé a mirarlo me di cuenta de que silenciosamente me veía como un tigre ve a su presa, de arriba abajo y de bajo a arriba, sin quitarme los ojos de encima.

De esa forma, sin que mi esposo y mi joven nuera sospecharan lo que en realidad ocurría, baile para él sin que me quitase nunca los ojos de encima. Me calentaba con la idea de que tuviera una erección viéndome en ese momento, tenía ganas de acercarme para palpar con mis propias manos sí era así.

—Se acabó la cerveza —dijo Alberto.

—Mejor así, creo que ya todos han bebido mucho —respondió Isabela.

Todos sonreímos.

—Iré a por más —dijo mi esposo—, el restaurante está cerca.

—Deja —respondió Jorge—. Yo iré.

—Trae unos cigarrillos también —dijo su papá.

Jorge asintió.

—¡Te acompaño! —dije apresuradamente—, para que no vayas solo —acoté.

—¿En esas fachas? —preguntó Alberto en tono de broma.

—Cálmate, iré a ponerme algo —respondí—. Ve encendiendo la camioneta, en un segundo te alcanzó —le dije a Jorge sujetándolo del hombro.

En ese momento lo miré a los ojos y luego bajé rápidamente la mirada. Lo vi algo desencajado, pero creo que sentía la misma picara complicidad que yo estaba sintiendo. Entré al camper y me puse una sudadera deportiva que había traído.

—¿Qué estaba por pasar? —me preguntaba—. ¿A qué se debe la sensación que estaba teniendo, esa emoción, ese subidón de adrenalina?, ¿iba realmente hacer algo con Jorge?, ¿estaba deseando que pasara algo sexual con mi propio hijo?, ¿qué había provocado tal deseo?, ¿era mi rol de madre lo que me hacía querer ayudarlo, incluso sí se trataba de complacerlo sexualmente, de ayudarlo a desahogarse?, ¿era acaso todo ese alcohol que había ingerido?, ¿en realidad había bebido tanto?, ¿o es que no quería admitir que me había gustado su polla y que aquella escena el baño había despertado en mí la lujuria? No tenía ninguna respuesta, pero igual iría con él. Aunque no lo admitiera, lo que fuera a pasar lo estaba dejando en manos de Jorge.

Subí a su camioneta y condujo primero en reversa para regresar a la carretera, y luego se puso en marcha en la misma dirección por la que habíamos llegado. Nuevamente nos encontrábamos solos en el auto, habían pasado solo seis horas desde entonces y la situación ya era completamente distinta.

—Tu padre está muy feliz con este viaje —dije para romper el silencio.

—Sí, al parecer a ti también te ha venido bien —dijo él—, lo digo porque como te vi bailando, se te nota bastante animada.

—Lo estoy —dije—, ahora que lo mencionas, noté cómo me mirabas mientras lo hacía.

Jorge se quedó mudo. No supo qué decir y lo entendía, es decir, ¿acaso me había vuelto loca?, ¿qué estaba pasando? Mi comportamiento había sido incoherente, ni yo misma me entendía. Por suerte llagamos al lugar, Jorge estacionó en el restaurante.

Bajamos del coche y entramos al establecimiento. Estaba vacío. Nos acercamos a la barra donde se encontraba una señora mayor que yo, Jorge pidió las cervezas, hielo y cigarrillos; la señora preguntó de dónde éramos, hablamos un poco con ella y una vez nos terminó de vender lo que queríamos regresamos a la camioneta.

Jorge conducía de regreso, nos manteniamos en silencio y yo comencé a mirarlo haciendo que volteara a verme.

—¿Ocurre algo? —dijo.

Guardé silencio, no paraba de mirarlo, volteó nuevamente a mirarme y pareció comprender mi deseo, llevé mi mano a su entrepierna.

—Espera, espera —dijo y detuvo la camioneta.

Comencé a sacarle el bermudas para liberarle la polla, estaba ansiosa por mirarla otra vez. Al bajarle los calzones la vi erguirse, no era especialmente larga, aunque sí algo gruesa, tenía el vello bien recortado que le daba un aspecto aseado. La sujeté y noté que sus huevos eran enormes y que le colgaban holgadamente, en mi vida había visto algo así, no pude sino irme de lleno sobre ellos.

