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Con mi Tía Elena - Capítulo 001
Comenzaba la primavera en la Ciudad de México, y el bullicio de la vida urbana se mezclaba con el aroma fresco de las flores en flor. Los jacarandás pintaban de violeta las calles, mientras los parques se llenaban de colores vivos y la ciudad despertaba a la vida. Yo caminaba por las calles familiares, contento de haber vuelto por fin.
Había pasado un año desde que me fui a trabajar al extranjero, explorando nuevos horizontes y aprendiendo lecciones valiosas. Ahora, de vuelta en casa, llevaba una semana absorbiendo la esencia de la ciudad que tanto amaba. Sin embargo, a pesar de la alegría de estar de regreso, una sombra se cernía sobre mi felicidad: la preocupación por el estado de mi tía Elena.
Mi madre me había llamado cuando aún estaba en el extranjero, revelándome la dolorosa verdad: el marido de Elena la había estado engañando. La noticia había dejado a mi tía derrotada, una sombra de la mujer fuerte y cariñosa que siempre conocí. A pesar de ser como una segunda madre para mí, Elena no había compartido su dolor directamente conmigo. Ya no respondía mis llamadas ni mensajes como solía hacerlo.
Decidí no presionarla desde la distancia y esperé a llegar a la ciudad para abordar el tema cara a cara. Mientras caminaba por las calles conocidas, mi mente divagaba entre los recuerdos de la niñez en casa de mi tía y la incertidumbre sobre lo que encontraría al llegar. La primavera se manifestaba en cada rincón de la ciudad, pero la sombra en el corazón de mi tía necesitaba atención, y estaba decidido a ser el apoyo que ella merecía.
Con el corazón latiendo con fuerza, llamé a la puerta con un golpeteo suave pero insistente. Mientras esperaba, podía escuchar el eco de mi propia respiración, mezclado con el susurro del viento que acariciaba las hojas marchitas del jardín.
La puerta se abrió lentamente, revelando a mi tía Elena en un estado que me heló la sangre. Vestida en pijama, con ojeras marcadas y un aspecto que denotaba noches de desvelo y angustia, se encontraba ante mí. A pesar de su mal estado, sus caderas y busto grandes seguían siendo imponentes, y su pelo negro caía en cascadas hasta los hombros. Los ojos azules que alguna vez reflejaron alegría ahora mostraban una mezcla de sorpresa y tristeza.
— Juan Carlos, ¿qué haces aquí? —susurró, como si la simple tarea de hablar le costara un gran esfuerzo.
La descripción física de mi tía revelaba una mujer que, aunque aún conservaba su belleza a sus cuarenta años, se estaba descuidando. La chispa en sus ojos había perdido intensidad, y el brillo de su cabello oscuro se veía opacado. A pesar de ello, su presencia imponente no se desvanecía, y era evidente que había luchado contra las adversidades que la vida le había lanzado.
— Tía, he vuelto. Me preocupaba mucho por ti —dije con sinceridad, abrazándola con ternura. Podía sentir la tensión en su cuerpo, como si la presencia de un familiar después de tanto tiempo fuera un bálsamo inesperado.
Ella se quedó en silencio por un momento, procesando mi llegada. Sus ojos se llenaron de lágrimas contenidas, y una mezcla de emociones se reflejó en su rostro. La sorpresa inicial cedió paso a una mezcla de gratitud y alivio. La puerta se cerró tras de mí, marcando el comienzo de una conversación que exploraría los rincones oscuros de su alma y buscaría restaurar la luz en su vida.
Mi tía Elena me invitó a pasar, y al cruzar el umbral de la casa, la decadencia contrastaba con la lujosa apariencia que recordaba de mi infancia. Los recuerdos de juegos en aquel salón, las cenas familiares y las risas resonaban en mi mente, pero ahora todo estaba nublado por un velo de descuido y desesperanza.
— Lo siento por el desorden. No he tenido fuerzas para mantener las cosas en orden —se disculpó Elena, con la mirada baja y una tristeza evidente en sus ojos.
Respondí con una sonrisa comprensiva, tratando de aliviar la carga emocional que estaba presente en el ambiente.
— No te preocupes, tía. Estoy aquí para ayudarte, para apoyarte en lo que necesites.
Nos dirigimos al salón y nos sentamos en los muebles que alguna vez fueron testigos de risas y conversaciones animadas. La tristeza se cernía en el aire, pero también había un atisbo de esperanza al saber que estábamos dispuestos a enfrentar juntos lo que sea que estuviera afectando a mi tía. A medida que comenzábamos a hablar, los recuerdos de la infancia se entrelazaban con la cruda realidad del presente.
— Juan Carlos, no esperaba verte tan pronto —dijo Elena, con la voz entrecortada—. Las cosas han cambiado mucho desde que te fuiste.
— Estoy aquí ahora, tía. ¿Qué ha estado sucediendo? —pregunté, preocupado, mientras observaba el desorden a nuestro alrededor.
Elena suspiró antes de responder.
— Mi mundo se vino abajo, Juan. Descubrí que mi esposo me estaba engañando. No supe cómo afrontarlo y... —vaciló, mirando al suelo—, todo se desmoronó. No quería que lo supieras estando tan lejos.
La sinceridad de sus palabras me impactó, pero también fortaleció mi determinación de estar ahí para ella.
— Tía, estoy aquí para apoyarte. Juntos superaremos esto. ¿Cómo puedo ayudarte? —ofrecí, buscando su mirada.
Elena levantó la vista, y en sus ojos azules cansados vi un destello de agradecimiento y esperanza.
— Gracias, Juan Carlos. Tu presencia ya es un gran apoyo. Hay muchas cosas que necesitamos hablar. —dijo, y con esas palabras, comenzamos la difícil pero necesaria conversación que nos llevaría a enfrentar las sombras que oscurecían su vida.
Vi las botellas de vino vacías y las latas de cerveza esparcidas por todos lados, junto con los restos de las bolsas de comida a domicilio. Aunque el desorden y la decadencia eran evidentes, traté de pasar por alto esos detalles y centrarme en lo que realmente importaba en ese momento.
— Tía, sé que las cosas han estado difíciles para ti. Pero antes que nada, ¿cómo te enteraste del engaño? —pregunté, eligiendo comenzar por entender los eventos que habían llevado a esta situación.
Elena suspiró profundamente antes de responder, sus ojos azules encontrando los míos con un dejo de tristeza.
