Con mi Tía Elena - Capítulos 001 al 002

heranlu

Veterano
Registrado
Ago 31, 2007
Mensajes
7,556
Likes Recibidos
3,283
Puntos
113
 
 
 
-
Con mi Tía Elena - Capítulo 001


Comenzaba la primavera en la Ciudad de México, y el bullicio de la vida urbana se mezclaba con el aroma fresco de las flores en flor. Los jacarandás pintaban de violeta las calles, mientras los parques se llenaban de colores vivos y la ciudad despertaba a la vida. Yo caminaba por las calles familiares, contento de haber vuelto por fin.

Había pasado un año desde que me fui a trabajar al extranjero, explorando nuevos horizontes y aprendiendo lecciones valiosas. Ahora, de vuelta en casa, llevaba una semana absorbiendo la esencia de la ciudad que tanto amaba. Sin embargo, a pesar de la alegría de estar de regreso, una sombra se cernía sobre mi felicidad: la preocupación por el estado de mi tía Elena.

Mi madre me había llamado cuando aún estaba en el extranjero, revelándome la dolorosa verdad: el marido de Elena la había estado engañando. La noticia había dejado a mi tía derrotada, una sombra de la mujer fuerte y cariñosa que siempre conocí. A pesar de ser como una segunda madre para mí, Elena no había compartido su dolor directamente conmigo. Ya no respondía mis llamadas ni mensajes como solía hacerlo.

Decidí no presionarla desde la distancia y esperé a llegar a la ciudad para abordar el tema cara a cara. Mientras caminaba por las calles conocidas, mi mente divagaba entre los recuerdos de la niñez en casa de mi tía y la incertidumbre sobre lo que encontraría al llegar. La primavera se manifestaba en cada rincón de la ciudad, pero la sombra en el corazón de mi tía necesitaba atención, y estaba decidido a ser el apoyo que ella merecía.

Con el corazón latiendo con fuerza, llamé a la puerta con un golpeteo suave pero insistente. Mientras esperaba, podía escuchar el eco de mi propia respiración, mezclado con el susurro del viento que acariciaba las hojas marchitas del jardín.

La puerta se abrió lentamente, revelando a mi tía Elena en un estado que me heló la sangre. Vestida en pijama, con ojeras marcadas y un aspecto que denotaba noches de desvelo y angustia, se encontraba ante mí. A pesar de su mal estado, sus caderas y busto grandes seguían siendo imponentes, y su pelo negro caía en cascadas hasta los hombros. Los ojos azules que alguna vez reflejaron alegría ahora mostraban una mezcla de sorpresa y tristeza.

— Juan Carlos, ¿qué haces aquí? —susurró, como si la simple tarea de hablar le costara un gran esfuerzo.

La descripción física de mi tía revelaba una mujer que, aunque aún conservaba su belleza a sus cuarenta años, se estaba descuidando. La chispa en sus ojos había perdido intensidad, y el brillo de su cabello oscuro se veía opacado. A pesar de ello, su presencia imponente no se desvanecía, y era evidente que había luchado contra las adversidades que la vida le había lanzado.

— Tía, he vuelto. Me preocupaba mucho por ti —dije con sinceridad, abrazándola con ternura. Podía sentir la tensión en su cuerpo, como si la presencia de un familiar después de tanto tiempo fuera un bálsamo inesperado.

Ella se quedó en silencio por un momento, procesando mi llegada. Sus ojos se llenaron de lágrimas contenidas, y una mezcla de emociones se reflejó en su rostro. La sorpresa inicial cedió paso a una mezcla de gratitud y alivio. La puerta se cerró tras de mí, marcando el comienzo de una conversación que exploraría los rincones oscuros de su alma y buscaría restaurar la luz en su vida.

Mi tía Elena me invitó a pasar, y al cruzar el umbral de la casa, la decadencia contrastaba con la lujosa apariencia que recordaba de mi infancia. Los recuerdos de juegos en aquel salón, las cenas familiares y las risas resonaban en mi mente, pero ahora todo estaba nublado por un velo de descuido y desesperanza.

— Lo siento por el desorden. No he tenido fuerzas para mantener las cosas en orden —se disculpó Elena, con la mirada baja y una tristeza evidente en sus ojos.

Respondí con una sonrisa comprensiva, tratando de aliviar la carga emocional que estaba presente en el ambiente.

— No te preocupes, tía. Estoy aquí para ayudarte, para apoyarte en lo que necesites.

Nos dirigimos al salón y nos sentamos en los muebles que alguna vez fueron testigos de risas y conversaciones animadas. La tristeza se cernía en el aire, pero también había un atisbo de esperanza al saber que estábamos dispuestos a enfrentar juntos lo que sea que estuviera afectando a mi tía. A medida que comenzábamos a hablar, los recuerdos de la infancia se entrelazaban con la cruda realidad del presente.

— Juan Carlos, no esperaba verte tan pronto —dijo Elena, con la voz entrecortada—. Las cosas han cambiado mucho desde que te fuiste.

— Estoy aquí ahora, tía. ¿Qué ha estado sucediendo? —pregunté, preocupado, mientras observaba el desorden a nuestro alrededor.

Elena suspiró antes de responder.

— Mi mundo se vino abajo, Juan. Descubrí que mi esposo me estaba engañando. No supe cómo afrontarlo y... —vaciló, mirando al suelo—, todo se desmoronó. No quería que lo supieras estando tan lejos.

La sinceridad de sus palabras me impactó, pero también fortaleció mi determinación de estar ahí para ella.

— Tía, estoy aquí para apoyarte. Juntos superaremos esto. ¿Cómo puedo ayudarte? —ofrecí, buscando su mirada.

Elena levantó la vista, y en sus ojos azules cansados vi un destello de agradecimiento y esperanza.

— Gracias, Juan Carlos. Tu presencia ya es un gran apoyo. Hay muchas cosas que necesitamos hablar. —dijo, y con esas palabras, comenzamos la difícil pero necesaria conversación que nos llevaría a enfrentar las sombras que oscurecían su vida.

Vi las botellas de vino vacías y las latas de cerveza esparcidas por todos lados, junto con los restos de las bolsas de comida a domicilio. Aunque el desorden y la decadencia eran evidentes, traté de pasar por alto esos detalles y centrarme en lo que realmente importaba en ese momento.

— Tía, sé que las cosas han estado difíciles para ti. Pero antes que nada, ¿cómo te enteraste del engaño? —pregunté, eligiendo comenzar por entender los eventos que habían llevado a esta situación.

Elena suspiró profundamente antes de responder, sus ojos azules encontrando los míos con un dejo de tristeza.

— Fue hace unos meses. Comencé a notar cambios en su comportamiento, actitudes extrañas y ausencias prolongadas. Al principio pensé que era solo estrés, pero mi intuición me decía lo contrario. Un día, encontré mensajes en su teléfono que confirmaron mis sospechas. Me estaba engañando.

La tristeza en su voz me impactó, y me acerqué para tomar su mano en un gesto de consuelo.

