MARORI69
Pajillero
- Registrado
- Feb 4, 2025
- Mensajes
- 61
- Likes Recibidos
- 199
- Puntos
- 33
De la playa al cuartel
Me llamo Carla, tengo veintinueve años y llevo toda la vida huyendo hacia adelante. Cuando algo se rompe, no me quedo llorando: busco olas, sudor, velocidad. Ski en invierno, surf en cuanto sube el agua, kickboxing para descargar lo que no digo en voz alta. Mi cuerpo lo refleja: 1,65 m, cintura estrecha, abdominales que se marcan sin esfuerzo, pecho 90 y cadera 80. No es postureo, es disciplina.
Soy abogada. De Llanes, Asturias. Pelo castaño casi rubio, con mechas que el sol me regala cada verano, siempre recogido en una coleta alta porque odio que me estorbe. Ojos verdes, cara de niña buena que engaña bastante. Piercing en los pezones —me encanta insinuarlos con camisetas finas o tops de tirantes—, otro en el ombligo, y varios tatuajes que cuentan historias que no cuento a cualquiera: una ola rompiendo en el costado izquierdo, una pequeña brújula en la muñeca, unas líneas geométricas que bajan por la columna.
Mi piel está morena, pero con las marcas clásicas del bikini mínimo: triángulo blanco en el pubis y dos líneas pálidas en el pecho. Topless siempre que puedo. Siempre.
Hace tres semanas rompí con él. O mejor dicho: él rompió conmigo. No lloré delante suya. Me limité a recoger mis cosas de su piso en Gijón, meter la tabla, la furgo camperizada y largarme sin mirar atrás. Decidí que este verano iba a ser mío. Costa francesa, solo yo, el Atlántico y mis demonios.
Llevaba cinco días surfeando en Hossegor y alrededores. Dormía en la furgo, cocinaba en el campingaz, vivía de café, avena y sal. Perfecto. Hasta esa tarde.
Volvía de la playa por una carretera secundaria, con el pelo todavía húmedo y la tabla en el techo. Iba con un bikini diminuto y una camiseta de tirantes blanca empapada que no dejaba mucho a la imaginación. Llevaba en la guantera un bote pequeño de marihuana. Solo para mí. Un porro al atardecer, nada más. Nada que vender, nada que traficar. Consumo propio.
Me pararon en un control rutinario. Dos gendarmes jóvenes y un tercero más mayor que parecía el jefe. Me pidieron papeles, registro. Abrí la guantera sin pensar demasiado. Cuando vieron la bolsita, los tres intercambiaron una mirada y murmuraron algo en francés que no entendí del todo, pero el tono no era de multa administrativa.
—Baja del vehículo, por favor —me dijo el mayor, serio.
Intenté explicarme en mi francés decente pero con acento asturiano. Les dije que era para uso personal, que no era nada grave, que era abogada y conocía mis derechos. Ellos solo sonrieron de lado.
Llegué al cuartelillo con el corazón latiéndome en la garganta. Era un edificio prefabricado de hormigón gris, rodeado de alambrada baja y dos coches patrulla polvorientos. Me bajaron de la furgo casi a empujones. El gendarme mayor —un tipo de unos cuarenta y cinco, pelo canoso cortado al rape, mandíbula cuadrada— me agarró del brazo con fuerza mientras los otros dos me flanqueaban. Uno joven, rubio, con cara de niño malo; el otro más moreno, fornido, con bigote recortado. Ninguno sonreía ya.
Dentro olía a tabaco frío, café quemado y desinfectante barato. Me metieron directamente en una sala de interrogatorios pequeña: mesa metálica atornillada al suelo, dos sillas, un espejo grande en la pared (sabía que era unidireccional), una cámara de seguridad en la esquina superior y otra portátil sobre un trípode que ya estaba montada y encendida. Roja parpadeante. Grabando.
—Desnúdate —ordenó el mayor en francés seco.
Intenté mantener la calma de abogada. Voz firme, aunque me temblaban las manos.
—Soy ciudadana española. Exijo que se me informe de los cargos exactos, que se me permita contactar con mi consulado y que se respete mi derecho a no ser sometida a vejaciones. Esto que están haciendo es ilegal según la directiva europea y el Convenio Europeo de Derechos Humanos.
El mayor soltó una risa corta, como un ladrido, y luego una bofetada que me dejo la mejilla ardiendo.
—Aquí no estás en tu tribunal, mademoiselle. Aquí estás en mi casa. Manos a la espalda.
Sacó las esposas. Acero frío. Me las puso con brusquedad, apretando lo justo para que doliera un poco. Los brazos atrás, hombros forzados. El rubio joven se colocó detrás y me agarró de la coleta, tirando hacia arriba para que levantara la barbilla.
Lo haremos nosotros, no te preocupes.
Resistí unos segundos más por puro orgullo. Entonces el fornido me levantó los brazos esposados hacia arriba y el rubio me arrancó la camiseta blanca empapada de un tirón. El sujetador del bikini quedó a la vista: negro, mínimo, los piercings plateados marcándose bajo la tela fina. El mayor alargó la mano y me lo bajó de un golpe, dejando los pezones al aire. El frío de la sala me los puso duros al instante.
—Merde… mira eso —murmuró el rubio, acercándose para pellizcar uno con dos dedos. Fuerte. Gemí sin querer.
Intenté girarme. El fornido me empujó contra la mesa, pecho contra el metal helado. Me bajaron la braguita del bikini despacio, como si estuvieran desenvolviendo un regalo. Sentí el aire en la piel recién depilada, en las marcas blancas del sol, en el culo todavía caliente de la playa. Me separaron las piernas de una patada suave pero firme. El mayor se agachó detrás, me abrió las nalgas con las dos manos y soltó un silbido bajo.
—Bonita petite chatte… y ese culito virgen, ¿verdad?
—No tenéis derecho… —empecé otra vez.
__ Veamos si llevas algo mas escondido
Me calló metiéndome dos dedos de golpe. Secos al principio. Grité. Luego los movió, girándolos, buscando. Encontró el punto y presionó. Mi cuerpo traicionero se arqueó sin permiso.
La puerta se abrió. Entró una mujer. Treinta y tantos, pelo corto negro azabache, uniforme ajustado, ojos oscuros y duros. Se llamaba Sophie, lo oí cuando el mayor le dijo “viens voir la petite Espagnole”. Se acercó, se quitó la gorra y la dejó en la mesa. Me miró de arriba abajo mientras se desabrochaba los dos primeros botones de la camisa.
—Protestas mucho para estar tan mojada —dijo en francés con acento parisino suave.
Me giraron boca abajo sobre la mesa. Pecho aplastado contra el metal, mejillas ardiendo. El rubio me esposó los tobillos también, con otra pareja de esposas, y luego unieron las de manos y pies con una cadena corta por debajo de la mesa. Quedé totalmente inmovilizada, piernas abiertas, culo en pompa, brazos extendidos hacia adelante, muñecas esposadas a la argolla que había en el otro extremo de la mesa. No podía moverme ni un centímetro.
El mayor ajustó la cámara portátil para que enfocara bien: mi cara de lado, los piercings brillando, el tatuaje de la ola en el costado, las marcas del bikini, el coño expuesto y brillante. Encendió una luz extra. Todo quedaba grabado en alta definición.
—Sonríe a la cámara, abogada —dijo Sophie.
Me agarró del pelo y me levantó la cabeza. Me besó con violencia, metiendo la lengua hasta el fondo. Yo intenté morderla; ella me pellizcó el pezón con saña hasta que cedí y le devolví el beso. Mientras, el fornido me abrió más las piernas y me metió la polla de una embestida. Gruesa. Sin condón. Grité dentro de la boca de Sophie.
Empezaron a turnarse. Primero el fornido por detrás, agarrándome las caderas, embistiendo profundo y lento al principio, luego más rápido. Cada golpe hacía que mis tetas se arrastraran contra la mesa, los piercings rozando el metal frío. Sophie se subió a la mesa delante de mí, se quitó los pantalones y la braguita negra de encaje, se abrió de piernas y me empujó la cabeza hacia su coño depilado. Olía a jabón y a excitación.
—Lame, salope —me ordenó.
Lo hice. Primero con rabia, luego con hambre. Metí la lengua, chupé el clítoris, la hice gemir. Mientras, el rubio se puso a su lado, y se turnaba para meterme la polla en la boca. No muy grande, pero dura como piedra. Me folló la garganta hasta que se me saltaron las lágrimas. El mayor se masturbaba a un lado, grabando primeros planos con el móvil: mi cara empapada de saliva, el coño abierto y rojo, el culo temblando con cada embestida.
Cambios constantes. Me desataron las esposas solo para ponerme de rodillas en el suelo. Sophie se sentó en la silla, me obligó a comerle el coño mientras los tres hombres se turnaban por detrás. Primero el mayor: más largo, más grueso, me llegaba al fondo y se quedaba quieto un segundo para que lo sintiera todo. Luego el rubio, rápido y nervioso, dándome palmadas en el culo hasta dejarlo rojo. El fornido me agarraba del pelo, me quitaba la cara del coño de Sophie y me follaba la boca .Volvieron a ponerme boca abajo en la mesa, esta vez con las piernas más abiertas. El mayor me lubricó el culo con saliva y con lo que goteaba de mi propio coño. Presionó la punta.
—No… ahí no… —murmuré, la voz rota.
—Silencio —dijo Sophie, tapándome la boca con la mano mientras el mayor entraba despacio. Dolor al principio, ardor, luego una plenitud extraña y sucia que me hizo gemir contra su palma.
Me follaron los dos agujeros a la vez. El mas fornido se tumbo y me colocaron sobre el, ensartándome el coño hasta el fondo, y el mayor se agacho y me la metió en el culo. Ritmo coordinado. Cada embestida me hacía jadear contra el sexo de Sophie, abierta sobre su compañero, y con su coño en mi cara. Me corrí así, esposada, inmovilizada, grabada. El orgasmo fue violento, me tembló todo el cuerpo, grité ahogado contra su carne. Ellos no pararon. Siguieron hasta que uno tras otro se corrieron dentro: primero el fornido en el coño, caliente y abundante; luego el mayor en el culo, gruñendo; el rubio en la boca, apartando a Sophie y obligándome a tragar.
Sophie fue la última. Se corrió frotándose contra mi lengua, agarrándome el pelo con fuerza, temblando y llamándome “bonne petite pute”.
Cuando terminaron, me dejaron allí un rato. Boca abajo, esposada, semen corriéndome por los muslos, por la barbilla, por el pecho. La cámara seguía grabando. El mayor se acercó, me limpió la cara con una toalla áspera y me dijo al oído:
—Buen material. Si vuelves a pasar por aquí con marihuana… te esperamos. Y si nos denuncias, tu cara de puta insaciable, estará por toda la red.
Me soltaron. Me devolvieron la ropa arrugada. La bolsita de marihuana había desaparecido. Firmé un papel en blanco con manos temblorosas. Me acompañaron a la furgo en silencio.
Conduje diez kilómetros antes de parar en un descampado. Me metí atrás, me desnudé otra vez, encendí el móvil y me mire con la cámara, viendo los evidentes signos de lo que habia pasado. Empecé a tocarme.
Era ya de noche cerrada, solo la luz tenue de la luna y el resplandor lejano de la carretera departamental. No oí el coche llegar. Solo vi los faros cortando la oscuridad cuando ya estaban encima. Dos luces altas, cegadoras. Luego otra patrulla detrás. Cinco sombras bajaron. Reconocí al mayor de inmediato por la silueta cuadrada y el andar pesado. El rubio y el fornido también. Y dos más que no había visto antes: uno turco, alto y delgado, con barba recortada y ojos negros que brillaban bajo la luz; el otro negro, enorme, casi dos metros, músculos que tensaban la camiseta bajo el chaleco antibalas, y una presencia que llenaba el espacio solo con estar ahí.
Golpearon la puerta corredera de la furgo. Fuerte. Tres veces.
—Abre, mademoiselle Carla. Sabemos que estás aquí.
La voz del mayor. Tranquila. Casi amable.
Me quedé quieta un segundo, el corazón latiéndome en los oídos. Luego me puse una camiseta larga que apenas me cubría el culo —sin bragas, sin sujetador— y abrí la puerta. El aire frío me golpeó los pezones, endureciéndolos al instante bajo la tela fina.
El mayor sonrió de lado.
—Buena chica. No has huido lejos.
Intenté hablar, pero el turco ya me había agarrado del brazo y me sacó fuera. El negro cerró la puerta de la furgo de un golpe y se quedó vigilando.
—No… ¿qué coño hacéis? —murmuré, más por inercia que por convicción.
El mayor se acercó, me levantó la barbilla con dos dedos.
—Te vimos salir del control. Te seguimos. Y cuando paraste aquí …, supimos que querías repetir.
