Fernando estaba sentado en su sillón favorito un sábado por la noche, delante de su nueva pantalla de plasma de 50 pulgadas viendo un partido de fútbol. Sonó el timbre y maldijo. El Barça estaba atacando y se temía que si iba a abrir se perdería uno de los goles de Messi, así que decidió no hacer caso al timbre y siguió mirando la tele. Solo quedaban pocos minutos para el fin de la primera parte.
A los pocos segundos, el timbre volvió a sonar.
-¡Joder!
Entonces se acordó de que aunque el partido fuese en directo, podía pausarlo, despachar al pesado que estuviese tras la puerta y seguir viendo luego el encuentro desde el mismo punto. Cogió el mando y pulsó la tecla de pausa.
-¡Maravillas de la técnica! - dijo cuando en la pantalla quedó congelada la imagen de Iniesta pasándole el balón a Chavi.
Se dirigió a la puerta y, con cara de pocos amigos, abrió. La cara le cambió ipso facto cuando vio quien tocaba. Era una preciosa chica, de pelo negro azabache pero de piel blanca como la nieve. El cabello lo tenía largo, ligeramente rizado, sobre los hombros. Vestía ropa vaquera y llevaba una mochila. A sus pies, una maleta.
-¿Sí? -preguntó Fernando, mirando de arriba a abajo a la bella joven.
-¿Eres Fernando Cifuentes?
-Sí.
-Hola. Soy... tu hija.
-¿Qué? ¿Es una broma?
-No. No es broma - respondió la chica, visiblemente nerviosa.
Fernando la volvió a mirar de arriba a abajo. Él no tenía ninguna hija. Debía de ser una broma de mal gusto o tratarse de alguna desequilibrada. Se acordó del pase de Iniesta que tenía en pausa y en ese momento algún vecino gritó ¡GOOOOOOOL!
"Seguro que Messi metió un golazo" - se dijo.
-Mira, guapa, no tengo ninguna hija. Vete a molestar a otro.
Le cerró la puerta en las narices y volvió al salón. Se sentó, pulsó play y disfrutó al ver como Messi recibía el balón y entre cinco contrarios se escabullía y ponía el balón en el fondo de las mallas.
-¡Toma...GOOOOOOOOOOL! - gritó.
Siguió viendo el partido hasta que a los dos minutos el árbitro pitó el final de la primera mitad. Contento, se levantó y fue a la cocina a por una cervecita y algo para picar hasta que empezara la segunda parte.
Al pasar junto a la puerta principal le pareció oír un sollozo. Se acercó, pegó la oreja y ahora oyó claramente a alguien llorar. Abrió la puerta y se encontró a aquella chica, sentada en el suelo, con la cara entre las manos y llorando desconsoladamente. ´
Fernando sintió pena por aquella extraña. Se arrodilló y le tocó una rodilla.
-Hey, ¿Qué te pasa? - le preguntó.
Ella, sin levantar la vista, entre suspiro y suspiro, trató de hablar.
-No tengo... a donde ir. ¿Qué va a ser de mí?
Ella levantó la mirada. Sus bellos ojos negros ahora estaban rojos, hinchados, llenos de lágrimas. Su cara reflejaba una profunda pena que caló en el alma de Fernando.
-Tranquila, tranquila. Ven, levántate.
La ayudó a levantarse. Ella seguía llorando, en silencio.
Fernando volvió a mirarla. ¿Qué hacer? ¿Volver a cerrarle la puerta en las narices? Se dijo que no. Que no sería de buen samaritano.
-¿Cómo que no tienes a donde ir? Pasa y llamaremos a tus padres.
-Mi madre ha muerto. Ya...ya no tengo casa.
-¿Y algún familiar? ¿Algún tío, abuela? ¿Alguien?
-No. No tengo a nadie. Estoy sola.
La chica perdió las fuerzas y casi se cae al suelo, pero Fernando fue rápido y la sostuvo.