— Lamento mucho que hayas tenido que pasar por eso, tía. Debe haber sido devastador.

Elena asintió, agradeciendo el gesto con una mirada de gratitud. El dolor en sus ojos reflejaba la profunda herida emocional que la traición había dejado en su corazón.

— Después de eso, todo se desmoronó. No sabía cómo afrontarlo, y me refugié en malos hábitos y la soledad. Me siento tan perdida, Juan Carlos.

— Estoy aquí ahora, tía. No estás sola. Juntos encontraremos una manera de superar esto —prometí, decidido a ser el apoyo que ella necesitaba en este difícil momento.

Mi tía se levantó y se sirvió una copa de vino, ofreciéndome amablemente una. Agradecí con un gesto de cabeza, pero opté por rechazarla. Observé cómo ella llevaba la copa a sus labios, buscando consuelo momentáneo en el cálido abrazo del alcohol.

— Tía, lo entiendo. Pero tal vez deberías considerar hablar con alguien sobre esto, buscar apoyo. No tienes que cargar con todo sola —sugerí, tratando de ofrecerle una alternativa a los hábitos que estaba adoptando.

Elena suspiró, apoyando la copa sobre la mesa con un gesto cansado.

— Lo he intentado, Juan Carlos. Pero siento que no hay nadie que realmente comprenda lo que estoy pasando. Me duele tanto que ni siquiera pueda hablarlo con mi propia hermana.

Mi corazón se apretó ante su confesión, y me acerqué para abrazarla con ternura.

— Tía, estoy aquí para ti. No tienes que enfrentar esto sola. Podemos buscar ayuda juntos, hablar con alguien que pueda guiarnos en este proceso.

Ella asintió, agradeciendo el gesto con una sonrisa débil.

— Gracias, Juan Carlos. Aprecio mucho tu preocupación y tu apoyo.

Cayendo en la cuenta de la magnitud de la situación, decidí proponerle a mi tía una solución más práctica. Mientras ella se sumía en sus propios pensamientos, me animé a hablar.

— Tía, he estado pensando. ¿Qué te parecería si me quedara aquí contigo unos días? Por las mañanas trabajaré, pero en cuanto termine podré ayudarte con todo lo que necesites. No quiero que te sientas sola ni cargada con todo esto.

Al principio, ella titubeó, como si la idea de ser una carga la incomodara.

— Juan Carlos, no quiero que te veas obligado a quedarte por mi culpa. Tienes tu vida y tus responsabilidades.

Insistí con sinceridad, buscando aliviar sus preocupaciones.

— No lo veas así, tía. Quiero estar aquí para ti. No tienes que enfrentar todo esto sola. Además, lo que más quiero ahora mismo es estar cerca de ti.

Después de un momento de reflexión, mi tía accedió con un suspiro de gratitud.

— Está bien, Juan Carlos. Pero solo unos días, ¿de acuerdo? No quiero interferir demasiado en tu vida.

Asentí con una sonrisa reconfortante.

— Claro, tía. Estamos juntos en esto. Juntos superaremos todo.

Esta noche, decidí ir a casa a recoger mis cosas antes de instalarme definitivamente en la casa de mi tía Elena. Al llegar a casa, me crucé con mi madre, una mujer parecida a mi tía pero algo más delgada, con el pelo más largo que caía en ondas hasta la mitad de la espalda. Le conté la decisión que había tomado y lo que había acordado con mi tía. Su rostro se iluminó con una mezcla de preocupación y orgullo.

— Eres un buen hijo, Juan Carlos. Estoy segura de que tu tía lo apreciará mucho —me dijo, dándome un abrazo cálido antes de que partiera hacia la casa de mi tía.

En el camino, reflexionaba sobre la nueva etapa que estaba por comenzar. Mi corazón estaba lleno de determinación para ayudar a mi tía a superar los desafíos que enfrentaba. Llegué a la casa de Elena con una bolsa llena de mis pertenencias, listo para instalarme y ser el apoyo que ella necesitaba.

Cuando abrí la puerta, el ambiente tranquilo de la casa parecía haberse vuelto más acogedor, como si la presencia de un ser querido pudiera marcar la diferencia. Mi tía Elena estaba en el salón, perdida en sus pensamientos. Al verme, una sonrisa tenue apareció en su rostro.

Esa noche, después de haber llegado a la casa de mi tía Elena, ella me preguntó qué quería hacer. Le propuse ver una película, una buena idea para desconectar un poco de la pesadez del día. Aceptó con una sonrisa, y nos acomodamos en el salón para disfrutar de la película.

Durante la proyección, observé con preocupación cómo mi tía no dejaba de beber vino, como si intentara ahogar sus penas en cada sorbo. Mis ojos se posaban en ella, consciente de que su comportamiento era una manifestación visible de la carga emocional que llevaba consigo.

Al finalizar la película, la vi quedarse dormida en el sofá. Aunque estaba cansado, me preocupaba dejarla sola en ese estado, así que apagué la televisión con suavidad. Me acerqué y, con cariño, la desperté.

— Tía, creo que sería mejor que descansaras en tu habitación —le dije, intentando no interrumpir bruscamente su sueño.

Ella parpadeó, medio dormida, y asintió. Juntos nos dirigimos hacia su cuarto, y con paciencia y ternura, la ayudé a subir las escaleras. Mientras subíamos, la oscuridad de la casa parecía envolvernos en un silencio profundo, solo interrumpido por el suave crujir de los escalones.

Una vez en su habitación, la acomodé en la cama con delicadeza. Su rostro reflejaba el agotamiento y la tristeza que la acosaban. Sabía que los días venideros serían desafiantes, pero estaba decidido a estar allí para mi tía, brindándole el apoyo que tanto necesitaba.

Justo cuando me disponía a salir, mi tía Elena tomó mi mano con suavidad y, con voz adormilada, me pidió que me quedara con ella. No pude resistirme a su súplica y accedí. Me acomodé en un lado de la cama, cubriéndome con el edredón para no interrumpir su sueño.

Apenas unos momentos después, me encontré sumido en un reparador sueño. La jornada había sido intensa y llena de emociones, y el cansancio se apoderó de mí rápidamente. Aunque la preocupación por mi tía persistía en mi mente, el sueño me envolvió como un suave manto, llevándome a un mundo de sueños donde las sombras de la realidad se disipaban, al menos por unas horas. Con la promesa de estar allí para ella en los días por venir, me dejé llevar por el descanso reparador que tanto necesitaba.

La alarma sonó y me desperté de golpe para apagarla sin perturbar el sueño de Elena. Salí de la habitación con sigilo y me dirigí al baño para ducharme. Mientras el agua caía, mi mente divagaba entre las responsabilidades que tenía por delante.

Después de la ducha, me vestí con cuidado para no hacer ruido. Bajé al salón, consciente del desorden que aún persistía en el lugar. Mi determinación se fortaleció al observar la botella de vino vacía sobre la mesa y las huellas del tumulto emocional que había experimentado mi tía. Me propuse a mí mismo que, al llegar del trabajo, la ayudaría a recoger todo y a poner orden en su vida, al menos en lo que estuviera a mi alcance.

