El deber de Todo Buen Hermano es Follarla

heranlu

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Ago 31, 2007
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Subí los escalones y llamé al timbre, sintiéndome más impaciente de lo que había esperado. Es verdad que hacía más de dos meses que no volvía para hacer una visita a mi casa, pero además esta vez tenía algo de especial. Cuando ya temía que no hubiera nadie dentro de casa se oyó el ruido de las llaves en la cerradura.

- Hombre Manu, cuanto tiempo – la sonrisa de mi hermanastra era deslumbrante – ya pensaba que este fin de semana tampoco íbamos a vernos.

- No podía dejaros abandonadas tanto tiempo – mirando alrededor añadió – por cierto ¿no está mamá?

- Que va, ha salido con las amigas a tomar algo, cuando nos avisaste que venías ya era tarde para cancelarlo.

- Perfecto, así tendremos la casa para nosotros solitos.

Cerré la puerta y, con una gran sonrisa estampada en la cara, me deshice de mi mochila y le planté un morreo como dios manda a mi hermanastra. Llevábamos demasiado tiempo hablando de este día, no podía perder el tiempo con charla banal.

- Sí… esto es en lo que he estado pensando todo el tiempo en el autobús mientras venía – la voz me salía entrecortada de la excitación – no has cambiado de idea, ¿verdad?

- Mm mm – negó mi hermanita con la cabeza – sigo queriendo hacerlo, espero que no seas tú el que ahora tenga miedo.

- Ni de coña. Vente conmigo Sara – dije ofreciéndole mi mano.

No se resistió y tiré de ella suavemente hasta tumbarla en el sofá del salón. Era bastante grande y lo prefería mil veces a las literas estrechas de nuestros cuartos. Además, no creía que pudiera llegar allí con el calentón que tenía.

- Quítate la camiseta – me ordenó con voz autoritaria – quiero verte bien.

- ¿Así qué ahora eres tú la que manda? – me quité la camiseta y la tiré al suelo – muy bien hermanita, pero yo también quiero verte a ti.

- Vale, pero cierra los ojos.

Las ganas de empujarla hacia mí y arrancarle la ropa casi me superaban, pero decidí seguirle el juego y cerrar los ojos. Estando ciego aproveché para centrarme en el resto de los sentidos y descubrí que se había echado ese perfume que le regalé para su 18 cumpleaños y que olía tan bien. Le oí desabrocharse la ropa y tirarla al suelo y, cuando ya estaba a punto de hacer trampas y espiar un poco, me dijo por fin que los abriera.

- Guau Sara, estás…estás…

- ¿Te gusta? – su tono había cambiado y ahora se le notaba mucho más nerviosa y cohibida.

- Estás genial, no podría haber imaginado nada mejor.

Y, aunque lo que más deseaba era que se sintiera segura y relajada conmigo, era verdad que estaba impresionante. Además de lo guapa que era, ese conjunto de lencería negro que se había puesto le quedaba alucinante. No sabía cuando había pasado, pero mi dulce hermana, a la que llevaba al parque cuando era pequeña, se había convertido en una exuberante mujer, con unas tetas preciosas en las que se intuían los pezones a través del encaje y unas piernas largas y bien esculpidas de hacer deporte.

- Lo compré la semana pasada para ti, quería parecerte atractiva – sin darse cuenta se mordía el labio mientras me miraba, pareciendo todavía más sexy.

- No podrías haberte puesto nada más bonito Sara, en serio.

Fui hasta el sofá, me senté a su lado y, cogiéndola con dulzura el rostro la besé, un beso largo y profundo. Por lo menos parecía que en esa parte sí que tenía práctica y se le notaba más resuelta. El beso iba aumentando de intensidad, se nos notaba jadeantes mientras la agarraba suavemente por el pelo y la besaba el cuello.

Le estaba lamiendo el cuello cuando empezó a soltar unos gemiditos que conseguían ponerme a mil, el pantalón me estaba incomodando ya de toda la presión que tenía por culpa de la hinchazón de la polla. Sin poderme contener, le bajé el picardías provocando que uno de los pezones se saliera totalmente erecto, lanzándome enseguida a lamerlo y a darle algún mordisco, operación que repetí después con el otro.

