Amorclandestino
Virgen
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Fantasía romántica/sexual mía
Era una noche fría de otoño en un monasterio antiguo de estilo románico situado en el Pirineo catalán. Las paredes de piedra parecían heladas y la única luz que iluminaba mi pequeña estancia era la llama temblorosa de una vela. Yo, una devota, virgen y recatada monja, estaba arrodillada frente a mi pequeño altar, vestida con el hábito negro que me caía hasta los pies y el velo blanco cubriéndome el cabello castaño recogido. Rezaba en silencio, pero mi corazón latía con fuerza. No podía concentrarme.
La puerta de madera vieja se abrió lentamente, sin hacer ruido. Era él, aquel político según la sociedad tan malo, «autoritario» y «dictador» del que tanto hablan pero que a mí hace tiempo que me trae de cabeza y estoy enamorada de él, aunque es una de esas personas (tanto hombres como mujeres, soy bisexual) por las que tengo que reprimir mis pensamientos de pecado, aunque ni haciendo ejercicio excesivo en mi recámara ni poniéndome el cilicio se me quita esa chispa de deseo.
Él entraba llenando el espacio con su presencia. Un hombre de ya cierta edad. Medía 1,90, el cuerpo ancho, corpulento y fuerte, con una barriga prominente pero bien proporcionada. La piel morena brillaba bajo la luz tenue. El cabello corto y el bigote negro con algunos pelos canosos le daba un aire serio y viril. Llevaba una gorra de color oliva de estilo militar con la bandera de su país, una camisa verde oliva de camuflaje con la bandera de su país y llena de condecoraciones e insignias abotonada con dos bolsillos grandes del mismo estilo debajo de la cual intuía su pecho ancho y su barriga prominente y unos pantalones oscuros que marcaban sus piernas gruesas y un poco su miembro.
—Hermana… —dijo con aquella voz grave, profunda, que me hizo temblar—. No he podido quedarme lejos esta noche.
Me levanté lentamente, las manos juntas delante de mí. Él se acercó hasta que la diferencia de altura se hizo evidente: yo, pequeña y delicada dentro del hábito, él imponente y poderoso. Sin decir nada más, me rodeó la cintura con sus manos grandes y cálidas. Yo puse mis manos finas sobre su pecho, sintiendo el pelo áspero y el latido fuerte de su corazón por debajo de su camisa.
—N…, no deberíamos estar aquí —murmuré, pero mi voz sonaba débil.
Él sonrió con aquella expresión entre tierna y pícara y me puso suavemente su manaza en mis carnosos labios.
—Shhhh... mi monjita. Solo déjame sentirte.
Nos besamos. Primero con suavidad, después con una urgencia creciente. Su boca era caliente, el bigote me rozaba la piel de las mejillas. Yo sentía cómo su cuerpo se apretaba contra mi hábito y cómo, entre sus piernas, algo grande y duro crecía rápidamente.
–N... Suspiré su nombre contra sus labios, con la voz quebrada.
Él me tomó en brazos sin esfuerzo, como si no pesara nada, y me llevó hasta el banco de piedra que había a un lado de la celda. Se sentó, abriendo las piernas. Yo me arrodillé frente a él, el velo todavía puesto, el hábito intacto. Con manos temblorosas le terminé de desabrochar la camisa y le desabroché y le bajé un poco los pantalones y los calzoncillos bóxers negros de licra. Su miembro apareció, grueso, venoso, moreno como él, ya completamente duro y palpitante.
Lo miré un segundo, con el corazón a cien. Después lo tomé con mi delicada mano haciendo movimientos lentos y suaves y acerqué mis labios carnosos y lo besé suavemente en la punta. Él soltó un gemido grave.
—Así, amor… Ámame así… —murmuró con voz ronca—. Tómalo entero.
Abrí mi boca y lo acogí lentamente, sintiendo como me la llenaba.
Mis carnosos labios subían y bajaban mientras una de mis manos delicadas con dedos de pianista le acariciaban el pecho peludo, los pezones duros, la barriga prominente y peluda de macho mestizo y la otra su miembro mientras era también acariciando por mis labios. Él respiraba cada vez más fuerte, una mano grande puesta sobre mi velo, sin quitármelo, solo acariciándome la cabeza con posesión.