El tiempo apremiaba, así que salí de la casa con discreción, dejando a mi tía Elena descansar. Mientras me dirigía al trabajo, mi mente estaba enfocada en la tarea que me esperaba al regresar y en cómo podría ser el punto de partida para una nueva etapa en la vida de mi tía. Con la esperanza de poder brindarle estabilidad y apoyo, me sumergí en las responsabilidades diarias, consciente de que el camino que teníamos por delante sería desafiante pero necesario para la recuperación de Elena.

Durante la jornada laboral, me sumergí en mis responsabilidades, intentando concentrarme en las tareas diarias para cumplir con mis obligaciones profesionales. Aunque mi mente estaba dividida entre el trabajo y las preocupaciones por mi tía Elena, logré mantenerme enfocado y completar las labores del día.

A la tarde, la jornada laboral llegó a su fin, y decidí regresar a casa para estar con mi tía. En el camino, opté por comprarle unos bizcochos, con la esperanza de brindarle un pequeño gesto de afecto.

Cuando llegué a casa, el salón seguía en el mismo estado de desorden. Subí a su dormitorio y la encontré en la cama, aún sumida en la apatía que la envolvía por la mañana.

— Hola, tía. ¿Cómo te encuentras? —pregunté, ofreciéndole los bizcochos que llevaba en la mano.

Elena levantó la mirada con una mezcla de sorpresa y agradecimiento.

— Gracias, Juan Carlos. Pero hoy no tengo ganas de nada —dijo con voz apagada, rechazando delicadamente la oferta.

Decidí darle espacio y respetar su decisión.

— Está bien, tía. Si necesitas algo, estaré abajo —respondí con suavidad.

Bajé al salón y comencé a recoger, pensando en la dificultad de ayudar a alguien que estaba sumido en su propio dolor. La tarea de ordenar me brindaba al menos una sensación de control en medio de la incertidumbre que rodeaba la vida de mi tía. Con paciencia y esperanza, continué organizando el espacio, listo para enfrentar los desafíos que nos aguardaban en el camino hacia la recuperación de Elena.

Después de dejar a mi tía en su habitación, decidí ocuparme del desorden que se había acumulado en el salón. Recogí las botellas de vino vacías, las latas y las cajas de pizza, consciente de que cada uno de estos objetos llevaba consigo una pequeña porción de la carga emocional que mi tía llevaba. Barrí y fregué, tratando de devolverle al lugar un poco de orden y calma.

Una vez que el salón quedó bastante decente, decidí subir al cuarto de baño. Al entrar, me encontré con el caos que también se había apoderado de ese espacio. Comencé a limpiar, tomando cada acción como un paso hacia la recuperación de la normalidad en la vida de mi tía. Recogí la ropa sucia amontonada en la esquina del baño y la bajé al cuarto de la lavadora, consciente de que estos pequeños gestos podrían ser un primer paso hacia la restauración de la rutina y el orden en su vida.

Al regresar al salón después de ocuparme del cuarto de baño, noté que algo se me había caído en el camino. Al agacharme para recogerlo, me sorprendí al descubrir que era un pequeño tanga negro. La exquisitez del encaje y la seda sugerían una prenda más íntima de lo que habría imaginado que mi tía Elena poseía.

La sorpresa y la imagen inesperada provocaron un momento de desconcierto. Observé la prenda por un instante, consciente de la intimidad que encerraba

De repente, escuché los pasos de mi tía bajando las escaleras, y en un acto instintivo, guardé rápidamente la prenda interior en el bolsillo antes de que ella apareciera. Al ver el salón ordenado, su rostro se iluminó, aunque su expresión denotaba tristeza y cierta vergüenza por haberme hecho limpiar la casa.

— Juan Carlos, no debiste molestarte tanto. Gracias por hacerlo, pero no era necesario —expresó, agradeciendo con un gesto apenado.

— Tía, lo hice con gusto. Quiero ayudarte en lo que pueda —respondí, tratando de aliviar su preocupación.

Le propuse salir a cenar fuera, buscando ofrecerle un pequeño respiro, pero me contó que aún no tenía muchas ganas.

— Juan Carlos, realmente no tengo ánimo para salir. Estoy desganada —comentó con tristeza.

Decidí respetar su sentir y le propuse una alternativa.

— Está bien, tía. Por hoy, lo entendemos. Pero mañana vamos a cenar, ¿de acuerdo? No aceptaré un no por respuesta.

Ella sonrió débilmente, agradeciendo mi insistencia.

— Está bien, Juan Carlos. Mañana cenamos.

Nos sentamos en el sofá y, para mi tristeza, Elena abrió una botella de vino. Le comenté que quizá se estaba pasando con el consumo, pero ella hizo un gesto quitándole importancia. Se sirvió una copa y se sentó a mi lado.

— Tía, realmente creo que deberías moderar un poco el consumo de vino. No quiero que te haga daño —comenté con preocupación, observando la botella recién abierta.

Ella me miró con una sonrisa forzada y negó con la cabeza.

— Tranquilo, Juan Carlos. Un poco de vino no me hará daño. Además, ¿recuerdas esos veranos cuando eras pequeño? Pasábamos tardes enteras en la piscina de la casa. Teníamos barbacoas, risas, y siempre había una botella de vino abierta. Esos eran buenos tiempos.

Mientras ella hablaba, sus ojos se perdieron en el recuerdo de aquellos días felices. Intenté comprender su nostalgia y la conexión emocional que tenía con el vino.

— Sí, tía, recuerdo esos tiempos. Eran veranos maravillosos. Pero las cosas han cambiado. Necesitas cuidarte ahora —le respondí, buscando hacerle ver la diferencia en la situación actual.

Elena suspiró, pero asintió con comprensión.

— Tienes razón, Juan Carlos. Las cosas han cambiado. Pero a veces, recordar esos momentos me ayuda a escapar un poco de la realidad.

Comprendí la nostalgia que la embargaba y decidí cambiar de tema, buscando brindarle un momento más ligero en medio de la oscuridad que la rodeaba.

— Tía, entiendo lo importante que son esos recuerdos. ¿Recuerdas las veces que nos aventurábamos a buscar tesoros en el jardín trasero? Siempre encontrábamos cosas curiosas. —comenté, tratando de llevar la conversación a un lugar más liviano.

Elena sonrió, como si la mención de esos juegos le hubiera traído un destello de alegría.

— ¡Oh, sí! Aquellas búsquedas de tesoros eran épicas. ¿Recuerdas cuando encontramos aquella vieja moneda y pensamos que éramos auténticos exploradores?

La risa se apoderó de nosotros mientras compartíamos anécdotas de aquellos días. Aunque su sonrisa era tenue, parecía estar agradecida por el respiro temporal que le proporcionaba la conversación.

— Tía, tenemos la oportunidad de crear nuevos momentos y recuerdos felices. Empezando por mañana, cuando vayamos a cenar. —propuse, tratando de infundirle un poco de anticipada alegría.