No mentía. No podía negarlo.
Me metieron en el maletero de uno de los coches patrulla, esposada de nuevo, manos a la espalda. Condujeron por caminos de tierra durante quince minutos, hasta llegar a una zona de marismas cerca de la costa. Olía a marea baja y a madera podrida. Pararon frente a una cabaña de pescadores vieja, de tablas grises claveteadas, techo de uralita oxidada, una ventana rota tapada con cartón. El muelle improvisado se perdía en la oscuridad del agua negra.
Me sacaron a rastras. El turco me empujó dentro. Olía a salitre, a pescado viejo y a humedad. Una bombilla desnuda colgaba del techo, amarillenta. En el centro, una mesa de madera basta, sillas desparejadas, un colchón viejo en el suelo cubierto por una manta raída. Redes colgadas en las paredes. Un sitio perfecto para desaparecer.
Me empujaron contra la mesa. El fornido me arrancó la camiseta de un tirón, dejándome desnuda otra vez. Los piercings brillaron bajo la luz pobre. El mayor sacó el móvil —el mismo que había usado para grabar antes— y lo puso en un trípode improvisado con una caja de aparejos. Roja parpadeante. Grabando.
—Sonríe —dijo Sophie, que no estaba allí, pero su voz seguía en mi cabeza.
No sonreí. Me temblaba todo.
El negro se quitó la camiseta primero. Pecho ancho, tatuajes tribales en los brazos. Luego los pantalones. Cuando sacó la polla, se me cortó la respiración. Descomunal. Gruesa como mi muñeca, venosa, ya medio dura y colgando pesada entre las piernas. El turco se rio bajo, quitándose la camisa también, más delgado pero fibroso, con una cicatriz larga en el abdomen.
El mayor dio órdenes en francés rápido. Me pusieron boca abajo sobre la mesa, igual que antes. Esposaron las muñecas a las patas delanteras, tobillos a las traseras. Piernas abiertas al máximo. Culo en pompa. El turco fue el primero. Me escupió en el coño, me abrió con los dedos y entró de una embestida seca. Grité. Él no paró, follándome con ritmo corto y duro, agarrándome las caderas. El fornido se puso delante, me metió la polla en la boca hasta la garganta. Sabía a sudor y a sal.
El negro esperó. Se masturbaba despacio, mirando. Cuando el turco se corrió dentro —caliente, abundante—, se acercó. Me lubricó el culo con su propia saliva y con lo que goteaba de mí. Presionó la punta. Era imposible. Demasiado grande.
—No… por favor… —gemí, la voz rota por la polla del fornido.
—Shhh —dijo el mayor, acariciándome el pelo como si fuera una mascota—. Relájate. Vas a disfrutarlo.
Empujó. Dolor puro al principio, ardor que me hizo arquear la espalda y gritar contra la carne en mi boca. Pero entró. Centímetro a centímetro. Me llenó como nunca. Cuando estuvo dentro del todo, se quedó quieto, dejándome sentir el grosor, la presión. Luego empezó a moverse. Lento. Profundo. Cada embestida me hacía jadear, el cuerpo convulsionando.. Los otros se turnaban en mi boca. El fornido me pellizcaba los pezones, tiraba de los piercings hasta que dolía rico. Me corrí otra vez, Cambios constantes. Me bajaron al colchón del suelo. Me pusieron a cuatro patas. El negro debajo, yo encima, empalada en esa polla monstruosa. El turco por detrás en el culo. Los otros tres alrededor, follándome la boca, masturbándose sobre mi cara, mi pecho. Semen por todas partes: en la boca, en los tatuajes, en el pelo, en los abdominales marcados.
Sophie no estaba, pero imaginaba su risa mientras me obligaban a lamerles los huevos, a chuparles después de correrse dentro. Me azotaron el culo hasta dejarlo morado. Me metieron dedos, puños casi, hasta que chillaba de placer y dolor mezclado. Se dieron por satisfechos cuando grabaron la última escena, con una porra, metida en el culo, dos en el coño y otra en la boca, tirada en el colchón, esposada y hecha un ovillo.
Al final, me dejaron tirada, cubierta de semen, temblando. El mayor apagó la cámara.
—Buen vídeo —dijo—. Lo guardaremos con el otro. Por si vuelves a pasar por aquí.
Me tiraron una toalla sucia. Me dieron la camiseta rota, después de limpiarse las pollas con ella. Me llevaron de vuelta a la furgo. El negro me dio una palmada suave en el culo antes de soltarme.
—À bientôt, petite salope.
Me hicieron conducir hasta Biarritz y cruzar la frontera con España, escoltándome.
Conduje varios km sin mirar atrás, hasta parar en un area de caravanas. Me metí atrás otra vez, encendí la luz interior y me miré en el espejo retrovisor: pelo revuelto, labios hinchados, marcas rojas en el cuello, semen seco en el pecho. Me toqué despacio. Me dolia todo, el coño, los pezones, el culo.
No sé si fue violación o si fue exactamente lo que necesitaba.
Solo sé que, desde entonces, cada ola que cojo, cada puñetazo en el saco, cada porro al atardecer… todo me lleva de vuelta a esa cabaña.
Y no quiero escapar.
Volví a Llanes a finales de agosto. El viaje de regreso fue silencioso, solo el ronroneo del motor de la furgo y el ruido constante del mar en mi cabeza. Aparqué en el mismo sitio de siempre, junto al río Carrocedo, con vistas a la playa de Poo. Descargué la tabla, la traje mojada y llena de arena, y me metí en casa sin encender la luz. Mi madre me había dejado un mensaje en el contestador: “¿Dónde andas, fía? Llámame cuando llegues”. No llamé. No podía hablar todavía.
Los primeros días fueron extraños. Me despertaba con el cuerpo dolorido, como si todavía tuviera las esposas clavadas en las muñecas. Me tocaba los pezones y sentía los piercings más sensibles de lo normal. Me masturbaba en la ducha pensando en la cabaña de pescadores, en esa polla negra descomunal estirándome hasta el límite, en el semen caliente corriéndome por la cara mientras la cámara roja parpadeaba. Me corría fuerte, gritando sola contra las baldosas. Pero después venía el vacío. Siempre el vacío.
Pasaron semanas. Volví al bufete. Casos de divorcios, herencias, contratos de obra. Me ponía traje chaqueta, me recogía el pelo en la coleta alta, sonreía a los clientes con esa cara angelical que engaña. Por dentro, seguía en Francia. Cada vez que cerraba los ojos en una reunión, veía la mesa de metal, el colchón raído, los ojos del turco clavados en mí mientras me follaba el culo.
Empecé a salir. No para buscar amor, sino para llenar el hueco. Una noche con un surfista local en su piso de Celorio: veintitantos, tatuajes en los brazos, polla decente pero predecible. Me folló contra la pared, me corrió dentro y yo fingí un orgasmo para que se durmiera rápido. Me fui antes del amanecer. Otra vez con un compañero del gimnasio de kickboxing: musculoso, arrogante, me puso a cuatro patas en su terraza con vistas al Cantábrico. Me azotó el culo, me tiró del pelo, pero no era lo mismo. No había riesgo. No había cámara. No había cinco hombres turnándose sin preguntar.
Luego vino ella. Una portuguesa, Inês, que conocí en la playa de Barayo a finales de septiembre. Morena, pelo negro largo hasta la cintura, cuerpo fibroso de surfista, ojos oscuros que te miraban como si ya supieran todo. Hablábamos en spanglish y portuñol. Me invitó a su furgo después de una sesión buena de olas. Estaba aparcada en un claro entre eucaliptos, con el mar rompiendo a lo lejos.
Entramos. Olía a cera de tabla, a sal y a su perfume barato de vainilla. Nos besamos despacio al principio, explorando. Ella me quitó la camiseta, me lamió los piercings de los pezones hasta que gemí. Yo le bajé los leggings, le abrí las piernas y me puse a comerle el coño mientras ella me agarraba del pelo y me decía cosas en portugués que sonaban a órdenes suaves. Nos corrimos las dos así, frotándonos una contra la otra en el colchón estrecho de la furgo. Luego me puso boca abajo, me abrió el culo con los dedos y me folló con un strap-on que sacó de un cajón. Fue intenso, profundo, me hizo gritar contra la almohada. Pero cuando terminamos, se fumó un porro conmigo, me besó en la frente y dijo:
—Estás en otro sitio, Carla. No estás aquí.
Tenía razón. Me fui al amanecer, con el sabor de ella todavía en la boca y el cuerpo satisfecho solo a medias.
Pasaron meses. Octubre, noviembre, diciembre. Invierno en Asturias: frío que cala los huesos, olas grandes y grises, días cortos. Seguí follando. Un pescador en su barco amarrado en el puerto, un turista noruego en un hostal de Lastres, una pareja que conocí en una fiesta en Ribadesella y que me invitó a su casa para un trío rápido y torpe. Nada llenaba. Cada polvo era un intento de recrear esa noche en la cabaña, esa sensación de estar completamente entregada, usada, sin control. Pero ninguno llegaba ni de lejos.
Por las noches, sola en la furgo (porque ya no soportaba dormir en casa), me ponía los vídeos que había grabado yo misma en el descampado. Me tocaba viéndolos, imaginando que era la cámara del mayor la que me grababa. Me corría pensando en Sophie obligándome a lamerla, en el negro partiéndome en dos, en el turco corriéndose dentro mientras me llamaba salope. Pero después lloraba. No de pena. De frustración. Porque lo que más quería era volver. Volver a esa carretera francesa, parar en el mismo control, enseñar la bolsita de marihuana y decirles:
—Aquí estoy otra vez. Haced lo que queráis.
La primavera llegó. Marzo de 2026. Las primeras olas buenas del año. Surfeé en Gulpiyuri, en Torimbia, en Poo. El cuerpo respondía perfecto: abdominales marcados, piel morena otra vez con las marcas del bikini mínimo. Pero el alma no.
Una tarde, después de una sesión larga, me senté en la furgo con la puerta abierta, mirando el mar. Encendí un porro. Di una calada profunda. Cerré los ojos.
Y lo vi claro.
No iba a encontrar lo que buscaba aquí.
Tenía que volver a Francia.
No para denunciar. No para huir.
Para pedirlo. Voluntariamente. Sin excusas.
Pero el caprichoso destino me tenia preparada otra sorpresa.
2ª Parte
El destino tiene formas raras de joderte la vida cuando crees que ya has tocado fondo. O de darte exactamente lo que tu cuerpo pide a gritos sin que tu mente lo admita.
Era abril de 2026. Llevaba semanas planeando el viaje de vuelta a Francia, la bolsita de marihuana ya en la guantera, la furgo revisada. Pero antes tenía un compromiso profesional que no podía saltarme: una visita legal a un módulo de baja seguridad en el penal de El Dueso, en Santoña. Un cliente mío, un tipo condenado por estafa y falsedad, quería revisar unos documentos para un recurso. Nada grave. Módulo abierto, régimen de semilibertad casi, visitas de abogados sin demasiadas trabas. Entré con mi maletín, traje chaqueta gris ajustado, coleta alta, tacones bajos. Cara de niña buena, como siempre.
El módulo era uno de los reformados recientemente: celdas más amplias, patios con vistas al mar, ambiente relajado. Solo catorce internos ese día, porque era horario de actividades y muchos estaban en talleres o en el gimnasio. Los guardias —cuatro en total— me acompañaron a una sala de visitas con mesa larga, sillas de plástico y un ventanal que daba al monte Buciero. Mi cliente llegó esposado flojo, hablamos media hora. Todo normal.
Entonces estalló.
No fue un motín planeado de los grandes. Fue rápido, caótico. Un preso del fondo del pasillo empezó a gritar que le habían quitado el móvil ilegal. Otro le respaldó. En segundos, dos guardias intentaron reducirlos. Alguien tiró una silla, otro empujó a un funcionario contra la pared. El tercero sacó la porra, pero el cuarto ya estaba en el suelo recibiendo patadas. Gritos, alarmas que no sonaban porque alguien había cortado el cable en el pasillo principal. En menos de tres minutos, los cuatro guardias estaban reducidos: atados con sus propios cinturones, amordazados con trapos, encerrados en una celda vacía. Nadie herido de gravedad. Solo control total por parte de los catorce reclusos.
Y yo allí, en medio, con el maletín abierto y el móvil sin cobertura porque el módulo tenía inhibidores.
Se giraron hacia mí. Catorce hombres. Edades entre veinticinco y sesenta. La mayoría con condenas largas: varios violadores seriales que habían cumplido ya parte de pena en módulos cerrados y ahora estaban en baja seguridad por "buena conducta". Otros pedófilos que habían tocado niños o consumido material, y un par de mirones compulsivos que habían escalado a agresiones. Ojos hambrientos. Sonrisas torcidas. El aire se volvió espeso de golpe.