Podía notar que Sara estaba disfrutando con las atenciones. No paraba de retorcerse debajo mía y de gemir con cada movimiento de mi lengua, por lo que decidí aumentar un poco el nivel y bajar las manos hasta su tanga. Me di cuenta sorprendido que estaba bastante mojado y no pude evitar coger un poco de flujo y llevármelo a la boca.

- Sabes de maravilla – me relamí.

- Dios, ¿en serio? – se tapó la cara con las manos.

- No sientas vergüenza, solo túmbate y relájate.

Me hizo caso y se reclinó en los cojines, dejando las piernas abiertas para mí. Aproveché para quitarle el tanga y ver por primera vez tan de cerca el coñito de mi hermanastra. Es verdad que ya me había mandado alguna foto los últimos meses, pero en persona era todavía mejor.

Tenía un coño precioso, rosita, un poco abierto, pero no demasiado y totalmente depilado. Había acertado y estaba bastante cachonda, se le notaba brillante de todo el flujo que salía. Antes de que pudiera echarse para atrás le cogí de los muslos y pasé la lengua de arriba abajo, un lametón largo y concienzudo.

- Joder… joder – la voz le salía entrecortada.

- Si necesitas que pare solo dímelo – en esos momentos era lo último que quería, pero necesitaba que confiara en mí.

- ¡No! Sigue por favor.

Dicho y hecho. Me Incliné de nuevo y empecé a devorarle el coño. Pasé la lengua por toda la zona y subí al clítoris para martirizarla un rato dando lametazos circulares. Se retorcía mientras me tenía agarrado del pelo y pegaba grititos de placer todo el rato, pero la tenía bien sujeta y no iba a dejar que se escapara.

Cuando llevaba un rato lamiendo y notaba que estaba más que excitada puse un dedo en la entrada y lo empujé lentamente. Se notaba que tenía el agujero bastante cerrado, pero era tanto el flujo que había que se deslizó sin problema hasta entrar entero. Pegó un respingo por la sorpresa, pero como no noté síntomas de dolor decidí intentarlo con otro dedo más. Éste costó un poco más que entrara, pero arqueando un poco las caderas entre los dos lo conseguimos.

- Espera, espera, un poco más despacio Manu – se notaba que estaba un poco tensa.

- Tranquila, lo haré más despacio – dije mientras empezar a meter y sacar lentamente los dedos a la vez que daba vueltas dentro del coño - ¿Así mejor?

- Sí, mucho mejor, no pares porfa.

Seguí masturbándola un rato mientras que con la lengua le lamía las tetas. Mi hermanastra comenzó a mover las caderas acompasándose al movimiento de mis dedos, sin duda estaba aprendiendo rápido. Cuando vi que estaba lista me atreví a meterle un tercer dedo, el cual entró prácticamente sin problemas. Tal y como estaba, sabía no podía postergar la pregunta mucho más.

- ¿Estás lista para dejar de ser virgen…conmigo? – cruzaba los dedos para que no se echara para atrás justo ahora.

- Sí, hermanito, no he cambiado de idea, quiero que seas el primero.

- Muy bien.

Me puse de pie y me quité por fin el dichoso pantalón, mi polla estaba que reventaba a esas alturas y notaba los huevos muy hinchados. Me bajé también los calzoncillos y de una patada lancé todo lejos, sintiéndome por fin libre y a gusto.

- Buenos, ¿qué te parece? – no sé porqué ahora era yo el que me sentía cohibido con su mirada.

- ¿Puedo probarla? – la mirada pícara que puso no tiene precio.

- ¿En serio? Claro, claro – mi voz reflejaba la sorpresa ante esa súbita curiosidad.

Sin todavía poder creérmelo del todo, me acerqué hasta donde estaba y puse la polla cerca de sus labios y, sin tener que decirla nada, la cogió con una mano y se la llevó a la boca. A punto estuve de correrme allí mismo. La cara de guarrilla de mi hermanastra tragándose entera mi polla era casi más de lo que podía soportar. Rápidamente empezó a succionarla metiéndola y sacándola de la boca. Se la notaba que no tenía experiencia, pero lo suplía con creces con el entusiasmo que ponía.