— Tía, creo que te ayudaría volver a la rutina. ¿Qué tal si te duchas y cambias de ropa? No es bueno que te pases todo el día en pijama —sugerí, preocupado por su bienestar.

Ella asintió y dio un largo trago a la copa de vino.

— Mañana lo haré, prometido —me aseguró con una sonrisa forzada.

A pesar de sus palabras, noté una resistencia en su mirada, como si la idea de volver a la rutina le resultara abrumadora. Decidí no presionarla en ese momento, sabiendo que cada pequeño paso requeriría su tiempo.

— Está bien, tía. Tómate el tiempo que necesites, pero recuerda que estoy aquí para apoyarte en lo que sea necesario —le dije, buscando transmitirle mi compromiso de estar a su lado.

En un momento de silencio, y sirviéndose una nueva copa de vino, Elena habló. Sus palabras eran cargadas de pesar, y su voz llevaba el peso de las emociones reprimidas.

— Juan Carlos, antes de descubrir todo esto, las cosas en casa eran... complicadas. Hacía tiempo que apenas manteníamos relaciones. Él ya no me deseaba, y eso, sinceramente, me hacía sentir vieja y sin atractivo.

— Tía, eso no tiene nada que ver contigo. Las personas cambian, y a veces, las relaciones también. No eres vieja ni sin atractivo. Eres fuerte y valiosa.

Elena asintió con gratitud, agradeciendo mi intento de consuelo.

— Pero no solo eso, Juan Carlos. Empezó a llegar tarde del trabajo, se esforzaba cada vez menos en sus excusas. —susurró, como si reviviera el dolor del momento. —Cuando lo pillé, sentí que el mundo se me caía encima.

Mis ojos reflejaban la compasión mientras escuchaba su confesión.

— Tía, lamento mucho que hayas tenido que pasar por algo así. Debe de haber sido devastador descubrirlo todo de esa manera —expresé, tratando de mostrarle mi solidaridad.

Elena asintió con tristeza, sus ojos reflejaban la tormenta de emociones que la invadía.

— Sí, fue como un golpe en el estómago. De repente, todo lo que creía sobre nuestra relación se desmoronó. Las noches en vela, preguntándome dónde estaba, y las excusas cada vez más débiles... —suspiró, recordando la agonía de esos momentos.

— Pero ahora, debes enfrentar la situación con valentía, tía. No estás sola —afirmé, deseando que sintiera mi compromiso sincero.

Elena dio otro largo trago y suspiró. En un momento de vulnerabilidad, confesó que le había alegrado que durmiera con ella la noche anterior, que no se había sentido tan sola.

— Juan Carlos, realmente me hizo bien tener tu compañía. No me sentí tan sola como de costumbre —confesó, sus ojos mostrando gratitud.

— Tía, estaré aquí contigo todas las noches que necesites. No estás sola en esto, ¿de acuerdo? —afirmé, buscando brindarle el apoyo que tanto necesitaba.

Elena, con una expresión de cariño, me dio un cálido beso en la mejilla.

— Eres el mejor sobrino que una tía podría desear. Gracias por estar a mi lado, Juan Carlos —expresó, y su voz llevaba consigo la sinceridad de sus sentimientos.

Con ese gesto y esas palabras, sentí que, aunque el camino hacia la recuperación sería difícil, juntos podríamos enfrentar los desafíos

— Es tarde, será mejor que nos vayamos a dormir —dije.

Subimos a su cuarto, y yo me quité los vaqueros para ponerme mis pantalones de pijama. Elena me miraba algo nerviosa. Le pregunté qué ocurría.

— Me da un poco de vergüenza decirlo, pero con este pijama hace un calor insoportable cuando compartimos cama. ¿Te importaría si duermo en ropa interior? —confesó tímidamente.

No pude evitar ponerme un poco rojo, pero asentí con comprensión. Había espacio de sobra, y lo más importante era que ella estuviera cómoda. Me metí en la cama y vi cómo ella se quitaba los pantalones de pijama, revelando su pequeña ropa interior, dejaba ver la forma femenina de sus caderas, cubiertas solo por aquel hilillo negro de tela. Enseguida se cubrió con el edredón y, tras un "buenas noches", apagamos la luz.

Me costaba dormirme y daba vueltas en la cama. Elena, con voz adormilada, me preguntó qué ocurría.

— Es el maldito calor, no puedo conciliar el sueño —le respondí frustrado.

Ella, aún medio dormida, me dijo que no fuera idiota y que me quitara los pantalones de pijama si quería.

— ¿En serio crees que eso ayudará? —pregunté, algo incrédulo.

— Claro que sí, inténtalo —murmuró mientras bostezaba.

Lo pensé por un momento y finalmente accedí. Tiré los pantalones al suelo y me quedé en calzoncillos.

— A que se está mucho mejor así —comentó ella con un suspiro de alivio.

— Sí, tienes razón —respondí, sintiendo el alivio del frescor.

Noté su mano moverse por las sábanas hasta encontrarse con la mía.

— ¿Qué tal ahora? —preguntó con una sonrisa en la voz.

— Mucho mejor, gracias. Buenas noches, Elena.

— Buenas noches, Juan Carlos —dijo ella, y con los dedos entrelazados, nos sumergimos en el sueño reparador, listos para enfrentar un nuevo día juntos.
-
 

heranlu

Veterano
Registrado
Ago 31, 2007
Mensajes
7,556
Likes Recibidos
3,283
Puntos
113
 
 
 
-
Con mi Tía Elena - Capítulo 002

Me desperté de nuevo con la alarma, me dirigí a la ducha y me vestí para ir al trabajo. Durante el día, no pude dejar de pensar en la tía Elena. Estaba claro que había habido algo de mejoría, y me alegraba estar ayudándola. Aquella noche teníamos pensado ir a cenar, así que reservé en un buen restaurante. Cuando acabé de trabajar, me fui directo a casa, ilusionado por la velada que nos esperaba.

El día en el trabajo transcurrió entre pensamientos que iban y venían sobre la situación de mi tía. La sensación de que mi presencia y apoyo estaban marcando una diferencia positiva en su vida me reconfortaba. La idea de compartir una cena agradable esa noche me llenaba de expectativas.

Después de terminar mi jornada laboral, me dirigí rápidamente a casa para prepararme para la cena. La idea de pasar tiempo de calidad con mi tía era un bálsamo en medio de las preocupaciones. Con el restaurante reservado y la promesa de una velada especial, me sumergí en el entusiasmo de ofrecerle a Elena un momento agradable y reconfortante en medio de los desafíos que enfrentaba.

Sin embargo, cuando llegué a casa, me di cuenta de que algo no andaba bien. Oí gritos y subí corriendo al dormitorio. Mi tía hablaba a gritos por teléfono, con una botella vacía de vino en la mano. Apenas entré, pude escuchar parte de la conversación:

— ¡No puedo creer que hayas llegado a este punto! ¡Me has destrozado la vida, no tienes idea de lo que estás haciendo! —gritaba Elena, con una mezcla de enojo y desesperación en su voz.

Corrí hacia ella y, con determinación, le quité el teléfono y colgué. Ella lloraba desesperada, y su rostro mostraba la angustia de una situación que parecía estar fuera de control.

Furiosa y entre sollozos, Elena me contó la situación con su marido mientras se aferraba a la botella vacía de vino.

— ¡Me ha demandado, Juan Carlos! Quiere quedarse con la casa. ¡No puedo creer que sea capaz de hacerme esto después de todo! —gritaba, con la voz quebrada por el enojo y la tristeza.

Intenté calmarla, consciente de que las palabras adecuadas podrían ser un bálsamo para su dolor.

— Tranquila, tía. Vamos a resolver esto. ¿Por qué te ha demandado? —pregunté, buscando entender mejor la situación.

Ella se secó las lágrimas con rabia.

— Dice que tiene derechos sobre la casa. No puedo creer que sea tan egoísta, después de todo lo que me ha hecho.

La frustración y la impotencia se reflejaban en sus ojos. Intenté abrazarla, pero se apartó, sintiendo el peso de la traición.

— No sé qué hacer, Juan Carlos. Esta casa es lo único que me queda, y él quiere quitármela también.

La situación era un torbellino emocional, y mientras ella trataba de procesar la traición y la amenaza de perder su hogar, me esforzaba por encontrar una solución que pudiera brindarle algo de alivio en medio de la tormenta.

Se notaba que había bebido más de la cuenta mientras me relataba la amarga situación. El tono de su voz, entre sollozos y palabras entrecortadas, dejaba en claro que el alcohol había desempeñado un papel importante en su estado emocional. Cada palabra que pronunciaba estaba impregnada de la pesadez de sus emociones, exacerbadas por el efecto embriagador de la bebida.

— Juan Carlos, no puedo creer que después de todo lo que ha pasado, ahora quiera arrebatarme la casa —murmuraba, luchando por mantener la compostura.

Noté la tristeza y la desesperación en su mirada, así como el rastro del aroma a alcohol que impregnaba el aire. La combinación de la angustia emocional y el exceso de bebida creaba una atmósfera abrumadora. En ese momento, mi principal preocupación era encontrar la manera de ayudar a mi tía a superar esta tormenta personal y legal que se avecinaba.

Le propuse a Elena que se diera un baño de agua fría mientras le quitaba la botella vacía de la mano. Aunque asintió, al intentar caminar hacia el baño, tropezó, y tuve que sostenerla para evitar una caída. Con cuidado, la guié hacia el baño, esperando que el agua fría pudiera ofrecerle al menos un poco de claridad mental.

— Sí, lo sé, soy una inútil —sollozaba mientras se esforzaba por mantenerse en pie.

La vi tropezar de nuevo, esta vez quedándose en el suelo, abrumada por la situación. Entre lágrimas, repetía que no era capaz de lidiar con todo esto.

— Elena, escúchame —dije con firmeza mientras la ayudaba a levantarse y la sentaba sobre el inodoro—. Tienes que ser fuerte. Vales más que todo esto. No estás sola, y vamos a enfrentar esto juntos.

Le retiré el pelo de la cara, buscando que pudiera mirarme a los ojos. Aunque la situación era desgarradora, quería transmitirle la certeza de que, a pesar de todo, ella tenía la fuerza necesaria para superar los desafíos que se presentaban.

—Tranquila, yo te ayudo —le dije a Elena, buscando ser el apoyo que necesitaba en ese difícil momento.

La puse de nuevo en pie, sosteniéndola con suavidad para que pudiera quitarse la camiseta. En ese instante, se reveló el sujetador que contenía sus grandes pechos. Traté de ser respetuoso, apartando la mirada, pero aquel tamaño y esa forma me llamaban a gritos. Sacudí la cabeza y seguí asegurándome de sostenerla firme para evitar que volviera a caer.

Elena, entre sollozos, se esforzó por desabrochar el nudo del pantalón, dejándolo caer al suelo.

—Así será suficiente — le dije con delicadeza, intentando preservar su intimidad. —Te puedo ayudar a ducharte así.

La figura de mi tía en ropa interior era desconcertante… era hermosa. Volví a sacudir la cabeza, pensando en que coño me pasaba.

Ella asintió, agradecida, mientras sollozaba, y se metió en la bañera con mi ayuda. Se sentó dentro, y con cuidado, abrí el grifo de agua caliente, permitiendo que el agua empezara a llenar la bañera, creando un ambiente de confort y calma en medio de la abrumadora tormenta emocional que enfrentábamos.

Mientras el agua caía, intenté mantener la serenidad, consciente de que este gesto de cuidado podía ser un pequeño alivio para ella.

Cuando Elena terminó de ducharse, la ayudé a salir de la bañera y, sin dudarlo, la envolví en un fuerte abrazo. A pesar de empaparme, en ese momento, eso era lo que menos me importaba. Los dos nos quedamos abrazados durante largos segundos, permitiendo que la conexión y el consuelo fluyeran entre nosotros. En silencio, las palabras parecían innecesarias, ya que la fuerza del abrazo hablaba por sí misma, expresando el apoyo y la solidaridad en medio de la tormenta emocional que enfrentábamos.

Le tendí una toalla a Elena cuando salimos del baño y nos dirigimos a su habitación. Ella se sentó en la cama y, con pesar en su voz, volvió a disculparse, expresando que tampoco se sentía con fuerzas para salir a cenar esa noche.

— No tienes que disculparte, tía. Entiendo que hoy no es el mejor día para eso. Lo más importante es que te sientas cómoda y cuidada —respondí, buscando reconfortarla.

La acompañé en silencio, respetando su necesidad de espacio emocional. La situación legal y personal que enfrentaba era abrumadora, y mi prioridad era ofrecerle el apoyo necesario en el momento adecuado. Nos sentamos juntos en su habitación, enfrentando juntos los desafíos que la vida nos había presentado.

Aún con la toalla puesta, Elena se deshizo torpemente del sujetador y las bragas, sacándolos por debajo de la toalla.

— Los dejaré fuera para que se sequen, tía. Yo me aseguraré de que estén bien colocados —comenté, intentando aligerar la situación con un tono suave y cuidadoso.

Tomé la ropa mojada y salí de la habitación para colocarla de manera que recibiera la ventilación necesaria. Mientras tanto, mi mente trabajaba en cómo seguir brindándole apoyo a mi tía en medio de esta compleja situación que estábamos atravesando juntos.

Cuando entré en la habitación de mi tía Elena, no podía creer lo que estaba viendo. Palidecí al instante y mi corazón comenzó a latir con fuerza. Ella se había despojado de su toalla y yacía completamente desnuda en la cama. Mi corazón latía con fuerza mientras la observaba, cautivado por su figura perfecta y su piel suave y sedosa. Sus pechos grandes y redondos eran el centro de atención, destacando en su cuerpo como dos montañas majestuosas. Eran firmes y bien formados, con una suave curva en la parte superior que los hacía aún más atractivos. Sus pezones, grandes y rosados, se erguían orgullosos. Sus caderas anchas y bien definidas eran una obra de arte en sí mismas. Se curvaban suavemente hacia afuera, creando una silueta femenina y sensual. Mi mirada se deslizó por su piel, admirando cada detalle de su cuerpo. Su vientre plano y tonificado, y sus piernas y muslos anchos.

Pero lo que más me llamó la atención fue su pubis ligeramente peludo. Era como una pequeña mata de pelo oscuro que adornaba su zona íntima, dándole un toque de misterio y sensualidad.

Intenté apartar la vista, pero algo me privó de poder hacerlo. Mi mente se nubló y mi cuerpo se paralizó ante la escena que tenía frente a mí.

Era evidente que los efectos del alcohol la habían privado de su cordura. Por fin, pude poner mis manos en los ojos para no seguir viendo aquello que me hacía sentir incómodo y avergonzado. 'Elena... la toalla... no la llevas...' dije apenas sin poder articular bien las palabras.

—Ya estoy seca — respondió ella con voz entrecortada, notándose claramente que estaba borracha. No pude evitar volver a abrir los ojos y verla allí, completamente desnuda.

—¡Pero estás desnuda! —exclamé, mientras corría a por la toalla y trataba de cubrir su desnudez —Tapate, tía — le dije con un tono de preocupación en mi voz.

Ella se incorporó torpemente de la cama, cogió la toalla y la arrojó a la otra punta de la habitación.

—¿Acaso soy tan horrible? — preguntó entre sollozos —Mi marido no me desea... y a mi sobrino le doy asco.

Yo negué con la cabeza, tratando de calmarla.

—No me das asco Elena, pero esto... creo que no está bien. No deberías estar desnuda delante de tu sobrino — dije con un nudo en la garganta.

Ella ignoró lo que le decía y continuó hablando.

—¿Tú me ves sexy? — me dijo abriendo los brazos.

Yo tragué saliva, sin saber qué responder.

—Estás estupenda, Elena... Tienes un cuerpo envidiable, pero por favor, será mejor que te tapes — le dije con sinceridad.

Observé su cuerpo con un rubor en las mejillas mientras su mano se deslizaba por su vientre, acariciando su piel. En ese momento, no podía apartar los ojos de ella, sentía cierta incomodidad y excitación a la vez.

—¿De verdad crees que estoy estupenda? —me preguntó, mientras su mano continuaba su camino hacia su intimidad.

Tragué saliva, sin saber cómo responder. Mi tía siempre había sido una mujer hermosa, con curvas perfectas y una piel suave como la seda, pero nunca había visto su cuerpo de esta manera, tan expuesto y vulnerable.

—Tía... Estás borracha, esto no está bien... —respondí, intentando encontrar las palabras adecuadas para la situación.

Pero ella ignoró mis palabras y, con una sonrisa traviesa en los labios, siguió bajando hasta su intimidad. Me sorprendió y me desconcertó a la vez. ¿De verdad mi tía estaba haciendo eso delante de mí? ¿Debería detenerla?

—Elena, para…

- Eso no parece que quiera que pare - me dijo mi tía señalando el bulto en mis pantalones -. Me haces sentir joven, sobrino. Llevo amargada mucho tiempo, sin sentirme mujer... sin sentirme deseada.

Mi mente estaba confundida y mi cuerpo se agitaba ante la presencia de mi tía desnuda frente a mí. Tenía una erección notable, pero al mismo tiempo sentía que esto no estaba bien.

- Pero esto no está bien - dije con voz temblorosa, intentando reprimir mis instintos.

Mi tía simplemente sonrió y se acercó a mi, con pasos lentos. Ella comenzó a tocarse el coño por fuera, masajeándolo con los dedos mientras seguía susurrando seductoras palabras en mi oído.

- Concedeme esto una vez, sobrino - murmuró mientras se acercaba cada vez más a mí.

Mis defensas se estaban desmoronando poco a poco y no pude resistirme por mucho tiempo. Mi tía se sentó en la cama y comenzó a masturbarse delante de mí, mientras me miraba fijamente a los ojos.

Su coño peludo estaba completamente expuesto y podía ver cómo sus jugos sexuales comenzaban a salir de él. Ella se mojaba cada vez más con cada movimiento de sus dedos y yo no podía apartar la mirada de esa escena tan sensual.

Mi tía se mordió el labio inferior y empezó a gemir con cada vez más fuerza.

No podía apartar la mirada de su coño, era como si estuviera hipnotizado por él. Y es que su vello púbico le daba un aspecto aún más excitante y salvaje. Cada vez que se tocaba, sus rizos oscuros se movían al compás de sus movimientos, haciendo que mi deseo por ella aumentara.

De repente, su rostro se contrajo en una expresión de placer y lujuria. Era evidente que estaba a punto de alcanzar el orgasmo y yo no quería perderme ni un segundo de ese momento tan íntimo entre nosotros.

Con una mirada desafiante, siguió masturbándose, ahora con una intensidad mayor. Sus dedos se perdían en su coño y cerraba los ojos con fuerza, entregándose por completo al placer. Podía ver cómo su respiración se hacía cada vez más agitada y cómo su cuerpo se contorsionaba en el clímax del placer.

Pero yo no podía quedarme solo como espectador. Mis manos temblorosas se dirigieron a mi pantalón y lo desabroché con rapidez, dejándolo caer al suelo. Mi polla estaba dura como una piedra y pedía a gritos ser liberada. Miré a mi tía y vi que ella también me observaba con deseo en sus ojos.

Sin pensarlo dos veces, comencé a masturbarme frente a ella, mientras ella se seguía tocando a sí misma. Nuestras miradas se encontraron y me perdí en sus ojos mientras nuestras manos se movían en perfecta sincronía, incrementando el placer que ambos estábamos experimentando.

De repente, no pude más y me corrí con un gemido ahogado. Mi tía, al ver mi orgasmo, también llegó al clímax y un intenso placer se apoderó de su cuerpo, haciéndola temblar en la cama. Mi semen llegó a sus tetas y chorreó por su cuerpo,

Nos quedamos unos minutos en silencio, recuperándonos del éxtasis que nos había invadido.

La incomodidad se apoderó de la habitación, dejándome paralizado y sin saber qué decir. Los dos nos miramos confusos, como si un hechizo se hubiera roto de repente. Elena, sin pronunciar palabra, se metió en la cama. La tensión en el aire era palpable, y decidí salir del cuarto para darle espacio.

Cerré la puerta tras de mí, dejando atrás el silencio denso que envolvía la situación. Afuera, me quedé reflexionando en lo ocurrido. La complejidad de las emociones y los eventos recientes pesaban en el aire.

Amanecí al día siguiente con una extraña sensación de incredulidad respecto a lo que había sucedido la noche anterior. La mañana transcurrió entre una nebulosa de pensamientos confusos, mientras intentaba concentrarme en el trabajo. Sin embargo, la mente se me escapaba constantemente hacia la situación en casa de mi tía.

Trabajé de manera distraída y desmotivada, y el tiempo parecía volar de manera inusual. A diferencia de lo común, no deseaba que la jornada laboral terminara, pues sabía que enfrentar la realidad en casa sería inevitable. Cada minuto que pasaba en el trabajo era como un respiro temporal antes de volver a sumergirme en los desafíos emocionales y familiares que me esperaban.

Consideré la idea de no regresar a casa de mi tía, como un acto de evasión ante la complejidad de la situación. Pero rápidamente descarté esa opción, reconociendo que evitar el problema solo sería un acto cobarde. Cuando finalmente el reloj marcó mi hora de salida, me subí al coche y me dirigí directo a casa, con la determinación de enfrentar lo que sea que estuviera esperándome y encontrar una manera de apoyar a mi tía en medio de su tormenta personal.

Entré a casa con nerviosismo, encontrando a mi tía Elena en el salón, sentada en el sofá como si hubiera estado esperándome. La tensión en el aire era palpable, y la mirada de mi tía denotaba una mezcla de emociones difíciles de descifrar.

— Hola, Juan Carlos. Necesitamos hablar de lo que pasó anoche —dijo Elena, rompiendo el silencio con un tono serio pero comprensivo.

Me acerque, buscando encontrar las palabras adecuadas para abordar la situación.

— Por favor, no te sientas culpable. Yo bebí de más anoche, pero también soy consciente de lo que ocurrió. —dijo, tratando de aliviar la tensión en el ambiente — Lo siento mucho, Juan Carlos. Entiendo que esto pueda cambiar las cosas entre nosotros, y eso no era lo que pretendía. —añadió, buscando conexión a través de sus disculpas.

La habitación se llenó de un silencio cargado de emociones mientras ambos procesábamos lo sucedido y reflexionábamos sobre el camino a seguir.

Yo estaba a punto de disculparme, diciendo que no debí haber permitido que las cosas llegaran a ese punto, pero Elena me detuvo con un gesto y unas palabras reconfortantes.

— Juan Carlos, no somos de piedra —comentó Elena con una mirada comprensiva, y su sonrisa, aunque sutil, reflejaba algo más que simple alivio.

— ¿Por qué esa sonrisa? —pregunté, intrigado por sus emociones.

Elena titubeó por un momento antes de confesar: — Me alivió que actuases así. De no ser por eso, hoy me habría levantado sintiéndome abrumada, deseando desaparecer.

— Pero ¿no crees que lo que pasó fue una locura horrible? —inquirí, aún desconcertado.

Ella negó con la cabeza.

— Ha pasado mucho tiempo desde que no me siento tan bien. Tan mujer.

Observé que se había arreglado, abandonando el antiguo pijama, y esa revelación añadió una capa de misterio a la situación. La confusión en mi mente se mezclaba con una creciente curiosidad sobre los verdaderos sentimientos de Elena y el significado detrás de su inusual reacción.

El alivio se apoderó de mí al ver la reacción de Elena, y la carga de culpa que llevaba empezó a disiparse. Fue entonces cuando ella propuso que aún teníamos una cena pendiente, y si estaba dispuesto, aceptaría su compañía. Con una sonrisa, acepté encantado, agradecido por la oportunidad de compartir un momento distendido.

— Claro, estaré encantado de acompañarte a cenar —respondí.

Ambos acordamos no mencionar el tema de su marido durante la velada, buscando preservar la armonía en ese momento. Con esa promesa, nos dirigimos juntos hacia la cena, esperando que fuera un punto de partida hacia la reconstrucción de la relación entre nosotros.

Llegamos al restaurante, un lugar tranquilo con una atmósfera acogedora. Nos acomodamos en una mesa junto a la ventana, y los menús fueron colocados frente a nosotros. Elena, con una sonrisa, comentó:

— Este lugar siempre tiene excelentes opciones. ¿Te apetece algo en particular?

Exploramos el menú mientras compartíamos gustos y preferencias. Después de unos minutos de deliberación, el camarero se acercó para tomar nuestra orden.

Justo cuando iba a hablar, Elena, con una risa nerviosa y un rubor en las mejillas, me adelantó

—Debes de tener contentas a tus amiguitas — dijo colorada

—¿Eh? ¿A qué te refieres?

Ella sonrió y miró hacia abajo.

—¡Oh Dios, Elena! —La sorpresa de sus palabras me hizo atragantarme con el trozo de pan que tenía en la boca, pero rápidamente sonreí divertido, asumiendo el comentario con naturalidad.

— Supongo que hay cosas que no se notan a simple vista. ¿Algo más que no esperabas? —bromeé, intentando aligerar la situación.

—De momento no — dijo entre risas.

La comida llegó, trayendo consigo una mezcla de aromas deliciosos que llenaron el aire. Comimos, reímos y disfrutamos de la velada de manera inesperada, como si lo ocurrido la pasada noche no hubiera dejado rastro en nuestra relación. En medio de las risas compartidas y los sabores exquisitos, experimentamos un momento de conexión y alegría que nos unía más allá de las circunstancias difíciles.

Me sentía bien, notando cómo la tensión se disipaba, y observaba a mi tía Elena con una expresión de felicidad que no veía desde hacía tiempo. Sus ojos brillaban con una luz renovada, y su rostro resplandecía con una belleza que no pasó desapercibida. Verla contenta, liberada por un momento de las cargas que llevaba consigo, fue un regalo inesperado en medio de la incertidumbre que había marcado nuestras vidas recientemente. La cena se convirtió en un punto de inflexión, un recordatorio de que, a pesar de las tormentas, aún podíamos encontrar momentos de calma y felicidad en la compañía mutua.

Terminamos de cenar, pagamos la cuenta y nos dirigimos a casa en el coche. En el trayecto, Elena rompió el silencio con una pregunta:

— ¿Qué planes tienes para tu estancia en casa?

Miré hacia la carretera antes de responder:

— Me quedaré todo el tiempo que necesites. Quiero ayudarte en lo que pueda, tía.

Elena estacionó el coche frente a su casa.

— ¿Me ayudarás en todo?

— Sí, tía. Haré todo lo que esté en mi mano por verte feliz —afirmé con sinceridad.

Una sonrisa iluminó el rostro de Elena.

Entonces, sin previo aviso, ella se acercó a mí y me besó apasionadamente. Pude sentir la intensidad de sus labios y el suave roce de su lengua. Sus brazos rodearon mi cuello y los míos se posaron en su cintura. Estaba tan emocionado y abrumado por el momento que me dejé llevar por el beso, sin pensar en nada más.

Mientras nuestros labios se movían en perfecta sintonía, ella empezó a darme pequeños mordisquitos en los labios, haciéndome estremecer de placer. Nunca había besado a nadie de esa manera, tan apasionada y seductora. Estaba completamente embelesado por ella. De repente, mi tía se separó de mí y me miró a los ojos con una sonrisa traviesa.

Sin dudarlo, mis manos se dirigieron a sus pechos, cubiertos por la tela del vestido. Los acaricié suavemente por encima de la tela, mientras ella gemía con cada toque. Sentí como sus pezones se endurecían bajo mi tacto y eso me excitaba aún más. Elena empezó a mover sus manos hacia mi entrepierna, jugueteando con mi bragueta.

—Estoy un poco desentrenada, pero si quieres... puedo recompensarte por haberme devuelto a la vida —me susurró al oído.

No pude resistirme a la tentación y asentí con la cabeza. Su mano subía y bajaba, acariciándome con una habilidad y una intensidad que solo ella podía tener. Poco a poco, mi cuerpo empezó a responder a sus caricias, y mi respiración se volvió más pesada. No podía creer lo que estaba pasando, ni lo que estaba a punto de suceder.

Sin decir una palabra, pero con la mirada llena de deseo, Elena desabrochó mi pantalón y se introdujo en él. Su mano experta seguía acariciando mi miembro, mientras ella se acercaba cada vez más a mi sexo. Ya no podía controlar los gemidos de placer que escapaban de mis labios, mientras ella seguía masturbándome con maestría. Cada vez que mis caderas se movían hacia ella, su mano se detenía, pero cuando volvía a estar quieto, volvía a acariciarme con más intensidad.

De repente, sin previo aviso, sentí su aliento caliente cerca de mi miembro. Con habilidad, me despojó de la ropa interior y me besó justo en la punta. Fue como una descarga eléctrica, y mis piernas comenzaron a temblar. Pero ella no se detuvo ahí. Con la misma pasión con la que me besaba, empezó a lamer y a chupar mi sexo, haciéndome enloquecer por completo.

Cada lamida, cada succión, era como una oleada de puro placer que me recorría todo el cuerpo. Sus labios y su lengua recorrían cada centímetro de mi miembro, haciendo que me volviera loco de deseo. Pero ella no se conformaba con eso, quería más. Con una mano, seguía masturbándome, y con la otra, acariciaba mis testículos, haciendo que mi excitación fuera cada vez mayor.

Cuando no pude aguantar más, ella siguió con su ritmo, pero esta vez, sabía que sería diferente. Succionó con fuerza y velocidad, intensificando el placer que estaba sintiendo en ese momento. Cerré los ojos y me dejé llevar por la explosión de sensaciones que me estaba proporcionando. Sus movimientos eran perfectos, y estaba seguro de que solo ella podía hacerme sentir así.

Finalmente, ella se detuvo y me miró fijamente a los ojos mientras esperaba mi orgasmo. No pude evitar mirarla a ella, tan hermosa y con los labios tan sensuales, mientras me hacía llegar al clímax. Y en ese momento, con un gemido intenso y un latigazo de placer, me corrí dentro de su boca.

Ella me miró y sonrió, tragándose todo lo que le había dado. Mi respiración era ahora más pausada, y mi cuerpo empezaba a relajarse. Nos quedamos en silencio durante unos minutos, hasta que finalmente, ella me besó suavemente en los labios y se acomodó en mi regazo, como si nada hubiera pasado.

Entramos en casa y, sin rodeos, nos dirigimos directamente a la habitación. Nos desnudamos y nos metimos bajo las sábanas, sumidos en un silencio cómodo. Mientras nos acomodábamos, Elena notó mi polla dura en su abdomen y, sorprendida, comentó:

— ¿Ya? Hay que ver cómo os recuperáis los jóvenes.

Elena volvió a empezar a acariciar mi polla dura. Sus manos expertas recorrían cada centímetro, despertando en mí un deseo irrefrenable. Era una sensación que no podía resistir, por lo que la animé a seguir con sus caricias.

Mientras Elena continuaba con sus juegos, yo me dediqué a explorar su cuerpo. Con mis manos, recorrí cada curva de su figura, disfrutando de cada centímetro de su piel suave y cálida. Sin embargo, mi atención se centraba principalmente en sus pechos, que eran una de mis partes favoritas de su cuerpo.

Mientras mis manos disfrutaban de sus senos, mis labios se centraron en los pezones. Los besé suavemente, jugando con ellos con mi lengua. Elena gemía de placer, y eso me motivaba aún más a seguir con mi tarea.

Finalmente, decidí que era su turno de disfrutar. Con una sonrisa traviesa en mi rostro, le pedí que se relajara y disfrutara del momento. Sin embargo, ella no iba a ser pasiva en esta situación. Con determinación, quitó las sábanas que nos cubrían y me situe encima de ella

Comencé a besar su cuello y a bajar por sus pechos, hasta llegar a mi coño. Con mi mano, la acaricié suavemente, disfrutando de su humedad. Me tome mi tiempo besar y lamer cada centímetro de ella, haciendo que sus gemidos aumentaran de intensidad.

—¡Ahh, ahh!

Justo cuando Elena estaba a punto de correrse, me detuve. No podía esperar más, así que pase mi polla por fuera de su coño y empecé a deslizarla entre sus labios vaginales. El roce de su piel con la mía era una sensación indescriptible.

—Hmmm… Métemela… Por dio… métemela ya…

Después de un rato de juego y excitación, finalmente la penetré. Elena gemía y se movía con cada embestida, y yo disfrutaba de la sensación de su cuerpo apretado alrededor de mi miembro. Juntos nos movíamos en perfecta sincronía, disfrutando del momento y del placer que nos proporcionábamos mutuamente.

—Nunca me habían follado… así… —gemía mientras yo aumentaba mis embestidas.

La escupí en el coño

—Pues esto no es nada.

Con habilidad le di la vuelta poniendola en cuatro patas y la penetré por detrás. Desde esa posición, tenía una visión perfecta de su trasero y podía ver cómo mi polla entraba y salía de ella.

Con cada embestida, podía sentir cómo su cuerpo temblaba de placer y sus gemidos se volvían más intensos. Me agarré a su cintura y le dije al oído lo hermosa que se veía y lo mucho que la deseaba en ese momento. Ella respondió con un gemido y me instó a seguir adelante. Ella se corrió y me pidió que cambiáramos de posición. Se puso boca arriba y apretó sus tetas.

—Follatelas, sobrino. Se que te encanta.

Metí mi polla entre sus tetas, comenzando a follarlas. Le metí el dedo en la boca mientras movía mi polla entre sus pechos. Con la otra mano, le metía los dedos en el coño y luego me los llevaba a la boca para degustarla. Ella gemía y se retorcía de placer, mientras sus caderas se movían en sintonía con mis embestidas.

—Correte en mi cara… MMmmmm

No pude resistirme y lo hice, dejando que mi eyaculación se desbordara en su rostro. Fue un momento de éxtasis para ambos, y un acto de amor y pasión desenfrenada.

Ella se paso la lengua por los labios, degustando mi semilla.

Me miró con los ojos brillantes.

—Nunca me habían follado así.

—Pues tía — dije mientras me tumbaba a su lado y le besaba un pezón —. Vete acostumbrando
-
 
Arriba Pie