El que parecía el líder —un tipo alto, calvo, tatuajes en el cuello, condenado por violación múltiple— se acercó primero. Me miró de arriba abajo.
—Abogada, ¿verdad? Qué casualidad. Justo hoy.
Intenté mantener la compostura. Voz firme.
—Esto es un delito gravísimo. Soltad a los funcionarios ahora y os ayudo con vuestros recursos. Si no, os cae cadena perpetua revisable a todos.
Risas bajas. El calvo me quitó el maletín de un manotazo, lo abrió y tiró los papeles al suelo.
—No necesitamos recursos. Necesitamos diversión.
Me agarraron entre tres. Manos ásperas en los brazos, en la cintura. Me empujaron contra la mesa de visitas. Me esposaron las muñecas con las propias esposas de uno de los guardias —frías, apretadas—. Brazos atrás. Luego me bajaron la chaqueta de un tirón, la blusa blanca rasgada. El sujetador negro de encaje quedó a la vista, los piercings plateados brillando bajo la luz fluorescente.
—Mira qué tetas… y qué piercings —dijo uno de los violadores, un moreno fornido con cicatrices en las manos—. Esta viene preparada.
Protesté al principio. Les recordé que era letrada, que tenían cámaras (aunque sabíamos que en esa sala no grababan por privacidad de visitas), que el motín duraría poco antes de que entrara refuerzo. Pero el calvo me tapó la boca con la mano.
—Cállate, putita. Aquí mandamos nosotros ahora.
El motín duró exactamente dos horas y cuarenta y siete minutos, según el reloj de pared que seguía funcionando en la sala de visitas. Dos horas y cuarenta y siete minutos en los que catorce hombres se turnaron conmigo sin prisa, sin dobles penetraciones, sin prisas por acabar. Uno cada vez. Siempre un agujero y la boca ocupados al mismo tiempo, o solo uno si querían verme gemir sin nada que me callara. Me tenían esposada a la mesa de visitas: muñecas atadas a las patas delanteras con las esposas de los guardias, tobillos separados y sujetos a las traseras con correas improvisadas de cinturones. Boca arriba primero, luego boca abajo, luego de rodillas en el suelo cuando la mesa se volvió incómoda. La bombilla fluorescente zumbaba encima, el ventanal empañado por la respiración de tantos cuerpos, el mar de Santoña gris y lejano al fondo.
El calvo —el que mandaba, violador múltiple con quince años de condena— fue el primero. Se bajó los pantalones del chándal gris carcelario, se masturbó un par de veces para ponerse completamente duro y se colocó entre mis piernas abiertas. Me miró a los ojos mientras empujaba la punta contra mi entrada. Seca al principio. Dolor agudo cuando entró de golpe, hasta el fondo. Gruñó, me agarró de las caderas y empezó a bombear lento, profundo, cada embestida haciendo que mis tetas rebotaran contra el sujetador que aún llevaba puesto. Me folló así durante siete u ocho minutos, sin prisa, disfrutando de cómo mi cuerpo se iba mojando a pesar de todo. Cuando se corrió, lo hizo dentro, caliente y abundante, y se quedó quieto un segundo para que lo sintiera palpitar. Luego salió, me dio una palmada suave en el coño y dijo:
—Siguiente.
El moreno fornido con cicatrices en las manos fue el segundo. Me giraron boca abajo. Pecho aplastado contra la mesa, culo en pompa. Se escupió en la mano, me untó saliva entre las nalgas y presionó contra mi culo. Entró despacio, centímetro a centímetro, hasta que sentí sus huevos contra mis labios vaginales. Ardía. Gemí fuerte. Él aceleró, agarrándome del pelo de la coleta para tirar hacia atrás y arquearme más. Cada embestida hacía que los piercings de los pezones rozaran la madera áspera. Se corrió dentro también, gruñendo bajo, y se retiró dejando un hilo blanco goteando por mi muslo.
El tercero era uno de los pedófilos: flaco, gafas torcidas, mirada inquieta. Me pusieron de rodillas en el suelo, esposas aún en las muñecas pero ahora sujetas por detrás con una cadena corta. Me obligó a abrir la boca. Polla pequeña pero dura, olor fuerte a sudor acumulado. Me folló la garganta despacio, sujetándome la nuca con las dos manos, hasta que se corrió sin avisar, obligándome a tragar todo. Tosí, escupí un poco, pero él me limpió la barbilla con el dedo y me lo metió en la boca para que chupara.
El cuarto, otro violador, cuarentón con tatuajes descoloridos en los brazos, me volvió a poner boca arriba en la mesa. Me abrió las piernas al máximo, me metió dos dedos primero para “preparar” y luego entró en el coño de una embestida. Ritmo constante, no muy rápido, pero profundo. Me pellizcaba los pezones mientras me follaba, tirando de los piercings hasta que dolía rico. Se corrió en el pecho, chorros calientes que me salpicaron hasta la barbilla.
Así siguieron. Uno tras otro. Quince, veinte minutos cada uno, a veces más si querían alargar. El quinto me folló la boca de rodillas mientras me masturbaba con los dedos hasta que me corrí sin querer, temblando contra su mano. El sexto entró por detrás en el culo, lento y profundo, susurrándome al oído que “esto es lo que te mereces, abogada”. El séptimo me puso a cuatro patas en el suelo y me folló el coño desde atrás, agarrándome las tetas como si fueran asas. El octavo se corrió en mi cara, apuntando a los ojos hasta que parpadearon pegajosos. El noveno me obligó a lamerle los huevos mientras se masturbaba y se corrió en mi pelo. El décimo entró en el culo otra vez, esta vez más rápido, jadeando como si llevara años esperando. El undécimo me folló la boca hasta el fondo, sujetándome la cabeza contra su pubis hasta que casi me ahogo. El duodécimo me penetró el coño despacio, mirándome a los ojos todo el rato, como si quisiera grabarme en la memoria. El decimotercero se corrió dentro del culo, gimiendo fuerte. El decimocuarto, el último, un mirón compulsivo de unos cincuenta, me pidió que me tocara mientras él me follaba la boca. Me masturbé delante de todos, me corrí otra vez, y él se corrió en mi lengua, obligándome a enseñársela antes de tragar.
Cuando terminaron, me dejaron tirada en la mesa, esposada aún, semen corriéndome por todas partes: coño, culo, boca, pecho, cara, pelo. Temblaba. No de frío. De agotamiento y de algo más oscuro que no quería nombrar.
Los antidisturbios entraron rompiendo la puerta con ariete. Gas lacrimógeno, gritos, porras. A mí me sacaron envuelta en una manta térmica plateada, como si fuera una víctima cualquiera. En el hospital de Valdecilla me limpiaron, me pusieron suero, me hicieron pruebas. Declaración grabada: violación múltiple, vejaciones, lesiones leves. Denuncia formal contra los catorce. El juzgado abrió diligencias urgentes. Pero en mi cabeza, mientras el médico me ponía puntos en un corte superficial del labio, solo repetía una frase:
No fue peor que Francia.
Fue mejor.
Porque aquí no hubo escapatoria posible. No hubo furgoneta a la que volver. Solo yo, la mesa y catorce hombres que no preguntaron.
El juicio se celebró en la Audiencia Provincial de Santander, en una sala grande y fría del segundo piso, con techos altos, bancos de madera oscura y un aire acondicionado que zumbaba como un insecto moribundo. Era finales de noviembre de 2026. Yo, Carla, veintinueve años, sentada en el banquillo de testigo protegido —pantalla opaca para que no me vieran directamente desde la sala de público—, pero con vista directa a los catorce acusados a través de un cristal unidireccional que ellos no podían atravesar con la mirada. O eso decían.
Llevaba un traje chaqueta negro muy conservador, blusa blanca cerrada hasta el último botón, coleta alta impecable, sin maquillaje apenas. Quería parecer la abogada que fui, no la mujer que habían usado durante casi tres horas. Pero nada funcionaba. Cada vez que levantaba la vista, los veía: catorce hombres en el banquillo de los acusados, vestidos con camisas baratas de cuello abierto, pantalones de chándal o vaqueros viejos, esposados flojo a las barras. Y me miraban. Todos. Miradas lascivas, lentas, deliberadas. Algunos se pasaban la lengua por los labios. Otros se ajustaban la entrepierna con disimulo, o directamente se tocaban por encima del pantalón cuando el juez no miraba. El calvo —el que había sido el primero— me clavaba los ojos en el pecho como si aún pudiera ver los piercings debajo de la blusa. El moreno fornido con cicatrices se mordía el labio inferior y asentía despacio, como diciendo “te recuerdo”. Uno de los pedófilos, el de las gafas, se lamía los dedos disimuladamente y los pasaba por el borde de la mesa, imitando lo que me había hecho en la boca.
Yo estaba muerta de vergüenza. Las manos me temblaban encima de las piernas. Sudor frío en la nuca. Cada vez que el fiscal me preguntaba algo (“¿Puede describir cómo la sujetaron?”, “¿En qué momento sintió dolor?”), sentía que la voz se me quebraba. Respondía con frases cortas, mirando al suelo o al techo. No podía mirarlos directamente. Pero los sentía. Sus respiraciones pesadas, sus risitas bajas cuando el juez les llamaba la atención por algún gesto. El presidente del tribunal tuvo que advertirles tres veces: “Señores acusados, moderen su conducta o los desalojaremos de la sala”. Ellos bajaban la cabeza un segundo, fingían arrepentimiento, y luego volvían a empezar: una mano bajando despacio hacia la bragueta, un guiño rápido cuando el fiscal se giraba.
El momento peor llegó cuando pusieron los vídeos.
No había cámaras en la sala de visitas —por “privacidad de las comunicaciones con letrados”—, pero sí en el pasillo principal del módulo. Una cámara de seguridad fija, sin sonido, en blanco y negro, ángulo elevado. La defensa la solicitó como prueba pericial para “demostrar la ausencia de violencia real y la posible aquiescencia de la víctima”. El juez autorizó su reproducción en sala cerrada, solo para partes y tribunal.
Apagaron las luces principales. Quedó solo la pantalla grande encendida. Yo en el banquillo de testigo, con auriculares para oír la declaración grabada que se reproducía en paralelo, pero sin sonido en el vídeo. Y allí estaba yo, en el pasillo primero: empujada contra la pared por tres de ellos, forcejeando al principio, luego llevada a rastras hacia la sala de visitas. Dentro: la mesa. Yo boca abajo. Brazos extendidos, esposada. Piernas abiertas. Uno tras otro entrando en cuadro, turnándose. Mi cuerpo arqueándose, cabeza echada hacia atrás, boca abierta en gemidos mudos. En un plano: mi cara de perfil, ojos cerrados, labios entreabiertos, un hilo de saliva cayendo. En otro: mis caderas moviéndose hacia atrás cuando uno me penetraba por detrás, como si lo buscara. En otro: de rodillas, chupando, manos esposadas a la espalda, cabeza empujada hacia adelante. En varios momentos: mis ojos cerrados, cejas fruncidas en lo que parecía placer, cuerpo temblando en lo que claramente eran orgasmos.
Sin sonido, todo parecía… consentido. Voluntario. La defensa lo aprovechó al máximo.
—Señora letrada —dijo el abogado del calvo, un tipo joven y agresivo con traje barato—, observe el minuto 47:12. Su cliente arquea la espalda y empuja las caderas hacia el acusado número 7. ¿No le parece un movimiento de búsqueda de penetración más profunda?
Yo negué con la cabeza, voz rota.
—No… era dolor… era instinto de supervivencia…
—Minuto 1:12:03. Abre la boca voluntariamente cuando el acusado número 3 se acerca. No hay fuerza visible en la nuca en ese instante.
—Estaba… estaba aturdida… me habían golpeado antes…
—Minuto 1:38:45. Se observa un claro orgasmo: contracciones rítmicas, cabeza echada hacia atrás, boca abierta en gemido. ¿Niega que disfrutó?
Silencio. Lágrimas calientes bajándome por las mejillas. No podía hablar. Solo negaba con la cabeza, mirando al suelo. Los catorce, en el banquillo, sonrieron. Algunos se tocaron más descaradamente: uno se apretó la polla por encima del pantalón, otro se pasó la mano por la boca como recordando mi sabor. El juez llamó al orden otra vez, pero ya era tarde. La semilla estaba plantada.
El fiscal intentó contrarrestar: periciales psicológicas, informes médicos de lesiones internas leves pero consistentes con violencia, declaración de los guardias liberados, mi historial limpio. Pero la defensa insistía: “No hay lesiones graves. No hay fracturas. No hay signos de estrangulamiento. El lenguaje corporal no miente. La víctima es una mujer adulta, deportista, con experiencia sexual amplia según su propio historial médico y redes sociales. ¿Es posible que, en un contexto de alta adrenalina, haya respondido fisiológicamente?”