—Qué boca tan caliente… tan suave… —gimió—. Eres mía esta noche, amor… toda mía.
Yo estaba empapada bajo el hábito. El sabor salado y masculino de su miembro, su voz grave, la sensación de estar completamente dominada mientras él estaba sentado y yo arrodillada… todo me llevaba al límite. Cuando llegó al clímax soltando un fuerte y morboso gemido, sentí cómo su esencia de hombre, caliente y espesa, me llenaba la boca y la garganta en grandes chorros. Lo absorví y bebí todo, temblando, mientras yo misma llegaba a un orgasmo intenso solo con la fricción de mis tetas, mis pezones endurecidos y mis muslos a lo largo del acto y la intensidad del momento.
Él me tomó suavemente la cara con las dos manos y me hizo levantar. Me besó con ternura, sin importarle su propio sabor en mis labios.
—Ven aquí, mi niña… —dijo con voz ronca pero dulce.
Me llevó en brazos hasta el pequeño lavabo de la celda. Me quitó el hábito y el velo con cuidado infinito, dejándome completamente desnuda frente a él. Entré en la ducha y el agua caliente cayó sobre mí. Él, todavía vestido, me enjabonó todo el cuerpo con sus manos grandes, toscas y masculinas: los pechos pequeños, la cintura fina, los muslos delgados, la piel blanca. Me miraba con una mezcla de deseo y emoción profunda.
—Eres tan delicada… tan blanca… tan pura… —murmuró mientras me pasaba las manos por la espalda—. Mujeres como tú ya casi no quedan. Te amo, mi monjita.
Yo lloraba bajo el agua, emocionada.
—Te amo, N... —le dije con la voz quebrada—. Aunque esto sea un pecado… Te amo con todo lo que tengo.
Una vez fuera de la ducha, él me cubrió con una toalla bien grande, me besó la frente, después los labios, y me estrechó fuerte contra su pecho peludo con la camisa todavía medio desabrochada.
Una vez seca, me puso un camisón blanco, fino y limpio. Él se quitó la ropa quedando solo con sus calzoncillos negros bóxers de licra, marcando todavía su virilidad. Nos metimos los dos en la cama y nos tapamos. Me rodeó con sus brazos fuertes, yo me acurruqué contra su pecho, sintiendo el pelo áspero y su barriga prominente contra mis pechos y mis endurecidos pezones y mi cuerpo delgado debajo del suave y blanco camisón.
—Descansa, mi amor —me dijo bajito, acariciándome el cabello—. Mañana por la mañana te despertaré con un beso.
Nos dormimos abrazados, en silencio, con la luna entrando por la pequeña ventana del monasterio.
A la mañana siguiente
La luz suave del amanecer entraba por la ventana. Me desperté lentamente, todavía entre sus brazos. Él ya estaba despierto, mirándome con ternura. Su pecho peludo subía y bajaba con la respiración tranquila. Su barriga prominente me acogía como un cojín cálido.
—Buenos días, mi monjita hermosa —dijo con voz ronca y suave, sonriendo bajo el bigote.
—Buenos días, N... —respondí, con la voz todavía adormilada, pero llena de emoción.
Me acerqué más y hundí la cara en su pecho peludo, abrazándome fuerte a él. Besé su piel cálida, sintiendo el olor a macho que me hacía sentir segura y excitada al mismo tiempo. Él me acarició la espalda por encima del camisón con su mano grande.
—Eres lo más bonito que he visto en mucho tiempo —murmuró—. Tan pequeña, tan delicada… y tan mía.
—Te amo —le dije, con la voz quebrada de nuevo—. Aunque solo sea en esta recámara… te amo con todo lo que tengo.
Él me levantó la barbilla con dos dedos y me besó lentamente, profundamente.
—Yo también te amo, mi niña. No sé cuánto tiempo tendremos… pero mientras estés aquí, eres mía.
Nos quedamos un rato más abrazados, yo con la cara hundida en su pecho peludo y su barriga prominente, sintiendo su corazón latir fuerte y regular. Él me acariciaba el cabello y me besaba la frente de vez en cuando.
—Quiero quedarme así para siempre —suspiré.
—Entonces quédate —respondió él, con una sonrisa tierna—. Al menos hoy… quédate conmigo.