— Fue hace unos meses. Comencé a notar cambios en su comportamiento, actitudes extrañas y ausencias prolongadas. Al principio pensé que era solo estrés, pero mi intuición me decía lo contrario. Un día, encontré mensajes en su teléfono que confirmaron mis sospechas. Me estaba engañando.
La tristeza en su voz me impactó, y me acerqué para tomar su mano en un gesto de consuelo.
— Lamento mucho que hayas tenido que pasar por eso, tía. Debe haber sido devastador.
Elena asintió, agradeciendo el gesto con una mirada de gratitud. El dolor en sus ojos reflejaba la profunda herida emocional que la traición había dejado en su corazón.
— Después de eso, todo se desmoronó. No sabía cómo afrontarlo, y me refugié en malos hábitos y la soledad. Me siento tan perdida, Juan Carlos.
— Estoy aquí ahora, tía. No estás sola. Juntos encontraremos una manera de superar esto —prometí, decidido a ser el apoyo que ella necesitaba en este difícil momento.
Mi tía se levantó y se sirvió una copa de vino, ofreciéndome amablemente una. Agradecí con un gesto de cabeza, pero opté por rechazarla. Observé cómo ella llevaba la copa a sus labios, buscando consuelo momentáneo en el cálido abrazo del alcohol.
— Tía, lo entiendo. Pero tal vez deberías considerar hablar con alguien sobre esto, buscar apoyo. No tienes que cargar con todo sola —sugerí, tratando de ofrecerle una alternativa a los hábitos que estaba adoptando.
Elena suspiró, apoyando la copa sobre la mesa con un gesto cansado.
— Lo he intentado, Juan Carlos. Pero siento que no hay nadie que realmente comprenda lo que estoy pasando. Me duele tanto que ni siquiera pueda hablarlo con mi propia hermana.
Mi corazón se apretó ante su confesión, y me acerqué para abrazarla con ternura.
— Tía, estoy aquí para ti. No tienes que enfrentar esto sola. Podemos buscar ayuda juntos, hablar con alguien que pueda guiarnos en este proceso.
Ella asintió, agradeciendo el gesto con una sonrisa débil.
— Gracias, Juan Carlos. Aprecio mucho tu preocupación y tu apoyo.
Cayendo en la cuenta de la magnitud de la situación, decidí proponerle a mi tía una solución más práctica. Mientras ella se sumía en sus propios pensamientos, me animé a hablar.
— Tía, he estado pensando. ¿Qué te parecería si me quedara aquí contigo unos días? Por las mañanas trabajaré, pero en cuanto termine podré ayudarte con todo lo que necesites. No quiero que te sientas sola ni cargada con todo esto.
Al principio, ella titubeó, como si la idea de ser una carga la incomodara.
— Juan Carlos, no quiero que te veas obligado a quedarte por mi culpa. Tienes tu vida y tus responsabilidades.
Insistí con sinceridad, buscando aliviar sus preocupaciones.
— No lo veas así, tía. Quiero estar aquí para ti. No tienes que enfrentar todo esto sola. Además, lo que más quiero ahora mismo es estar cerca de ti.
Después de un momento de reflexión, mi tía accedió con un suspiro de gratitud.
— Está bien, Juan Carlos. Pero solo unos días, ¿de acuerdo? No quiero interferir demasiado en tu vida.
Asentí con una sonrisa reconfortante.
— Claro, tía. Estamos juntos en esto. Juntos superaremos todo.
Esta noche, decidí ir a casa a recoger mis cosas antes de instalarme definitivamente en la casa de mi tía Elena. Al llegar a casa, me crucé con mi madre, una mujer parecida a mi tía pero algo más delgada, con el pelo más largo que caía en ondas hasta la mitad de la espalda. Le conté la decisión que había tomado y lo que había acordado con mi tía. Su rostro se iluminó con una mezcla de preocupación y orgullo.
— Eres un buen hijo, Juan Carlos. Estoy segura de que tu tía lo apreciará mucho —me dijo, dándome un abrazo cálido antes de que partiera hacia la casa de mi tía.
En el camino, reflexionaba sobre la nueva etapa que estaba por comenzar. Mi corazón estaba lleno de determinación para ayudar a mi tía a superar los desafíos que enfrentaba. Llegué a la casa de Elena con una bolsa llena de mis pertenencias, listo para instalarme y ser el apoyo que ella necesitaba.
Cuando abrí la puerta, el ambiente tranquilo de la casa parecía haberse vuelto más acogedor, como si la presencia de un ser querido pudiera marcar la diferencia. Mi tía Elena estaba en el salón, perdida en sus pensamientos. Al verme, una sonrisa tenue apareció en su rostro.
Esa noche, después de haber llegado a la casa de mi tía Elena, ella me preguntó qué quería hacer. Le propuse ver una película, una buena idea para desconectar un poco de la pesadez del día. Aceptó con una sonrisa, y nos acomodamos en el salón para disfrutar de la película.
Durante la proyección, observé con preocupación cómo mi tía no dejaba de beber vino, como si intentara ahogar sus penas en cada sorbo. Mis ojos se posaban en ella, consciente de que su comportamiento era una manifestación visible de la carga emocional que llevaba consigo.
Al finalizar la película, la vi quedarse dormida en el sofá. Aunque estaba cansado, me preocupaba dejarla sola en ese estado, así que apagué la televisión con suavidad. Me acerqué y, con cariño, la desperté.
— Tía, creo que sería mejor que descansaras en tu habitación —le dije, intentando no interrumpir bruscamente su sueño.
Ella parpadeó, medio dormida, y asintió. Juntos nos dirigimos hacia su cuarto, y con paciencia y ternura, la ayudé a subir las escaleras. Mientras subíamos, la oscuridad de la casa parecía envolvernos en un silencio profundo, solo interrumpido por el suave crujir de los escalones.
Una vez en su habitación, la acomodé en la cama con delicadeza. Su rostro reflejaba el agotamiento y la tristeza que la acosaban. Sabía que los días venideros serían desafiantes, pero estaba decidido a estar allí para mi tía, brindándole el apoyo que tanto necesitaba.
Justo cuando me disponía a salir, mi tía Elena tomó mi mano con suavidad y, con voz adormilada, me pidió que me quedara con ella. No pude resistirme a su súplica y accedí. Me acomodé en un lado de la cama, cubriéndome con el edredón para no interrumpir su sueño.
Apenas unos momentos después, me encontré sumido en un reparador sueño. La jornada había sido intensa y llena de emociones, y el cansancio se apoderó de mí rápidamente. Aunque la preocupación por mi tía persistía en mi mente, el sueño me envolvió como un suave manto, llevándome a un mundo de sueños donde las sombras de la realidad se disipaban, al menos por unas horas. Con la promesa de estar allí para ella en los días por venir, me dejé llevar por el descanso reparador que tanto necesitaba.