-Hey, hey. ¿Cuánto hace que no comes?
-No... no lo sé.
-Ven, pasa. Tienes que comer algo. Ya arreglaremos las cosas luego.
La ayudó a entrar en la casa. Cogió la maleta y la dejó junto a la puerta. Le quitó la mochila que llevaba, y no pudo evitar fijarse en los hermosos pechos que lucía la joven. Era delgada pero sus senos parecían abundantes. Debía tener 21 o 22 años, como mucho.
La llevó al salón y la hizo sentar en el sofá. Desde su posición más alta, sus pechos parecían aún más apetitosos.
"Joder, Fernandito. Esta chica hecha polvo y tú mirándole las tetas. Eres un salido"
-Espera aquí. Te traeré algo de comer.
La dejó allí y se fue a la cocina. Le preparó un par de sándwiches de jamón y queso, cogió una lata de refresco y se lo llevó.
Se la encontró hecha un ovillo, sobre el sofá, llorando otra vez. Dejó la comida sobre la mesa y se sentó a su lado.
-Oye, tranquila. No pasa nada. Todo está bien. Mira, se ve que tienes hambre. Te traje mi especialidad. Sándwich de jamón y queso.
La chica se incorporó, se secó las lágrimas y cogió un sándwich. Se lo llevó a la boca y empezó a comer.
-Gracias - dijo
Fernando le abrió la lata de cola y se la dio. Ella le dio un buen trago.
-¿Cómo te llamas?
-Leonor.
-Lindo nombre. Leonor...
Ese nombre le trajo recuerdos. De su primer amor. También se llamaba Leonor. Y también era morena, de piel clara. Se fijó mejor en la chica que devoraba el sándwich y se dijo que se parecía mucho a aquella Leonor de su juventud.
Entonces la chica sacó algo de su bolsillo. Parecía un sobre. Se veía raído, sucio, arrugado al estar en el bolsillo. Se lo acercó a Fernando.
Sus miradas se encontraron un segundo. Él vio miedo en los ojos de la muchacha. Cogió el sobre. Fuera, escrito a mano, ponía Leonor.
Metió los dedos y sacó el contenido. Una carta, escrita también a mano, y una foto. Cuando miró la foto, su corazón casi se para. Era una foto de él y de la Leonor de su pasado. Había sido tomada en la playa, en aquel mágico verano en que la conoció. Boquiabierto, miró la foto y después a la chica. Ahora el parecido era más evidente.
-¿Eres...eres su hija?
-Sí.
-Entonces, ella...
-Murió la semana pasada - dijo la chica al tiempo que una lágrima caía por su mejilla - Esa carta me la dio el día que murió.
Fernando aún no podía reaccionar. Se quedó mirando a la chica, que se frotaba las manos, nerviosa. Cuando se serenó un poco, empezó a leer.
"Mi querida Leonor.
Ya no puedo seguir luchando más. Al final, esta maldita enfermedad me ha vencido. Créeme si te digo que he luchado con todas mis fuerzas, por ti, por no dejarte sola.
Pero ya no puedo más. Las fuerzas me abandonan y sé que se acerca el final. Lo que más siento, por encima de todas las cosas, es que te quedes sola. Eso no me deja descansar.
Por eso te voy a decir la verdad. Y la verdad es que tu padre no ha muerto. Te mentí. Aún vive. Y no sabe nada de ti. No sabe que existes.
Lo conocí un verano. Nos enamoramos locamente y me quedé embarazada de ti. Pero mi familia se enteró y me llevó lejos, arrancándome de su lado, sin poderme siquiera despedir de él.
Traté de buscarle, pero no pude. No sabía casi nada de él. Odié a mis padres por haberme separado de mi primer y único amor, y por eso me marché de casa.
Quizás no debí hacerlo. No te pude dar una vida digna. Mi familia era una familia con dinero y por orgullo renuncié a todo aquello. Te quité lo que era tuyo.