Era una noche fría de otoño en un monasterio antiguo de estilo románico situado en el Pirineo catalán. Las paredes de piedra parecían heladas y la única luz que iluminaba mi pequeña estancia era la llama temblorosa de una vela. Yo, una devota, virgen y recatada monja, estaba arrodillada frente a mi pequeño altar, vestida con el hábito negro que me caía hasta los pies y el velo blanco cubriéndome el cabello castaño recogido. Rezaba en silencio, pero mi corazón latía con fuerza. No podía concentrarme.
La puerta de madera vieja se abrió lentamente, sin hacer ruido. Era él, aquel político según la sociedad tan malo, «autoritario» y «dictador» del que tanto hablan pero que a mí hace tiempo que me trae de cabeza y estoy enamorada de él, aunque es una de esas personas (tanto hombres como mujeres, soy bisexual) por las que tengo que reprimir mis pensamientos de pecado, aunque ni haciendo ejercicio excesivo en mi recámara ni poniéndome el cilicio se me quita esa chispa de deseo.
Él entraba llenando el espacio con su presencia. Un hombre de ya cierta edad. Medía 1,90, el cuerpo ancho, corpulento y fuerte, con una barriga prominente pero bien proporcionada. La piel morena brillaba bajo la luz tenue. El cabello corto y el bigote negro con algunos pelos canosos le daba un aire serio y viril. Llevaba una gorra de color oliva de estilo militar con la bandera de su país, una camisa verde oliva de camuflaje con la bandera de su país y llena de condecoraciones e insignias abotonada con dos bolsillos grandes del mismo estilo debajo de la cual intuía su pecho ancho y su barriga prominente y unos pantalones oscuros que marcaban sus piernas gruesas y un poco su miembro.
—Hermana… —dijo con aquella voz grave, profunda, que me hizo temblar—. No he podido quedarme lejos esta noche.
Me levanté lentamente, las manos juntas delante de mí. Él se acercó hasta que la diferencia de altura se hizo evidente: yo, pequeña y delicada dentro del hábito, él imponente y poderoso. Sin decir nada más, me rodeó la cintura con sus manos grandes y cálidas. Yo puse mis manos finas sobre su pecho, sintiendo el pelo áspero y el latido fuerte de su corazón por debajo de su camisa.
—N…, no deberíamos estar aquí —murmuré, pero mi voz sonaba débil.
Él sonrió con aquella expresión entre tierna y pícara y me puso suavemente su manaza en mis carnosos labios.
—Shhhh... mi monjita. Solo déjame sentirte.
Nos besamos. Primero con suavidad, después con una urgencia creciente. Su boca era caliente, el bigote me rozaba la piel de las mejillas. Yo sentía cómo su cuerpo se apretaba contra mi hábito y cómo, entre sus piernas, algo grande y duro crecía rápidamente.
–N... Suspiré su nombre contra sus labios, con la voz quebrada.
Él me tomó en brazos sin esfuerzo, como si no pesara nada, y me llevó hasta el banco de piedra que había a un lado de la celda. Se sentó, abriendo las piernas. Yo me arrodillé frente a él, el velo todavía puesto, el hábito intacto. Con manos temblorosas le terminé de desabrochar la camisa y le desabroché y le bajé un poco los pantalones y los calzoncillos bóxers negros de licra. Su miembro apareció, grueso, venoso, moreno como él, ya completamente duro y palpitante.
Lo miré un segundo, con el corazón a cien. Después lo tomé con mi delicada mano haciendo movimientos lentos y suaves y acerqué mis labios carnosos y lo besé suavemente en la punta. Él soltó un gemido grave.
—Así, amor… Ámame así… —murmuró con voz ronca—. Tómalo entero.
Abrí mi boca y lo acogí lentamente, sintiendo como me la llenaba.
Mis carnosos labios subían y bajaban mientras una de mis manos delicadas con dedos de pianista le acariciaban el pecho peludo, los pezones duros, la barriga prominente y peluda de macho mestizo y la otra su miembro mientras era también acariciando por mis labios. Él respiraba cada vez más fuerte, una mano grande puesta sobre mi velo, sin quitármelo, solo acariciándome la cabeza con posesión.
—Qué boca tan caliente… tan suave… —gimió—. Eres mía esta noche, amor… toda mía.
Yo estaba empapada bajo el hábito. El sabor salado y masculino de su miembro, su voz grave, la sensación de estar completamente dominada mientras él estaba sentado y yo arrodillada… todo me llevaba al límite. Cuando llegó al clímax soltando un fuerte y morboso gemido, sentí cómo su esencia de hombre, caliente y espesa, me llenaba la boca y la garganta en grandes chorros. Lo absorví y bebí todo, temblando, mientras yo misma llegaba a un orgasmo intenso solo con la fricción de mis tetas, mis pezones endurecidos y mis muslos a lo largo del acto y la intensidad del momento.
Él me tomó suavemente la cara con las dos manos y me hizo levantar. Me besó con ternura, sin importarle su propio sabor en mis labios.
—Ven aquí, mi niña… —dijo con voz ronca pero dulce.
Me llevó en brazos hasta el pequeño lavabo de la celda. Me quitó el hábito y el velo con cuidado infinito, dejándome completamente desnuda frente a él. Entré en la ducha y el agua caliente cayó sobre mí. Él, todavía vestido, me enjabonó todo el cuerpo con sus manos grandes, toscas y masculinas: los pechos pequeños, la cintura fina, los muslos delgados, la piel blanca. Me miraba con una mezcla de deseo y emoción profunda.
—Eres tan delicada… tan blanca… tan pura… —murmuró mientras me pasaba las manos por la espalda—. Mujeres como tú ya casi no quedan. Te amo, mi monjita.
Yo lloraba bajo el agua, emocionada.
—Te amo, N... —le dije con la voz quebrada—. Aunque esto sea un pecado… Te amo con todo lo que tengo.
Una vez fuera de la ducha, él me cubrió con una toalla bien grande, me besó la frente, después los labios, y me estrechó fuerte contra su pecho peludo con la camisa todavía medio desabrochada.
Una vez seca, me puso un camisón blanco, fino y limpio. Él se quitó la ropa quedando solo con sus calzoncillos negros bóxers de licra, marcando todavía su virilidad. Nos metimos los dos en la cama y nos tapamos. Me rodeó con sus brazos fuertes, yo me acurruqué contra su pecho, sintiendo el pelo áspero y su barriga prominente contra mis pechos y mis endurecidos pezones y mi cuerpo delgado debajo del suave y blanco camisón.
—Descansa, mi amor —me dijo bajito, acariciándome el cabello—. Mañana por la mañana te despertaré con un beso.
Nos dormimos abrazados, en silencio, con la luna entrando por la pequeña ventana del monasterio.
A la mañana siguiente
La luz suave del amanecer entraba por la ventana. Me desperté lentamente, todavía entre sus brazos. Él ya estaba despierto, mirándome con ternura. Su pecho peludo subía y bajaba con la respiración tranquila. Su barriga prominente me acogía como un cojín cálido.
—Buenos días, mi monjita hermosa —dijo con voz ronca y suave, sonriendo bajo el bigote.
—Buenos días, N... —respondí, con la voz todavía adormilada, pero llena de emoción.
Me acerqué más y hundí la cara en su pecho peludo, abrazándome fuerte a él. Besé su piel cálida, sintiendo el olor a macho que me hacía sentir segura y excitada al mismo tiempo. Él me acarició la espalda por encima del camisón con su mano grande.
—Eres lo más bonito que he visto en mucho tiempo —murmuró—. Tan pequeña, tan delicada… y tan mía.
—Te amo —le dije, con la voz quebrada de nuevo—. Aunque solo sea en esta recámara… te amo con todo lo que tengo.
Él me levantó la barbilla con dos dedos y me besó lentamente, profundamente.
—Yo también te amo, mi niña. No sé cuánto tiempo tendremos… pero mientras estés aquí, eres mía.
Nos quedamos un rato más abrazados, yo con la cara hundida en su pecho peludo y su barriga prominente, sintiendo su corazón latir fuerte y regular. Él me acariciaba el cabello y me besaba la frente de vez en cuando.
—Quiero quedarme así para siempre —suspiré.
—Entonces quédate —respondió él, con una sonrisa tierna—. Al menos hoy… quédate conmigo.