—Mmmmm —lo escuché gemir—, Dios, sí… eso, eso…

Le estaba comiendo los huevos a mi hijo, no me explicaba cómo es que habíamos llegado eso, pero era tremendamente excitante, tanto o más que los momentos más calientes que había llegado a vivir con Alberto. Mi entrepierna estaba en llamas.

Después de lamerle bien los testículos comencé a devorarle la polla, que ya notaba en éxtasis. Desesperado Jorge comenzó a sujetarme de la cabeza, y de forma rustica me empujaba hacia abajo contra su miembro, lo que me hacía tragarlo incómodamente.

—Mmmmmm ahhhh… ahhh… mmmm… —gimió entre espasmos mientras me llenaba la boca de esperma. Era mucha, se había corrido a lo grande.

Recobré mi posición en el puesto del copiloto y él se arregló un poco el bermudas, dejándoselo a medio subir, con la polla fresca aun afuera. Luego puso en marcha nuevamente la camioneta y yo escupí el exceso de semen por la ventana.

Al llegar abrió la puerta y cubriéndose tras ella se comenzó a ajustar el bermudas con la mirada puesta en Isabela y su padre.

—Muchas gracias, mamá, no sabría cómo agradecerte —dijo.

—Ha sido un placer —dije sonriendo—, solo que me has dejado con las ganas de algo más —añadí.

Me miró sorprendido. Creo que había interpretado la situación como sí yo le estuviera ayudando, cuando en realidad ya me había admitido a mí misma que esto había ocurrido porque yo lo deseaba, quería la polla de mi hijo adentro de mí, solo que tal vez ya no era el momento para que eso pasara.

Nos reunimos con los demás y continuamos charlando hasta que se hizo de noche. No pasó más nada atrevido, aunque estuve jugando con la idea de bajar la cremallera de la sudadera y volverme a exponer, sino fuera porque el frio de la noche lo hacía injustificable, seguramente lo hubiese hecho.

—Bueno, creo que ha llegado la hora de irnos a dormir —dijo Alberto—. Mañana empieza lo bueno, bajaré el bote e iremos a dar un paseo.

—Buenas noches, Sr. Alberto —dijo Isabela—, buenas noches Rosa.

—Buenas noches, Isabela —respondí—. Descansa.

Jorge e Isabela se fueron a su tienda y Alberto y yo nos fuimos a la nuestra, había como cuatro o cinco metros de separación entre una y otra. Al acostarme Alberto me abrazó y me acercó hacia su pecho.

—Has estado muy animada el día de hoy —dijo—. Te dije que era un lugar especial.

La tenía dura, no podía culparlo, era un momento ideal para tener relaciones, el único problema es que mi mente vergonzosa estaba pensando que quería hacerlo con Jorge, así que me subí sobre Alberto para cumplirle la fantasía, es lo menos que podía hacer por él.

Me sujetaba las tetas mientras lo montaba, Alberto tenía el pecho peludo, usualmente disfrutaría del tacto pasando mis manos por su vello, pero esta vez no, Jorge no tenía nada en el pecho, así que esta vez dejaba las manos fijas, simplemente apoyándome mientras me encajaba su verga hasta corrernos los dos.

—Mmmmm ahhhhh —gimió pasando sus manos por mis tetas.

—Ah… —solté un gemido ahogado casi contenido—, Jorge… —dejé escapar y me corrí.

Por bajo que lo haya dicho me pareció que Alberto llegó a escuchar la mención a nuestro hijo, pero no mencionó nada al respecto. Me tumbé a su lado y nos quedamos dormidos.

Cuando desperté por la mañana lo hice con la sensación de haber despertado de un sueño, como sí todo lo ocurrido el día anterior no hubiese pasado. Ojalá hubiese sido así, desearía no haberme dejado llevar por mis impulsos más primarios y sentirme algo abochornada por haberle comido la polla a mi hijo, lo había hecho además como una puta de esas de las que recogen en la calle para brindar un servicio rápido; una mamada, en mi caso con lamida de huevos incluida y a cuenta de la casa. Me acordaba y me calentaba, debida dejar de pensar en aquello, el día apenas comenzaba.

Vi a Alberto y a Jorge bajando el bote del techo del camper y me di la tarea de preparar unos sándwiches para todos.

—¿La ayudo? —preguntó Isabela.