La alarma sonó y me desperté de golpe para apagarla sin perturbar el sueño de Elena. Salí de la habitación con sigilo y me dirigí al baño para ducharme. Mientras el agua caía, mi mente divagaba entre las responsabilidades que tenía por delante.
Después de la ducha, me vestí con cuidado para no hacer ruido. Bajé al salón, consciente del desorden que aún persistía en el lugar. Mi determinación se fortaleció al observar la botella de vino vacía sobre la mesa y las huellas del tumulto emocional que había experimentado mi tía. Me propuse a mí mismo que, al llegar del trabajo, la ayudaría a recoger todo y a poner orden en su vida, al menos en lo que estuviera a mi alcance.
El tiempo apremiaba, así que salí de la casa con discreción, dejando a mi tía Elena descansar. Mientras me dirigía al trabajo, mi mente estaba enfocada en la tarea que me esperaba al regresar y en cómo podría ser el punto de partida para una nueva etapa en la vida de mi tía. Con la esperanza de poder brindarle estabilidad y apoyo, me sumergí en las responsabilidades diarias, consciente de que el camino que teníamos por delante sería desafiante pero necesario para la recuperación de Elena.
Durante la jornada laboral, me sumergí en mis responsabilidades, intentando concentrarme en las tareas diarias para cumplir con mis obligaciones profesionales. Aunque mi mente estaba dividida entre el trabajo y las preocupaciones por mi tía Elena, logré mantenerme enfocado y completar las labores del día.
A la tarde, la jornada laboral llegó a su fin, y decidí regresar a casa para estar con mi tía. En el camino, opté por comprarle unos bizcochos, con la esperanza de brindarle un pequeño gesto de afecto.
Cuando llegué a casa, el salón seguía en el mismo estado de desorden. Subí a su dormitorio y la encontré en la cama, aún sumida en la apatía que la envolvía por la mañana.
— Hola, tía. ¿Cómo te encuentras? —pregunté, ofreciéndole los bizcochos que llevaba en la mano.
Elena levantó la mirada con una mezcla de sorpresa y agradecimiento.
— Gracias, Juan Carlos. Pero hoy no tengo ganas de nada —dijo con voz apagada, rechazando delicadamente la oferta.
Decidí darle espacio y respetar su decisión.
— Está bien, tía. Si necesitas algo, estaré abajo —respondí con suavidad.
Bajé al salón y comencé a recoger, pensando en la dificultad de ayudar a alguien que estaba sumido en su propio dolor. La tarea de ordenar me brindaba al menos una sensación de control en medio de la incertidumbre que rodeaba la vida de mi tía. Con paciencia y esperanza, continué organizando el espacio, listo para enfrentar los desafíos que nos aguardaban en el camino hacia la recuperación de Elena.
Después de dejar a mi tía en su habitación, decidí ocuparme del desorden que se había acumulado en el salón. Recogí las botellas de vino vacías, las latas y las cajas de pizza, consciente de que cada uno de estos objetos llevaba consigo una pequeña porción de la carga emocional que mi tía llevaba. Barrí y fregué, tratando de devolverle al lugar un poco de orden y calma.
Una vez que el salón quedó bastante decente, decidí subir al cuarto de baño. Al entrar, me encontré con el caos que también se había apoderado de ese espacio. Comencé a limpiar, tomando cada acción como un paso hacia la recuperación de la normalidad en la vida de mi tía. Recogí la ropa sucia amontonada en la esquina del baño y la bajé al cuarto de la lavadora, consciente de que estos pequeños gestos podrían ser un primer paso hacia la restauración de la rutina y el orden en su vida.
Al regresar al salón después de ocuparme del cuarto de baño, noté que algo se me había caído en el camino. Al agacharme para recogerlo, me sorprendí al descubrir que era un pequeño tanga negro. La exquisitez del encaje y la seda sugerían una prenda más íntima de lo que habría imaginado que mi tía Elena poseía.
La sorpresa y la imagen inesperada provocaron un momento de desconcierto. Observé la prenda por un instante, consciente de la intimidad que encerraba
De repente, escuché los pasos de mi tía bajando las escaleras, y en un acto instintivo, guardé rápidamente la prenda interior en el bolsillo antes de que ella apareciera. Al ver el salón ordenado, su rostro se iluminó, aunque su expresión denotaba tristeza y cierta vergüenza por haberme hecho limpiar la casa.
— Juan Carlos, no debiste molestarte tanto. Gracias por hacerlo, pero no era necesario —expresó, agradeciendo con un gesto apenado.
— Tía, lo hice con gusto. Quiero ayudarte en lo que pueda —respondí, tratando de aliviar su preocupación.
Le propuse salir a cenar fuera, buscando ofrecerle un pequeño respiro, pero me contó que aún no tenía muchas ganas.
— Juan Carlos, realmente no tengo ánimo para salir. Estoy desganada —comentó con tristeza.
Decidí respetar su sentir y le propuse una alternativa.
— Está bien, tía. Por hoy, lo entendemos. Pero mañana vamos a cenar, ¿de acuerdo? No aceptaré un no por respuesta.
Ella sonrió débilmente, agradeciendo mi insistencia.
— Está bien, Juan Carlos. Mañana cenamos.
Nos sentamos en el sofá y, para mi tristeza, Elena abrió una botella de vino. Le comenté que quizá se estaba pasando con el consumo, pero ella hizo un gesto quitándole importancia. Se sirvió una copa y se sentó a mi lado.
— Tía, realmente creo que deberías moderar un poco el consumo de vino. No quiero que te haga daño —comenté con preocupación, observando la botella recién abierta.
Ella me miró con una sonrisa forzada y negó con la cabeza.
— Tranquilo, Juan Carlos. Un poco de vino no me hará daño. Además, ¿recuerdas esos veranos cuando eras pequeño? Pasábamos tardes enteras en la piscina de la casa. Teníamos barbacoas, risas, y siempre había una botella de vino abierta. Esos eran buenos tiempos.
Mientras ella hablaba, sus ojos se perdieron en el recuerdo de aquellos días felices. Intenté comprender su nostalgia y la conexión emocional que tenía con el vino.
— Sí, tía, recuerdo esos tiempos. Eran veranos maravillosos. Pero las cosas han cambiado. Necesitas cuidarte ahora —le respondí, buscando hacerle ver la diferencia en la situación actual.
Elena suspiró, pero asintió con comprensión.
— Tienes razón, Juan Carlos. Las cosas han cambiado. Pero a veces, recordar esos momentos me ayuda a escapar un poco de la realidad.
Comprendí la nostalgia que la embargaba y decidí cambiar de tema, buscando brindarle un momento más ligero en medio de la oscuridad que la rodeaba.
— Tía, entiendo lo importante que son esos recuerdos. ¿Recuerdas las veces que nos aventurábamos a buscar tesoros en el jardín trasero? Siempre encontrábamos cosas curiosas. —comenté, tratando de llevar la conversación a un lugar más liviano.
Elena sonrió, como si la mención de esos juegos le hubiera traído un destello de alegría.
— ¡Oh, sí! Aquellas búsquedas de tesoros eran épicas. ¿Recuerdas cuando encontramos aquella vieja moneda y pensamos que éramos auténticos exploradores?
La risa se apoderó de nosotros mientras compartíamos anécdotas de aquellos días. Aunque su sonrisa era tenue, parecía estar agradecida por el respiro temporal que le proporcionaba la conversación.
— Tía, tenemos la oportunidad de crear nuevos momentos y recuerdos felices. Empezando por mañana, cuando vayamos a cenar. —propuse, tratando de infundirle un poco de anticipada alegría.
— Tía, creo que te ayudaría volver a la rutina. ¿Qué tal si te duchas y cambias de ropa? No es bueno que te pases todo el día en pijama —sugerí, preocupado por su bienestar.
Ella asintió y dio un largo trago a la copa de vino.
— Mañana lo haré, prometido —me aseguró con una sonrisa forzada.
A pesar de sus palabras, noté una resistencia en su mirada, como si la idea de volver a la rutina le resultara abrumadora. Decidí no presionarla en ese momento, sabiendo que cada pequeño paso requeriría su tiempo.
— Está bien, tía. Tómate el tiempo que necesites, pero recuerda que estoy aquí para apoyarte en lo que sea necesario —le dije, buscando transmitirle mi compromiso de estar a su lado.
En un momento de silencio, y sirviéndose una nueva copa de vino, Elena habló. Sus palabras eran cargadas de pesar, y su voz llevaba el peso de las emociones reprimidas.
— Juan Carlos, antes de descubrir todo esto, las cosas en casa eran... complicadas. Hacía tiempo que apenas manteníamos relaciones. Él ya no me deseaba, y eso, sinceramente, me hacía sentir vieja y sin atractivo.
— Tía, eso no tiene nada que ver contigo. Las personas cambian, y a veces, las relaciones también. No eres vieja ni sin atractivo. Eres fuerte y valiosa.
Elena asintió con gratitud, agradeciendo mi intento de consuelo.
— Pero no solo eso, Juan Carlos. Empezó a llegar tarde del trabajo, se esforzaba cada vez menos en sus excusas. —susurró, como si reviviera el dolor del momento. —Cuando lo pillé, sentí que el mundo se me caía encima.
Mis ojos reflejaban la compasión mientras escuchaba su confesión.
— Tía, lamento mucho que hayas tenido que pasar por algo así. Debe de haber sido devastador descubrirlo todo de esa manera —expresé, tratando de mostrarle mi solidaridad.
Elena asintió con tristeza, sus ojos reflejaban la tormenta de emociones que la invadía.
— Sí, fue como un golpe en el estómago. De repente, todo lo que creía sobre nuestra relación se desmoronó. Las noches en vela, preguntándome dónde estaba, y las excusas cada vez más débiles... —suspiró, recordando la agonía de esos momentos.
— Pero ahora, debes enfrentar la situación con valentía, tía. No estás sola —afirmé, deseando que sintiera mi compromiso sincero.
Elena dio otro largo trago y suspiró. En un momento de vulnerabilidad, confesó que le había alegrado que durmiera con ella la noche anterior, que no se había sentido tan sola.
— Juan Carlos, realmente me hizo bien tener tu compañía. No me sentí tan sola como de costumbre —confesó, sus ojos mostrando gratitud.
— Tía, estaré aquí contigo todas las noches que necesites. No estás sola en esto, ¿de acuerdo? —afirmé, buscando brindarle el apoyo que tanto necesitaba.
Elena, con una expresión de cariño, me dio un cálido beso en la mejilla.
— Eres el mejor sobrino que una tía podría desear. Gracias por estar a mi lado, Juan Carlos —expresó, y su voz llevaba consigo la sinceridad de sus sentimientos.
Con ese gesto y esas palabras, sentí que, aunque el camino hacia la recuperación sería difícil, juntos podríamos enfrentar los desafíos
— Es tarde, será mejor que nos vayamos a dormir —dije.
Subimos a su cuarto, y yo me quité los vaqueros para ponerme mis pantalones de pijama. Elena me miraba algo nerviosa. Le pregunté qué ocurría.
— Me da un poco de vergüenza decirlo, pero con este pijama hace un calor insoportable cuando compartimos cama. ¿Te importaría si duermo en ropa interior? —confesó tímidamente.
No pude evitar ponerme un poco rojo, pero asentí con comprensión. Había espacio de sobra, y lo más importante era que ella estuviera cómoda. Me metí en la cama y vi cómo ella se quitaba los pantalones de pijama, revelando su pequeña ropa interior, dejaba ver la forma femenina de sus caderas, cubiertas solo por aquel hilillo negro de tela. Enseguida se cubrió con el edredón y, tras un "buenas noches", apagamos la luz.
Me costaba dormirme y daba vueltas en la cama. Elena, con voz adormilada, me preguntó qué ocurría.
— Es el maldito calor, no puedo conciliar el sueño —le respondí frustrado.
Ella, aún medio dormida, me dijo que no fuera idiota y que me quitara los pantalones de pijama si quería.
— ¿En serio crees que eso ayudará? —pregunté, algo incrédulo.
— Claro que sí, inténtalo —murmuró mientras bostezaba.
Lo pensé por un momento y finalmente accedí. Tiré los pantalones al suelo y me quedé en calzoncillos.
— A que se está mucho mejor así —comentó ella con un suspiro de alivio.
— Sí, tienes razón —respondí, sintiendo el alivio del frescor.
Noté su mano moverse por las sábanas hasta encontrarse con la mía.
— ¿Qué tal ahora? —preguntó con una sonrisa en la voz.
— Mucho mejor, gracias. Buenas noches, Elena.
— Buenas noches, Juan Carlos —dijo ella, y con los dedos entrelazados, nos sumergimos en el sueño reparador, listos para enfrentar un nuevo día juntos.
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Con mi Tía Elena - Capítulo 001
Comenzaba la primavera en la Ciudad de México, y el bullicio de la vida urbana se mezclaba con el aroma fresco de las flores en flor. Los jacarandás pintaban de violeta las calles, mientras los parques se llenaban de colores vivos y la ciudad despertaba a la vida. Yo caminaba por las calles familiares, contento de haber vuelto por fin.
Había pasado un año desde que me fui a trabajar al extranjero, explorando nuevos horizontes y aprendiendo lecciones valiosas. Ahora, de vuelta en casa, llevaba una semana absorbiendo la esencia de la ciudad que tanto amaba. Sin embargo, a pesar de la alegría de estar de regreso, una sombra se cernía sobre mi felicidad: la preocupación por el estado de mi tía Elena.
Mi madre me había llamado cuando aún estaba en el extranjero, revelándome la dolorosa verdad: el marido de Elena la había estado engañando. La noticia había dejado a mi tía derrotada, una sombra de la mujer fuerte y cariñosa que siempre conocí. A pesar de ser como una segunda madre para mí, Elena no había compartido su dolor directamente conmigo. Ya no respondía mis llamadas ni mensajes como solía hacerlo.
Decidí no presionarla desde la distancia y esperé a llegar a la ciudad para abordar el tema cara a cara. Mientras caminaba por las calles conocidas, mi mente divagaba entre los recuerdos de la niñez en casa de mi tía y la incertidumbre sobre lo que encontraría al llegar. La primavera se manifestaba en cada rincón de la ciudad, pero la sombra en el corazón de mi tía necesitaba atención, y estaba decidido a ser el apoyo que ella merecía.
Con el corazón latiendo con fuerza, llamé a la puerta con un golpeteo suave pero insistente. Mientras esperaba, podía escuchar el eco de mi propia respiración, mezclado con el susurro del viento que acariciaba las hojas marchitas del jardín.
La puerta se abrió lentamente, revelando a mi tía Elena en un estado que me heló la sangre. Vestida en pijama, con ojeras marcadas y un aspecto que denotaba noches de desvelo y angustia, se encontraba ante mí. A pesar de su mal estado, sus caderas y busto grandes seguían siendo imponentes, y su pelo negro caía en cascadas hasta los hombros. Los ojos azules que alguna vez reflejaron alegría ahora mostraban una mezcla de sorpresa y tristeza.
— Juan Carlos, ¿qué haces aquí? —susurró, como si la simple tarea de hablar le costara un gran esfuerzo.
La descripción física de mi tía revelaba una mujer que, aunque aún conservaba su belleza a sus cuarenta años, se estaba descuidando. La chispa en sus ojos había perdido intensidad, y el brillo de su cabello oscuro se veía opacado. A pesar de ello, su presencia imponente no se desvanecía, y era evidente que había luchado contra las adversidades que la vida le había lanzado.
— Tía, he vuelto. Me preocupaba mucho por ti —dije con sinceridad, abrazándola con ternura. Podía sentir la tensión en su cuerpo, como si la presencia de un familiar después de tanto tiempo fuera un bálsamo inesperado.
Ella se quedó en silencio por un momento, procesando mi llegada. Sus ojos se llenaron de lágrimas contenidas, y una mezcla de emociones se reflejó en su rostro. La sorpresa inicial cedió paso a una mezcla de gratitud y alivio. La puerta se cerró tras de mí, marcando el comienzo de una conversación que exploraría los rincones oscuros de su alma y buscaría restaurar la luz en su vida.
Mi tía Elena me invitó a pasar, y al cruzar el umbral de la casa, la decadencia contrastaba con la lujosa apariencia que recordaba de mi infancia. Los recuerdos de juegos en aquel salón, las cenas familiares y las risas resonaban en mi mente, pero ahora todo estaba nublado por un velo de descuido y desesperanza.
— Lo siento por el desorden. No he tenido fuerzas para mantener las cosas en orden —se disculpó Elena, con la mirada baja y una tristeza evidente en sus ojos.
Respondí con una sonrisa comprensiva, tratando de aliviar la carga emocional que estaba presente en el ambiente.
— No te preocupes, tía. Estoy aquí para ayudarte, para apoyarte en lo que necesites.
Nos dirigimos al salón y nos sentamos en los muebles que alguna vez fueron testigos de risas y conversaciones animadas. La tristeza se cernía en el aire, pero también había un atisbo de esperanza al saber que estábamos dispuestos a enfrentar juntos lo que sea que estuviera afectando a mi tía. A medida que comenzábamos a hablar, los recuerdos de la infancia se entrelazaban con la cruda realidad del presente.
— Juan Carlos, no esperaba verte tan pronto —dijo Elena, con la voz entrecortada—. Las cosas han cambiado mucho desde que te fuiste.
— Estoy aquí ahora, tía. ¿Qué ha estado sucediendo? —pregunté, preocupado, mientras observaba el desorden a nuestro alrededor.
Elena suspiró antes de responder.
— Mi mundo se vino abajo, Juan. Descubrí que mi esposo me estaba engañando. No supe cómo afrontarlo y... —vaciló, mirando al suelo—, todo se desmoronó. No quería que lo supieras estando tan lejos.
La sinceridad de sus palabras me impactó, pero también fortaleció mi determinación de estar ahí para ella.
— Tía, estoy aquí para apoyarte. Juntos superaremos esto. ¿Cómo puedo ayudarte? —ofrecí, buscando su mirada.
Elena levantó la vista, y en sus ojos azules cansados vi un destello de agradecimiento y esperanza.
— Gracias, Juan Carlos. Tu presencia ya es un gran apoyo. Hay muchas cosas que necesitamos hablar. —dijo, y con esas palabras, comenzamos la difícil pero necesaria conversación que nos llevaría a enfrentar las sombras que oscurecían su vida.
Vi las botellas de vino vacías y las latas de cerveza esparcidas por todos lados, junto con los restos de las bolsas de comida a domicilio. Aunque el desorden y la decadencia eran evidentes, traté de pasar por alto esos detalles y centrarme en lo que realmente importaba en ese momento.
— Tía, sé que las cosas han estado difíciles para ti. Pero antes que nada, ¿cómo te enteraste del engaño? —pregunté, eligiendo comenzar por entender los eventos que habían llevado a esta situación.
Elena suspiró profundamente antes de responder, sus ojos azules encontrando los míos con un dejo de tristeza.
