Betty, despedida de soltera.

Historias el macho

Pajillero
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Feb 5, 2025
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Memo estaba que se cagaba de los nervios y de la emoción. Faltaban solo tres días para la boda y, después de seis meses de noviazgo intenso, Betty y él por fin iban a dar el "sí". Ella era su gordita perfecta: piel blanca como leche, cara de ángel con labios carnosos, cabello castaño rizado que le caía en cascada por la espalda, y un cuerpo que volvía loco a cualquiera. Sobre todo esas caderas anchas y esas nalgas enormes, gelatinosas, que rebotaban con cada paso y que a Memo le encantaba agarrar con las dos manos mientras la cogía por detrás. "Mi reina", le decía siempre. Pero esa noche, las amigas de Betty habían organizado su despedida de soltera. "Tranquilo, amor, solo nosotras, unas cervezas, risas y a dormir temprano", le había jurado Betty con esa sonrisa inocente que lo derretía.

Memo la dejó en la puerta del salón de eventos a las 8 de la noche. La vio entrar contoneando ese culo monumental enfundado en un vestido negro ajustado que apenas le cubría la mitad del muslo. Las amigas ya estaban llegando: risas, abrazos, botellas en la mano. Él se despidió con un beso largo y se subió al carro rumbo a casa. "Que se diviertan, mi vida", le dijo. Pero a mitad del camino, algo le empezó a comer la cabeza. "¿Y si no es tan tranquila como dicen? Las despedidas de soltera a veces se salen de control…". Los celos le picaron el culo. Dio un volantazo y regresó.

Cuando llegó, el estacionamiento estaba repleto de camionetas y autos desconocidos. Música electrónica retumbaba desde adentro, grave y cachonda. La puerta principal estaba cerrada con candado. Memo rodeó el edificio hasta la parte trasera. Allí había un árbol viejo y grueso cuyas ramas gruesas sobresalían por encima del muro alto. Con el corazón latiéndole en la garganta, empezó a trepar. Sudaba, las manos le resbalaban, pero la curiosidad y los celos lo impulsaban. Finalmente se acomodó en una rama ancha que le daba vista perfecta al patio interior iluminado con luces neón rosas y azules.
Y lo que vio lo dejó helado… y a la vez con la verga dura como piedra.
No era una fiesta de chicas. Era una puta orgía desatada.
Betty estaba en el centro del patio, sobre una especie de tarima acolchada cubierta con sábanas negras. Estaba completamente desnuda, el vestido tirado en una esquina. Su cuerpo blanco brillaba de sudor bajo las luces. Sus tetas grandes y pesadas se bamboleaban, los pezones duros y rosados apuntando al cielo. Pero lo que más destacaba eran esas nalgas monstruosas, temblando como gelatina cada vez que se movía. Alrededor de ella había al menos quince hombres desnudos, todos musculosos, tatuados, con vergas paradas y venosas de diferentes tamaños. Algunos ya se pajeaban mientras miraban. Las amigas de Betty también estaban en plena acción: unas sentadas en regazos, otras de perrito, tragando vergas o recibiendo cogidas brutales. Pero Betty era la reina indiscutible.
Tres cabrones la atendían al mismo tiempo. Uno, un moreno alto y fornido con una verga gruesa como una lata de refresco, la tenía de rodillas y le metía la polla hasta la garganta. Betty gorgoteaba, saliva espesa le chorreaba por la barbilla y caía en goterones sobre sus tetas. "¡Traga, puta, traga toda esa verga!", le gritaba el tipo mientras le agarraba el cabello rizado con las dos manos y la empalaba sin piedad. Otro, más delgado pero con una verga larga y curva, estaba debajo de ella, acostado boca arriba, y la embestía por el coño con fuerza. El sonido de los choques húmedos era audible incluso desde el árbol: plap-plap-plap. El coño de Betty estaba hinchado, rojo, empapado de jugos que le escurrían por los muslos. El tercero se había colocado atrás y le metía dos dedos en el culo mientras le lamía el ano, preparándola.
"¡Sí, métemela por el culo también, cabrón! ¡Quiero las tres vergas a la vez!", gritó Betty con voz ronca, sin una pizca de vergüenza. Memo sintió que el mundo se le venía abajo, pero no podía apartar la vista. Su polla palpitaba dentro del pantalón, traicionándolo.