Yo quería morirme allí mismo. Vergüenza absoluta. Cada vez que miraba la pantalla, me veía a mí misma corriéndome en silencio, y sentía que todos en la sala —juez, fiscales, abogados, público reducido— me veían desnuda otra vez. Los acusados no apartaban la vista. Sus gestos eran cada vez más descarados: uno se lamía los labios lentamente, otro se ajustaba los pantalones con la mano metida dentro, otro simplemente me miraba fijo y asentía, como diciendo “lo volveríamos a hacer”.
Al final del día, cuando declaré por última vez, el juez me preguntó si quería añadir algo. Solo pude susurrar:
—No fue consentimiento. Fue… supervivencia. Pero… no sé explicarlo.
Salí de la sala temblando. En el pasillo, antes de que me sacaran por la puerta lateral, vi cómo los catorce se ponían de pie para el receso. Todos me miraron. El calvo formó con los labios, sin sonido:
“Vuelve cuando quieras, putita.”
Y yo, muerta de vergüenza, sentí un calor traicionero entre las piernas.
El juicio sigue en curso. Hay apelaciones pendientes. Pero cada noche, en casa, sola, me toco pensando en esa pantalla, en esas miradas, en esos gestos. Y me odio por correrme recordándolo.
Porque una parte de mí sabe que, si me llaman a declarar otra vez…
Iré.
Llamé a Inês un viernes por la tarde de finales de marzo de 2027. Habían pasado casi diez meses desde aquella noche en su furgo en Barayo. No había vuelto a verla, pero guardaba su número en el móvil con el nombre “Portugal” y una ola emoji. Marqué temblando un poco, no de nervios románticos, sino de miedo a que dijera que no. O peor: que dijera que sí y yo no estuviera preparada.
Contestó al tercer tono. Voz ronca, como si acabara de salir del agua.
—Carla? Caralho, pensei que tinhas desaparecido.
Le conté lo justo: terapia desde septiembre, dos sesiones semanales con una psicóloga que no me juzgaba, que me ayudaba a nombrar el patrón sin vergüenza. Que había dejado de buscar situaciones límite. Que el juicio seguía en apelación pero ya no me obsesionaba cada noche. Que seguía surfeando, trabajando en civil, viviendo sola en Llanes. Y que… necesitaba un cambio de aires. Un sitio donde el mar fuera diferente, donde nadie me conociera la historia.
—Vem para cá —dijo sin dudar—. Estou em Ericeira ahora. Casa pequena, perto da praia dos Pescadores. Tem onda boa, tem espaço para a tua furgo. E tem-me a mim. Se quiseres só companhia, ou mais… tu decides.
No lo pensé dos veces. Dos días después cargué la furgo: tabla, neopreno, ropa cómoda, el diario de terapia que me había mandado escribir, y una botella de vino asturiano que compré en el último minuto. Conduje doce horas seguidas, parando solo para gasolina y café. Llegué a Ericeira al atardecer, con el sol naranja hundiéndose en el Atlántico y el olor a sal y eucalipto llenándome los pulmones.
Inês me esperaba en la puerta de una casita blanca de un piso, con buganvilla morada trepando por la fachada y una tabla longboard apoyada en la pared. Llevaba un bikini negro y una camiseta ancha cortada por encima del ombligo, pelo negro mojado pegado a la espalda. Me abrazó fuerte, oliendo a crema solar y a mar. No hubo besos torpes ni preguntas pesadas. Solo:
—Vem, toma um banho. Depois falamos.
Pasé la primera semana casi sin hablar de nada serio. Surfeábamos juntas al amanecer y al atardecer: Ribeira d’Ilhas cuando había swell grande, Coxos cuando era más limpio, Pedra Branca para algo más suave. Ella me enseñaba spots secretos, yo le enseñaba trucos de kickboxing en la arena para descargar. Por las noches cocinábamos pescado fresco, bebíamos vino barato, fumábamos algún porro mirando las estrellas desde el tejado plano. Dormíamos en la misma cama estrecha, a veces solo abrazadas, a veces tocándonos despacio, sin prisa. Su cuerpo contra el mío era diferente: suave pero fuerte, sin urgencia de dominar. Cuando me lamía los piercings o me abría las piernas con ternura, no había cámara, no había público, no había catorce hombres. Solo nosotras.
La terapia seguía a distancia: videollamadas semanales. Le conté a mi psicóloga lo de Inês. Me preguntó si sentía que estaba “reemplazando” un patrón destructivo por otro más sano. Le dije que no lo sabía aún, pero que por primera vez en mucho tiempo no me corría odiándome después. Que el placer era limpio. Que cuando me corría con ella —frotándonos clítoris contra clítoris, o con sus dedos dentro mientras me besaba el cuello—, lloraba a veces, pero de alivio.
Pasaron tres semanas. Una tarde, después de una sesión brutal en Pedra Branca (olas de dos metros, tubos perfectos), volvimos empapadas y agotadas. Nos duchamos juntas bajo el chorro frío del patio trasero. Ella me enjabonó la espalda, los abdominales, el culo. Yo le lavé el pelo. Nos besamos bajo el agua, lento. Luego nos tumbamos en la cama, desnudas, con la ventana abierta y el ruido de las olas de fondo.
—Queres ficar mais tempo? —preguntó, trazando círculos en mi ombligo con el dedo, alrededor del piercing.
—Sí. Unos meses, al menos. Hasta que entienda si esto es real o solo un parche.
Me besó la frente.
—Podes ficar o tempo que quiseres. Mas avisa-me se voltares a sentir aquela fome… a má. Eu ajudo-te a não cair.
Asentí. Por primera vez en años, sentí que podía respirar sin que el pecho me pesara. No era perfecto: todavía tenía noches en las que soñaba con la mesa de El Dueso o con la cabaña francesa. Todavía me tocaba sola a veces recordando, y luego me sentía culpable. Pero ya no era todo el tiempo. Ya no era hambre ciega.
Inês y yo seguimos surfeando, follando, hablando. Ella me enseñó portugués básico entre risas. Yo le enseñé a hacer fabada en la cocina diminuta. Nos tatuamos algo pequeño juntas: una ola estilizada en la muñeca derecha, cada una con su fecha debajo. La mía: 15-04-2027. El día que decidí quedarme.
La cabeza no está del todo arreglada. La terapia sigue, y probablemente siga años. Pero por primera vez, el caos tiene un rumbo. No hacia abajo. Hacia algún sitio donde pueda ser yo sin romperme.
Y si alguna vez vuelvo a buscar lo oscuro… le diré a Inês. Porque ya no quiero hacerlo sola.
La relación con Inês se consolidó en una rutina que nos hacía sentir seguras y vivas al mismo tiempo. No era monogamia estricta, pero sí exclusiva en el afecto: lo que hacíamos con otras era placer compartido, no reemplazo. En Ericeira seguíamos surfeando, trabajando remoto (ella en diseño gráfico para marcas de surf, yo en casos civiles desde el portátil), y por las noches nos perdíamos en la cama o en la terraza, explorando sin prisa.
Cuando llegó el viaje a Marruecos en octubre de 2027, ya llevábamos meses hablando de abrirnos más. “Quiero verte disfrutar con otras mujeres”, me dijo una noche mientras me lamía despacio el clítoris, “y quiero que me veas a mí también”. Acordamos reglas claras: consentimiento verbal en cada paso, stop inmediato si alguna se sentía incómoda, y después siempre nos quedábamos solas un rato para reconectar.
Llegamos a Taghazout y en pocos días nos integramos con el grupo de seis surferas locales. Eran impresionantes: cuerpos curtidos por el sol y el mar, tatuajes discretos, risas contagiosas. La noche de la luna llena, después de una sesión larga en Imsouane, todo fluyó natural.
Estábamos en la terraza amplia de nuestra casa alquilada: cojines grandes en el suelo, mantas gruesas, velas de citronela parpadeando, el rumor constante de las olas abajo. Habíamos fumado hachís suave, bebido ron con menta. La música gnawa sonaba baja, hipnótica. Inês me besó primero, lento, lengua explorando mi boca mientras sus manos bajaban por mi espalda hasta meterse bajo el bikini bottom y apretarme las nalgas. Me quitó el top de un tirón suave; mis pezones se endurecieron al instante con el aire fresco de la noche, los piercings plateados brillando a la luz de la luna.
Amina se acercó por detrás de Inês, le besó el cuello y le quitó el sujetador. Sus tetas grandes y firmes quedaron al aire; Amina las agarró con ambas manos y pellizcó los pezones oscuros hasta hacerla gemir contra mi boca. Fatima se arrodilló delante de mí, me bajó el bikini bottom despacio y abrió mis piernas. Me miró a los ojos mientras pasaba la lengua plana por mi clítoris hinchado, luego metió la punta entre los labios y succionó con fuerza. Gemí alto. Inês se separó un segundo para verme la cara y susurrarme: “Disfruta, amor”.
Leila se unió a Fatima entre mis piernas. Mientras una lamía mi clítoris en círculos rápidos, la otra me metía dos dedos curvados hacia arriba, buscando ese punto que me hace arquear la espalda. Los metía y sacaba despacio al principio, luego más rápido, hasta que el sonido húmedo se oía por encima de la música. Nadia y Sofia se acercaron a mis tetas: Nadia lamió y mordió suavemente el piercing izquierdo, tirando con los dientes hasta que dolía rico; Sofia succionó el derecho mientras me pellizcaba el otro con los dedos. Yasmine se sentó a mi lado, me besó profundo y me metió su lengua en la boca al mismo tiempo que metía una mano entre sus propias piernas para masturbarse viéndome.
Inês se puso detrás de Amina, le bajó el bikini y empezó a comerle el coño desde atrás mientras Amina se inclinaba para besarme a mí. Sentí la lengua de Amina en mi boca, saboreando a Inês indirectamente. Fatima y Leila cambiaron: Fatima se tumbó boca arriba y me obligó a sentarme en su cara. Su lengua entró profundo en mi coño, follándome con ella mientras sus manos me abrían las nalgas y un dedo lubricado con saliva presionaba mi culo. Lo metió despacio, hasta el nudillo, y empezó a moverlo en círculos mientras lamía mi clítoris sin parar. Me corrí así, gritando contra la boca de Leila, que me besaba para ahogar el sonido. El orgasmo fue violento: contracciones fuertes, jugos corriéndome por la barbilla de Fatima.
No pararon. Sofia me puso a cuatro patas. Se colocó detrás y me folló el coño con tres dedos, profundo y rápido, mientras Yasmine se ponía delante y me abría las piernas para que yo le lamiera. Su coño era depilado, suave, sabía a sal y a excitación. Metí la lengua dentro, chupé su clítoris hinchado, lo succioné hasta que tembló y se corrió en mi boca, agarrándome del pelo.
Amina trajo un strap-on negro de tamaño medio. Se lo puso mientras Nadia la lubricaba con saliva. Amina me miró: “¿Quieres?”. Asentí. Me puso boca arriba, piernas abiertas sobre sus hombros, y entró despacio en mi coño. Era grueso, me llenaba completamente. Empezó a bombear lento, profundo, cada embestida haciendo que mis tetas rebotaran. Inês se sentó en mi cara al mismo tiempo: su coño mojado contra mi boca. La lamí con ganas, metiendo la lengua dentro mientras Amina me follaba más rápido. Nadia y Sofia se masturbaban mirándonos, dedos en sus clítoris, gimiendo bajito.
Cambios constantes: Fatima me folló el culo con el strap-on mientras Leila me comía el coño; Inês y Yasmine se turnaron en mi boca; Amina me puso a cabalgarla mientras Sofia me lamía los pezones y Nadia me metía dos dedos en el culo al mismo tiempo. Cada orgasmo era más intenso: uno frotándome contra la pierna de Leila mientras me besaba, otro con cuatro dedos de Fatima en mi coño y su lengua en mi clítoris, otro montando el strap-on de Amina hasta correrme gritando su nombre.
Al final, exhaustas, nos quedamos todas enredadas: cuerpos sudorosos, semen femenino en muslos y caras, olor a sexo y hachís. Inês me abrazó por detrás, besándome el cuello. “¿Estás bien?”, susurró. Asentí, sonriendo. “Mejor que nunca”.
Los días siguientes repetimos: tríos, cuartetos, a veces solo nosotras dos mientras las demás miraban y se tocaban. Siempre con palabras claras: “sí”, “más”, “para ahí”. No había presión, no había culpa. Solo placer consensuado, cuerpos que se daban sin robar.
Cuando volvimos a Ericeira, el grupo nos mandaba mensajes: fotos de olas, memes subidos de tono, invitaciones para volver. Inês y yo seguimos abiertas, pero siempre juntas como núcleo. Los grupos ya no eran oscuridad; eran celebración.
Y por primera vez, cuando me corro —sola o rodeada—, no pienso en mesas frías ni en cabañas. Pienso en olas, en piel morena bajo la luna, en lenguas y dedos que me llevan al límite sin romperme.
Me llamo Carla, tengo veintinueve años y llevo toda la vida huyendo hacia adelante. Cuando algo se rompe, no me quedo llorando: busco olas, sudor, velocidad. Ski en invierno, surf en cuanto sube el agua, kickboxing para descargar lo que no digo en voz alta. Mi cuerpo lo refleja: 1,65 m, cintura estrecha, abdominales que se marcan sin esfuerzo, pecho 90 y cadera 80. No es postureo, es disciplina.
Soy abogada. De Llanes, Asturias. Pelo castaño casi rubio, con mechas que el sol me regala cada verano, siempre recogido en una coleta alta porque odio que me estorbe. Ojos verdes, cara de niña buena que engaña bastante. Piercing en los pezones —me encanta insinuarlos con camisetas finas o tops de tirantes—, otro en el ombligo, y varios tatuajes que cuentan historias que no cuento a cualquiera: una ola rompiendo en el costado izquierdo, una pequeña brújula en la muñeca, unas líneas geométricas que bajan por la columna.
Mi piel está morena, pero con las marcas clásicas del bikini mínimo: triángulo blanco en el pubis y dos líneas pálidas en el pecho. Topless siempre que puedo. Siempre.
Hace tres semanas rompí con él. O mejor dicho: él rompió conmigo. No lloré delante suya. Me limité a recoger mis cosas de su piso en Gijón, meter la tabla, la furgo camperizada y largarme sin mirar atrás. Decidí que este verano iba a ser mío. Costa francesa, solo yo, el Atlántico y mis demonios.
Llevaba cinco días surfeando en Hossegor y alrededores. Dormía en la furgo, cocinaba en el campingaz, vivía de café, avena y sal. Perfecto. Hasta esa tarde.
Volvía de la playa por una carretera secundaria, con el pelo todavía húmedo y la tabla en el techo. Iba con un bikini diminuto y una camiseta de tirantes blanca empapada que no dejaba mucho a la imaginación. Llevaba en la guantera un bote pequeño de marihuana. Solo para mí. Un porro al atardecer, nada más. Nada que vender, nada que traficar. Consumo propio.
Me pararon en un control rutinario. Dos gendarmes jóvenes y un tercero más mayor que parecía el jefe. Me pidieron papeles, registro. Abrí la guantera sin pensar demasiado. Cuando vieron la bolsita, los tres intercambiaron una mirada y murmuraron algo en francés que no entendí del todo, pero el tono no era de multa administrativa.
—Baja del vehículo, por favor —me dijo el mayor, serio.
Intenté explicarme en mi francés decente pero con acento asturiano. Les dije que era para uso personal, que no era nada grave, que era abogada y conocía mis derechos. Ellos solo sonrieron de lado.
Llegué al cuartelillo con el corazón latiéndome en la garganta. Era un edificio prefabricado de hormigón gris, rodeado de alambrada baja y dos coches patrulla polvorientos. Me bajaron de la furgo casi a empujones. El gendarme mayor —un tipo de unos cuarenta y cinco, pelo canoso cortado al rape, mandíbula cuadrada— me agarró del brazo con fuerza mientras los otros dos me flanqueaban. Uno joven, rubio, con cara de niño malo; el otro más moreno, fornido, con bigote recortado. Ninguno sonreía ya.
Dentro olía a tabaco frío, café quemado y desinfectante barato. Me metieron directamente en una sala de interrogatorios pequeña: mesa metálica atornillada al suelo, dos sillas, un espejo grande en la pared (sabía que era unidireccional), una cámara de seguridad en la esquina superior y otra portátil sobre un trípode que ya estaba montada y encendida. Roja parpadeante. Grabando.
—Desnúdate —ordenó el mayor en francés seco.
Intenté mantener la calma de abogada. Voz firme, aunque me temblaban las manos.
—Soy ciudadana española. Exijo que se me informe de los cargos exactos, que se me permita contactar con mi consulado y que se respete mi derecho a no ser sometida a vejaciones. Esto que están haciendo es ilegal según la directiva europea y el Convenio Europeo de Derechos Humanos.
El mayor soltó una risa corta, como un ladrido, y luego una bofetada que me dejo la mejilla ardiendo.
—Aquí no estás en tu tribunal, mademoiselle. Aquí estás en mi casa. Manos a la espalda.
Sacó las esposas. Acero frío. Me las puso con brusquedad, apretando lo justo para que doliera un poco. Los brazos atrás, hombros forzados. El rubio joven se colocó detrás y me agarró de la coleta, tirando hacia arriba para que levantara la barbilla.
Lo haremos nosotros, no te preocupes.
Resistí unos segundos más por puro orgullo. Entonces el fornido me levantó los brazos esposados hacia arriba y el rubio me arrancó la camiseta blanca empapada de un tirón. El sujetador del bikini quedó a la vista: negro, mínimo, los piercings plateados marcándose bajo la tela fina. El mayor alargó la mano y me lo bajó de un golpe, dejando los pezones al aire. El frío de la sala me los puso duros al instante.
—Merde… mira eso —murmuró el rubio, acercándose para pellizcar uno con dos dedos. Fuerte. Gemí sin querer.
Intenté girarme. El fornido me empujó contra la mesa, pecho contra el metal helado. Me bajaron la braguita del bikini despacio, como si estuvieran desenvolviendo un regalo. Sentí el aire en la piel recién depilada, en las marcas blancas del sol, en el culo todavía caliente de la playa. Me separaron las piernas de una patada suave pero firme. El mayor se agachó detrás, me abrió las nalgas con las dos manos y soltó un silbido bajo.
—Bonita petite chatte… y ese culito virgen, ¿verdad?
—No tenéis derecho… —empecé otra vez.
__ Veamos si llevas algo mas escondido
Me calló metiéndome dos dedos de golpe. Secos al principio. Grité. Luego los movió, girándolos, buscando. Encontró el punto y presionó. Mi cuerpo traicionero se arqueó sin permiso.
La puerta se abrió. Entró una mujer. Treinta y tantos, pelo corto negro azabache, uniforme ajustado, ojos oscuros y duros. Se llamaba Sophie, lo oí cuando el mayor le dijo “viens voir la petite Espagnole”. Se acercó, se quitó la gorra y la dejó en la mesa. Me miró de arriba abajo mientras se desabrochaba los dos primeros botones de la camisa.
—Protestas mucho para estar tan mojada —dijo en francés con acento parisino suave.
Me giraron boca abajo sobre la mesa. Pecho aplastado contra el metal, mejillas ardiendo. El rubio me esposó los tobillos también, con otra pareja de esposas, y luego unieron las de manos y pies con una cadena corta por debajo de la mesa. Quedé totalmente inmovilizada, piernas abiertas, culo en pompa, brazos extendidos hacia adelante, muñecas esposadas a la argolla que había en el otro extremo de la mesa. No podía moverme ni un centímetro.
El mayor ajustó la cámara portátil para que enfocara bien: mi cara de lado, los piercings brillando, el tatuaje de la ola en el costado, las marcas del bikini, el coño expuesto y brillante. Encendió una luz extra. Todo quedaba grabado en alta definición.
—Sonríe a la cámara, abogada —dijo Sophie.
Me agarró del pelo y me levantó la cabeza. Me besó con violencia, metiendo la lengua hasta el fondo. Yo intenté morderla; ella me pellizcó el pezón con saña hasta que cedí y le devolví el beso. Mientras, el fornido me abrió más las piernas y me metió la polla de una embestida. Gruesa. Sin condón. Grité dentro de la boca de Sophie.
Empezaron a turnarse. Primero el fornido por detrás, agarrándome las caderas, embistiendo profundo y lento al principio, luego más rápido. Cada golpe hacía que mis tetas se arrastraran contra la mesa, los piercings rozando el metal frío. Sophie se subió a la mesa delante de mí, se quitó los pantalones y la braguita negra de encaje, se abrió de piernas y me empujó la cabeza hacia su coño depilado. Olía a jabón y a excitación.
—Lame, salope —me ordenó.
Lo hice. Primero con rabia, luego con hambre. Metí la lengua, chupé el clítoris, la hice gemir. Mientras, el rubio se puso a su lado, y se turnaba para meterme la polla en la boca. No muy grande, pero dura como piedra. Me folló la garganta hasta que se me saltaron las lágrimas. El mayor se masturbaba a un lado, grabando primeros planos con el móvil: mi cara empapada de saliva, el coño abierto y rojo, el culo temblando con cada embestida.
Cambios constantes. Me desataron las esposas solo para ponerme de rodillas en el suelo. Sophie se sentó en la silla, me obligó a comerle el coño mientras los tres hombres se turnaban por detrás. Primero el mayor: más largo, más grueso, me llegaba al fondo y se quedaba quieto un segundo para que lo sintiera todo. Luego el rubio, rápido y nervioso, dándome palmadas en el culo hasta dejarlo rojo. El fornido me agarraba del pelo, me quitaba la cara del coño de Sophie y me follaba la boca .Volvieron a ponerme boca abajo en la mesa, esta vez con las piernas más abiertas. El mayor me lubricó el culo con saliva y con lo que goteaba de mi propio coño. Presionó la punta.
—No… ahí no… —murmuré, la voz rota.
—Silencio —dijo Sophie, tapándome la boca con la mano mientras el mayor entraba despacio. Dolor al principio, ardor, luego una plenitud extraña y sucia que me hizo gemir contra su palma.
Me follaron los dos agujeros a la vez. El mas fornido se tumbo y me colocaron sobre el, ensartándome el coño hasta el fondo, y el mayor se agacho y me la metió en el culo. Ritmo coordinado. Cada embestida me hacía jadear contra el sexo de Sophie, abierta sobre su compañero, y con su coño en mi cara. Me corrí así, esposada, inmovilizada, grabada. El orgasmo fue violento, me tembló todo el cuerpo, grité ahogado contra su carne. Ellos no pararon. Siguieron hasta que uno tras otro se corrieron dentro: primero el fornido en el coño, caliente y abundante; luego el mayor en el culo, gruñendo; el rubio en la boca, apartando a Sophie y obligándome a tragar.
Sophie fue la última. Se corrió frotándose contra mi lengua, agarrándome el pelo con fuerza, temblando y llamándome “bonne petite pute”.
Cuando terminaron, me dejaron allí un rato. Boca abajo, esposada, semen corriéndome por los muslos, por la barbilla, por el pecho. La cámara seguía grabando. El mayor se acercó, me limpió la cara con una toalla áspera y me dijo al oído:
—Buen material. Si vuelves a pasar por aquí con marihuana… te esperamos. Y si nos denuncias, tu cara de puta insaciable, estará por toda la red.
Me soltaron. Me devolvieron la ropa arrugada. La bolsita de marihuana había desaparecido. Firmé un papel en blanco con manos temblorosas. Me acompañaron a la furgo en silencio.
Conduje diez kilómetros antes de parar en un descampado. Me metí atrás, me desnudé otra vez, encendí el móvil y me mire con la cámara, viendo los evidentes signos de lo que habia pasado. Empecé a tocarme.
Era ya de noche cerrada, solo la luz tenue de la luna y el resplandor lejano de la carretera departamental. No oí el coche llegar. Solo vi los faros cortando la oscuridad cuando ya estaban encima. Dos luces altas, cegadoras. Luego otra patrulla detrás. Cinco sombras bajaron. Reconocí al mayor de inmediato por la silueta cuadrada y el andar pesado. El rubio y el fornido también. Y dos más que no había visto antes: uno turco, alto y delgado, con barba recortada y ojos negros que brillaban bajo la luz; el otro negro, enorme, casi dos metros, músculos que tensaban la camiseta bajo el chaleco antibalas, y una presencia que llenaba el espacio solo con estar ahí.
Golpearon la puerta corredera de la furgo. Fuerte. Tres veces.
—Abre, mademoiselle Carla. Sabemos que estás aquí.
La voz del mayor. Tranquila. Casi amable.
Me quedé quieta un segundo, el corazón latiéndome en los oídos. Luego me puse una camiseta larga que apenas me cubría el culo —sin bragas, sin sujetador— y abrí la puerta. El aire frío me golpeó los pezones, endureciéndolos al instante bajo la tela fina.
El mayor sonrió de lado.
—Buena chica. No has huido lejos.
Intenté hablar, pero el turco ya me había agarrado del brazo y me sacó fuera. El negro cerró la puerta de la furgo de un golpe y se quedó vigilando.
—No… ¿qué coño hacéis? —murmuré, más por inercia que por convicción.
El mayor se acercó, me levantó la barbilla con dos dedos.
—Te vimos salir del control. Te seguimos. Y cuando paraste aquí …, supimos que querías repetir.
No mentía. No podía negarlo.
Me metieron en el maletero de uno de los coches patrulla, esposada de nuevo, manos a la espalda. Condujeron por caminos de tierra durante quince minutos, hasta llegar a una zona de marismas cerca de la costa. Olía a marea baja y a madera podrida. Pararon frente a una cabaña de pescadores vieja, de tablas grises claveteadas, techo de uralita oxidada, una ventana rota tapada con cartón. El muelle improvisado se perdía en la oscuridad del agua negra.
Me sacaron a rastras. El turco me empujó dentro. Olía a salitre, a pescado viejo y a humedad. Una bombilla desnuda colgaba del techo, amarillenta. En el centro, una mesa de madera basta, sillas desparejadas, un colchón viejo en el suelo cubierto por una manta raída. Redes colgadas en las paredes. Un sitio perfecto para desaparecer.
Me empujaron contra la mesa. El fornido me arrancó la camiseta de un tirón, dejándome desnuda otra vez. Los piercings brillaron bajo la luz pobre. El mayor sacó el móvil —el mismo que había usado para grabar antes— y lo puso en un trípode improvisado con una caja de aparejos. Roja parpadeante. Grabando.
—Sonríe —dijo Sophie, que no estaba allí, pero su voz seguía en mi cabeza.
No sonreí. Me temblaba todo.
El negro se quitó la camiseta primero. Pecho ancho, tatuajes tribales en los brazos. Luego los pantalones. Cuando sacó la polla, se me cortó la respiración. Descomunal. Gruesa como mi muñeca, venosa, ya medio dura y colgando pesada entre las piernas. El turco se rio bajo, quitándose la camisa también, más delgado pero fibroso, con una cicatriz larga en el abdomen.
El mayor dio órdenes en francés rápido. Me pusieron boca abajo sobre la mesa, igual que antes. Esposaron las muñecas a las patas delanteras, tobillos a las traseras. Piernas abiertas al máximo. Culo en pompa. El turco fue el primero. Me escupió en el coño, me abrió con los dedos y entró de una embestida seca. Grité. Él no paró, follándome con ritmo corto y duro, agarrándome las caderas. El fornido se puso delante, me metió la polla en la boca hasta la garganta. Sabía a sudor y a sal.
El negro esperó. Se masturbaba despacio, mirando. Cuando el turco se corrió dentro —caliente, abundante—, se acercó. Me lubricó el culo con su propia saliva y con lo que goteaba de mí. Presionó la punta. Era imposible. Demasiado grande.
—No… por favor… —gemí, la voz rota por la polla del fornido.
—Shhh —dijo el mayor, acariciándome el pelo como si fuera una mascota—. Relájate. Vas a disfrutarlo.
Empujó. Dolor puro al principio, ardor que me hizo arquear la espalda y gritar contra la carne en mi boca. Pero entró. Centímetro a centímetro. Me llenó como nunca. Cuando estuvo dentro del todo, se quedó quieto, dejándome sentir el grosor, la presión. Luego empezó a moverse. Lento. Profundo. Cada embestida me hacía jadear, el cuerpo convulsionando.. Los otros se turnaban en mi boca. El fornido me pellizcaba los pezones, tiraba de los piercings hasta que dolía rico. Me corrí otra vez, Cambios constantes. Me bajaron al colchón del suelo. Me pusieron a cuatro patas. El negro debajo, yo encima, empalada en esa polla monstruosa. El turco por detrás en el culo. Los otros tres alrededor, follándome la boca, masturbándose sobre mi cara, mi pecho. Semen por todas partes: en la boca, en los tatuajes, en el pelo, en los abdominales marcados.
Sophie no estaba, pero imaginaba su risa mientras me obligaban a lamerles los huevos, a chuparles después de correrse dentro. Me azotaron el culo hasta dejarlo morado. Me metieron dedos, puños casi, hasta que chillaba de placer y dolor mezclado. Se dieron por satisfechos cuando grabaron la última escena, con una porra, metida en el culo, dos en el coño y otra en la boca, tirada en el colchón, esposada y hecha un ovillo.
Al final, me dejaron tirada, cubierta de semen, temblando. El mayor apagó la cámara.
—Buen vídeo —dijo—. Lo guardaremos con el otro. Por si vuelves a pasar por aquí.
Me tiraron una toalla sucia. Me dieron la camiseta rota, después de limpiarse las pollas con ella. Me llevaron de vuelta a la furgo. El negro me dio una palmada suave en el culo antes de soltarme.
—À bientôt, petite salope.
Me hicieron conducir hasta Biarritz y cruzar la frontera con España, escoltándome.
Conduje varios km sin mirar atrás, hasta parar en un area de caravanas. Me metí atrás otra vez, encendí la luz interior y me miré en el espejo retrovisor: pelo revuelto, labios hinchados, marcas rojas en el cuello, semen seco en el pecho. Me toqué despacio. Me dolia todo, el coño, los pezones, el culo.
No sé si fue violación o si fue exactamente lo que necesitaba.
Solo sé que, desde entonces, cada ola que cojo, cada puñetazo en el saco, cada porro al atardecer… todo me lleva de vuelta a esa cabaña.
Y no quiero escapar.
Volví a Llanes a finales de agosto. El viaje de regreso fue silencioso, solo el ronroneo del motor de la furgo y el ruido constante del mar en mi cabeza. Aparqué en el mismo sitio de siempre, junto al río Carrocedo, con vistas a la playa de Poo. Descargué la tabla, la traje mojada y llena de arena, y me metí en casa sin encender la luz. Mi madre me había dejado un mensaje en el contestador: “¿Dónde andas, fía? Llámame cuando llegues”. No llamé. No podía hablar todavía.
Los primeros días fueron extraños. Me despertaba con el cuerpo dolorido, como si todavía tuviera las esposas clavadas en las muñecas. Me tocaba los pezones y sentía los piercings más sensibles de lo normal. Me masturbaba en la ducha pensando en la cabaña de pescadores, en esa polla negra descomunal estirándome hasta el límite, en el semen caliente corriéndome por la cara mientras la cámara roja parpadeaba. Me corría fuerte, gritando sola contra las baldosas. Pero después venía el vacío. Siempre el vacío.
Pasaron semanas. Volví al bufete. Casos de divorcios, herencias, contratos de obra. Me ponía traje chaqueta, me recogía el pelo en la coleta alta, sonreía a los clientes con esa cara angelical que engaña. Por dentro, seguía en Francia. Cada vez que cerraba los ojos en una reunión, veía la mesa de metal, el colchón raído, los ojos del turco clavados en mí mientras me follaba el culo.
Empecé a salir. No para buscar amor, sino para llenar el hueco. Una noche con un surfista local en su piso de Celorio: veintitantos, tatuajes en los brazos, polla decente pero predecible. Me folló contra la pared, me corrió dentro y yo fingí un orgasmo para que se durmiera rápido. Me fui antes del amanecer. Otra vez con un compañero del gimnasio de kickboxing: musculoso, arrogante, me puso a cuatro patas en su terraza con vistas al Cantábrico. Me azotó el culo, me tiró del pelo, pero no era lo mismo. No había riesgo. No había cámara. No había cinco hombres turnándose sin preguntar.
Luego vino ella. Una portuguesa, Inês, que conocí en la playa de Barayo a finales de septiembre. Morena, pelo negro largo hasta la cintura, cuerpo fibroso de surfista, ojos oscuros que te miraban como si ya supieran todo. Hablábamos en spanglish y portuñol. Me invitó a su furgo después de una sesión buena de olas. Estaba aparcada en un claro entre eucaliptos, con el mar rompiendo a lo lejos.
Entramos. Olía a cera de tabla, a sal y a su perfume barato de vainilla. Nos besamos despacio al principio, explorando. Ella me quitó la camiseta, me lamió los piercings de los pezones hasta que gemí. Yo le bajé los leggings, le abrí las piernas y me puse a comerle el coño mientras ella me agarraba del pelo y me decía cosas en portugués que sonaban a órdenes suaves. Nos corrimos las dos así, frotándonos una contra la otra en el colchón estrecho de la furgo. Luego me puso boca abajo, me abrió el culo con los dedos y me folló con un strap-on que sacó de un cajón. Fue intenso, profundo, me hizo gritar contra la almohada. Pero cuando terminamos, se fumó un porro conmigo, me besó en la frente y dijo:
—Estás en otro sitio, Carla. No estás aquí.
Tenía razón. Me fui al amanecer, con el sabor de ella todavía en la boca y el cuerpo satisfecho solo a medias.
Pasaron meses. Octubre, noviembre, diciembre. Invierno en Asturias: frío que cala los huesos, olas grandes y grises, días cortos. Seguí follando. Un pescador en su barco amarrado en el puerto, un turista noruego en un hostal de Lastres, una pareja que conocí en una fiesta en Ribadesella y que me invitó a su casa para un trío rápido y torpe. Nada llenaba. Cada polvo era un intento de recrear esa noche en la cabaña, esa sensación de estar completamente entregada, usada, sin control. Pero ninguno llegaba ni de lejos.
Por las noches, sola en la furgo (porque ya no soportaba dormir en casa), me ponía los vídeos que había grabado yo misma en el descampado. Me tocaba viéndolos, imaginando que era la cámara del mayor la que me grababa. Me corría pensando en Sophie obligándome a lamerla, en el negro partiéndome en dos, en el turco corriéndose dentro mientras me llamaba salope. Pero después lloraba. No de pena. De frustración. Porque lo que más quería era volver. Volver a esa carretera francesa, parar en el mismo control, enseñar la bolsita de marihuana y decirles:
—Aquí estoy otra vez. Haced lo que queráis.
La primavera llegó. Marzo de 2026. Las primeras olas buenas del año. Surfeé en Gulpiyuri, en Torimbia, en Poo. El cuerpo respondía perfecto: abdominales marcados, piel morena otra vez con las marcas del bikini mínimo. Pero el alma no.
Una tarde, después de una sesión larga, me senté en la furgo con la puerta abierta, mirando el mar. Encendí un porro. Di una calada profunda. Cerré los ojos.
Y lo vi claro.
No iba a encontrar lo que buscaba aquí.
Tenía que volver a Francia.
No para denunciar. No para huir.
Para pedirlo. Voluntariamente. Sin excusas.
Pero el caprichoso destino me tenia preparada otra sorpresa.
2ª Parte
El destino tiene formas raras de joderte la vida cuando crees que ya has tocado fondo. O de darte exactamente lo que tu cuerpo pide a gritos sin que tu mente lo admita.
Era abril de 2026. Llevaba semanas planeando el viaje de vuelta a Francia, la bolsita de marihuana ya en la guantera, la furgo revisada. Pero antes tenía un compromiso profesional que no podía saltarme: una visita legal a un módulo de baja seguridad en el penal de El Dueso, en Santoña. Un cliente mío, un tipo condenado por estafa y falsedad, quería revisar unos documentos para un recurso. Nada grave. Módulo abierto, régimen de semilibertad casi, visitas de abogados sin demasiadas trabas. Entré con mi maletín, traje chaqueta gris ajustado, coleta alta, tacones bajos. Cara de niña buena, como siempre.
El módulo era uno de los reformados recientemente: celdas más amplias, patios con vistas al mar, ambiente relajado. Solo catorce internos ese día, porque era horario de actividades y muchos estaban en talleres o en el gimnasio. Los guardias —cuatro en total— me acompañaron a una sala de visitas con mesa larga, sillas de plástico y un ventanal que daba al monte Buciero. Mi cliente llegó esposado flojo, hablamos media hora. Todo normal.
Entonces estalló.
No fue un motín planeado de los grandes. Fue rápido, caótico. Un preso del fondo del pasillo empezó a gritar que le habían quitado el móvil ilegal. Otro le respaldó. En segundos, dos guardias intentaron reducirlos. Alguien tiró una silla, otro empujó a un funcionario contra la pared. El tercero sacó la porra, pero el cuarto ya estaba en el suelo recibiendo patadas. Gritos, alarmas que no sonaban porque alguien había cortado el cable en el pasillo principal. En menos de tres minutos, los cuatro guardias estaban reducidos: atados con sus propios cinturones, amordazados con trapos, encerrados en una celda vacía. Nadie herido de gravedad. Solo control total por parte de los catorce reclusos.
Y yo allí, en medio, con el maletín abierto y el móvil sin cobertura porque el módulo tenía inhibidores.
Se giraron hacia mí. Catorce hombres. Edades entre veinticinco y sesenta. La mayoría con condenas largas: varios violadores seriales que habían cumplido ya parte de pena en módulos cerrados y ahora estaban en baja seguridad por "buena conducta". Otros pedófilos que habían tocado niños o consumido material, y un par de mirones compulsivos que habían escalado a agresiones. Ojos hambrientos. Sonrisas torcidas. El aire se volvió espeso de golpe.
El que parecía el líder —un tipo alto, calvo, tatuajes en el cuello, condenado por violación múltiple— se acercó primero. Me miró de arriba abajo.