— Fue hace unos meses. Comencé a notar cambios en su comportamiento, actitudes extrañas y ausencias prolongadas. Al principio pensé que era solo estrés, pero mi intuición me decía lo contrario. Un día, encontré mensajes en su teléfono que confirmaron mis sospechas. Me estaba engañando.
La tristeza en su voz me impactó, y me acerqué para tomar su mano en un gesto de consuelo.
— Lamento mucho que hayas tenido que pasar por eso, tía. Debe haber sido devastador.
Elena asintió, agradeciendo el gesto con una mirada de gratitud. El dolor en sus ojos reflejaba la profunda herida emocional que la traición había dejado en su corazón.
— Después de eso, todo se desmoronó. No sabía cómo afrontarlo, y me refugié en malos hábitos y la soledad. Me siento tan perdida, Juan Carlos.
— Estoy aquí ahora, tía. No estás sola. Juntos encontraremos una manera de superar esto —prometí, decidido a ser el apoyo que ella necesitaba en este difícil momento.
Mi tía se levantó y se sirvió una copa de vino, ofreciéndome amablemente una. Agradecí con un gesto de cabeza, pero opté por rechazarla. Observé cómo ella llevaba la copa a sus labios, buscando consuelo momentáneo en el cálido abrazo del alcohol.
— Tía, lo entiendo. Pero tal vez deberías considerar hablar con alguien sobre esto, buscar apoyo. No tienes que cargar con todo sola —sugerí, tratando de ofrecerle una alternativa a los hábitos que estaba adoptando.
Elena suspiró, apoyando la copa sobre la mesa con un gesto cansado.
— Lo he intentado, Juan Carlos. Pero siento que no hay nadie que realmente comprenda lo que estoy pasando. Me duele tanto que ni siquiera pueda hablarlo con mi propia hermana.
Mi corazón se apretó ante su confesión, y me acerqué para abrazarla con ternura.
— Tía, estoy aquí para ti. No tienes que enfrentar esto sola. Podemos buscar ayuda juntos, hablar con alguien que pueda guiarnos en este proceso.
Ella asintió, agradeciendo el gesto con una sonrisa débil.
— Gracias, Juan Carlos. Aprecio mucho tu preocupación y tu apoyo.
Cayendo en la cuenta de la magnitud de la situación, decidí proponerle a mi tía una solución más práctica. Mientras ella se sumía en sus propios pensamientos, me animé a hablar.
— Tía, he estado pensando. ¿Qué te parecería si me quedara aquí contigo unos días? Por las mañanas trabajaré, pero en cuanto termine podré ayudarte con todo lo que necesites. No quiero que te sientas sola ni cargada con todo esto.
Al principio, ella titubeó, como si la idea de ser una carga la incomodara.
— Juan Carlos, no quiero que te veas obligado a quedarte por mi culpa. Tienes tu vida y tus responsabilidades.
Insistí con sinceridad, buscando aliviar sus preocupaciones.
— No lo veas así, tía. Quiero estar aquí para ti. No tienes que enfrentar todo esto sola. Además, lo que más quiero ahora mismo es estar cerca de ti.
Después de un momento de reflexión, mi tía accedió con un suspiro de gratitud.
— Está bien, Juan Carlos. Pero solo unos días, ¿de acuerdo? No quiero interferir demasiado en tu vida.
Asentí con una sonrisa reconfortante.
— Claro, tía. Estamos juntos en esto. Juntos superaremos todo.
Esta noche, decidí ir a casa a recoger mis cosas antes de instalarme definitivamente en la casa de mi tía Elena. Al llegar a casa, me crucé con mi madre, una mujer parecida a mi tía pero algo más delgada, con el pelo más largo que caía en ondas hasta la mitad de la espalda. Le conté la decisión que había tomado y lo que había acordado con mi tía. Su rostro se iluminó con una mezcla de preocupación y orgullo.
— Eres un buen hijo, Juan Carlos. Estoy segura de que tu tía lo apreciará mucho —me dijo, dándome un abrazo cálido antes de que partiera hacia la casa de mi tía.
En el camino, reflexionaba sobre la nueva etapa que estaba por comenzar. Mi corazón estaba lleno de determinación para ayudar a mi tía a superar los desafíos que enfrentaba. Llegué a la casa de Elena con una bolsa llena de mis pertenencias, listo para instalarme y ser el apoyo que ella necesitaba.
Cuando abrí la puerta, el ambiente tranquilo de la casa parecía haberse vuelto más acogedor, como si la presencia de un ser querido pudiera marcar la diferencia. Mi tía Elena estaba en el salón, perdida en sus pensamientos. Al verme, una sonrisa tenue apareció en su rostro.
Esa noche, después de haber llegado a la casa de mi tía Elena, ella me preguntó qué quería hacer. Le propuse ver una película, una buena idea para desconectar un poco de la pesadez del día. Aceptó con una sonrisa, y nos acomodamos en el salón para disfrutar de la película.
Durante la proyección, observé con preocupación cómo mi tía no dejaba de beber vino, como si intentara ahogar sus penas en cada sorbo. Mis ojos se posaban en ella, consciente de que su comportamiento era una manifestación visible de la carga emocional que llevaba consigo.
Al finalizar la película, la vi quedarse dormida en el sofá. Aunque estaba cansado, me preocupaba dejarla sola en ese estado, así que apagué la televisión con suavidad. Me acerqué y, con cariño, la desperté.
— Tía, creo que sería mejor que descansaras en tu habitación —le dije, intentando no interrumpir bruscamente su sueño.
Ella parpadeó, medio dormida, y asintió. Juntos nos dirigimos hacia su cuarto, y con paciencia y ternura, la ayudé a subir las escaleras. Mientras subíamos, la oscuridad de la casa parecía envolvernos en un silencio profundo, solo interrumpido por el suave crujir de los escalones.
Una vez en su habitación, la acomodé en la cama con delicadeza. Su rostro reflejaba el agotamiento y la tristeza que la acosaban. Sabía que los días venideros serían desafiantes, pero estaba decidido a estar allí para mi tía, brindándole el apoyo que tanto necesitaba.
Justo cuando me disponía a salir, mi tía Elena tomó mi mano con suavidad y, con voz adormilada, me pidió que me quedara con ella. No pude resistirme a su súplica y accedí. Me acomodé en un lado de la cama, cubriéndome con el edredón para no interrumpir su sueño.
Apenas unos momentos después, me encontré sumido en un reparador sueño. La jornada había sido intensa y llena de emociones, y el cansancio se apoderó de mí rápidamente. Aunque la preocupación por mi tía persistía en mi mente, el sueño me envolvió como un suave manto, llevándome a un mundo de sueños donde las sombras de la realidad se disipaban, al menos por unas horas. Con la promesa de estar allí para ella en los días por venir, me dejé llevar por el descanso reparador que tanto necesitaba.