El fornido se salió de la boca de Betty con un "plop" húmedo, dejando hilos de saliva colgando. "Vamos a reventarte ese culo gordo, mami". La levantaron entre los tres como si fuera una muñeca inflable. El de abajo se acostó otra vez y Betty se sentó sobre su verga, empalándose el coño hasta el fondo con un gemido largo y animal. "¡Aaaah, sí, lléname el coño cabrón!". El de la verga curva se colocó enfrente y le metió la polla en la boca otra vez, follándole la garganta mientras ella se movía arriba y abajo. El fornido escupió un gargajo enorme en el ano de Betty, lo untó con la mano y empujó la cabeza gruesa de su verga contra el agujero apretado.
Betty soltó un grito ahogado cuando la punta entró. "¡Duele… pero no pares, métemela toda, hijo de puta!". El tipo empujó con fuerza y la verga desapareció centímetro a centímetro en ese culo gordo y blanco. Las nalgas se abrieron como masa, temblando violentamente. Ahora sí: triple penetración total. Los tres machos la cogían al unísono, sincronizados como animales en celo. Betty se retorcía, gritaba, gemía, su cuerpo sudoroso brillando. "¡Más duro! ¡Rómpanme los agujeros, cabrones! ¡Soy su puta esta noche!".

La escena duró una eternidad. Cambiaban posiciones sin parar. La pusieron en cuatro patas: uno debajo metiéndosela por el coño, otro por el culo, y el tercero follándole la boca. Luego la levantaron en el aire, dos sosteniéndola por las piernas abiertas mientras un tercero la penetraba de pie, alternando coño y culo. Cada vez que se salía una verga, un chorro de jugos y lubricante salpicaba el piso. Betty se corría una y otra vez: chorros claros le salían del coño, empapando a los tipos. "¡Me vengo otra vez, no paren, llenenme de leche!".
Otros hombres se unían. Uno le metió la verga entre las tetas mientras ella las apretaba. Otro se pajeaba sobre su cara y le descargó un chorro espeso de semen en la frente y los ojos. Betty se lamía los labios, tragando lo que podía. "¡Más, denme más vergas!". Su prima (una morenita flaca) estaba al lado, sentada en la cara de un tipo mientras otro la cogía por detrás, pero Betty era el centro: siempre tenía al menos tres pollas dentro o alrededor.

Memo, abrazado a la rama, respiraba agitado. Sentía náuseas de celos, humillación, rabia… pero también una excitación enfermiza. Se tocaba la verga por encima del pantalón sin poder evitarlo. Veía cómo el culo de Betty se abría y cerraba con cada embestida anal, cómo su coño tragaba vergas enteras, cómo su garganta se hinchaba con cada garganta profunda. Olía el sexo desde allí arriba: sudor, semen, coños mojados, perfume barato mezclado con lujuria pura.
Pasaron horas. Literalmente. Los hombres se turnaban, eyaculaban dentro, sobre ella, en su boca, y seguían. Betty estaba cubierta de semen: chorros en la cara, en las tetas, goteando de su coño y culo abiertos. Pero seguía pidiendo más, ronca, exhausta pero insaciable. "¡No se vayan todavía, cabrones! ¡Todavía quiero más verga!".
Finalmente, pasadas las 3 de la mañana, la música bajó. Los tipos empezaron a vestirse, a darse palmadas en la espalda, a reírse. "Buena fiesta, gordita, nos vemos en la boda", dijo uno riendo mientras le daba una nalgada que hizo temblar toda esa carne. Betty se quedó tirada en la tarima, jadeando, con las piernas abiertas, semen escurriendo de todos sus agujeros, una sonrisa satisfecha en la cara. Las amigas la ayudaron a levantarse, riendo, diciendo "¡qué puta eres, Betty!".
Memo bajó del árbol con las piernas temblando. Manejó a casa en piloto automático, la imagen grabada a fuego en la cabeza: su futura esposa convertida en una zorra multiorgásmica, follada por docenas de vergas ajenas justo antes de casarse con él.
Llegó a la cama y se quedó mirando el techo. ¿Confrontarla? ¿Cancelar la boda? ¿O… aceptar que esa era la Betty real, la que siempre había estado ahí debajo de la fachada de novia dulce? Su verga seguía dura. Se masturbó pensando en lo que había visto, corriéndose con un gemido de rabia y placer enfermo.
Tres días después sería la boda. Y Memo aún no sabía qué carajos iba a hacer.
 
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