- Más despacio fiera, que es delicada.

- Perdona, ¿te he hecho daño? – la cara le cambió completamente por la preocupación.

- Que va, no te preocupes. Solo no hace falta que vayas tan rápido – me lleve la mano a la polla y la empecé a masturbar lentamente – así, de la base a la punta, ¿ves? Con calma.

Parecía que Sara había escuchado atentamente la lección y volvió a la carga. Primero agarró la polla y empezó a hacerme una paja. Me encantaba la cara de concentración que ponía mientras la miraba fijamente. Después, sacó la lengua y empezó a lamerla de arriba abajo, como si fuera su helado favorito. Cuando llegó al glande lo lamió dando vueltas con la lengua y metiéndoselo en la boca sin dejar de lamerlo. Yo ya tenía sudor frío, para ser una novata mi hermanastra estaba aprendiendo muy rápido a lamer pollas.

- Si sigues así hermanita no creo que pueda durar mucho tiempo.

La mirada de interrogación que me echó con la polla todavía en su boca era lo más erótico que había visto en mucho tiempo. Para intentar alargar un poco más la situación decidí probar algo y me tumbé en el sofá.

- Súbete de rodillas encima de mí – le ayudé con las manos a colocarse – yo también quiero participar.

Le había dicho varias veces por chat que mi sueño era hacer un 69 por ella, por lo que enseguida supo que era lo que me proponía. Agarrándola fuerte por las nalgas bajé su culo hasta tener el coño a la altura de mi boca y empecé a devorarlo. El sabor me volvía loco, nunca había probado un coño tan rico con ese. La visión del culito abierto delante mía era increíble, y no pude evitar pasar un poco la lengua por su ano, viendo como se abría y cerraba involuntariamente por la inesperada visita.

Sara seguía maniéndome la polla, aunque de vez en cuando se notaba que se desconcentraba porque gemía y tenía que parar mientras se retorcía del placer. Las sensaciones recorrían toda mi polla y cuando la agarraba con la mano para masturbarla mientras pasaba la lengua por el glande sabía que tenía que estar ya con la punta mojada.

- Eres una diosa, ¿lo sabías? – quería hacerle comprender cuanto antes lo buena que era.

- Calla porfa, que me desconcentras – contestó antes de seguir lamiendo.

Si mi hermanastra prefería seguir esta dulce tortura antes de estar hablando yo no tenía ningún problema. Le metí todo lo que pude la lengua dentro de coño mientras notaba como ella bajaba hasta pasar la lengua por mis huevos. Qué sensación más buena... Arqueé las caderas para demostrarle todo lo me gustaba y que no parara nunca.

- Ahh…jooooder Sara, sí.

Puse la mano en su clítoris y empecé a masturbarlo mientras seguía lamiendo el coño. Se sacó la polla de la boca y empezó a gemir más y más alto mientras los temblores iban apoderándose de su cuerpo. Había conseguido que mi hermanita se estuviera corriendo y la imagen que tenía delante era alucinante. Veía como el coño se contraía y se empapaba de flujo mientras arqueaba la espalda y gemía de placer.

- Manuuuu…

Tras unos segundos en los que oleadas de placer recorrieron su cuerpo cayó sobre mi cuerpo, estaba sudorosa y jadeante, más sexy que nunca. Cuando noté que había recuperado la respiración más o menos normal la moví un poco y me senté en el sofá.

- Dios Sara, eres la hostia ¿te ves con fuerzas para seguir hasta el final después de esto? – mientras lo decía acariciaba suavemente la polla de arriba abajo, invitándola, pero sin presionarla.

- Ahora más que nunca. Fóllame hermanito, quiero que seas el primero que lo haga – respondió reclinándose y arqueando las caderas en una invitación explícita.

- Será un honor.