La alarma sonó y me desperté de golpe para apagarla sin perturbar el sueño de Elena. Salí de la habitación con sigilo y me dirigí al baño para ducharme. Mientras el agua caía, mi mente divagaba entre las responsabilidades que tenía por delante.
Después de la ducha, me vestí con cuidado para no hacer ruido. Bajé al salón, consciente del desorden que aún persistía en el lugar. Mi determinación se fortaleció al observar la botella de vino vacía sobre la mesa y las huellas del tumulto emocional que había experimentado mi tía. Me propuse a mí mismo que, al llegar del trabajo, la ayudaría a recoger todo y a poner orden en su vida, al menos en lo que estuviera a mi alcance.
El tiempo apremiaba, así que salí de la casa con discreción, dejando a mi tía Elena descansar. Mientras me dirigía al trabajo, mi mente estaba enfocada en la tarea que me esperaba al regresar y en cómo podría ser el punto de partida para una nueva etapa en la vida de mi tía. Con la esperanza de poder brindarle estabilidad y apoyo, me sumergí en las responsabilidades diarias, consciente de que el camino que teníamos por delante sería desafiante pero necesario para la recuperación de Elena.
Durante la jornada laboral, me sumergí en mis responsabilidades, intentando concentrarme en las tareas diarias para cumplir con mis obligaciones profesionales. Aunque mi mente estaba dividida entre el trabajo y las preocupaciones por mi tía Elena, logré mantenerme enfocado y completar las labores del día.
A la tarde, la jornada laboral llegó a su fin, y decidí regresar a casa para estar con mi tía. En el camino, opté por comprarle unos bizcochos, con la esperanza de brindarle un pequeño gesto de afecto.
Cuando llegué a casa, el salón seguía en el mismo estado de desorden. Subí a su dormitorio y la encontré en la cama, aún sumida en la apatía que la envolvía por la mañana.
— Hola, tía. ¿Cómo te encuentras? —pregunté, ofreciéndole los bizcochos que llevaba en la mano.
Elena levantó la mirada con una mezcla de sorpresa y agradecimiento.
— Gracias, Juan Carlos. Pero hoy no tengo ganas de nada —dijo con voz apagada, rechazando delicadamente la oferta.
Decidí darle espacio y respetar su decisión.
— Está bien, tía. Si necesitas algo, estaré abajo —respondí con suavidad.
Bajé al salón y comencé a recoger, pensando en la dificultad de ayudar a alguien que estaba sumido en su propio dolor. La tarea de ordenar me brindaba al menos una sensación de control en medio de la incertidumbre que rodeaba la vida de mi tía. Con paciencia y esperanza, continué organizando el espacio, listo para enfrentar los desafíos que nos aguardaban en el camino hacia la recuperación de Elena.
Después de dejar a mi tía en su habitación, decidí ocuparme del desorden que se había acumulado en el salón. Recogí las botellas de vino vacías, las latas y las cajas de pizza, consciente de que cada uno de estos objetos llevaba consigo una pequeña porción de la carga emocional que mi tía llevaba. Barrí y fregué, tratando de devolverle al lugar un poco de orden y calma.
Una vez que el salón quedó bastante decente, decidí subir al cuarto de baño. Al entrar, me encontré con el caos que también se había apoderado de ese espacio. Comencé a limpiar, tomando cada acción como un paso hacia la recuperación de la normalidad en la vida de mi tía. Recogí la ropa sucia amontonada en la esquina del baño y la bajé al cuarto de la lavadora, consciente de que estos pequeños gestos podrían ser un primer paso hacia la restauración de la rutina y el orden en su vida.
Al regresar al salón después de ocuparme del cuarto de baño, noté que algo se me había caído en el camino. Al agacharme para recogerlo, me sorprendí al descubrir que era un pequeño tanga negro. La exquisitez del encaje y la seda sugerían una prenda más íntima de lo que habría imaginado que mi tía Elena poseía.
La sorpresa y la imagen inesperada provocaron un momento de desconcierto. Observé la prenda por un instante, consciente de la intimidad que encerraba
De repente, escuché los pasos de mi tía bajando las escaleras, y en un acto instintivo, guardé rápidamente la prenda interior en el bolsillo antes de que ella apareciera. Al ver el salón ordenado, su rostro se iluminó, aunque su expresión denotaba tristeza y cierta vergüenza por haberme hecho limpiar la casa.
— Juan Carlos, no debiste molestarte tanto. Gracias por hacerlo, pero no era necesario —expresó, agradeciendo con un gesto apenado.
— Tía, lo hice con gusto. Quiero ayudarte en lo que pueda —respondí, tratando de aliviar su preocupación.
Le propuse salir a cenar fuera, buscando ofrecerle un pequeño respiro, pero me contó que aún no tenía muchas ganas.
— Juan Carlos, realmente no tengo ánimo para salir. Estoy desganada —comentó con tristeza.
Decidí respetar su sentir y le propuse una alternativa.
— Está bien, tía. Por hoy, lo entendemos. Pero mañana vamos a cenar, ¿de acuerdo? No aceptaré un no por respuesta.
Ella sonrió débilmente, agradeciendo mi insistencia.
— Está bien, Juan Carlos. Mañana cenamos.
Nos sentamos en el sofá y, para mi tristeza, Elena abrió una botella de vino. Le comenté que quizá se estaba pasando con el consumo, pero ella hizo un gesto quitándole importancia. Se sirvió una copa y se sentó a mi lado.
— Tía, realmente creo que deberías moderar un poco el consumo de vino. No quiero que te haga daño —comenté con preocupación, observando la botella recién abierta.
Ella me miró con una sonrisa forzada y negó con la cabeza.
— Tranquilo, Juan Carlos. Un poco de vino no me hará daño. Además, ¿recuerdas esos veranos cuando eras pequeño? Pasábamos tardes enteras en la piscina de la casa. Teníamos barbacoas, risas, y siempre había una botella de vino abierta. Esos eran buenos tiempos.
Mientras ella hablaba, sus ojos se perdieron en el recuerdo de aquellos días felices. Intenté comprender su nostalgia y la conexión emocional que tenía con el vino.
— Sí, tía, recuerdo esos tiempos. Eran veranos maravillosos. Pero las cosas han cambiado. Necesitas cuidarte ahora —le respondí, buscando hacerle ver la diferencia en la situación actual.
Elena suspiró, pero asintió con comprensión.