Años después, por casualidad, me encontré con él. Lo reconocí enseguida, pero él no me vio. Quise acercarme, decirle que era el padre de una preciosa niña, pero no estaba solo. Estaba con otra mujer. Supuse que se habría casado, que tendría otros hijos. No quise destrozarle a él también la vida.
Pero ya no tengo tiempo. No puedo seguir cuidando de ti. Búscalo, dile quien eres. Y dile que nunca dejé de amarlo.
Se llama Fernando Cifuentes.
Te quiere, siempre, tu madre"
Mientras él leía la carta, Leonor le miraba. Con el corazón encogido. Era su padre, pero no lo conocía. Y era lo único que le quedaba.
Fernando terminó de leer. Con un nudo en el estómago levantó lentamente la mirada para encontrarse con la de Leonor. Sin saber como, supo que era verdad. Supo que esa chica era en verdad su hija.
-¿Por qué no me lo dijo? ¿Por qué? Yo también la busqué. Y cuando al fin di con sus padres me dijeron que se había ido, que no sabían nada de ella.
-No lo sé. La verdad, no lo sé. No quería destrozar tu vida, supongo. Tu... matrimonio.
Uno de los temores de Leonor, además de ser rechazada por su padre, era que su mujer no la aceptara tampoco. Que no permitiera que una extraña se entrometiera en sus vidas.
-¿Pero qué matrimonio? ¡Si nunca me he casado!
Ella le miró, sorprendida.
-No entiendo...Entonces... ¿Esa mujer con la que ella te vio?
-No sé con quien me vería. ¡Quién sabe! Una amiga, mi hermana. No lo sé.
Fernando empezó a comprender. Leonor, su primer amor, a la que buscó todo lo que pudo, ya no estaba. Ahora sabía por qué había desaparecido de repente, sin una explicación, sin una adiós. Ahora sabía que ella también lo buscó. Y que cuando por fin lo había encontrado, por una maldita confusión no pudieron volver a estar juntos. ¡Pero si él jamás había vuelto a amar a ninguna mujer como la había amado a ella!
Miró a Leonor, su hija, una desconocida. El vivo retrato de su madre. Temblaba. Estaba aterrada.
-Siento lo de tu madre.
Ella se derrumbó y comenzó a llorar desconsoladamente de nuevo. Fernando se acercó a ella y la abrazó.
-Tranquila, Leonor. Todo se va a arreglar.
-No... ella...ella ya no está. Estoy sola. Sin nadie. Sin sitio a donde ir. Sin sitio en donde vivir.
-¿Cómo es eso?
-Vivíamos de alquiler. El casero me echó cuando no pude pagarle el alquiler.
Fernando le acarició el cabello, tratando de calmarla. Ella seguía llorando.
-Bueno, te puedes quedar aquí hasta que busquemos una solución.
Leonor gimió, en su llanto, pero ahora de alivio. Se veía a sí misma vagando por las calles, durmiendo en algún sucio portal, expuesta a quién sabe qué. Pero ahora, ese hombre, su... padre, le ofrecía cobijo, aunque fuera temporal.
-Gra... gracias.
-No hay de qué.
Se quedaron unos minutos así, abrazados, hasta que ella se empezó a calmar.
-Debes de estar agotada.
-Sí, no puedo más.
-Date una ducha y te vas a dormir. Ya verás como mañana no ves las cosas tan negras.
-Gracias...Fernando.
Una leve sonrisa apareció en los labios de la chica. Aún con la cara sucia, enrojecida e hinchada, era hermosa.
-Ven, tengo una habitación para invitados.
Le cogió la maleta y la mochila y la llevó hasta la habitación. Era sencilla pero completa.
-Instálate. El baño principal está allí - le dijo señalando una puerta al final del pasillo.
-Gracias.
-Y deja de darme las gracias, ¿Vale? - dijo, sonriendo.