Nada más decirlo la agarré fuerte por las caderas y, centímetro a centímetro, empecé a meterle la polla. Aunque tenía el coño lleno de flujo, se notaba que mi hermanastra estaba un poco rígida, pero no dijo nada mientras la penetraba. Por fin llegué a la barrera, y sin dejar de mirarla a los ojos di un último golpe de cadera para clavarla hasta el fondo.

- ¡Auh! ¡auh! ¡auh! – la cara que puso fue de auténtico dolor – espera, espera un poco, déjame acostumbrarme.

- Relaja el coño Sara, no aprietes tanto.

Era verdad, en ese momento me estaba estrangulando la polla. Aunque estaba muy lubricada, tenía que relajarse si no quería que le doliera. Después de unos segundes noté como su respiración se calmaba y el coño dejó de apretar tanto, así que con una sonrisa comencé a follármela de verdad.

Al principio iba con cuidado, pero sus gemidos cada vez más altos me dieron ánimos y empecé a embestirla más y más rápido. Sus caderas se movían acompasadas cada vez que la penetraba y en un momento dado me abrazó con las piernas haciendo una pinza con ellas.

- Sí joder, sigue hermanito, me gusta mucho – sus jadeos eran música para mis oídos.

Después de unos minutos de intensa follada y, queriendo que tomara también el control, me tumbé sobre el sofá para poder subirla sobre mi polla.

- Cabalga, quiero verte saltando encima de ella.

Un poco cohibida al principio, comenzó a subir y bajar sobre la polla, pero cuando le cogió el tranquillo comenzó a ponerle muchísima energía. Sus tetas botaban delante de mí y no podía evitar lanzarme a lamer sus pezones.

Toda ella era una fantasía viviente. Sus curvas, su olor, el sabor de sus recovecos… me volvía loco de placer. Nunca pensé que pudiera gustarme tanto follarme a mi hermanastra. Sabía que debería sentirme mal, pero me era muy difícil cuando sentía mi polla abrazado por ese coñito tan delicioso.

Bajó el cuerpo para poder besarme y nuestras bocas se fundieron en un beso largo y sensual, en el que nuestras lenguas batallaban una guerra infinita. La agarraba por las nalgas para poder empujarlas y acompasar el vaivén de nuestros cuerpos.

Sin poder aguantar más, la recosté sobre los cojines y, apoyando sus piernas en mis hombros, aumenté la velocidad hasta que se oía crujir el sofá.

- Ah joder, sí Manu, sí – los gritos subían cada vez más de volumen.

Mi polla no aguantaba más, estaba más dura que lo que recordaba haberla tenido nunca, sentía tanto placer que los huevos a punto de explotar. La embestía mientras notaba como los huevos rebotaban contra su culo y la polla llegaba hasta el cérvix, pero en vez de sentir dolor parecía que a ella le gustaba, y a mi me estaba haciendo ver las estrellas.

- Saraaaaa – me corrí por fin con un largo gemido mientras me derrumbaba en sus brazos.

Así permanecimos abrazados un rato, con mi cabeza apoyada en su cuello, nuestras extremidades enredadas e intentando recuperar la respiración. Cuando volví en mí unos minutos más tarde, me di cuenta algo ansioso de que todavía seguía dentro de mi hermanastra y que ella estaba muy callada.

- ¿Estás bien? ¿Te ha gustado? – la cara de preocupación que puse debía de ser un poema.

- Ha sido perfecto, gracias hermanito – la sonrisa que me ofreció era la de una mujer totalmente saciada y feliz.

Estábamos besándonos, un beso largo y húmedo cuando oímos detrás nuestro un ruido de algo que se había caído al suelo.

- Pero mamá, ¿Qué haces aquí?

- ¿Qué hago aquí? ¿en serio me preguntas que hago YO aquí? – su cara de estupefacción estaba desencajada – ¡Es mi casa! Y vosotros sois mis hijos. Lo he visto todo, no penséis que me vais a engañar. Guarros, que sois unos guarros los dos. Idos a vuestro cuarto. ¡Ahora!

- Sí mamá, perdona – no sabía que más podía decir en esos momentos para calmar los ánimos.

Aunque entendía la sorpresa y el enfado de mi madre esperaba sinceramente que se le pasara pronto. A sus 44 años era una madre bastante joven y liberal con todo lo relacionado con el sexo. Desde que se divorció de mi padre no dejaba de llevar hombres a casa, muchas veces para una sola noche y cada día más jóvenes. Mis primeras pajas me las había hecho oyendo como se follaban a mi madre, con la pared de la habitación retumbando con cada embestida.

Con el recuerdo del sexo con mi hermanastra Sara fresco en la memoria y sin querer enfrentarme todavía a mi madre, me pasé el resto de la tarde en mi habitación hasta que ya por la noche me quedé dormido con una gran sonrisa en la cara.
El silencio de la casa era tan denso que parecía un personaje más. Después de lo de ayer con Sara, esperaba una bronca, una mirada de hielo, algo. Pero solo hubo ese silencio, cargado y elástico, que podía significar tanto el perdón como la sentencia a la espera de su hora. Ese silencio era mi única baza. Y decidí jugarla.

La música de la habitación de Sara, un ritmo electrónico sordo, me daba cobertura. Abrí la puerta del cuarto de mi madre con el cuidado de quien desactiva una bomba. Estaba allí, tumbada de espaldas a mí, la silueta recortada por la tenue luz del pasillo. Llevaba un camisón de seda negra que se adhería a sus curvas como una segunda piel, una promesa en la penumbra.

Entré. El aire olía a su perfume de siempre, jazmín y naranjo amargo, pero ahora mezclado con algo áspero, a nervios. Me desprendí de mi ropa, sintiendo el aire frío en la piel. Solo quedaban mis boxers, una barrera ridícula.

Me deslicé en la cama, detrás de ella. Mi brazo rodeó su cintura, y mis labios rozaron su nuca. Noté cómo todo su cuerpo se tensaba, convertido en una cuerda a punto de romperse.

-Hola, mamá -susurré en su oído, mi voz más baja que el roce de las sábanas-. Espero que no te hayas enfadado por lo de ayer.

Ella se giró de golpe, sus ojos eran dos dardos en la oscuridad.

-Manuel, ¿se puede saber qué estás haciendo? -Su voz no era de enfado, sino de algo más profundo: pánico.

-Shhh -acentué la caricia en su pelo, intentando domar el temblor que sentía bajo mis dedos-. No pasa nada. Lo de ayer… no fue algo malo. Fue natural.

-Sois unos degenerados -escupió, pero su voz se quebró. Se alejó hasta chocar con la cabecera-. Seguro que esto ha sido cosa tuya. Siempre tan… insaciable.

-La idea fue de Sara -dije, y una sonrisa se me escapó-. Pero no voy a mentirte, a mí me pareció perfecta. Y ella disfrutó, mamá. Se notaba.

-Es una pervertida -murmuró, desviando la mirada-. Habiendo tantos chicos…

-Pero no quiere a ninguno. Como tú -dejé caer las palabras lentamente, observando su reacción-. Y una mujer como tú… está mal que viva así. Tan joven. Tan guapa.

Su mirada volvió a mí, y por primera vez realmente me vio. Vio la delgada tela de mi ropa interior, la tensión evidente debajo. Sus ojos se abrieron levemente.

-Pero… esto no está bien -balbuceó, pero era una protesta débil, un eco de una moral que ya se estaba resquebrajando-. Ni con Sara ni conmigo. Somos tu familia.

-¿Y quién mejor que la familia para cuidarse? -avancé lentamente, invadiendo su espacio-. Para entenderse. Ya no soy un niño, mamá. Déjame cuidarte.

No le di tiempo a pensar. Mi boca encontró la suya. Al principio fue una losa, fría e inmóvil. Luego, un suspiro. Y luego, un movimiento casi imperceptible, un ceder. Sus labios respondieron, tibios y salados, con la urgencia de quien recuerda un sabor olvidado.

-Manuel… alguien podría… -murmuró contra mis labios.

-Sara ha salido - mentí, sabiendo que era la mentira necesaria-. Estamos solos.