— Tienes razón, Juan Carlos. Las cosas han cambiado. Pero a veces, recordar esos momentos me ayuda a escapar un poco de la realidad.
Comprendí la nostalgia que la embargaba y decidí cambiar de tema, buscando brindarle un momento más ligero en medio de la oscuridad que la rodeaba.
— Tía, entiendo lo importante que son esos recuerdos. ¿Recuerdas las veces que nos aventurábamos a buscar tesoros en el jardín trasero? Siempre encontrábamos cosas curiosas. —comenté, tratando de llevar la conversación a un lugar más liviano.
Elena sonrió, como si la mención de esos juegos le hubiera traído un destello de alegría.
— ¡Oh, sí! Aquellas búsquedas de tesoros eran épicas. ¿Recuerdas cuando encontramos aquella vieja moneda y pensamos que éramos auténticos exploradores?
La risa se apoderó de nosotros mientras compartíamos anécdotas de aquellos días. Aunque su sonrisa era tenue, parecía estar agradecida por el respiro temporal que le proporcionaba la conversación.
— Tía, tenemos la oportunidad de crear nuevos momentos y recuerdos felices. Empezando por mañana, cuando vayamos a cenar. —propuse, tratando de infundirle un poco de anticipada alegría.
— Tía, creo que te ayudaría volver a la rutina. ¿Qué tal si te duchas y cambias de ropa? No es bueno que te pases todo el día en pijama —sugerí, preocupado por su bienestar.
Ella asintió y dio un largo trago a la copa de vino.
— Mañana lo haré, prometido —me aseguró con una sonrisa forzada.
A pesar de sus palabras, noté una resistencia en su mirada, como si la idea de volver a la rutina le resultara abrumadora. Decidí no presionarla en ese momento, sabiendo que cada pequeño paso requeriría su tiempo.
— Está bien, tía. Tómate el tiempo que necesites, pero recuerda que estoy aquí para apoyarte en lo que sea necesario —le dije, buscando transmitirle mi compromiso de estar a su lado.
En un momento de silencio, y sirviéndose una nueva copa de vino, Elena habló. Sus palabras eran cargadas de pesar, y su voz llevaba el peso de las emociones reprimidas.
— Juan Carlos, antes de descubrir todo esto, las cosas en casa eran... complicadas. Hacía tiempo que apenas manteníamos relaciones. Él ya no me deseaba, y eso, sinceramente, me hacía sentir vieja y sin atractivo.
— Tía, eso no tiene nada que ver contigo. Las personas cambian, y a veces, las relaciones también. No eres vieja ni sin atractivo. Eres fuerte y valiosa.
Elena asintió con gratitud, agradeciendo mi intento de consuelo.
— Pero no solo eso, Juan Carlos. Empezó a llegar tarde del trabajo, se esforzaba cada vez menos en sus excusas. —susurró, como si reviviera el dolor del momento. —Cuando lo pillé, sentí que el mundo se me caía encima.
Mis ojos reflejaban la compasión mientras escuchaba su confesión.
— Tía, lamento mucho que hayas tenido que pasar por algo así. Debe de haber sido devastador descubrirlo todo de esa manera —expresé, tratando de mostrarle mi solidaridad.
Elena asintió con tristeza, sus ojos reflejaban la tormenta de emociones que la invadía.
— Sí, fue como un golpe en el estómago. De repente, todo lo que creía sobre nuestra relación se desmoronó. Las noches en vela, preguntándome dónde estaba, y las excusas cada vez más débiles... —suspiró, recordando la agonía de esos momentos.
— Pero ahora, debes enfrentar la situación con valentía, tía. No estás sola —afirmé, deseando que sintiera mi compromiso sincero.
Elena dio otro largo trago y suspiró. En un momento de vulnerabilidad, confesó que le había alegrado que durmiera con ella la noche anterior, que no se había sentido tan sola.
— Juan Carlos, realmente me hizo bien tener tu compañía. No me sentí tan sola como de costumbre —confesó, sus ojos mostrando gratitud.
— Tía, estaré aquí contigo todas las noches que necesites. No estás sola en esto, ¿de acuerdo? —afirmé, buscando brindarle el apoyo que tanto necesitaba.
Elena, con una expresión de cariño, me dio un cálido beso en la mejilla.
— Eres el mejor sobrino que una tía podría desear. Gracias por estar a mi lado, Juan Carlos —expresó, y su voz llevaba consigo la sinceridad de sus sentimientos.
Con ese gesto y esas palabras, sentí que, aunque el camino hacia la recuperación sería difícil, juntos podríamos enfrentar los desafíos
— Es tarde, será mejor que nos vayamos a dormir —dije.
Subimos a su cuarto, y yo me quité los vaqueros para ponerme mis pantalones de pijama. Elena me miraba algo nerviosa. Le pregunté qué ocurría.
— Me da un poco de vergüenza decirlo, pero con este pijama hace un calor insoportable cuando compartimos cama. ¿Te importaría si duermo en ropa interior? —confesó tímidamente.
No pude evitar ponerme un poco rojo, pero asentí con comprensión. Había espacio de sobra, y lo más importante era que ella estuviera cómoda. Me metí en la cama y vi cómo ella se quitaba los pantalones de pijama, revelando su pequeña ropa interior, dejaba ver la forma femenina de sus caderas, cubiertas solo por aquel hilillo negro de tela. Enseguida se cubrió con el edredón y, tras un "buenas noches", apagamos la luz.
Me costaba dormirme y daba vueltas en la cama. Elena, con voz adormilada, me preguntó qué ocurría.
— Es el maldito calor, no puedo conciliar el sueño —le respondí frustrado.
Ella, aún medio dormida, me dijo que no fuera idiota y que me quitara los pantalones de pijama si quería.
— ¿En serio crees que eso ayudará? —pregunté, algo incrédulo.
— Claro que sí, inténtalo —murmuró mientras bostezaba.
Lo pensé por un momento y finalmente accedí. Tiré los pantalones al suelo y me quedé en calzoncillos.
— A que se está mucho mejor así —comentó ella con un suspiro de alivio.
— Sí, tienes razón —respondí, sintiendo el alivio del frescor.
Noté su mano moverse por las sábanas hasta encontrarse con la mía.
— ¿Qué tal ahora? —preguntó con una sonrisa en la voz.
— Mucho mejor, gracias. Buenas noches, Elena.
— Buenas noches, Juan Carlos —dijo ella, y con los dedos entrelazados, nos sumergimos en el sueño reparador, listos para enfrentar un nuevo día juntos.
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