—Sí, mamita —respondí—, hazme el favor y busca el queso, por favor, lo he olvidado en la nevera.

Una vez los hombres bajaron el bote y lo dejaron listo para irnos de paso, nos sentamos a desayunar. Partimos luego, no iba a ser un viaje largo, pero el plan era hacerlo a primera hora de la mañana para regresar a la hora del almuerzo.

Yo iba sentada junto a Alberto y Jorge e Isabel estaban al otro lado. Verlos uno al lado del otro no despertaba en mi ningún tipo celos o aversión, al contrario, me generaba culpa; era una joven y hermosa pareja, iban a traer una niña al mundo y tenían todo un futuro por delante, cómo podía yo, siendo su madre, haberme metido en su matrimonio; ¿estaba siendo yo no solo una mala madre sino también una mala mujer? Sinceramente mi comportamiento era reprochable, así me lo parecía, pero cuando volvía escuchar hablar a Jorge sentía la imperiosa necesidad de sentarme sobre su cara y pedirle que se callara, que se callara porque su voz no hacía sino despertar en mi algo que pensaba que estaba muerto. ¿Estaba comenzando a sentir algo romántico por mi propio hijo?, estaba segura que no, que solo era lujuria y morbo, no podía imaginármelo como algo que no fuera mi hijo, no obstante, no paraba de pensar en que más temprano que tarde lo tenía que tener entre mis piernas.

Los puntos que había acumulado con Alberto por haberle tolerado muchas cosas y haber sido una esposa ejemplar, así como la abstinencia sexual de Isabela, me conferían una licencia tácita para poseer a mí Jorge por al menos un breve periodo de tiempo, todo esto lo hacía valido y justificado; él necesitaba desahogarse sexualmente y yo necesitaba apagar esa lujuria infinita que en mí se había despertado, y había confirmado en mi interior que solo la consumación del pecado del incesto entre él y yo acabarían con lo que habíamos iniciado.

Después de un paseo por el lago que se nos hizo largo a todos menos a mi esposo, regresamos a nuestro punto de partida.

—Bueno… —dijo Alberto—, ¿qué les parece sí vamos a almorzar al Montecristo?

—Pero vamos en la camioneta —dijo Jorge.

Los cuatro subimos en el vehículo, hombres adelante y mujeres atrás. Llegamos al lugar y nos atendió la misma señora de la vez anterior, nos quedamos un largo rato en el restaurante y luego volvimos al lago.

Entré al camper, me quité la ropa y busqué una bikini nueva que me había comprado, tenía un estampado como de cebra, pero era de color naranja y negro.

—¿Qué tal? —dije sonriendo al salir del camper.

Llevé mis manos a la cintura y giré levemente la cadera como lo hacen las modelos.

—¡Vaya, vaya! —dijo Alberto—, pero mira nada más que espectacular está mi mujer.

—Tu mamá se ve muy bien para su edad —escuché que dijo Isabela a pesar de que bajó su tono de voz.

Jorge no dijo una palabra, pero me veía con agrado. Gracias a Dios gozaba de buena genética, a mis cuarenta y ocho años aún estaba bastante firme. Yo era de baja estatura, caderas anchas y piernas levemente voluminosas, tenía un cuerpo de mamá, pero bien conservado.

Jorge y Alberto se encontraban usando sus bañadores e Isabela lucía su hermosa barriga con una bikini color blanco.

—Mañana es el último día, papá —dijo Jorge mientras nos introducíamos lentamente al lago—. ¿Qué tienes pensando hacer?

—Es una sorpresa —respondió Alberto.

—Con que una sorpresa, eh —dijo Jorge tomando un trago de cerveza y volteando a mirarme.

Se comenzó a hacer habitual que Jorge y yo intercambiáramos miradas de forma regular. Charlamos un buen rato sobre lo que vendría después del nacimiento de la niña y luego salimos del lago. Alberto se llevó a Jorge a dar una vuelta por el bosque y me quedé junto a Isabela.

—Solo cuatro meses —dije mirándole la barriga.

—Sí —dijo sonriendo.

La vi emocionada y recordé cuando estaba embarazada de Jorge, a diferencia de ella en mi caso fueron meses en los que no podía parar de coger, fue incluso estando embarazada cuando dejé que Alberto me hiciera la cola por única vez, a él le gustó mucho, pero yo decidí que no repetiría jamás. Cuando finalmente nació Jorge mis senos estaban enormes y él se encargó de secármelos. La tarde estaba llegando a su fin, Alberto y Jorge debían estar por volver, y yo deseaba usar cualquier pretexto para escaparme con Jorge y hacer que devorara mis pechos como entonces.

Justo antes de que llegara la noche aparecieron.

—¡Volvimos! —dijo Alberto.

—¿Nos extrañaron? —preguntó sonriente Jorge.

—Cómo es posible que nos hayan dejado aquí solas durante tanto tiempo —dije.

—No te alteres, Rosa —dijo Alberto y me propinó una nalgada—, estaba pasando a Jorge una tradición familiar.

—Jum… —dije.

—¿Dónde está Isabela? —preguntó Jorge.

—Está en el baño —respondí.

Mientras Alberto se alejaba, Jorge aprovechó para acercarse por detrás y meter su mano por dentro de la parte trasera de mi bikini, la metió completa, pasándola entre las nalgas y luego llevando sus dedos a mi coño.

—¿Me extrañaste? —me susurró al odio.

—Ujummm —dije asintiendo con la cabeza mientras me mordía el labio.

Estaba que le rogaba a Jorge que me follara allí mismo, me tenía cachondísima.

—Nos van a ver —dije.

La puerta del camper se abrió y Jorge sacó rápidamente su mano de mí. Isabela salió y Jorge lavó su mano con agua del termo. Imagino que para quitarse el olor de mi coño.

Yo estaba completamente caliente, solo quería abrir las piernas y que mi hijo me penetrara, quería tener esos enormes huevos chocando contra mí.

—Papá, mañana salimos a primera hora, ¿no es así? —preguntó Jorge.

—Así es —respondió Alberto.

—Entonces iré a cargar el tanque de la camioneta —dijo Jorge.

—¡Magnificó! —pensé.

—¿Acabas de llegar y vas a volver a salir? —dijo Isabela.

Jorge la besó en los labios.

—Mañana salimos temprano y el tanque está casi vacío —dijo Jorge—, será rápido, en un momento estaré aquí.

Mientras Jorge iba por las llaves, yo salí como una bala hacía el camper a ponerme un short y una franelilla. No quería levantar sospechas, pero no podía dejar pasar esa oportunidad. Salí del camper y fui hacia la camioneta, Jorge se había retrasado adrede para esperarme. No le mencioné a nadie que lo acompañaría, simplemente me subí a la camioneta y nos fuimos. Miré y vi que Isabela y Alberto estaban distraídos, ni siquiera habían notado que me había ido con él.

—Jorge, hijo, no aguanto más —le confesé—, necesito tu polla.

Le comencé a quitar el bañador.

—Espera —dijo con firmeza.

—¿Qué pasa? —pregunté.

—Nada… —dijo—, solo aguanta un poco.

Conducía a toda velocidad hasta que vimos el letrero nuevamente: “Motel Oasis”. Bajamos de la camioneta y pidió una habitación. Era un mono ambiente que contaba con un baño, una cama matrimonial, un televisor, un aire acondicionado y un teléfono para el servicio a la habitación.

—Jorge… —dije, pero no me terminó de dejar de decir nada cuando me tumbó sobre la cama y luego comenzó a desnudarse.

Rápidamente me quité la franelilla, el short y me desprendí del traje de baño. Abierta de piernas le mostré mi sexo, como exhibiéndoselo. Él se desvistió y quedó desnudo frente a mí, su polla palpitaba y sus grandes testículos le deban una asombrosa y notable apariencia de virilidad.

—Tienes el coño gordo —me dijo— tal como me gustan.

Ruborizada sonreí, me había encantado que me halagara el coño.

—Menos mal que te gusta —le dije—, de allí saliste tú.

Me besó.

—¿Cómo me quieres? —le pregunté, me sentía emocionada y ansiosa.

Jorge se acercó y tomándome de la cintura me dio la vuelta y se fue sobre mí, besándome el cuello y la espalda, bajando… bajando hasta la línea que divide las nalgas.

—Mmmmmm —sentí su nariz rozándome la piel y los besos de sus labios en mis nalgas mientras hundía un par de dedos dentro de mí. Dios divino, era lo más caliente que me hubiese pasado nunca.

Me dejó recoger mis piernas y quedé sosteniéndome sobre mis rodillas, levantando el trasero y con el cuerpo tumbado hacia adelante y el rostro apoyado en la cama.

—Mmmmmm… ah… sí… —gemí al sentir que me la metía desde atrás.

Me sujetó de la cintura y ejercía presión hacia abajo mientras mi culo se elevaba para que me penetrara hondamente. Cerré los ojos, se escuchaba el rechinar de la cama, la vibración del colchón, el choque de nuestros cuerpos y mis propios gemidos.

Tasss… tasss… tasss… tasss…

—Mmmm… Mmmm… sí… bebé… así…

Sentía como sus huevos reposar sobre mi sexo cada vez que me la clavaba. Luego comenzó a darme más suave mientras pasaba sus manos por mi espalda y me besaba y mordisqueaba los hombros.

Cambiamos de posición luego, poniéndome yo arriba. No paraba de magrearme los senos entonces y de jugar con mis pezones.

—Mamá… —dijo—… mierda… no sé qué decir, esto es jodidamente excitante… ah…

Llevó sus manos a mi trasero, metiendo sus dedos entre mis nalgas y después se vino arriba, me abrazó y me dejé llevar por su peso para dejarlo estar a él nuevamente arriba, esta vez de frente. Me dio un beso en la boca en el cual nos dejamos llevar por la lujuria y el deseo, luego me abrió las piernas sosteniéndome de la parte baja de los muslos y me enterró toda su polla.

—Mmmmm… Dios… sí… que rico… —no podía parar de gemir, me lo estaba pasando como nunca.

Luego con una de sus manos me sujetó el cabello desde arriba y con la otra me sujetó de la mandíbula, me besó en los labios y después puso su frente sobre la mía, alineando nuestras narices, nos vimos uno al otro, por un momento solo podía ver sus ojos y yo supongo que él los míos, eran los mismos ojos.

Tuve un orgasmo intensísimo.

—Ahhhhhh… ah…

Mi coño palpitaba. Me dio unas últimas embestidas.

Tasss… Tass… Tas…

—Mmmmm… —gimió él—, mmmm… mamá… mmmm…

Presionó sus ojos y se corrió en mí.

—Jorge… hijo… —dije y lo besé.

Cualquier duda o cuestionamiento sobre lo que habíamos estado haciendo había desaparecido. La lujuria y el morbo se habían transformado en otros sentimientos y el acto que acabábamos de consumar no hacía sino estrechar nuestro lazo de madre e hijo, nos habíamos proporcionado un goce el uno al otro que se encontraba prohibido para alguien con nuestro tipo de relación.

Con algo de cinismo tuve el pensamiento un poco retorcido de la perfección de nuestro encuentro, era como sí su polla, sus manos o sus huevos estuvieran hechos justo a la medida para satisfacerme a mí y de que, seguramente sí yo se lo preguntaba, él me respondería que mi coño, mis nalgas y mis senos no eran sino los ideales para que él también pudiera conseguir el máximo goce posible.

—Dios… mamá… —me dijo—, esto es otra cosa, nunca había sentido algo así.

No faltó preguntárselo, me había contestado.

—Debemos volver —le dije mientras pensaba cómo hacer para poder darle continuidad a lo nuestro.

Nos vestimos, pagamos la habitación, llenamos el tanque y regresamos. Nos habíamos tardado algo más de una hora, era demasiado para solo ir a cargar el tanque.

—Ya llegaron —dijo Alberto—, ya me estaba comenzando a preocupar, pensé que podía haberles pasado algo.

—¿Por qué han tardado tanto? —preguntó Isabela.

La verdad es que no sabíamos qué decir, no habíamos preparado ninguna coartada, tampoco es que hiciese falta una, éramos madre e hijo.

—Paramos un momento en el restaurante —dijo Jorge—, se me antojó comer una de esas tortillas.

No se dijo nada más al respecto, no hacía falta, no había motivos para cuestionar nada. ¿Quién se atrevería a pensar que madre e hijo habían pasado el mejor momento de sus vidas follando un motel en el medio de la nada durante unas vacaciones familiares?

—Rosa —me dijo Alberto por la noche, estando acostados ya en la tienda de acampar—, ¿exactamente qué es lo que está pasando entre Jorge y tú?
 
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