Mi mano se enredó en su cabello, tirando suavemente hacia atrás, exponiendo la línea larga y pálida de su cuello. Empecé a besarla allí, donde el pulso le latía como un pájaro enjaulado. Un sonido escapó de su garganta, un quejido ahogado que me electrizó.

Siempre la había imaginado así, desde que era un crío y la veía, mitad en sombras, con sus amantes. Una mujer hecha de deseos que yo solo podía intuir. Pero ni en mis fantasías más vívidas esto era así: tan real, tan cargado de la rendición silenciosa de su cuerpo.

-Quítatelo -ordené, mi voz ahora ronca-. Quiero verte.

Ella dudó. Sus ojos buscaron los míos, preguntando, midiendo el abismo que estábamos a punto de cruzar. Luego, con una lentitud agonizante, deslizó las tiras de seda por sus hombros. La tela cayó, y sus pechos, aquellos que me habían alimentado, quedaron al descubierto. Eran pesados, pálidos, con pezones oscuros y erectos. No eran un símbolo de maternidad ahora. Eran solo de mujer.

Me abalancé sobre uno, tomándolo en mi boca con un hambre animal. Lamí, mordisqueé, succioné. Un gemido estrangulado salió de ella, y sus manos se aferraron a mi cabeza, empujando, no para alejarme, sino para ahondar el contacto.

-Dios… -jadeé, separándome un instante-. Cuánto tiempo he deseado esto.

Mi mano descendió por su vientre, buscando el calor entre sus piernas. La encontró cubierta de un vello suave y empapada, tan húmeda que mis dedos se hundieron sin resistencia. Sonreí contra su piel.

-Estás empapada -musité-. Te gusta. Admítelo.

-No hables -suplicó, su voz era un hilo de voz ronca-. Por favor, sigue.

Nos besamos de nuevo, con una furia que nos tomó por sorpresa. Ya no había madre ni hijo. Solo había boca, manos, piel sudorosa. Fue ella quien, con un movimiento brusco, bajó mis boxers y liberó mi erección. Su mano, experta y firme, me agarró por la base y comenzó a moverla. Sus años de experiencia se notaban en cada roce calculado.

Luego, sin que yo lo pidiera, bajó la cabeza y me tomó en su boca.

Fue una imagen surrealista. Ver su rostro, el mismo que me cantaba nanas, concentrado en la tarea de tragar mi polla. Su boca era un calor húmedo y perfecto. Me recosté en las almohadas, dejándome llevar, mientras mi mano se enredaba en su melena. Gemí. No podía evitarlo.

-Todavía no -ordenó ella, separándose un momento, con mis fluidos brillando en sus labios.

Sabía que yo estaba al límite. Se incorporó y, con unos movimientos rápidos, se despojó del camisón por completo. Su cuerpo, maduro y voluptuoso, quedó expuesto ante mí. Era hermoso. Nos arrancamos la última prenda que me quedaba y nos fundimos en otro beso, un beso de desesperación, como si intentáramos devorarnos el uno al otro.

Fue ella quien, con un empuje decidido, me tumbó sobre la cama y se montó sobre mí. Me miró fijamente, buscando un último permiso en mis ojos. Yo solo pude asentir. Entonces, guiándome dentro de ella, se hundió en un solo movimiento profundo y gutural.

-Joder… -suspiré, con los ojos en blanco.

-Calla -susurró, y comenzó a moverse.

Sus caderas dibujaban círculos lentos y luego pistones rápidos. Era un baile antiguo y nuevo a la vez. Sus pechos se mecían frente a mi cara y no pude resistirme a morder uno, con suavidad primero, luego con fuerza. La bofetada que recibí en la mejilla no fue de enfado, sino de puro éxtasis compartido.

Perdí el control. La tumbé boca arriba, agarré sus piernas y la penetré con una fuerza que nos dejaba sin aliento. Ella no era un simple receptáculo; su interior era vivo, se contraía y me apretaba, exprimiéndome con una pericia que solo la experiencia concede.

Cuando sus gemidos se volvieron agudos y su cuerpo empezó a vibrar, la giré. Una palmada en su nalga, nítida en el silencio, la puso a cuatro patas. La penetré por detrás, y mi mano buscó de nuevo su clítoris, masajeándolo en círculos rápidos mientras yo no cesaba en mi ritmo.

Eso la quebró. -¡Sí! ¡No pares! -gritó, abandonando toda cautela-. ¡Por favor, hijo, no pares!

Su orgasmo la sacudió en oleadas violentas. Su cuerpo se estremeció y se contrajo alrededor mío. Yo seguí, impasible, hasta que sentí que mi propio final era inminente. La agarré del pelo, enterré mi cara en su cuello y, con un gruñido que era su nombre, me vacié dentro de ella en espasmos interminables.

Quedamos jadeantes, pegados el uno al otro, la piel brillante de sudor. El mundo se había reducido a ese olor a sexo y a jazmín.

Fue entonces cuando oímos un jadeo.

En la puerta, con los ojos como platos y una mano tapándose la boca, estaba Sara.

-Lo sabía -dijo, su voz era un susurro cortante.

-Hija, no es lo que piensas -trató de explicar mi madre, intentando cubrirse con la sábana, su voz cargada de vergüenza y pánico.

-No me mientas -cortó Sara, con una amargura repentina-. Lo he oído todo.

-No pasa nada, Sara -dije yo, recuperando el aliento. Mi mirada fue de ella a mi madre y viceversa. La situación era frágil, peligrosa. Tenía que controlarla-. No es lo que parece. Esto… es distinto. Ven.

Sara me miró, luego a nuestra madre, cuya cabeza estaba gacha. Dudó. Pero luego, con una lentitud deliberada, dio un paso al frente. Otro. Hasta quedar al borde de la cama.

-Hermana -dije, con una suavidad calculada-. Límpiame.

Le mostré mi polla, todavía húmeda y brillante con las pruebas de lo sucedido.

Ella miró a nuestra madre, buscando una prohibición que no llegó. Luego, con una mirada que era un cóctel de rabia, curiosidad y excitación, bajó la cabeza y la metió en su boca. Su lengua, esforzada y sumisa, limpió cada rastro.

Mientras lo hacía, miré a mi madre. Le hice una seña leve con la cabeza hacia Sara. Ella entendió. Con una determinación resignada, se acercó a Sara, le bajó los shorts de pijama y comenzó a acariciarla, introduciendo dos dedos en su interior. Era un pacto de silencio, sellado con carne.

Sara dejó de chupar, sorprendida por la nueva sensación, pero un leve tirón de su pelo por mi parte la devolvió a su tarea. Mi madre, entonces, bajó aún más la cabeza y comenzó a lamer el coño de su hija mientras continuaba con los dedos.

Fueron varios minutos devorándoselo, con mi hermana cada vez más excitada. De repente, el sonido que salió de Sara fue un quejido largo y profundo. Se separó de mí, incapaz de contenerse, y se dejó llevar por un orgasmo violento que la hizo gritar y arquearse contra la boca de nuestra madre.

Verlas a ellas, madre e hija, enredadas en ese acto, fue demasiado. Agarré a Sara de la nuca y la empalé de nuevo, ya que había recuperado toda mi dureza. Unos segundos después, un nuevo torrente salió de mí, llenándole la boca. Ella tosió, se separó, pero se tragó todo con una mirada de desafío y sumisión.

El silencio volvió, más pesado que antes. Los tres, exhaustos, en la cama deshecha. Mi madre se incorporó y, con un gesto que me pareció de una tristeza infinita, nos dio un beso suave en los labios, primero a mí, luego a Sara.

-Esto -dijo, su voz apenas un susurro quebrado- no debe salir nunca de esta habitación. ¿Está claro?

-Yo no diré nada -respondí, mirándola fijamente-. Pero solo si prometéis que esta no será la última vez.

Sara, recostada ahora sobre mi hombro, acariciaba mi pecho con dedos perezosos. -Por mí, no hay problema, hermanito -dijo, y su voz sonaba a victoria.

La mañana nos sorprendió así, enredados los tres en las sábanas de la cama matrimonial, un nuevo y frágil equilibrio nacido del deseo y el secreto, sin saber muy bien qué demonios habíamos creado.
 
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