-Vale - respondió, también con una sonrisa.
La dejó en la habitación y volvió al salón. Se sentó en el sofá. En la televisión Messi marcaba otro golazo de los suyos, pero Fernando no le prestaba la más mínima atención. Su vida, en un instante, había dado un tremendo vuelco.
Leonor, a la que nunca dejó de amar, había muerto. Y ahora tenía una hija. De repente, a sus 43 años, era padre. Así, sin pedirle permiso, sin buscarlo.
-¿Y ahora qué? - dijo, frotándose las manos, nervioso - Al menos me ahorré lo del cambio de pañales.
Nunca había pensado en tener hijos. Para eso era necesario primero contar con una mujer con la que querer pasar el resto de la vida. Y esa mujer no llegó a existir. La única que podría haber sido esa mujer, Leonor, había desaparecido de repente.
Oyó a lo lejos el ruido de la ducha.
Leonor estaba acurrucada en la bañera. El agua caliente caía sobre su cuerpo. Otra vez lloraba. Por una parte estaba aliviada. Tenía un sitio donde dormir. Al menos por unos días. ¿Pero después qué? Aunque Fernando era su padre biológico, era un desconocido. No tenía ninguna obligación para con ella. Podría, simplemente, echarla de la casa como había hecho el desalmado del casero.
Y entonces, volvería a estar sola. Sin sitio a donde ir. Sin futuro alguno. Sin ninguna esperanza.
Se desahogó unos minutos y después recordó a su madre. Aunque al final la maldita enfermedad pudo con ella, siempre había sido una luchadora. Nunca se dejó derrotar y las había sacado a las dos adelante. Habían tenido una vida pobre, sin lujos, pero digna.
"Vive el día a día, Leonor. Las cosas al final, se arreglan", le solía decir.
Se levantó, se enjabonó y después de secó. Se sentía algo mejor. Se envolvió en una toalla y se fue a su habitación.
Había sido un día agotador, lleno de nervios, de temores. Necesitaba dormir. Buscó en su maleta un pijama y se lo puso. Abrió la cama dispuesta a acostarse y abandonarse a un reparador sueño, pero se dijo que debía, al menos, darle las buenas noches a Fernando. Siempre le daba las buenas noches a su madre. Ella solía abrazarla y darle un beso en la frente. ¡Cómo echaba eso de menos! Solo el recordarlo hizo que sus ojos se humedecieran.
Descalza, salió del cuarto para decirle a Fernando - aún no podía considerarlo como su padre -que se iba a acostar. Siempre había vivido sola con su madre, así que ni se fijó en como iba vestida. Se acercó a la puerta del salón.
-Fernando, me voy a dormir. Estoy muy cansada.
-Va...vale...Leonor. Que descanses.
Cuando la vio aparecer, Fernando sintió un estremecimiento. Por un momento pensó que era Leonor, la madre, no Leonor, la hija. La miró mejor, dándose cuenta de quien era. Y de como iba vestida. Con un pijama corto, ajustado, que dibujaba un precioso cuerpo, de figura esbelta. Supo que no llevaba sujetador. Sus generosos pechos se marcaban con total claridad, así que desvió la mirada con rapidez o se habría quedado embobado mirándolos.
Pero cuando ella se dio la vuelta, no pudo evitar que sus ojos se clavasen en sus nalgas. Un culito redondo, respingón, precioso, que el ceñido pantaloncito no hacía más que resaltar. Se quedó paralizado mirando como se mecía hasta perderse por el fondo del pasillo.
-¡Wow! - exclamó en un susurro.
Sintió una presión en los pantalones. Tenía la polla dura.
-¡Joder!
Leonor, ajena a todo, se metió en la cama, se acurrucó, tapándose hasta las orejas, y se durmió en el acto. Fernando, sin embargo, se pasó largo rato sentado en el sofá, sin prestarle atención a la televisión. Sin prestarle atención a nada. Solo pensaba, cavilaba.