—Abogada, ¿verdad? Qué casualidad. Justo hoy.
Intenté mantener la compostura. Voz firme.
—Esto es un delito gravísimo. Soltad a los funcionarios ahora y os ayudo con vuestros recursos. Si no, os cae cadena perpetua revisable a todos.
Risas bajas. El calvo me quitó el maletín de un manotazo, lo abrió y tiró los papeles al suelo.
—No necesitamos recursos. Necesitamos diversión.
Me agarraron entre tres. Manos ásperas en los brazos, en la cintura. Me empujaron contra la mesa de visitas. Me esposaron las muñecas con las propias esposas de uno de los guardias —frías, apretadas—. Brazos atrás. Luego me bajaron la chaqueta de un tirón, la blusa blanca rasgada. El sujetador negro de encaje quedó a la vista, los piercings plateados brillando bajo la luz fluorescente.
—Mira qué tetas… y qué piercings —dijo uno de los violadores, un moreno fornido con cicatrices en las manos—. Esta viene preparada.
Protesté al principio. Les recordé que era letrada, que tenían cámaras (aunque sabíamos que en esa sala no grababan por privacidad de visitas), que el motín duraría poco antes de que entrara refuerzo. Pero el calvo me tapó la boca con la mano.
—Cállate, putita. Aquí mandamos nosotros ahora.
El motín duró exactamente dos horas y cuarenta y siete minutos, según el reloj de pared que seguía funcionando en la sala de visitas. Dos horas y cuarenta y siete minutos en los que catorce hombres se turnaron conmigo sin prisa, sin dobles penetraciones, sin prisas por acabar. Uno cada vez. Siempre un agujero y la boca ocupados al mismo tiempo, o solo uno si querían verme gemir sin nada que me callara. Me tenían esposada a la mesa de visitas: muñecas atadas a las patas delanteras con las esposas de los guardias, tobillos separados y sujetos a las traseras con correas improvisadas de cinturones. Boca arriba primero, luego boca abajo, luego de rodillas en el suelo cuando la mesa se volvió incómoda. La bombilla fluorescente zumbaba encima, el ventanal empañado por la respiración de tantos cuerpos, el mar de Santoña gris y lejano al fondo.
El calvo —el que mandaba, violador múltiple con quince años de condena— fue el primero. Se bajó los pantalones del chándal gris carcelario, se masturbó un par de veces para ponerse completamente duro y se colocó entre mis piernas abiertas. Me miró a los ojos mientras empujaba la punta contra mi entrada. Seca al principio. Dolor agudo cuando entró de golpe, hasta el fondo. Gruñó, me agarró de las caderas y empezó a bombear lento, profundo, cada embestida haciendo que mis tetas rebotaran contra el sujetador que aún llevaba puesto. Me folló así durante siete u ocho minutos, sin prisa, disfrutando de cómo mi cuerpo se iba mojando a pesar de todo. Cuando se corrió, lo hizo dentro, caliente y abundante, y se quedó quieto un segundo para que lo sintiera palpitar. Luego salió, me dio una palmada suave en el coño y dijo:
—Siguiente.
El moreno fornido con cicatrices en las manos fue el segundo. Me giraron boca abajo. Pecho aplastado contra la mesa, culo en pompa. Se escupió en la mano, me untó saliva entre las nalgas y presionó contra mi culo. Entró despacio, centímetro a centímetro, hasta que sentí sus huevos contra mis labios vaginales. Ardía. Gemí fuerte. Él aceleró, agarrándome del pelo de la coleta para tirar hacia atrás y arquearme más. Cada embestida hacía que los piercings de los pezones rozaran la madera áspera. Se corrió dentro también, gruñendo bajo, y se retiró dejando un hilo blanco goteando por mi muslo.
El tercero era uno de los pedófilos: flaco, gafas torcidas, mirada inquieta. Me pusieron de rodillas en el suelo, esposas aún en las muñecas pero ahora sujetas por detrás con una cadena corta. Me obligó a abrir la boca. Polla pequeña pero dura, olor fuerte a sudor acumulado. Me folló la garganta despacio, sujetándome la nuca con las dos manos, hasta que se corrió sin avisar, obligándome a tragar todo. Tosí, escupí un poco, pero él me limpió la barbilla con el dedo y me lo metió en la boca para que chupara.
El cuarto, otro violador, cuarentón con tatuajes descoloridos en los brazos, me volvió a poner boca arriba en la mesa. Me abrió las piernas al máximo, me metió dos dedos primero para “preparar” y luego entró en el coño de una embestida. Ritmo constante, no muy rápido, pero profundo. Me pellizcaba los pezones mientras me follaba, tirando de los piercings hasta que dolía rico. Se corrió en el pecho, chorros calientes que me salpicaron hasta la barbilla.
Así siguieron. Uno tras otro. Quince, veinte minutos cada uno, a veces más si querían alargar. El quinto me folló la boca de rodillas mientras me masturbaba con los dedos hasta que me corrí sin querer, temblando contra su mano. El sexto entró por detrás en el culo, lento y profundo, susurrándome al oído que “esto es lo que te mereces, abogada”. El séptimo me puso a cuatro patas en el suelo y me folló el coño desde atrás, agarrándome las tetas como si fueran asas. El octavo se corrió en mi cara, apuntando a los ojos hasta que parpadearon pegajosos. El noveno me obligó a lamerle los huevos mientras se masturbaba y se corrió en mi pelo. El décimo entró en el culo otra vez, esta vez más rápido, jadeando como si llevara años esperando. El undécimo me folló la boca hasta el fondo, sujetándome la cabeza contra su pubis hasta que casi me ahogo. El duodécimo me penetró el coño despacio, mirándome a los ojos todo el rato, como si quisiera grabarme en la memoria. El decimotercero se corrió dentro del culo, gimiendo fuerte. El decimocuarto, el último, un mirón compulsivo de unos cincuenta, me pidió que me tocara mientras él me follaba la boca. Me masturbé delante de todos, me corrí otra vez, y él se corrió en mi lengua, obligándome a enseñársela antes de tragar.
Cuando terminaron, me dejaron tirada en la mesa, esposada aún, semen corriéndome por todas partes: coño, culo, boca, pecho, cara, pelo. Temblaba. No de frío. De agotamiento y de algo más oscuro que no quería nombrar.
Los antidisturbios entraron rompiendo la puerta con ariete. Gas lacrimógeno, gritos, porras. A mí me sacaron envuelta en una manta térmica plateada, como si fuera una víctima cualquiera. En el hospital de Valdecilla me limpiaron, me pusieron suero, me hicieron pruebas. Declaración grabada: violación múltiple, vejaciones, lesiones leves. Denuncia formal contra los catorce. El juzgado abrió diligencias urgentes. Pero en mi cabeza, mientras el médico me ponía puntos en un corte superficial del labio, solo repetía una frase:
No fue peor que Francia.
Fue mejor.
Porque aquí no hubo escapatoria posible. No hubo furgoneta a la que volver. Solo yo, la mesa y catorce hombres que no preguntaron.
El juicio se celebró en la Audiencia Provincial de Santander, en una sala grande y fría del segundo piso, con techos altos, bancos de madera oscura y un aire acondicionado que zumbaba como un insecto moribundo. Era finales de noviembre de 2026. Yo, Carla, veintinueve años, sentada en el banquillo de testigo protegido —pantalla opaca para que no me vieran directamente desde la sala de público—, pero con vista directa a los catorce acusados a través de un cristal unidireccional que ellos no podían atravesar con la mirada. O eso decían.
Llevaba un traje chaqueta negro muy conservador, blusa blanca cerrada hasta el último botón, coleta alta impecable, sin maquillaje apenas. Quería parecer la abogada que fui, no la mujer que habían usado durante casi tres horas. Pero nada funcionaba. Cada vez que levantaba la vista, los veía: catorce hombres en el banquillo de los acusados, vestidos con camisas baratas de cuello abierto, pantalones de chándal o vaqueros viejos, esposados flojo a las barras. Y me miraban. Todos. Miradas lascivas, lentas, deliberadas. Algunos se pasaban la lengua por los labios. Otros se ajustaban la entrepierna con disimulo, o directamente se tocaban por encima del pantalón cuando el juez no miraba. El calvo —el que había sido el primero— me clavaba los ojos en el pecho como si aún pudiera ver los piercings debajo de la blusa. El moreno fornido con cicatrices se mordía el labio inferior y asentía despacio, como diciendo “te recuerdo”. Uno de los pedófilos, el de las gafas, se lamía los dedos disimuladamente y los pasaba por el borde de la mesa, imitando lo que me había hecho en la boca.
Yo estaba muerta de vergüenza. Las manos me temblaban encima de las piernas. Sudor frío en la nuca. Cada vez que el fiscal me preguntaba algo (“¿Puede describir cómo la sujetaron?”, “¿En qué momento sintió dolor?”), sentía que la voz se me quebraba. Respondía con frases cortas, mirando al suelo o al techo. No podía mirarlos directamente. Pero los sentía. Sus respiraciones pesadas, sus risitas bajas cuando el juez les llamaba la atención por algún gesto. El presidente del tribunal tuvo que advertirles tres veces: “Señores acusados, moderen su conducta o los desalojaremos de la sala”. Ellos bajaban la cabeza un segundo, fingían arrepentimiento, y luego volvían a empezar: una mano bajando despacio hacia la bragueta, un guiño rápido cuando el fiscal se giraba.
El momento peor llegó cuando pusieron los vídeos.
No había cámaras en la sala de visitas —por “privacidad de las comunicaciones con letrados”—, pero sí en el pasillo principal del módulo. Una cámara de seguridad fija, sin sonido, en blanco y negro, ángulo elevado. La defensa la solicitó como prueba pericial para “demostrar la ausencia de violencia real y la posible aquiescencia de la víctima”. El juez autorizó su reproducción en sala cerrada, solo para partes y tribunal.
Apagaron las luces principales. Quedó solo la pantalla grande encendida. Yo en el banquillo de testigo, con auriculares para oír la declaración grabada que se reproducía en paralelo, pero sin sonido en el vídeo. Y allí estaba yo, en el pasillo primero: empujada contra la pared por tres de ellos, forcejeando al principio, luego llevada a rastras hacia la sala de visitas. Dentro: la mesa. Yo boca abajo. Brazos extendidos, esposada. Piernas abiertas. Uno tras otro entrando en cuadro, turnándose. Mi cuerpo arqueándose, cabeza echada hacia atrás, boca abierta en gemidos mudos. En un plano: mi cara de perfil, ojos cerrados, labios entreabiertos, un hilo de saliva cayendo. En otro: mis caderas moviéndose hacia atrás cuando uno me penetraba por detrás, como si lo buscara. En otro: de rodillas, chupando, manos esposadas a la espalda, cabeza empujada hacia adelante. En varios momentos: mis ojos cerrados, cejas fruncidas en lo que parecía placer, cuerpo temblando en lo que claramente eran orgasmos.
Sin sonido, todo parecía… consentido. Voluntario. La defensa lo aprovechó al máximo.
—Señora letrada —dijo el abogado del calvo, un tipo joven y agresivo con traje barato—, observe el minuto 47:12. Su cliente arquea la espalda y empuja las caderas hacia el acusado número 7. ¿No le parece un movimiento de búsqueda de penetración más profunda?
Yo negué con la cabeza, voz rota.
—No… era dolor… era instinto de supervivencia…
—Minuto 1:12:03. Abre la boca voluntariamente cuando el acusado número 3 se acerca. No hay fuerza visible en la nuca en ese instante.
—Estaba… estaba aturdida… me habían golpeado antes…
—Minuto 1:38:45. Se observa un claro orgasmo: contracciones rítmicas, cabeza echada hacia atrás, boca abierta en gemido. ¿Niega que disfrutó?
Silencio. Lágrimas calientes bajándome por las mejillas. No podía hablar. Solo negaba con la cabeza, mirando al suelo. Los catorce, en el banquillo, sonrieron. Algunos se tocaron más descaradamente: uno se apretó la polla por encima del pantalón, otro se pasó la mano por la boca como recordando mi sabor. El juez llamó al orden otra vez, pero ya era tarde. La semilla estaba plantada.
El fiscal intentó contrarrestar: periciales psicológicas, informes médicos de lesiones internas leves pero consistentes con violencia, declaración de los guardias liberados, mi historial limpio. Pero la defensa insistía: “No hay lesiones graves. No hay fracturas. No hay signos de estrangulamiento. El lenguaje corporal no miente. La víctima es una mujer adulta, deportista, con experiencia sexual amplia según su propio historial médico y redes sociales. ¿Es posible que, en un contexto de alta adrenalina, haya respondido fisiológicamente?”
Yo quería morirme allí mismo. Vergüenza absoluta. Cada vez que miraba la pantalla, me veía a mí misma corriéndome en silencio, y sentía que todos en la sala —juez, fiscales, abogados, público reducido— me veían desnuda otra vez. Los acusados no apartaban la vista. Sus gestos eran cada vez más descarados: uno se lamía los labios lentamente, otro se ajustaba los pantalones con la mano metida dentro, otro simplemente me miraba fijo y asentía, como diciendo “lo volveríamos a hacer”.
Al final del día, cuando declaré por última vez, el juez me preguntó si quería añadir algo. Solo pude susurrar:
—No fue consentimiento. Fue… supervivencia. Pero… no sé explicarlo.
Salí de la sala temblando. En el pasillo, antes de que me sacaran por la puerta lateral, vi cómo los catorce se ponían de pie para el receso. Todos me miraron. El calvo formó con los labios, sin sonido:
“Vuelve cuando quieras, putita.”
Y yo, muerta de vergüenza, sentí un calor traicionero entre las piernas.
El juicio sigue en curso. Hay apelaciones pendientes. Pero cada noche, en casa, sola, me toco pensando en esa pantalla, en esas miradas, en esos gestos. Y me odio por correrme recordándolo.
Porque una parte de mí sabe que, si me llaman a declarar otra vez…
Iré.
Llamé a Inês un viernes por la tarde de finales de marzo de 2027. Habían pasado casi diez meses desde aquella noche en su furgo en Barayo. No había vuelto a verla, pero guardaba su número en el móvil con el nombre “Portugal” y una ola emoji. Marqué temblando un poco, no de nervios románticos, sino de miedo a que dijera que no. O peor: que dijera que sí y yo no estuviera preparada.
Contestó al tercer tono. Voz ronca, como si acabara de salir del agua.
—Carla? Caralho, pensei que tinhas desaparecido.
Le conté lo justo: terapia desde septiembre, dos sesiones semanales con una psicóloga que no me juzgaba, que me ayudaba a nombrar el patrón sin vergüenza. Que había dejado de buscar situaciones límite. Que el juicio seguía en apelación pero ya no me obsesionaba cada noche. Que seguía surfeando, trabajando en civil, viviendo sola en Llanes. Y que… necesitaba un cambio de aires. Un sitio donde el mar fuera diferente, donde nadie me conociera la historia.
—Vem para cá —dijo sin dudar—. Estou em Ericeira ahora. Casa pequena, perto da praia dos Pescadores. Tem onda boa, tem espaço para a tua furgo. E tem-me a mim. Se quiseres só companhia, ou mais… tu decides.
No lo pensé dos veces. Dos días después cargué la furgo: tabla, neopreno, ropa cómoda, el diario de terapia que me había mandado escribir, y una botella de vino asturiano que compré en el último minuto. Conduje doce horas seguidas, parando solo para gasolina y café. Llegué a Ericeira al atardecer, con el sol naranja hundiéndose en el Atlántico y el olor a sal y eucalipto llenándome los pulmones.
Inês me esperaba en la puerta de una casita blanca de un piso, con buganvilla morada trepando por la fachada y una tabla longboard apoyada en la pared. Llevaba un bikini negro y una camiseta ancha cortada por encima del ombligo, pelo negro mojado pegado a la espalda. Me abrazó fuerte, oliendo a crema solar y a mar. No hubo besos torpes ni preguntas pesadas. Solo:
—Vem, toma um banho. Depois falamos.
Pasé la primera semana casi sin hablar de nada serio. Surfeábamos juntas al amanecer y al atardecer: Ribeira d’Ilhas cuando había swell grande, Coxos cuando era más limpio, Pedra Branca para algo más suave. Ella me enseñaba spots secretos, yo le enseñaba trucos de kickboxing en la arena para descargar. Por las noches cocinábamos pescado fresco, bebíamos vino barato, fumábamos algún porro mirando las estrellas desde el tejado plano. Dormíamos en la misma cama estrecha, a veces solo abrazadas, a veces tocándonos despacio, sin prisa. Su cuerpo contra el mío era diferente: suave pero fuerte, sin urgencia de dominar. Cuando me lamía los piercings o me abría las piernas con ternura, no había cámara, no había público, no había catorce hombres. Solo nosotras.
La terapia seguía a distancia: videollamadas semanales. Le conté a mi psicóloga lo de Inês. Me preguntó si sentía que estaba “reemplazando” un patrón destructivo por otro más sano. Le dije que no lo sabía aún, pero que por primera vez en mucho tiempo no me corría odiándome después. Que el placer era limpio. Que cuando me corría con ella —frotándonos clítoris contra clítoris, o con sus dedos dentro mientras me besaba el cuello—, lloraba a veces, pero de alivio.
Pasaron tres semanas. Una tarde, después de una sesión brutal en Pedra Branca (olas de dos metros, tubos perfectos), volvimos empapadas y agotadas. Nos duchamos juntas bajo el chorro frío del patio trasero. Ella me enjabonó la espalda, los abdominales, el culo. Yo le lavé el pelo. Nos besamos bajo el agua, lento. Luego nos tumbamos en la cama, desnudas, con la ventana abierta y el ruido de las olas de fondo.
—Queres ficar mais tempo? —preguntó, trazando círculos en mi ombligo con el dedo, alrededor del piercing.
—Sí. Unos meses, al menos. Hasta que entienda si esto es real o solo un parche.
Me besó la frente.
—Podes ficar o tempo que quiseres. Mas avisa-me se voltares a sentir aquela fome… a má. Eu ajudo-te a não cair.
Asentí. Por primera vez en años, sentí que podía respirar sin que el pecho me pesara. No era perfecto: todavía tenía noches en las que soñaba con la mesa de El Dueso o con la cabaña francesa. Todavía me tocaba sola a veces recordando, y luego me sentía culpable. Pero ya no era todo el tiempo. Ya no era hambre ciega.
Inês y yo seguimos surfeando, follando, hablando. Ella me enseñó portugués básico entre risas. Yo le enseñé a hacer fabada en la cocina diminuta. Nos tatuamos algo pequeño juntas: una ola estilizada en la muñeca derecha, cada una con su fecha debajo. La mía: 15-04-2027. El día que decidí quedarme.
La cabeza no está del todo arreglada. La terapia sigue, y probablemente siga años. Pero por primera vez, el caos tiene un rumbo. No hacia abajo. Hacia algún sitio donde pueda ser yo sin romperme.
Y si alguna vez vuelvo a buscar lo oscuro… le diré a Inês. Porque ya no quiero hacerlo sola.
La relación con Inês se consolidó en una rutina que nos hacía sentir seguras y vivas al mismo tiempo. No era monogamia estricta, pero sí exclusiva en el afecto: lo que hacíamos con otras era placer compartido, no reemplazo. En Ericeira seguíamos surfeando, trabajando remoto (ella en diseño gráfico para marcas de surf, yo en casos civiles desde el portátil), y por las noches nos perdíamos en la cama o en la terraza, explorando sin prisa.
Cuando llegó el viaje a Marruecos en octubre de 2027, ya llevábamos meses hablando de abrirnos más. “Quiero verte disfrutar con otras mujeres”, me dijo una noche mientras me lamía despacio el clítoris, “y quiero que me veas a mí también”. Acordamos reglas claras: consentimiento verbal en cada paso, stop inmediato si alguna se sentía incómoda, y después siempre nos quedábamos solas un rato para reconectar.
Llegamos a Taghazout y en pocos días nos integramos con el grupo de seis surferas locales. Eran impresionantes: cuerpos curtidos por el sol y el mar, tatuajes discretos, risas contagiosas. La noche de la luna llena, después de una sesión larga en Imsouane, todo fluyó natural.
Estábamos en la terraza amplia de nuestra casa alquilada: cojines grandes en el suelo, mantas gruesas, velas de citronela parpadeando, el rumor constante de las olas abajo. Habíamos fumado hachís suave, bebido ron con menta. La música gnawa sonaba baja, hipnótica. Inês me besó primero, lento, lengua explorando mi boca mientras sus manos bajaban por mi espalda hasta meterse bajo el bikini bottom y apretarme las nalgas. Me quitó el top de un tirón suave; mis pezones se endurecieron al instante con el aire fresco de la noche, los piercings plateados brillando a la luz de la luna.
Amina se acercó por detrás de Inês, le besó el cuello y le quitó el sujetador. Sus tetas grandes y firmes quedaron al aire; Amina las agarró con ambas manos y pellizcó los pezones oscuros hasta hacerla gemir contra mi boca. Fatima se arrodilló delante de mí, me bajó el bikini bottom despacio y abrió mis piernas. Me miró a los ojos mientras pasaba la lengua plana por mi clítoris hinchado, luego metió la punta entre los labios y succionó con fuerza. Gemí alto. Inês se separó un segundo para verme la cara y susurrarme: “Disfruta, amor”.
Leila se unió a Fatima entre mis piernas. Mientras una lamía mi clítoris en círculos rápidos, la otra me metía dos dedos curvados hacia arriba, buscando ese punto que me hace arquear la espalda. Los metía y sacaba despacio al principio, luego más rápido, hasta que el sonido húmedo se oía por encima de la música. Nadia y Sofia se acercaron a mis tetas: Nadia lamió y mordió suavemente el piercing izquierdo, tirando con los dientes hasta que dolía rico; Sofia succionó el derecho mientras me pellizcaba el otro con los dedos. Yasmine se sentó a mi lado, me besó profundo y me metió su lengua en la boca al mismo tiempo que metía una mano entre sus propias piernas para masturbarse viéndome.
Inês se puso detrás de Amina, le bajó el bikini y empezó a comerle el coño desde atrás mientras Amina se inclinaba para besarme a mí. Sentí la lengua de Amina en mi boca, saboreando a Inês indirectamente. Fatima y Leila cambiaron: Fatima se tumbó boca arriba y me obligó a sentarme en su cara. Su lengua entró profundo en mi coño, follándome con ella mientras sus manos me abrían las nalgas y un dedo lubricado con saliva presionaba mi culo. Lo metió despacio, hasta el nudillo, y empezó a moverlo en círculos mientras lamía mi clítoris sin parar. Me corrí así, gritando contra la boca de Leila, que me besaba para ahogar el sonido. El orgasmo fue violento: contracciones fuertes, jugos corriéndome por la barbilla de Fatima.
No pararon. Sofia me puso a cuatro patas. Se colocó detrás y me folló el coño con tres dedos, profundo y rápido, mientras Yasmine se ponía delante y me abría las piernas para que yo le lamiera. Su coño era depilado, suave, sabía a sal y a excitación. Metí la lengua dentro, chupé su clítoris hinchado, lo succioné hasta que tembló y se corrió en mi boca, agarrándome del pelo.
Amina trajo un strap-on negro de tamaño medio. Se lo puso mientras Nadia la lubricaba con saliva. Amina me miró: “¿Quieres?”. Asentí. Me puso boca arriba, piernas abiertas sobre sus hombros, y entró despacio en mi coño. Era grueso, me llenaba completamente. Empezó a bombear lento, profundo, cada embestida haciendo que mis tetas rebotaran. Inês se sentó en mi cara al mismo tiempo: su coño mojado contra mi boca. La lamí con ganas, metiendo la lengua dentro mientras Amina me follaba más rápido. Nadia y Sofia se masturbaban mirándonos, dedos en sus clítoris, gimiendo bajito.
Cambios constantes: Fatima me folló el culo con el strap-on mientras Leila me comía el coño; Inês y Yasmine se turnaron en mi boca; Amina me puso a cabalgarla mientras Sofia me lamía los pezones y Nadia me metía dos dedos en el culo al mismo tiempo. Cada orgasmo era más intenso: uno frotándome contra la pierna de Leila mientras me besaba, otro con cuatro dedos de Fatima en mi coño y su lengua en mi clítoris, otro montando el strap-on de Amina hasta correrme gritando su nombre.
Al final, exhaustas, nos quedamos todas enredadas: cuerpos sudorosos, semen femenino en muslos y caras, olor a sexo y hachís. Inês me abrazó por detrás, besándome el cuello. “¿Estás bien?”, susurró. Asentí, sonriendo. “Mejor que nunca”.
Los días siguientes repetimos: tríos, cuartetos, a veces solo nosotras dos mientras las demás miraban y se tocaban. Siempre con palabras claras: “sí”, “más”, “para ahí”. No había presión, no había culpa. Solo placer consensuado, cuerpos que se daban sin robar.
Cuando volvimos a Ericeira, el grupo nos mandaba mensajes: fotos de olas, memes subidos de tono, invitaciones para volver. Inês y yo seguimos abiertas, pero siempre juntas como núcleo. Los grupos ya no eran oscuridad; eran celebración.
Y por primera vez, cuando me corro —sola o rodeada—, no pienso en mesas frías ni en cabañas. Pienso en olas, en piel morena bajo la luna, en lenguas y dedos que me llevan al límite sin romperme.