Historias el macho
Pajillero
- Registrado
- Feb 5, 2025
- Mensajes
- 144
- Likes Recibidos
- 225
- Puntos
- 43
Betty se despidió de Memo con un beso rápido en la puerta de la casa en Colima, pero por dentro ya sentía que el fuego le quemaba las entrañas. “Me voy al retiro del fin de semana, mi amor. Regreso el domingo”, le dijo con esa voz dulce y calmada que usaba siempre para mentirle, mientras subía al taxi con una maleta chica que apenas llevaba ropa interior y un vestido flojo. Memo la vio partir sin preguntar mucho, como siempre. Ya estaba acostumbrado a esas salidas que ella llamaba “retiros para conectar con mi espiritualidad”. Lo que Memo no sabía era que Betty llevaba semanas soñando con esto, con soltarse como la puta desesperada que era en secreto.
El taxi la llevó hasta la estación de autobuses y de ahí, tres horas después, llegó a la finca escondida en las afueras de Guadalajara. Un muro alto de piedra, árboles tupidos que no dejaban ver nada desde la carretera y un portón de hierro que se abrió solo cuando ella dio la contraseña por el interfono. Al entrar, el aire olía a tierra húmeda y a sexo viejo. Betty entregó el celular como todos los demás: doce hombres y tres mujeres, ella incluida. El que llevaba el “retiro”, un moreno grandote de casi dos metros al que le decían Jaguar, les habló claro desde el principio, con voz ronca y sin rodeos:
—Aquí se suelta todo, cabrones. No hay reglas, no hay culeros juicios, no hay “no”. El cuento de la ayahuasca y la espiritualidad ya no nos sirve. Esto es puro desmadre. Si tienes verga, úsala. Si tienes pucha, ábrela. ¿Entendido?
Todos asintieron. Las luces del salón principal estaban bajas, rojas, como de burdel caro. Betty entró caminando despacio, sintiendo cómo el vestido flojo apenas contenía sus caderas anchísimas y sus nalgas enormes, gelatinosas, que se movían como si tuvieran vida propia con cada paso. Su piel blanca brillaba bajo esa luz, el cabello rizado castaño cayéndole por la espalda hasta la cintura. Tenía tetas grandes, pesadas, y un coño siempre húmedo que ya empezaba a palpitar solo de imaginar lo que venía.
No pasaron ni diez minutos cuando ya estaba de rodillas entre dos cabrones. Uno alto y tatuado hasta el cuello, con verga gruesa y venosa que parecía un bate. Otro gordo y barbón, más bajo pero con un chorizo largo y pesado que colgaba como manguera. Sin decir ni madres, Betty abrió la boca y se metió la verga del tatuado hasta la garganta. La tragó entera, ahogándose, con los ojos llorosos de pura desesperación y placer. Hacía ruidos húmedos, babosos, mientras su mano libre agarraba el chorizo del gordo y lo jalaba con fuerza, sintiendo cómo se ponía dura como piedra entre sus dedos.
—Joder, esta puta mama como si le fuera la vida —gruñó el tatuado, agarrándola del cabello y empujando más profundo.
El gordo se rio y le escupió en la cara. Betty solo gimió más fuerte, babeando saliva que le chorreaba por las tetas. La levantaron como si nada. El tatuado la cargó por las nalgas y la tiró sobre un colchón viejo tirado en el piso. Le subieron el vestido hasta la cintura y le arrancaron las calzones de un tirón. El coño de Betty ya estaba empapado, hinchado, brillando de jugos.
El tatuado le metió la verga hasta el fondo del coño de un solo empujón. Betty gritó de gusto: “¡Pásamela más duro, cabrón! ¡Rómpeme la pucha, no te detengas!”. Sus nalgas gelatinosas rebotaban violentamente con cada metida, la carne blanca temblando como gelatina. El gordo se le paró enfrente y ella se la mamó entera otra vez, ahogándose, con la garganta abultada por el grosor. Otro cabrón, un flaco de ojos locos, no tardó: la voltearon boca abajo, le escupieron en el fundillo, le metieron dos dedos primero y luego le clavaron la verga por el culo bien profundo. Betty sentía cómo la llenaban por los tres huecos al mismo tiempo, el coño chorreando, el culo ardiendo, la boca llena de verga.
Toda la noche fue una cogida sin parar. La follaban de tres, de cuatro, de cinco. Betty se corría una tras otra, temblando entera, con las piernas abiertas como puta en calor. “¡Quiero más chorizos, no me dejen sola, cabrones! ¡Lléname toda!” gritaba cada vez que se corría, con la voz ronca de tanto gemir. El semen le chorreaba por los muslos, por las tetas, por la cara. Paraba solo unos minutos: se levantaba jadeando, iba tambaleándose a la cocina a tomar agua o a comer un pedazo de fruta con el semen todavía cayéndole del coño y del culo, y regresaba corriendo a abrirse de piernas otra vez. En un momento la tenían en el aire, dos vergas en el coño al mismo tiempo, otra en el culo y dos más en la boca. Betty se sentía como un trapo usado, pero feliz, completamente rota y satisfecha.
El sábado amaneció todavía más salvaje. Desayunaron todos encueros en la mesa larga del patio. Betty ya estaba montada en una verga gruesa mientras desayunaba huevos con el culo lleno de otro cabrón que la embestía por atrás. El Jaguar la miraba y se reía: “Esta perra no para, ¿verdad?”. Después salieron al pasto bajo el sol caliente de Guadalajara. La cogieron ahí mismo, en plena naturaleza: por el coño, por el culo, por la boca, todo al mismo tiempo. La pusieron en cuatro patas sobre la hierba. Uno le metía la verga por el fundillo mientras otro le llenaba la garganta y un tercero le chupaba el clítoris hinchado. Sus nalgas rebotaban violentamente, la carne blanca llena de nalgadas rojas que le dejaban la piel ardiendo. Betty gritaba sin vergüenza: “¡Más fuerte, hijos de puta! ¡Rómpanme el culo, quiero sentir cómo me destrozan!”.
En un momento la rodearon cinco cabrones. La pusieron de rodillas y se la mamaron todos al mismo tiempo, turnándose, metiéndosela hasta el fondo de la garganta. La llenaron de mecos calientes: uno en la cara, otro en la boca abierta, otro en las tetas pesadas. Betty tragaba lo que podía, el semen espeso corriéndole por la barbilla, y pedía más con voz quebrada: “¡Dame todo, no dejes ni una gota fuera, cabrones!”. Luego la tiraron otra vez al pasto y la follaron en cadena: uno tras otro, sin descanso. El sol le quemaba la espalda mientras la penetraban, el sudor mezclado con semen le chorreaba por todo el cuerpo.
Por la tarde la llevaron al salón otra vez. La orgía completa. La ponían en todas las posiciones posibles. La levantaban entre dos para follársela de pie, con las piernas abiertas y una verga clavada en el coño y otra en el culo. La tumbaban boca arriba con las piernas bien abiertas para que le metieran verga sin parar, turnándose como en una fila. La ponían en perrito para darle por el fundillo mientras otro le llenaba la garganta hasta hacerla vomitar saliva y semen. Betty se corría cada vez que sentía dos vergas dentro al mismo tiempo, el cuerpo temblando, los ojos en blanco. Paraba solo cada dos o tres horas: comía algo rápido —un taco, una fruta—, se limpiaba un poco la cara y el cuerpo con una toalla húmeda, tomaba agua como si estuviera deshidratada y volvía a pedir polla con la misma ansiedad de loca en celo.
—Quiero que me llenen hasta el fondo —suplicaba—. Quiero que me dejen el coño y el culo hechos mierda.
El domingo por la mañana, antes de que todos se fueran, hubo la última cogida. Betty se despertó con tres vergas alrededor de la cara. No hubo preámbulos. La follaron de nuevo en todas las formas: anal hasta el fondo, con una verga tan gruesa que sentía que le iba a romper el intestino; vaginal hasta dejarla hinchada y roja, chorreando semen de todos los que habían pasado por ahí; mamar hasta que le dejaron la garganta llena de leche espesa que tragó entre arcadas de placer. La última posición fue la más brutal: la pusieron en el colchón, de espaldas, con las piernas sobre los hombros de un cabrón mientras otro la penetraba por el culo y un tercero le metía los dedos en el coño ya destrozado. Betty se corrió gritando, el cuerpo convulsionando, las nalgas temblando sin control.
Terminó exhausta, con el cuerpo adolorido, la piel marcada de manos, mordidas y nalgadas, el coño y el culo rojos e hinchados, pero con una sonrisa satisfecha en su cara bonita. Se bañó bien en la finca, se puso ropa ancha para tapar las marcas moradas y los moretones, y subió al taxi de regreso a Colima.
Llegó esa misma tarde. Memo abrió la puerta con una sonrisa inocente y la recibió con un abrazo fuerte. “¿Cómo te fue, mi vida?”. Ella sonrió tranquila, como siempre, y contestó: “Bien, muy intenso… pero me hizo mucho bien. Conecté mucho conmigo misma”. Esa noche se acostó junto a él, el cuerpo todavía palpitando por dentro, el coño sensible al roce de las sábanas, el culo adolorido recordándole cada verga que había pasado por ahí. Mientras Memo dormía, Betty miraba el techo y pensaba ya en cuándo volvería a perder el control, en cuándo regresaría a esa finca a dejarse usar como la puta insaciable que era en realidad.