-¿Y ahora qué? ¿Qué hago? ¡Una hija! Así, de sopetón. Sin avisar.
A las tantas de la madrugada sintió ganas de irse a dormir. Se levantó, apagó la tele, las luces y se fue a su habitación. Pasó antes por el baño, a hacer pis. Cuando salió, miró hacia la puerta del cuarto de invitados. ¿Estaría ella bien?
Se acercó cauteloso y escuchó a través de la puerta. No oyó nada. -Buena señal - se dijo. Pensó que detrás de esa puerta Leonor dormiría, con ese pijamita tan sexy que la hacía tan adorable y apetecible.
Notó que su polla empezaba otra vez a hincharse y se marchó, sigiloso pero deprisa, hacia su cuarto.
-¡Joder, Fernando! ¡Qué es tu hija!
Se puso un pijama y metió en la cama, dispuesto a dormir. Le costó, pero el sueño, finalmente, le venció.
+++++
Cuando Leonor abrió los ojos, al principio no sabía en donde se encontraba. Lo primero que notó fue que la cama le era extraña. También el olor de la habitación. Poco a poco empezó a recordar.
Estaba en casa de su padre. Todo volvió a su mente. Toda la angustia, todo el dolor. Se levantó y salió al pasillo. La casa estaba en silencio. Apenas la conocía. El salón, el pasillo, el baño y el cuarto en donde había dormido. Se dirigió al baño.
Fernando se despertó. No había descansado mucho. Su sueño había sido agitado. Tenía muchas ganas de orinar, así que con los ojos terrosos y medio cerrados, se levantó y salió a prisa hacia el baño.
Abrió la puerta y se quedó congelado. Allí, sentada en la taza del wáter, estaba Leonor. Los dos se sobresaltaron.
-Uy, perdona - dijo Fernando, saliendo y cerrando la puerta.
Se fue corriendo al baño pequeño. No se pudo quitar la imagen de Leonor de la cabeza. Estaba sentada, con el pantaloncito en los tobillos. Sus piernas eran preciosas. Largas, torneadas. De piel blanca y seguramente suave y sedosa. Cuando llegó al baño le costó orinar. La polla volvía a tenerla dura.
Leonor terminó de orinar y volvió a su habitación. Se dijo que tendría que tener más cuidado. Ya no estaba sola con su madre. Ahora, al menos por un tiempo, iba a vivir con su padre. La próxima vez cerraría con pestillo la puerta.
Se miró en el espejo que había sobre la cómoda del cuarto. Estaba despeinada, con los ojos aún algo hinchados. Sacó de la maleta su neceser y se adecentó un poco. Cepilló su azabache cabello. A su mente acudió la imagen de su madre cepillándole el pelo suavemente largos minutos. Le entraron ganas de volver a llorar, pero se dijo que no. Que ese era un recuerdo lindo. Algo que siempre tendría. Así que se forzó en sonreír, y lo consiguió.
En la otra punta de la casa, Fernando hacía esfuerzos para vaciar su vejiga. La fuerte erección que tenía no le ayudaba. Cuando por fin pudo desprenderse de toda la orina, su polla se negaba a desinflarse. Solo había una cosa que podía hacer. Se aseguró de que la puerta del baño estaba cerrada, se agarró la polla y empezó una 'terapéutica' paja. Aunque trató por todos los medios de no pensar en la hermosa muchacha que tenía bajo su techo, no pudo evitar que su imagen se mezclara con la imagen de las otras mujeres en que solía pensar cuando se masturbaba.
Se corrió con intensidad, apuntando el chorro de abundante y espeso semen dentro de la taza. Jadeando tras el reparador orgasmo, echó de la cadena y se lavó las manos. Su polla empezó la retirada.
Salió del baño y fue hacia la cocina, a prepararse un café. Lo necesitaba.
+++++
La cafetera empezó a burbujear. Leonor la escuchó desde su habitación. Le apetecía un café calentito. Buscó sus zapatillas en la maleta y se la puso. Salió de su cuarto y siguió el agradable aroma de café recién hecho hasta la cocina. Allí estaba Fernando, de espaldas.
-Hola. Buenos días - saludó Leonor.
Fernando se giró para mirarla. Seguía con aquel pijamita tan sexy. Su cabello lucía recién peinado. Luchó con todas sus fuerzas para que sus ojos no se fueran derechos a las dos prominentes redondeces que eran los pechos de la chica.
-Ho...hola Leonor. ¿Qué tal has dormido?
-Bastante bien. La verdad es que estaba agotada.
-Sí, imagino. ¿Te apetece un cafecito?
-Sí, por favor.
-¿Cómo lo quieres? ¿Solo, con leche? No tengo sacarina. Solo insalubre azúcar refinado.
-Con un poco de leche y azúcar.
Fernando sirvió dos humeantes tazas y las puso sobre la mesa de la cocina. Ella se sentó.
-Oye... perdona por lo de antes - dijo Fernando - No estoy acostumbrado a que haya alguien en casa.
-No pasa nada. Fue culpa mía. En casa nunca cerrábamos las puertas con llave.
-Bueno, a partir de ahora tocaré ante una puerta cerrada, por si las moscas.
-Vale - dijo Leonor con una suave y encantadora sonrisa.
Se tomaron el café, en silencio. Fernando lo intentó, pero no pudo evitar admirarla cuando ella tenía la vista baja. Sus pechos subían y bajaba al ritmo de su suave respiración. La tela del fino pijama era como una segunda piel. Los pezones de la chica se intuían claramente. Los pechos, a pesar de su generoso tamaño, se adivinaban duritos y levantados, aún sin sujetador.
"Ummm, vaya par de tetas que tiene esta chica", se dijo Fernando con los ojos clavados en ellas, pero atento a la mirada de Leonor para cambiar la suya con rapidez. Su polla empezó a despertarse otra vez.
-Gracias por el café, Fernando. Gracias... por todo.
-No hay de qué, Leonor.
Leonor miró a Fernando. Miró a su padre. Su madre nunca le habló mucho de él. Apenas unas palabras cuando ella, de pequeña, le preguntaba. Crecer sin un padre le resultó duro, sobre todo cuando fue lo suficientemente mayor como ver a sus amigas con sus propios padres. Siempre le faltó algo. Aunque su madre la colmó de cariño y amor, siempre sintió que no era completo. Quizás por ser mujer anhelaba el calor de un padre. Poco a poco fue entendiendo que eso que necesitaba nunca lo iba a tener. Su padre estaba muerto y solo tenía a su madre.
Sin embargo, su madre ya no estaba y sentado, en frente suyo, el que sí estaba era Fernando.
Sus miradas se encontraban de vez en cuando. Ninguno de los dos sabía que decir. Eran, después de todo, unos completos desconocidos. El primero que habló fue Fernando.
-¿Qué piensas hacer, Leonor?
Ella se estremeció. Los dedos le temblaron. Entendió que él la estaba echando, que la urgía a desaparecer lo más pronto posible de su casa, de su vida. Casi no le salió la voz cuando le respondió, con la mirada baja.
-No...no lo sé. No te preocupes por mí. Mañana me iré. Ye me las arreglaré.
Fernando vio como ella temblaba. Como de sus ojos caían nuevamente lágrimas. Comprendió que su pregunta, así, de sopetón, en las circunstancias de ella, había sido un poco cruel. Se maldijo a sí mismo por ser tan insensible. Se levantó y fue hacia ella. Se arrodilló a su lado.
-Me entendiste mal, Leonor - le dijo, con voz suave - No tienes que irte a ninguna parte. Esta es ahora tu casa. Puedes quedarte el tiempo que quieras. Es solo que como te dije no estoy acostumbrado a vivir con nadie. