Mi nombre es Adán, tengo veinticuatro años, trabajo como publicista y provengo de buena familia. A pesar de que no somos precisamente ricos nos la hemos arreglado para estar siempre acomodados. Me gusta vestir bien, comer en los mejores lugares, practicar tenis y disfrutar de las mujeres.
—¿Lo estoy haciendo bien?—dice mi prima Nora sacándose mi polla de la boca.
He aprovechado que no hay niños corriendo por toda la casa de mis tíos para subir y encerramos en su habitación.
—Sí, prima —digo aunque realmente es la mamada más torpe que he recibido en mi vida—. Sigue así.
Nora tiene dieciocho años, es regordeta y de pecho bondadoso. Su experiencia sexual es nula. Lleva puesto un bonito vestido con estampado floral.
He aprovechado que ambos nos quedamos “casualmente” solos para acercarme a ella y seducirla. No fue difícil porque conozco la naturaleza liberal de los miembros de mi familia y la forma despreocupada en la que abordamos el sexo. A los hombres nos gusta coger y a las mujeres ser cogidas y aunque guardamos las apariencias no dudamos en acostarnos con quien queramos.
De los mayores de edad Nora es la única sin experiencia. Esto es así por ser un poco menor y porque todos los otros primos, siendo que somos muchos, hemos tenido siempre alguna prima con la cual juntarnos en las reuniones familiares. Yo, por ejemplo, usualmente lo hago con su hermana Ana al punto en el que llegué a dudar sí su hija era mía. Ana es muchísimo más diestra que Nora, algo que no es de extrañar pues ambos somos de la misma edad y prácticamente iniciamos en el sexo cogiendo entre nosotros; empezamos con toqueteos mientras todos los primos jugábamos en la piscina; yo no paraba de buscar excusas para manosearla bajo el agua y terminamos en mi habitación cogiendo como los inexpertos que éramos en ese entonces mientras el resto seguía distraído en la piscina; sin embargo hoy se me hizo especialmente apetecible la timidez de Nora, razón por la cual no dudé en abordarla al quedarnos solos.
Mientras Nora juega con mi polla miro por la ventana que da al frente de la casa y veo llegar una camioneta negra que se estaciona al frente. Del asiento trasero se baja mi queridísima madre Rebeca. Me brillan los ojos al verla.
Es una mujer de cuarenta y ocho años, de belleza seductora, piel bronceada, cabello oscuro, provocadores ojos marrones, tetas encantadoras; pecho y espalda llenos de hermosas pecas, caderas pronunciadas y un trasero igual de ancho levemente levantado. Aparentaba ser tres o cuatro años menor de lo que era.
Estoy enamorado de ella. Sí, enamorado. La romantizo de una forma platónica, no la veo solo como una madre sino también como el modelo de mujer con la que podría casarme. Está buenísima y siempre me la he querido coger.
Tenemos una gran relación y hablábamos de cualquier cosa con confianza. Antes de dejar de vivir con mis padres, cuando mi padre aún estaba vivo, ella solía subir a mí habitación por las mañanas a despertarme, se sentaba a mi lado estando yo en boxers o en ocasiones incluso desnudo o con erecciones matutinas. Cuando eso pasaba me cubría con la sabana y sin ninguna incomodidad hablábamos un poco sobre lo que yo tenía pensado hacer en el día o cosas por el estilo. Me gusta el hecho de que con ella puedo hablar de cualquier cosa y mostrarme tal como soy.
En una ocasión de esas en las que subía a despertarme me preguntó sí ese día saldría con una chica que días antes le había presentado a ella y a mi padre. La chica en cuestión se llama Fabiana y era un par de años menor que yo. Era una chica hermosa, se parecía un poco a mi madre, solo que con proporciones más modestas, pero era joven y sumamente sexual. Tenía que apartarla de mis amigos porque si no la abordaban como buitres. Yo le dije a mi madre que sí llevaría a Fabiana a cenar esa noche. Mi madre entonces me preguntó qué iba hacer luego. Sus intenciones eran claras, quería saber sí iba a pasar algo sexual. Ante sus indagaciones decidí respondí sonriendo—: ¿Quieres saber sí me la voy a coger?
—No me gusta esa chica —me dijo—. No creo que sea buena para ti.
—De que hablas, Fabiana es muy linda, ¿no la has visto? —le dije—. Y está dispuesta a darme todo.
—¿Qué es todo? —dijo con cierto desprecio—. Dime, ¿qué te puede dar una chica como esa?
Guardé silencio por un momento.
—El culo —le dije.
—Mmmmmm ya —me dijo como sí supiera algo que yo no.
Se fijó que mi erección se marcaba en la sabana.
—Tienes que ser más listo que eso, Adán —dijo deslizando su mano por la parte abultada de la sabana y luego levantándose.
Me quedé con la boca abierta y no dije nada ni una sola palabra. En ese momento solo quería tomarla y montarla sobre mi polla, pero era mi madre.
Ese día salí con Fabiana, la llevé a cenar y luego con las ganas que me había dejado mi madre me la enculé sabroso. Le abrí sus nalguitas y se la metí sin siquiera consultar. No se negó, nunca me decía que no, pero sí me hizo saber que le dolía. No me detuve hasta acabar. Luego no la vi más y tiempo después me enteré que salía con Lucían, unos de mis amigos al que además de las mujeres también le gusta chupar pijas. Su principal afición es chupársela a Alfonso en las duchas del gimnasio. Empezó como un juego inmaduro en el que todos comenzamos a burlarnos de él porque siempre hacía lo que Alfonso decía, pero al final el mismo Alfonso se puso de nuestro lado y ante la presión Lucían terminó cediendo frente a todos nosotros y comenzó a chupársela en los vestidores. Lo hizo sin asco y Alfonso le dejo todo el rostro encerado de leche, dejaron un desastre de esperma para el encargado de la limpieza. Nadie dijo nada y todos nos quedamos con una erección inocultable. Después de eso las bromas se acabaron, pero tras las jornadas en el gimnasio Lucían ha tomado el hábito de meterse bajo la misma ducha que Alfonso mientras este se baña y en silencio le hace un vaciado de huevos mientras todos hacemos como sí nada pasa. Por ese motivo no me pongo celoso cuando veo al bueno de Lucían tomado de la mano con Fabiana. La cual hasta ahora tiene el culito más delicioso con el que he tenido el placer de deleitarme.
De esa forma he logrado saciar el deseo sexual que tengo por mi madre, cogiéndome a hermosas chicas como Fabiana. Gracias al respeto que le tengo a mi madre y a mi difunto padre jamás me he masturbado pensando en ella, pero con mi polla aún en la boca de mi prima Nora me doy la licencia de dejar escapar fugazmente el deseo sexual reprimido que siento por ella mientras la veo por la ventana.
¿Quién tendrá el placer de montar a mi madre ahora que mi padre ya no está? ¿Quién tendrá el gusto de posar sus manos en sus caderas y el placer de enterrar su verga en ella? ¿Quieren heredará ese magnífico culo que tiene? Porque a fin de cuentas en algún momento alguien tendrá que hacerlo. Una mujer tan sensual y femenina como mi madre no renunciará al placer sexual solo así como así. Estas preguntas me excitan porque me permiten fantasear con la idea de ser yo quien lo haga.
Veo a Nora chupando y chupando. Me parece que ya está agotada de tener mi pene en la boca.
—¿Qué pasa Nora? —pregunto—. ¿Estás cansada?
—No, no —me dice sacándoselo—. ¿Es que acaso no te gusto?
—Pero qué dices, prima, sí eres preciosa.
—Como no te corres…
La miro con seriedad, la sujeto de la cabeza y la llevo a mi polla nuevamente.
—Cométela hasta los huevos —le ordeno.
Me mira sacada de tono. Le sonrío, entiende y comienza a mamar.
—Mmmmmmmmm —dice Nora al sentir que me descargo en su paladar.
Se echa para atrás expulsando mi miembro de su boca como sí lo estuviera vomitando. La tomé por sorpresa y se atragantó con el chorro de semen que solté en su lengua y garganta.
—Esplendido, Norita —digo mientras me guardo la polla y me subo el cierre del pantalón—. Lo has hecho muy bien. Búscame luego y te lo voy hacer pasar muy bien, ¿ok?
Nora sonríe halagada.
—Gracias primo —dice—. Aún soy virgen. ¿Sí sabes?
—Lo sé —le digo guardando mi polla en mi pantalón—. No traje a ninguna acompañante conmigo. Sí quieres búscame después de la boda y te haré mía toda la noche.
—Claro, claro —dice emocionada—. Por supuesto que lo haré, primo.
La dejo en la habitación y bajo a saludar a mi hermosa madre.
—¡Mamá! —digo abriendo los brazos.
La noto un poco angustiada.
Nos abrazamos. Me permito sentir sus senos en mi pecho. Toda ella huele deliciosa.
—Adán, hijo —dice serenamente—. Tenemos un inconveniente.
—¿Qué ocurre?
—La ceremonia empezará en unas horas y Anita me llamó para decirme que tu hermana tiene una crisis.
—¿Qué clase de crisis?
—No lo sé, pero no es momento de indecisiones. Quiero ir a ver qué le sucede, pero ya sabes cómo se pone cuando le digo las cosas. Augusto es un buen hombre, no le faltará nada estando con él. Debe madurar y tomar una decisión inteligente.
—Pensé que estaba enamorada de él —digo sorprendido.
—¡Y lo está! —dice mi madre—. Debe tratarse de los nervios o alguna tontería. Por eso necesito que vayas y hables con ella. No está tu padre ya con nosotros. Debes ser el hombre de la familia.
Siento que esta última frase levanta mi pecho por sí sola.
—Está bien, mamá, me encargaré. No te preocupes que voy a ir a hablar con ella.
Me subo a mi coche y me marcho en dirección a la casa de los padres de Augusto. Noto que la camioneta de mi madre viene siguiéndome.
Que hermosa que está mi madre. El paso del tiempo no solo la ha hecho una mujer más impaciente sino que también pareciera que la hace más atractiva. Ahora que mi querido padre ya no está con nosotros me la cogería sí pudiera. No me cabe ninguna duda de eso, pero tampoco me veo ligándomela. Tiene un carácter que sí bien es seductor, no es nada dócil ni coqueto. Incluso las conversaciones más liberales que he tenido con ella siempre ha mantenido un tono de compostura y formalidad que la hacen ver inaccesible.
Mi madre es una mujer que parece solo reír sarcásticamente. Se toma todo en serio y tiene un carácter que puede llegar a ser sofocante, pero al mismo tiempo el conocerla de esta forma es lo que me hace querer con tanto ahínco verla en su faceta sexual. El gusto que me daría verla sexualmente sometida y gritando por una polla al igual que cualquier otra mujer.
Siempre trato de no pensar en mi madre de esta manera, pero no sé qué me pasa últimamente que me cuesta no tener una erección sí la tengo cerca, es como sí mi polla tomara vida propia y quisiera meterse entre sus piernas.
Finalmente llego a la residencia. Es un casoplón, estos sí son verdaderos ricachones. Hago una seña al portero y me abre la reja. Estaciono al frente y veo que la camioneta de mi madre hace lo mismo.
Assim, el chofer marroquí de mi madre, baja de la camioneta para abrirle la puerta. Es un tipo serio y callado, debe tener treinta y tantos años. A pesar de ser cordial me parece que actúa como sí mi madre le perteneciera. Eso no me gusta.
—Voy a pasar —le digo a mi madre.
—Esperaré abajo —dice ella.
Me adelanto a mi madre y entro en la casa. Veo a empleadas caminar de un lado a otro con haciendo y llevando diferentes cosas. Es un día ajetreado. Sostengo a una de los hombros; la más bajita y bonita.
—¿Dónde se encuentra la novia? —le pregunto.
—Arriba —responde algo nerviosa—. En la puerta que está de frente al final del pasillo.
—Gracias —le digo y la suelto.
Veo que hay una mesa con bocadillos. Me acerco y tomo un biscocho.
—¿Qué pasa? —dice mi madre—. ¿Dónde está tu hermana?
—Estoy tomando un biscocho. Ya subo —digo tranquilo.
Mi madre me mira estresada. Yo entiendo que no estoy haciendo las cosas con la premura que ella quiere, pero no veo motivo para perder la calma, además… me encanta tenerla necesitando de mí.
—Ya voy, ya voy —digo—. Dame un momento.
Muerdo el biscocho y casi pierdo un diente. Está tieso, lo vuelvo a dejar sobre la mesa.
—No sé quién hizo esta piedra —digo—, pero va a poner aprueba la dentadura de los invitados.
—¿Puedes ir a hablar con tu hermana de una buena vez? Esta boda se está viniendo abajo y tú sigues con tus inmadureces.
—Mamá, no nos estamos casando nosotros. Ya sabrán ellos sí se casan o no.
Mi madre se acerca y frente a mi cara me regaña en voz baja—: A caso no ves lo obvio. Este hombre nos cayó del cielo. El trato que hizo con la compañía antes de que tu padre es lo que la ha mantenido a flote el último año. Lo sabrías sí en lugar de estar perdiendo el tiempo te estuvieras encargando de dirigir la compañía. Sí tu hermana no se casa con Augusto y él decide dejar de ser nuestro cliente o incluso cobrar el dinero que nos ha prestado vamos a perder todo.
Mi madre no me estaba revelando nada que no supiera. Lo que ella no parecía entender es que no estábamos en posición de forzar un matrimonio. Que simplemente habíamos tenido la suerte de que un ricachón se hubiera enamorado de Amanda. Nada más.
—Mamá…
—Ni te atrevas a decirme nada. Sube ahora mismo a hablar con tu hermana y a resolver esto.
—Está bien… iré —dije. A fin de cuentas no tengo nada que perder.
—Adán… —dice mi madre cuando me encuentro ya a punto de subir las escaleras—. Sí lo consigues… haré que valga la pena para ti también.
Me doy la vuelta y comienzo a subir las escaleras. Al llegar arriba me dirijo hacia la habitación que se encuentra al fondo del pasillo. La puerta está cerrada, toco y abro. Adentro está mi hermana sentada sobre la cama y María, quien es su amiga y maquilladora.
—Amanda —digo al entrar—, mi madre me pidió que viniera a verte.
Tiene los brazos cruzados y el ceño fruncido.
—Quiere cancelar la boda —me susurra su amiga.
Se supone que debería estar preocupado por la situación, pero realmente me estoy fijando en que María es de muy buen ver.
—Me darías un minuto para hablar con mi hermana —le digo sonriendo.
—Por supuesto —dice María devolviéndome la sonrisa.
La amiga sale de la habitación y cierra la puerta.
—Entonces… —finalmente me atrevo a decir—. ¿Qué es lo que ocurre?
—Augusto me fue infiel —dice mi hermana.
—¿Qué dices? —respondo haciéndome el sorprendido—. No lo creo.
—Sí, sí —responde angustiada.
—¿Qué te hace creer eso?
—Simplemente lo sé —me dice con el rostro enrojecido, parece que le va a estallar la cabeza—. Lo vi tonteando con una de las camareras. Se la folló a la puta esa. Estoy segura.
—Espera. Vamos a calmarnos y pensar fríamente.
—No puedo creer que me haya hecho esto.
—Tranquilízate, por favor, seguro que no es así.
—¡Claro que lo es! —dijo levantándose de la cama y caminando de un lado al otro de forma nerviosa.
—Amanda, vamos a calmarnos, es el día de tu boda.
—Me la va a pagar —dice casi gritando.
—¿De qué hablas?
—¡Cógeme!
—¿Qué dices?
—Sí. Cógeme, Adán, cógeme.
—¿De qué estás hablando? —digo como si nunca hubiese tenido esa tentación—, ¿acaso te volviste loca?
—Adán, déjate de tonterías, quiero que me la metas y me cojas como haces con todas esas chicas con las que sales. De verdad lo necesito, hermano.
Veo como mi mimada hermana se da la vuelta, se sitúa frente a la pared y se sube su vestido de boda dejándome ver unas bragas blancas y unas medias del mismo color que le llegan a medio muslo.
—¿Me vas hacer el favor? —pregunta girando su cabeza para mirarme.
Observo fascinado sus esplendidas nalgas, las tiene como una modelo de lencería. Al verlas solo puedo admirar su delicada belleza y me es imposible pensar que guardan un parentesco conmigo. Aún sí realmente eso lo que hace es ponérmela más dura.
—Entonces… —dice mirándome—. ¿Te animas?
Se nota que sabe el efecto que tienen esas nalguitas preciosas sobre los hombres. La obsesión del ricachón con mi hermana está perfectamente justificada. Su culito parece moldeado por ángeles.
Me bajo el cierre del pantalón y me saco la polla. La tengo más tiesa que el biscocho que probé en la recepción.
—Tu misma lo has pedido —digo tomándola por detrás—. Luego no quiero que estés diciendo que soy un cerdo.
Realmente me encuentro algo preocupado de que nuestra relación cambie para mal.
—Ay hermanito, claro que eres un cerdo —me dice sonriendo pícaramente.
Comienzo a comerle el cuello mientras manoseo muy bien sus nalgas. Esta es una ocasión irrepetible que debo saber aprovechar muy bien. Con mi hermana es diferente que con mis primas.
Acomodo mi pene en su coño, preparándome mentalmente para cogérmela. Lo había hecho con primas sin ningún tipo de pudor, pero en esta ocasión se trata de mi hermana pequeña.
—¡¿Todo bien ahí?! —escuchamos a María tocar la puerta.
Me quedo paralizado sujetando mi polla. La tengo ya con la punta entre los labios del coño de mi hermana.
—¡Espera afuera! —grita mi hermana—, ¡estoy hablando con Adán!
—¡Ok, amiga, cualquier cosa que necesites estoy parada acá afuera!
—Vamos, Adán, continúa, no pares.
Quiero pasarle el seguro a la puerta para asegurarme de que no van a sorprendernos cogiendo, sería un verdadero escándalo, especialmente en el día de su boda, pero al mismo tiempo ya la tengo casi adentro y siento que sí por alguna razón no se la meto en este momento la oportunidad se me puede escapar de las manos y eso sí que no lo puedo permitir bajo ninguna circunstancia. Ninguna.
Primero le meto la cabeza y siento como se dispara la adrenalina por todo mi cuerpo. Avanzo hasta meterle la mitad y veo como se muerde suavemente los labios, recibiéndome con gusto. Finalmente se la meto entera, haciéndola mía, deleitándome con la sensación que me proporciona el tacto con sus bellas nalgas.
Saco sus pequeñas tetas del vestido. Se las sujeto mientas comienzo darle caña.
¿Escuchará María sí comienzo a darle más duro? No sé y en este punto no es que me importe tanto, solo pienso en que me está gustando más enterrarle la polla a mi querida hermana que a cualquiera de las otras mujeres con las que he estado antes.
Poco a poco la voy desnudando, bajándole las medias al deslizar mi mano por sus muslos, despeinándola al sujetarla del cabello, besándola en las mejillas, tomándola del cuello y del rostro con mis manos haciendo que se le corra el maquillaje.
La alzo y la llevo hasta la cama donde salvajemente la termino de desvestir arrojando el vestido y sus prendas por toda la habitación.
Estoy casi sobre ella. La tengo completamente desnuda. Tiene el coño depilado y sus tetitas apuntando hacia mí.
Me desvisto también. La verga me palpita pidiéndome desesperadamente que la vuelva a poner adentro de ella. La beso en la boca, le meto la lengua, chupo sus labios, la beso en las mejillas, bajo al cuello donde la muerdo suavidad. Estoy en éxtasis.
Sujeto sus tetas con las manos y beso sus pezones, los chupo, los mordisqueo.
Bajo a través abdomen pasando mi nariz por todo su cuerpo y la beso en los muslos. Ella no para de sonreír y gemir. Está gozando.
Veo una vez más su coño. Hermoso, depilado, húmedo. Le meto dos dedos y con la otra mano le separo los labios del coño. Llevo mi lengua a su clítoris. Ella me toma de la cabeza y me empuja contra su vagina.
—Sí hubiese sabido que comes el coño así de bien, hermanito, hoy me estuviera casando contigo.
Cruza sus piernas envolviéndome y atrapándome como una araña. Me comienzo a preguntar sí también me la podré coger por atrás. Mi fetiche es el sexo anal y sería la guinda del pastel poder coronar haciéndome con esas hermosas nalgas.
—Amanda…
—No pares —dice gimiendo—. Sigue así que me está gustando.
No digo nada. La voy a matar de placer para que luego se deje hacer de todo. Continúo comiéndole el coño y hurgando con mis dedos en su interior.
—Dios, hermano, que rico, me gusta —dice con los ojos cerrados retorciéndose de placer—. Tú sí que sabes, hermanito, eres un amor.
Siento como se abren sus piernas, liberándome.
—Métemela —dice—. Fóllame como una puta, así como haces con Ana.
Me pongo de rodillas sobre la cama, frente a ella, sujetando sus piernas desde la parte baja.
Tengo la visión de sus tetas y de su abdomen que a pesar de su delgadez forma unos rollitos al estar levemente flexionado. También puedo ver su espectacular coño dilatado y más abajo su ano; impoluto, también depilado, llamando poderosamente mi atención como lo haría una línea de cocaína para un adicto.
Mi deseo es penetrarle el culo, pero se la meto en el coño y me tumbo sobre ella, juntando nuestras frentes y dejándola posar sus piernas sobre mis hombros.
La beso mientras se la entierro más. Comienzo a aumentar el ritmo. Poco a poco le voy dando cada vez más rápido hasta que alcanzo el punto que considero óptimo.
Entre el sonido de la penetración y que Amanda no para de gemir como zorra al otro lado de la puerta María debe estar sí o sí escuchando nuestra “conversación de hermanos”.
Comienzo a sentir que no aguanto más, que sí no se la saco la inundo de esperma. No estoy usando protección. ¿Qué hago?
Mi consciencia me dice que no debería hacerlo, pero el morbo de fecundar a mi hermana me comienza a ganar la partida.
Me dejo vencer y me vengo en ella. Lo suelto todo entre espasmo y espasmo hasta quedar completamente seco. Soy muy joven para un infarto pero siento que me va a dar uno mientras me corro en su apretado coño.
Finalmente le saco toda la polla y me dejo caer a su lado. Nos miramos a los ojos y me sonríe. Se encuentra satisfecha.
Consiguió lo que quería —vengarse de su futuro esposo— y lo hizo con mi ayuda.
Se inclina hacia delante y se tira sobre mí chupándome la polla. La tengo babosa, llena de semen y de sus propios fluidos.
Mi pequeña hermana lo mama increíble. Me deja la polla limpia.
—Necesito que te vayas —me dice raspando su lengua con los dientes y tragando—. Tengo que arreglarme. Me voy a casar.
Me pide que me vaya, pero yo solo tengo ganas de quedarme dormido en ese lugar.
—Déjame reponerme —le digo.
—No hay tiempo —dice.
Se levanta de la cama y corre hacia la puerta. Yo me preguntó que está haciendo cuando veo que la abre. María alcanza a verme acostado desnudo sobre la cama. Ya sabe lo que pasó. Lo sabía antes de que Amanda abriese. Sus ojos solo comprueban con asombro su sospecha.
—No diré nada… —dice María.
—Pasa rápido —dice mi hermana.
María se mete a la habitación y mi hermana cierra la puerta con seguro.
—Necesito que me ayudes a arreglarme lo más rápido posible —dice Amanda.
—Claro Amanda, cuenta conmigo —dice María viéndome disimuladamente mientras hace como sí yo no estuviera allí.
Mientras tanto me relajo y me quedo dormido.
Me despiertan. Es mi madre, está sentada junto a mí. No sé cuánto tiempo ha pasado.
—Adán, hijo, despierta… —dice pasando su mano por mi pecho.
Abro lo ojos. Estoy desnudo sobre la cama, tal como me había quedado tras follar con Amanda.
—La ceremonia va a empezar en unos minutos —dice mi madre que se encuentra hermosa, vistiendo un elegante vestido azul marino.
—Mamá… yo… —se escapa de mi boca, no sé qué decirle. Me quedo sin palabras y decido hacerme el tonto.
Me inclino para levantarme. En el lugar todavía huele a mi hermana.
—En veinte minutos comienza la ceremonia —dice ella—. Vístete para irnos.
—Sí, dame un momento y estaré listo —digo estudiando cómo afrontar que mi madre se enterase de que mi hermana y yo tuvimos relaciones sexuales aunque en realidad parece no importarle.
Me levanto de la cama y camino completamente desnudo hacia el baño. Mi madre mira calmada y silenciosamente como me cuelga la polla y los testículos. Dejo la puerta abierta y me la sujeto para orinar. Desde donde está sentada puede verme.
Me meto en la ducha y me baño con agua fría durante un par de minutos. El agua remueve de mi cuerpo la mezcla del sudor de Amanda y el mío. Me enjabono la polla limpiando los restos de mi esperma, de los fluidos y saliva de mi hermana. Siento que el incesto que tuve con mi hermana, que es más incesto que el que he tenido con mis primas, ahora queda en el pasado.
Al salir de la ducha solo veo una pequeña toalla de las que se usa para secarse las manos. Con ella me seco primero el rostro, luego me la paso por el cabello y después, saliendo del baño, comienzo a secarme la polla. Mi madre no pierde detalle de nada, me mira en silencio.
—Acá está tu traje —dice.
Desnudo y aun con la mayor parte de mi cuerpo mojado me acerco a ella ubicándome a su lado. Sobre la cama se encuentra el traje, pero no hay ropa interior. Echo un vistazo por toda la habitación intentando ver dónde dejé caer el bóxer que tenía puesto antes. Lo veo tirado en el suelo. Voy y lo busco, me lo pongo mientras mi madre sigue mirándome pasivamente.
Me acerco nuevamente a ella y me comienzo a poner el traje como si nada; primero la camisa, luego el pantalón, las medias y los zapados. Ella se pone de pie para ayudarme con la corbata mientras yo me abotono las mangas. Finalmente me pongo el chaleco.
—Listo —digo.
—¿No te vas a peinar? —pregunta.
Me peino rápidamente con las manos.
—Ya está —digo.
—Bueno, entonces vamos —me dice.
Tomo unos lentes de sol que alguien había dejado sobre la mesa y dejamos la habitación.
—Vente conmigo —dice subiendo a su camioneta.
Le hago caso. De cualquier manera vamos a regresar a la casa después de la ceremonia. Ambos subimos atrás.
—No voy a cuestionar tus métodos —dice mi madre—. A un hombre se le juzga por los resultados.
Me quedo en silencio.
—Tu hermana se va a casar —dice mientras la camioneta comienza a moverse—. No tendremos problemas con Augusto y la compañía no solo saldrá a flote sino que comenzará a crecer.
—Mamá… eh…
—Tu padre me dejó bien claro lo que era necesario hacer para asegurar nuestro futuro —dice mirando por la ventana—. ¡Y así se ha hecho!
Sí mi madre piensa que solucioné todos los problemas simplemente por no haberme negado a follarme a mi preciosa hermana menor, no voy a ser yo quien le diga lo contrario. No es que la suerte no me sonría, es que me besa en la punta de la polla.
—Te he dicho que no había razón para alterarse —digo confiado—. Hablé con ella y efectivamente tenía sus dudas, pero solo eran nervios.
Mi madre me ve con una expresión de incredulidad.
—Adán, hijo, no es necesario que me expliques que ha ocurrido —dice poniendo su mano descaradamente sobre mi pene.
Me quedo tieso y me excito. Mi madre no para de pasar su mano sobre mí haciendo un movimiento repetitivo que le hace ganar tamaño a mi miembro
—Los seres humanos tenemos necesidades —dice sin parar de amasarme sobre el pantalón—, una de ellas es la necesidad sexual. Uno ve algo… y le apetece. Es normal sentir deseo por la carne.
—Por supuesto… —digo acomodándome confiadamente en mi asiento. Dejándome acariciar mientras pretendo estar sereno.
—Tu hermana y tú tendrán sus historias —dice mientras sigue sobándome la entrepierna—. Una relación que ustedes conocerán. Precisamente por eso quería que fueras tu quien hablara con ella.
—Bueno, mamá, sinceramente mi relación con Amanda no es tan cercana, creo que simplemente los nervios la tenían fuera de sus cabales y las cosas se precipitaron un poco, eso es todo —alcanzo a decir intentando dejarle claro que es la única vez que algo como eso ha ocurrido entre mi hermana y yo—. Ella también me hizo perder mis cabales, claro… ¿sí entiendes lo que te digo? —le pregunto mirando hacia abajo y luego a sus ojos.
—Entiendo perfectamente, Adán —dice mi madre—. En ocasiones está bien comportarse como un animal, ¿sí me entiendes tu a mí?
No sé sí me equivoco al interpretar las palabras de mi madre, pero me parece que está bastante claro que está pidiendo que me la folle. Miro hacia delante y me encuentro con la mirada penetrante de Assim en el retrovisor.
—Claro… —respondo torpemente como sí se me fuera olvidado lo que iba a decir—. Entiendo, entiendo.
—Bueno —dice mi madre removiendo su mano de mi miembro—. Recuerda que te prometí que haría que valiera la pena.
Me le quedé mirando. Sí no fuera porque la presencia de Assim hace que me cohíba me abalanzaría sobre ella.
—Te conozco, hijo, te conozco —dice mi madre—. Eres igual que tu padre. Los dos queremos lo mismo.
El vehículo se estaciona frente a la iglesia.
—Llegamos —dice Assim.
Mi madre y yo bajamos de la camioneta. Hay gente por todos lados, la ceremonia está por empezar. Saludamos a los familiares y conocidos. Entramos en la iglesia y tomamos nuestro lugar. Esperamos algunos minutos y la novia aparece con su hermoso vestido blanco. Se ve realmente espectacular. Mi hermana es una belleza.
Sigo dándole vueltas en la cabeza a lo ocurrido en la camioneta. La ceremonia transcurre con normalidad. No hay objeciones y finalmente ambos se besan. ¡Se logró lo que se quería!
La gente eufórica acompaña a los recién casado afuera. Se van en su limosina hacia la residencia donde tendrá lugar la fiesta. Todos aplauden y ríen felices comentando el evento. Yo me pregunto sí volveré a tener la oportunidad de coger con mi hermana.
—Ya avisé a Assim —dice mi madre acercándose a mí—, viene enseguida.
—Mamá…
—Ya tendremos oportunidad de hablar.
Su camioneta se estaciona frente a nosotros.
—Allí está —dice mi madre—. Vamos.
Subimos y permanecemos en silencio todo el camino. Mi madre le pide a Assim que coloque algo de música. El imbécil nos pone a escuchar una música.
Llegamos a la residencia. La misma en la que me deshice en Amanda. Nos bajamos de la camioneta y entramos a la casa. Atrás hay un amplio jardín donde ubicaron mesas circulares. Algunas personas llegaron antes que nosotros. Identifico a mi prima Ana y su esposo, a mi prima Nora y a mi primo Juan que vino con la que era su amante. Mi madre y yo nos sentamos en un extremo.
Comenzamos a tomar y comer bocadillos esperando alegremente mientras vamos viendo que poco a poco más gente va llegando y el lugar se va llenando.
—Entonces… —digo con un trago de vino en la mano—. ¿Vamos a hablar de lo que ocurrió en la camioneta?
Mi madre me mira fijamente.
—Adán… —dice mi madre—. ¿Qué es lo que quieres exactamente?
Guardo silencio por un momento mientras me armo de valor para confesarle lo que siento por ella.
—A ti… —digo mirándola a los ojos.
—¿De verdad?… —responde irónicamente.
—Sí —digo con firmeza mostrando que me disgusta que no tome con seriedad mi confesión.
—¿Qué pasó entonces? —dice ella.
—¿De qué hablas? —respondo—. Eres mi madre.
—No hiciste nada —dice—. Creo que fui bastante clara hace un momento. Más obvia que eso no puedo ser.
Respiro profundo y tomo un trago.
—Es decir, Adán, pasé mi mano por tu miembro casi masturbándote —continua hablando—. ¿Qué esperas que haga? ¿Qué te la chupe así sin más o que me suba el vestido y te ponga el culo en la cara y te suplique que me cojas? No seas tono, hijo, por favor. Tienes que ser un hombre. No soy una de esas niñitas interesadas con las que sueles salir. Soy una mujer hecha y derecha.
Sus palabras me hieren el ego y de cierta forma también se burlan del respeto que le he tenido. Ella me empuja a que la deje de ver como mi madre y lo haga como una mujer.
—Entiendo… —alcanzo a decir—. Disfrutemos de la fiesta entonces.
Siento que las cosas se han aclarado y que hay posibilidades de que mi fantasía se haga realidad.
—Escucha… —dice mi madre tras tomar un trago—. Sí lo quieres puedo hacerte el favor. Sé que desde hace tiempo me deseas como algo más que una madre y ahora que no está tu padre no veo ningún impedimento en darte lo que quieres.
—Tú también lo deseas —le digo—. Me lo ofreces porque tú quieres tenerme entre tus piernas. No intentes disfrazar las cosas.
Mi madre sonríe le ha gustado que le hable así.
—Vas entendiendo… —dice.
—Entiendo perfectamente —digo—. Vas a ser mía. No solo esta noche sino de ahora en adelante. Eso quiero.
—Adán, no creo que tengas lo necesario para ser mi acompañante sexual —dice sonriendo y dando un sorbo a su bebida.
—No me subestimes —digo—. Respeto a mi padre, pero soy más joven, atlético y también sé jugar mis cartas.
—No dudo que tengas tus dotes —dice mi madre—, pero no se trata de eso.
—¿Entonces de qué? —replico.
—Adán, hijo, voy a ser clara —dice—. A tu padre le fascinaba la sodomía.
Permanecí en silencio tras esa revelación.
—Y a mí también —agregó—. A los dos nos fascinaba la idea de hacerlo por la parte trasera y sin usar nada de lubricación.
—No tengo ningún problema con eso —respondo confiando—. De hecho lo prefiero.
Me mira a los ojos sonriendo seductoramente.
—Tu padre no estaría augusto con la idea de que seas tú quien tome mi culo tras su muerte —dice mi madre.
Permanezco en silencio mirándola, pensando en lo que me espera. Es un sueño, le voy a dar a mi madre por el culo.
—Pero él ya no está y no puedo negar que me siento atraída por lo que he visto —dice—. Ya hice todo lo que me pidió, así que ahora estoy bajo mi propia voluntad.
Se queda mirándome mientras toma su bebida, yo tampoco digo nada.
—Entonces… —dice ella—. ¿Cómo quieres hacerlo?
—Más tarde… —digo mirando hacia los lados pausadamente—, subimos a la misma habitación de esta mañana. No creo que nadie nos interrumpa estando allí.
—Me parece bien.
La banda comienza a tocar mientras las personas terminan de llegar. El personal trae la cena. La gente come y bebe, algunos bailan y otros juntan mesas donde hablan y ríen en voz alta.
—¿Lo estoy haciendo bien?—dice mi prima Nora sacándose mi polla de la boca.
He aprovechado que no hay niños corriendo por toda la casa de mis tíos para subir y encerramos en su habitación.
—Sí, prima —digo aunque realmente es la mamada más torpe que he recibido en mi vida—. Sigue así.
Nora tiene dieciocho años, es regordeta y de pecho bondadoso. Su experiencia sexual es nula. Lleva puesto un bonito vestido con estampado floral.
He aprovechado que ambos nos quedamos “casualmente” solos para acercarme a ella y seducirla. No fue difícil porque conozco la naturaleza liberal de los miembros de mi familia y la forma despreocupada en la que abordamos el sexo. A los hombres nos gusta coger y a las mujeres ser cogidas y aunque guardamos las apariencias no dudamos en acostarnos con quien queramos.
De los mayores de edad Nora es la única sin experiencia. Esto es así por ser un poco menor y porque todos los otros primos, siendo que somos muchos, hemos tenido siempre alguna prima con la cual juntarnos en las reuniones familiares. Yo, por ejemplo, usualmente lo hago con su hermana Ana al punto en el que llegué a dudar sí su hija era mía. Ana es muchísimo más diestra que Nora, algo que no es de extrañar pues ambos somos de la misma edad y prácticamente iniciamos en el sexo cogiendo entre nosotros; empezamos con toqueteos mientras todos los primos jugábamos en la piscina; yo no paraba de buscar excusas para manosearla bajo el agua y terminamos en mi habitación cogiendo como los inexpertos que éramos en ese entonces mientras el resto seguía distraído en la piscina; sin embargo hoy se me hizo especialmente apetecible la timidez de Nora, razón por la cual no dudé en abordarla al quedarnos solos.
Mientras Nora juega con mi polla miro por la ventana que da al frente de la casa y veo llegar una camioneta negra que se estaciona al frente. Del asiento trasero se baja mi queridísima madre Rebeca. Me brillan los ojos al verla.
Es una mujer de cuarenta y ocho años, de belleza seductora, piel bronceada, cabello oscuro, provocadores ojos marrones, tetas encantadoras; pecho y espalda llenos de hermosas pecas, caderas pronunciadas y un trasero igual de ancho levemente levantado. Aparentaba ser tres o cuatro años menor de lo que era.
Estoy enamorado de ella. Sí, enamorado. La romantizo de una forma platónica, no la veo solo como una madre sino también como el modelo de mujer con la que podría casarme. Está buenísima y siempre me la he querido coger.
Tenemos una gran relación y hablábamos de cualquier cosa con confianza. Antes de dejar de vivir con mis padres, cuando mi padre aún estaba vivo, ella solía subir a mí habitación por las mañanas a despertarme, se sentaba a mi lado estando yo en boxers o en ocasiones incluso desnudo o con erecciones matutinas. Cuando eso pasaba me cubría con la sabana y sin ninguna incomodidad hablábamos un poco sobre lo que yo tenía pensado hacer en el día o cosas por el estilo. Me gusta el hecho de que con ella puedo hablar de cualquier cosa y mostrarme tal como soy.
En una ocasión de esas en las que subía a despertarme me preguntó sí ese día saldría con una chica que días antes le había presentado a ella y a mi padre. La chica en cuestión se llama Fabiana y era un par de años menor que yo. Era una chica hermosa, se parecía un poco a mi madre, solo que con proporciones más modestas, pero era joven y sumamente sexual. Tenía que apartarla de mis amigos porque si no la abordaban como buitres. Yo le dije a mi madre que sí llevaría a Fabiana a cenar esa noche. Mi madre entonces me preguntó qué iba hacer luego. Sus intenciones eran claras, quería saber sí iba a pasar algo sexual. Ante sus indagaciones decidí respondí sonriendo—: ¿Quieres saber sí me la voy a coger?
—No me gusta esa chica —me dijo—. No creo que sea buena para ti.
—De que hablas, Fabiana es muy linda, ¿no la has visto? —le dije—. Y está dispuesta a darme todo.
—¿Qué es todo? —dijo con cierto desprecio—. Dime, ¿qué te puede dar una chica como esa?
Guardé silencio por un momento.
—El culo —le dije.
—Mmmmmm ya —me dijo como sí supiera algo que yo no.
Se fijó que mi erección se marcaba en la sabana.
—Tienes que ser más listo que eso, Adán —dijo deslizando su mano por la parte abultada de la sabana y luego levantándose.
Me quedé con la boca abierta y no dije nada ni una sola palabra. En ese momento solo quería tomarla y montarla sobre mi polla, pero era mi madre.
Ese día salí con Fabiana, la llevé a cenar y luego con las ganas que me había dejado mi madre me la enculé sabroso. Le abrí sus nalguitas y se la metí sin siquiera consultar. No se negó, nunca me decía que no, pero sí me hizo saber que le dolía. No me detuve hasta acabar. Luego no la vi más y tiempo después me enteré que salía con Lucían, unos de mis amigos al que además de las mujeres también le gusta chupar pijas. Su principal afición es chupársela a Alfonso en las duchas del gimnasio. Empezó como un juego inmaduro en el que todos comenzamos a burlarnos de él porque siempre hacía lo que Alfonso decía, pero al final el mismo Alfonso se puso de nuestro lado y ante la presión Lucían terminó cediendo frente a todos nosotros y comenzó a chupársela en los vestidores. Lo hizo sin asco y Alfonso le dejo todo el rostro encerado de leche, dejaron un desastre de esperma para el encargado de la limpieza. Nadie dijo nada y todos nos quedamos con una erección inocultable. Después de eso las bromas se acabaron, pero tras las jornadas en el gimnasio Lucían ha tomado el hábito de meterse bajo la misma ducha que Alfonso mientras este se baña y en silencio le hace un vaciado de huevos mientras todos hacemos como sí nada pasa. Por ese motivo no me pongo celoso cuando veo al bueno de Lucían tomado de la mano con Fabiana. La cual hasta ahora tiene el culito más delicioso con el que he tenido el placer de deleitarme.
De esa forma he logrado saciar el deseo sexual que tengo por mi madre, cogiéndome a hermosas chicas como Fabiana. Gracias al respeto que le tengo a mi madre y a mi difunto padre jamás me he masturbado pensando en ella, pero con mi polla aún en la boca de mi prima Nora me doy la licencia de dejar escapar fugazmente el deseo sexual reprimido que siento por ella mientras la veo por la ventana.
¿Quién tendrá el placer de montar a mi madre ahora que mi padre ya no está? ¿Quién tendrá el gusto de posar sus manos en sus caderas y el placer de enterrar su verga en ella? ¿Quieren heredará ese magnífico culo que tiene? Porque a fin de cuentas en algún momento alguien tendrá que hacerlo. Una mujer tan sensual y femenina como mi madre no renunciará al placer sexual solo así como así. Estas preguntas me excitan porque me permiten fantasear con la idea de ser yo quien lo haga.
Veo a Nora chupando y chupando. Me parece que ya está agotada de tener mi pene en la boca.
—¿Qué pasa Nora? —pregunto—. ¿Estás cansada?
—No, no —me dice sacándoselo—. ¿Es que acaso no te gusto?
—Pero qué dices, prima, sí eres preciosa.
—Como no te corres…
La miro con seriedad, la sujeto de la cabeza y la llevo a mi polla nuevamente.
—Cométela hasta los huevos —le ordeno.
Me mira sacada de tono. Le sonrío, entiende y comienza a mamar.
—Mmmmmmmmm —dice Nora al sentir que me descargo en su paladar.
Se echa para atrás expulsando mi miembro de su boca como sí lo estuviera vomitando. La tomé por sorpresa y se atragantó con el chorro de semen que solté en su lengua y garganta.
—Esplendido, Norita —digo mientras me guardo la polla y me subo el cierre del pantalón—. Lo has hecho muy bien. Búscame luego y te lo voy hacer pasar muy bien, ¿ok?
Nora sonríe halagada.
—Gracias primo —dice—. Aún soy virgen. ¿Sí sabes?
—Lo sé —le digo guardando mi polla en mi pantalón—. No traje a ninguna acompañante conmigo. Sí quieres búscame después de la boda y te haré mía toda la noche.
—Claro, claro —dice emocionada—. Por supuesto que lo haré, primo.
La dejo en la habitación y bajo a saludar a mi hermosa madre.
—¡Mamá! —digo abriendo los brazos.
La noto un poco angustiada.
Nos abrazamos. Me permito sentir sus senos en mi pecho. Toda ella huele deliciosa.
—Adán, hijo —dice serenamente—. Tenemos un inconveniente.
—¿Qué ocurre?
—La ceremonia empezará en unas horas y Anita me llamó para decirme que tu hermana tiene una crisis.
—¿Qué clase de crisis?
—No lo sé, pero no es momento de indecisiones. Quiero ir a ver qué le sucede, pero ya sabes cómo se pone cuando le digo las cosas. Augusto es un buen hombre, no le faltará nada estando con él. Debe madurar y tomar una decisión inteligente.
—Pensé que estaba enamorada de él —digo sorprendido.
—¡Y lo está! —dice mi madre—. Debe tratarse de los nervios o alguna tontería. Por eso necesito que vayas y hables con ella. No está tu padre ya con nosotros. Debes ser el hombre de la familia.
Siento que esta última frase levanta mi pecho por sí sola.
—Está bien, mamá, me encargaré. No te preocupes que voy a ir a hablar con ella.
Me subo a mi coche y me marcho en dirección a la casa de los padres de Augusto. Noto que la camioneta de mi madre viene siguiéndome.
Que hermosa que está mi madre. El paso del tiempo no solo la ha hecho una mujer más impaciente sino que también pareciera que la hace más atractiva. Ahora que mi querido padre ya no está con nosotros me la cogería sí pudiera. No me cabe ninguna duda de eso, pero tampoco me veo ligándomela. Tiene un carácter que sí bien es seductor, no es nada dócil ni coqueto. Incluso las conversaciones más liberales que he tenido con ella siempre ha mantenido un tono de compostura y formalidad que la hacen ver inaccesible.
Mi madre es una mujer que parece solo reír sarcásticamente. Se toma todo en serio y tiene un carácter que puede llegar a ser sofocante, pero al mismo tiempo el conocerla de esta forma es lo que me hace querer con tanto ahínco verla en su faceta sexual. El gusto que me daría verla sexualmente sometida y gritando por una polla al igual que cualquier otra mujer.
Siempre trato de no pensar en mi madre de esta manera, pero no sé qué me pasa últimamente que me cuesta no tener una erección sí la tengo cerca, es como sí mi polla tomara vida propia y quisiera meterse entre sus piernas.
Finalmente llego a la residencia. Es un casoplón, estos sí son verdaderos ricachones. Hago una seña al portero y me abre la reja. Estaciono al frente y veo que la camioneta de mi madre hace lo mismo.
Assim, el chofer marroquí de mi madre, baja de la camioneta para abrirle la puerta. Es un tipo serio y callado, debe tener treinta y tantos años. A pesar de ser cordial me parece que actúa como sí mi madre le perteneciera. Eso no me gusta.
—Voy a pasar —le digo a mi madre.
—Esperaré abajo —dice ella.
Me adelanto a mi madre y entro en la casa. Veo a empleadas caminar de un lado a otro con haciendo y llevando diferentes cosas. Es un día ajetreado. Sostengo a una de los hombros; la más bajita y bonita.
—¿Dónde se encuentra la novia? —le pregunto.
—Arriba —responde algo nerviosa—. En la puerta que está de frente al final del pasillo.
—Gracias —le digo y la suelto.
Veo que hay una mesa con bocadillos. Me acerco y tomo un biscocho.
—¿Qué pasa? —dice mi madre—. ¿Dónde está tu hermana?
—Estoy tomando un biscocho. Ya subo —digo tranquilo.
Mi madre me mira estresada. Yo entiendo que no estoy haciendo las cosas con la premura que ella quiere, pero no veo motivo para perder la calma, además… me encanta tenerla necesitando de mí.
—Ya voy, ya voy —digo—. Dame un momento.
Muerdo el biscocho y casi pierdo un diente. Está tieso, lo vuelvo a dejar sobre la mesa.
—No sé quién hizo esta piedra —digo—, pero va a poner aprueba la dentadura de los invitados.
—¿Puedes ir a hablar con tu hermana de una buena vez? Esta boda se está viniendo abajo y tú sigues con tus inmadureces.
—Mamá, no nos estamos casando nosotros. Ya sabrán ellos sí se casan o no.
Mi madre se acerca y frente a mi cara me regaña en voz baja—: A caso no ves lo obvio. Este hombre nos cayó del cielo. El trato que hizo con la compañía antes de que tu padre es lo que la ha mantenido a flote el último año. Lo sabrías sí en lugar de estar perdiendo el tiempo te estuvieras encargando de dirigir la compañía. Sí tu hermana no se casa con Augusto y él decide dejar de ser nuestro cliente o incluso cobrar el dinero que nos ha prestado vamos a perder todo.
Mi madre no me estaba revelando nada que no supiera. Lo que ella no parecía entender es que no estábamos en posición de forzar un matrimonio. Que simplemente habíamos tenido la suerte de que un ricachón se hubiera enamorado de Amanda. Nada más.
—Mamá…
—Ni te atrevas a decirme nada. Sube ahora mismo a hablar con tu hermana y a resolver esto.
—Está bien… iré —dije. A fin de cuentas no tengo nada que perder.
—Adán… —dice mi madre cuando me encuentro ya a punto de subir las escaleras—. Sí lo consigues… haré que valga la pena para ti también.
Me doy la vuelta y comienzo a subir las escaleras. Al llegar arriba me dirijo hacia la habitación que se encuentra al fondo del pasillo. La puerta está cerrada, toco y abro. Adentro está mi hermana sentada sobre la cama y María, quien es su amiga y maquilladora.
—Amanda —digo al entrar—, mi madre me pidió que viniera a verte.
Tiene los brazos cruzados y el ceño fruncido.
—Quiere cancelar la boda —me susurra su amiga.
Se supone que debería estar preocupado por la situación, pero realmente me estoy fijando en que María es de muy buen ver.
—Me darías un minuto para hablar con mi hermana —le digo sonriendo.
—Por supuesto —dice María devolviéndome la sonrisa.
La amiga sale de la habitación y cierra la puerta.
—Entonces… —finalmente me atrevo a decir—. ¿Qué es lo que ocurre?
—Augusto me fue infiel —dice mi hermana.
—¿Qué dices? —respondo haciéndome el sorprendido—. No lo creo.
—Sí, sí —responde angustiada.
—¿Qué te hace creer eso?
—Simplemente lo sé —me dice con el rostro enrojecido, parece que le va a estallar la cabeza—. Lo vi tonteando con una de las camareras. Se la folló a la puta esa. Estoy segura.
—Espera. Vamos a calmarnos y pensar fríamente.
—No puedo creer que me haya hecho esto.
—Tranquilízate, por favor, seguro que no es así.
—¡Claro que lo es! —dijo levantándose de la cama y caminando de un lado al otro de forma nerviosa.
—Amanda, vamos a calmarnos, es el día de tu boda.
—Me la va a pagar —dice casi gritando.
—¿De qué hablas?
—¡Cógeme!
—¿Qué dices?
—Sí. Cógeme, Adán, cógeme.
—¿De qué estás hablando? —digo como si nunca hubiese tenido esa tentación—, ¿acaso te volviste loca?
—Adán, déjate de tonterías, quiero que me la metas y me cojas como haces con todas esas chicas con las que sales. De verdad lo necesito, hermano.
Veo como mi mimada hermana se da la vuelta, se sitúa frente a la pared y se sube su vestido de boda dejándome ver unas bragas blancas y unas medias del mismo color que le llegan a medio muslo.
—¿Me vas hacer el favor? —pregunta girando su cabeza para mirarme.
Observo fascinado sus esplendidas nalgas, las tiene como una modelo de lencería. Al verlas solo puedo admirar su delicada belleza y me es imposible pensar que guardan un parentesco conmigo. Aún sí realmente eso lo que hace es ponérmela más dura.
—Entonces… —dice mirándome—. ¿Te animas?
Se nota que sabe el efecto que tienen esas nalguitas preciosas sobre los hombres. La obsesión del ricachón con mi hermana está perfectamente justificada. Su culito parece moldeado por ángeles.
Me bajo el cierre del pantalón y me saco la polla. La tengo más tiesa que el biscocho que probé en la recepción.
—Tu misma lo has pedido —digo tomándola por detrás—. Luego no quiero que estés diciendo que soy un cerdo.
Realmente me encuentro algo preocupado de que nuestra relación cambie para mal.
—Ay hermanito, claro que eres un cerdo —me dice sonriendo pícaramente.
Comienzo a comerle el cuello mientras manoseo muy bien sus nalgas. Esta es una ocasión irrepetible que debo saber aprovechar muy bien. Con mi hermana es diferente que con mis primas.
Acomodo mi pene en su coño, preparándome mentalmente para cogérmela. Lo había hecho con primas sin ningún tipo de pudor, pero en esta ocasión se trata de mi hermana pequeña.
—¡¿Todo bien ahí?! —escuchamos a María tocar la puerta.
Me quedo paralizado sujetando mi polla. La tengo ya con la punta entre los labios del coño de mi hermana.
—¡Espera afuera! —grita mi hermana—, ¡estoy hablando con Adán!
—¡Ok, amiga, cualquier cosa que necesites estoy parada acá afuera!
—Vamos, Adán, continúa, no pares.
Quiero pasarle el seguro a la puerta para asegurarme de que no van a sorprendernos cogiendo, sería un verdadero escándalo, especialmente en el día de su boda, pero al mismo tiempo ya la tengo casi adentro y siento que sí por alguna razón no se la meto en este momento la oportunidad se me puede escapar de las manos y eso sí que no lo puedo permitir bajo ninguna circunstancia. Ninguna.
Primero le meto la cabeza y siento como se dispara la adrenalina por todo mi cuerpo. Avanzo hasta meterle la mitad y veo como se muerde suavemente los labios, recibiéndome con gusto. Finalmente se la meto entera, haciéndola mía, deleitándome con la sensación que me proporciona el tacto con sus bellas nalgas.
Saco sus pequeñas tetas del vestido. Se las sujeto mientas comienzo darle caña.
¿Escuchará María sí comienzo a darle más duro? No sé y en este punto no es que me importe tanto, solo pienso en que me está gustando más enterrarle la polla a mi querida hermana que a cualquiera de las otras mujeres con las que he estado antes.
Poco a poco la voy desnudando, bajándole las medias al deslizar mi mano por sus muslos, despeinándola al sujetarla del cabello, besándola en las mejillas, tomándola del cuello y del rostro con mis manos haciendo que se le corra el maquillaje.
La alzo y la llevo hasta la cama donde salvajemente la termino de desvestir arrojando el vestido y sus prendas por toda la habitación.
Estoy casi sobre ella. La tengo completamente desnuda. Tiene el coño depilado y sus tetitas apuntando hacia mí.
Me desvisto también. La verga me palpita pidiéndome desesperadamente que la vuelva a poner adentro de ella. La beso en la boca, le meto la lengua, chupo sus labios, la beso en las mejillas, bajo al cuello donde la muerdo suavidad. Estoy en éxtasis.
Sujeto sus tetas con las manos y beso sus pezones, los chupo, los mordisqueo.
Bajo a través abdomen pasando mi nariz por todo su cuerpo y la beso en los muslos. Ella no para de sonreír y gemir. Está gozando.
Veo una vez más su coño. Hermoso, depilado, húmedo. Le meto dos dedos y con la otra mano le separo los labios del coño. Llevo mi lengua a su clítoris. Ella me toma de la cabeza y me empuja contra su vagina.
—Sí hubiese sabido que comes el coño así de bien, hermanito, hoy me estuviera casando contigo.
Cruza sus piernas envolviéndome y atrapándome como una araña. Me comienzo a preguntar sí también me la podré coger por atrás. Mi fetiche es el sexo anal y sería la guinda del pastel poder coronar haciéndome con esas hermosas nalgas.
—Amanda…
—No pares —dice gimiendo—. Sigue así que me está gustando.
No digo nada. La voy a matar de placer para que luego se deje hacer de todo. Continúo comiéndole el coño y hurgando con mis dedos en su interior.
—Dios, hermano, que rico, me gusta —dice con los ojos cerrados retorciéndose de placer—. Tú sí que sabes, hermanito, eres un amor.
Siento como se abren sus piernas, liberándome.
—Métemela —dice—. Fóllame como una puta, así como haces con Ana.
Me pongo de rodillas sobre la cama, frente a ella, sujetando sus piernas desde la parte baja.
Tengo la visión de sus tetas y de su abdomen que a pesar de su delgadez forma unos rollitos al estar levemente flexionado. También puedo ver su espectacular coño dilatado y más abajo su ano; impoluto, también depilado, llamando poderosamente mi atención como lo haría una línea de cocaína para un adicto.
Mi deseo es penetrarle el culo, pero se la meto en el coño y me tumbo sobre ella, juntando nuestras frentes y dejándola posar sus piernas sobre mis hombros.
La beso mientras se la entierro más. Comienzo a aumentar el ritmo. Poco a poco le voy dando cada vez más rápido hasta que alcanzo el punto que considero óptimo.
Entre el sonido de la penetración y que Amanda no para de gemir como zorra al otro lado de la puerta María debe estar sí o sí escuchando nuestra “conversación de hermanos”.
Comienzo a sentir que no aguanto más, que sí no se la saco la inundo de esperma. No estoy usando protección. ¿Qué hago?
Mi consciencia me dice que no debería hacerlo, pero el morbo de fecundar a mi hermana me comienza a ganar la partida.
Me dejo vencer y me vengo en ella. Lo suelto todo entre espasmo y espasmo hasta quedar completamente seco. Soy muy joven para un infarto pero siento que me va a dar uno mientras me corro en su apretado coño.
Finalmente le saco toda la polla y me dejo caer a su lado. Nos miramos a los ojos y me sonríe. Se encuentra satisfecha.
Consiguió lo que quería —vengarse de su futuro esposo— y lo hizo con mi ayuda.
Se inclina hacia delante y se tira sobre mí chupándome la polla. La tengo babosa, llena de semen y de sus propios fluidos.
Mi pequeña hermana lo mama increíble. Me deja la polla limpia.
—Necesito que te vayas —me dice raspando su lengua con los dientes y tragando—. Tengo que arreglarme. Me voy a casar.
Me pide que me vaya, pero yo solo tengo ganas de quedarme dormido en ese lugar.
—Déjame reponerme —le digo.
—No hay tiempo —dice.
Se levanta de la cama y corre hacia la puerta. Yo me preguntó que está haciendo cuando veo que la abre. María alcanza a verme acostado desnudo sobre la cama. Ya sabe lo que pasó. Lo sabía antes de que Amanda abriese. Sus ojos solo comprueban con asombro su sospecha.
—No diré nada… —dice María.
—Pasa rápido —dice mi hermana.
María se mete a la habitación y mi hermana cierra la puerta con seguro.
—Necesito que me ayudes a arreglarme lo más rápido posible —dice Amanda.
—Claro Amanda, cuenta conmigo —dice María viéndome disimuladamente mientras hace como sí yo no estuviera allí.
Mientras tanto me relajo y me quedo dormido.
Me despiertan. Es mi madre, está sentada junto a mí. No sé cuánto tiempo ha pasado.
—Adán, hijo, despierta… —dice pasando su mano por mi pecho.
Abro lo ojos. Estoy desnudo sobre la cama, tal como me había quedado tras follar con Amanda.
—La ceremonia va a empezar en unos minutos —dice mi madre que se encuentra hermosa, vistiendo un elegante vestido azul marino.
—Mamá… yo… —se escapa de mi boca, no sé qué decirle. Me quedo sin palabras y decido hacerme el tonto.
Me inclino para levantarme. En el lugar todavía huele a mi hermana.
—En veinte minutos comienza la ceremonia —dice ella—. Vístete para irnos.
—Sí, dame un momento y estaré listo —digo estudiando cómo afrontar que mi madre se enterase de que mi hermana y yo tuvimos relaciones sexuales aunque en realidad parece no importarle.
Me levanto de la cama y camino completamente desnudo hacia el baño. Mi madre mira calmada y silenciosamente como me cuelga la polla y los testículos. Dejo la puerta abierta y me la sujeto para orinar. Desde donde está sentada puede verme.
Me meto en la ducha y me baño con agua fría durante un par de minutos. El agua remueve de mi cuerpo la mezcla del sudor de Amanda y el mío. Me enjabono la polla limpiando los restos de mi esperma, de los fluidos y saliva de mi hermana. Siento que el incesto que tuve con mi hermana, que es más incesto que el que he tenido con mis primas, ahora queda en el pasado.
Al salir de la ducha solo veo una pequeña toalla de las que se usa para secarse las manos. Con ella me seco primero el rostro, luego me la paso por el cabello y después, saliendo del baño, comienzo a secarme la polla. Mi madre no pierde detalle de nada, me mira en silencio.
—Acá está tu traje —dice.
Desnudo y aun con la mayor parte de mi cuerpo mojado me acerco a ella ubicándome a su lado. Sobre la cama se encuentra el traje, pero no hay ropa interior. Echo un vistazo por toda la habitación intentando ver dónde dejé caer el bóxer que tenía puesto antes. Lo veo tirado en el suelo. Voy y lo busco, me lo pongo mientras mi madre sigue mirándome pasivamente.
Me acerco nuevamente a ella y me comienzo a poner el traje como si nada; primero la camisa, luego el pantalón, las medias y los zapados. Ella se pone de pie para ayudarme con la corbata mientras yo me abotono las mangas. Finalmente me pongo el chaleco.
—Listo —digo.
—¿No te vas a peinar? —pregunta.
Me peino rápidamente con las manos.
—Ya está —digo.
—Bueno, entonces vamos —me dice.
Tomo unos lentes de sol que alguien había dejado sobre la mesa y dejamos la habitación.
—Vente conmigo —dice subiendo a su camioneta.
Le hago caso. De cualquier manera vamos a regresar a la casa después de la ceremonia. Ambos subimos atrás.
—No voy a cuestionar tus métodos —dice mi madre—. A un hombre se le juzga por los resultados.
Me quedo en silencio.
—Tu hermana se va a casar —dice mientras la camioneta comienza a moverse—. No tendremos problemas con Augusto y la compañía no solo saldrá a flote sino que comenzará a crecer.
—Mamá… eh…
—Tu padre me dejó bien claro lo que era necesario hacer para asegurar nuestro futuro —dice mirando por la ventana—. ¡Y así se ha hecho!
Sí mi madre piensa que solucioné todos los problemas simplemente por no haberme negado a follarme a mi preciosa hermana menor, no voy a ser yo quien le diga lo contrario. No es que la suerte no me sonría, es que me besa en la punta de la polla.
—Te he dicho que no había razón para alterarse —digo confiado—. Hablé con ella y efectivamente tenía sus dudas, pero solo eran nervios.
Mi madre me ve con una expresión de incredulidad.
—Adán, hijo, no es necesario que me expliques que ha ocurrido —dice poniendo su mano descaradamente sobre mi pene.
Me quedo tieso y me excito. Mi madre no para de pasar su mano sobre mí haciendo un movimiento repetitivo que le hace ganar tamaño a mi miembro
—Los seres humanos tenemos necesidades —dice sin parar de amasarme sobre el pantalón—, una de ellas es la necesidad sexual. Uno ve algo… y le apetece. Es normal sentir deseo por la carne.
—Por supuesto… —digo acomodándome confiadamente en mi asiento. Dejándome acariciar mientras pretendo estar sereno.
—Tu hermana y tú tendrán sus historias —dice mientras sigue sobándome la entrepierna—. Una relación que ustedes conocerán. Precisamente por eso quería que fueras tu quien hablara con ella.
—Bueno, mamá, sinceramente mi relación con Amanda no es tan cercana, creo que simplemente los nervios la tenían fuera de sus cabales y las cosas se precipitaron un poco, eso es todo —alcanzo a decir intentando dejarle claro que es la única vez que algo como eso ha ocurrido entre mi hermana y yo—. Ella también me hizo perder mis cabales, claro… ¿sí entiendes lo que te digo? —le pregunto mirando hacia abajo y luego a sus ojos.
—Entiendo perfectamente, Adán —dice mi madre—. En ocasiones está bien comportarse como un animal, ¿sí me entiendes tu a mí?
No sé sí me equivoco al interpretar las palabras de mi madre, pero me parece que está bastante claro que está pidiendo que me la folle. Miro hacia delante y me encuentro con la mirada penetrante de Assim en el retrovisor.
—Claro… —respondo torpemente como sí se me fuera olvidado lo que iba a decir—. Entiendo, entiendo.
—Bueno —dice mi madre removiendo su mano de mi miembro—. Recuerda que te prometí que haría que valiera la pena.
Me le quedé mirando. Sí no fuera porque la presencia de Assim hace que me cohíba me abalanzaría sobre ella.
—Te conozco, hijo, te conozco —dice mi madre—. Eres igual que tu padre. Los dos queremos lo mismo.
El vehículo se estaciona frente a la iglesia.
—Llegamos —dice Assim.
Mi madre y yo bajamos de la camioneta. Hay gente por todos lados, la ceremonia está por empezar. Saludamos a los familiares y conocidos. Entramos en la iglesia y tomamos nuestro lugar. Esperamos algunos minutos y la novia aparece con su hermoso vestido blanco. Se ve realmente espectacular. Mi hermana es una belleza.
Sigo dándole vueltas en la cabeza a lo ocurrido en la camioneta. La ceremonia transcurre con normalidad. No hay objeciones y finalmente ambos se besan. ¡Se logró lo que se quería!
La gente eufórica acompaña a los recién casado afuera. Se van en su limosina hacia la residencia donde tendrá lugar la fiesta. Todos aplauden y ríen felices comentando el evento. Yo me pregunto sí volveré a tener la oportunidad de coger con mi hermana.
—Ya avisé a Assim —dice mi madre acercándose a mí—, viene enseguida.
—Mamá…
—Ya tendremos oportunidad de hablar.
Su camioneta se estaciona frente a nosotros.
—Allí está —dice mi madre—. Vamos.
Subimos y permanecemos en silencio todo el camino. Mi madre le pide a Assim que coloque algo de música. El imbécil nos pone a escuchar una música.
Llegamos a la residencia. La misma en la que me deshice en Amanda. Nos bajamos de la camioneta y entramos a la casa. Atrás hay un amplio jardín donde ubicaron mesas circulares. Algunas personas llegaron antes que nosotros. Identifico a mi prima Ana y su esposo, a mi prima Nora y a mi primo Juan que vino con la que era su amante. Mi madre y yo nos sentamos en un extremo.
Comenzamos a tomar y comer bocadillos esperando alegremente mientras vamos viendo que poco a poco más gente va llegando y el lugar se va llenando.
—Entonces… —digo con un trago de vino en la mano—. ¿Vamos a hablar de lo que ocurrió en la camioneta?
Mi madre me mira fijamente.
—Adán… —dice mi madre—. ¿Qué es lo que quieres exactamente?
Guardo silencio por un momento mientras me armo de valor para confesarle lo que siento por ella.
—A ti… —digo mirándola a los ojos.
—¿De verdad?… —responde irónicamente.
—Sí —digo con firmeza mostrando que me disgusta que no tome con seriedad mi confesión.
—¿Qué pasó entonces? —dice ella.
—¿De qué hablas? —respondo—. Eres mi madre.
—No hiciste nada —dice—. Creo que fui bastante clara hace un momento. Más obvia que eso no puedo ser.
Respiro profundo y tomo un trago.
—Es decir, Adán, pasé mi mano por tu miembro casi masturbándote —continua hablando—. ¿Qué esperas que haga? ¿Qué te la chupe así sin más o que me suba el vestido y te ponga el culo en la cara y te suplique que me cojas? No seas tono, hijo, por favor. Tienes que ser un hombre. No soy una de esas niñitas interesadas con las que sueles salir. Soy una mujer hecha y derecha.
Sus palabras me hieren el ego y de cierta forma también se burlan del respeto que le he tenido. Ella me empuja a que la deje de ver como mi madre y lo haga como una mujer.
—Entiendo… —alcanzo a decir—. Disfrutemos de la fiesta entonces.
Siento que las cosas se han aclarado y que hay posibilidades de que mi fantasía se haga realidad.
—Escucha… —dice mi madre tras tomar un trago—. Sí lo quieres puedo hacerte el favor. Sé que desde hace tiempo me deseas como algo más que una madre y ahora que no está tu padre no veo ningún impedimento en darte lo que quieres.
—Tú también lo deseas —le digo—. Me lo ofreces porque tú quieres tenerme entre tus piernas. No intentes disfrazar las cosas.
Mi madre sonríe le ha gustado que le hable así.
—Vas entendiendo… —dice.
—Entiendo perfectamente —digo—. Vas a ser mía. No solo esta noche sino de ahora en adelante. Eso quiero.
—Adán, no creo que tengas lo necesario para ser mi acompañante sexual —dice sonriendo y dando un sorbo a su bebida.
—No me subestimes —digo—. Respeto a mi padre, pero soy más joven, atlético y también sé jugar mis cartas.
—No dudo que tengas tus dotes —dice mi madre—, pero no se trata de eso.
—¿Entonces de qué? —replico.
—Adán, hijo, voy a ser clara —dice—. A tu padre le fascinaba la sodomía.
Permanecí en silencio tras esa revelación.
—Y a mí también —agregó—. A los dos nos fascinaba la idea de hacerlo por la parte trasera y sin usar nada de lubricación.
—No tengo ningún problema con eso —respondo confiando—. De hecho lo prefiero.
Me mira a los ojos sonriendo seductoramente.
—Tu padre no estaría augusto con la idea de que seas tú quien tome mi culo tras su muerte —dice mi madre.
Permanezco en silencio mirándola, pensando en lo que me espera. Es un sueño, le voy a dar a mi madre por el culo.
—Pero él ya no está y no puedo negar que me siento atraída por lo que he visto —dice—. Ya hice todo lo que me pidió, así que ahora estoy bajo mi propia voluntad.
Se queda mirándome mientras toma su bebida, yo tampoco digo nada.
—Entonces… —dice ella—. ¿Cómo quieres hacerlo?
—Más tarde… —digo mirando hacia los lados pausadamente—, subimos a la misma habitación de esta mañana. No creo que nadie nos interrumpa estando allí.
—Me parece bien.
La banda comienza a tocar mientras las personas terminan de llegar. El personal trae la cena. La gente come y bebe, algunos bailan y otros juntan mesas donde hablan y ríen en voz alta.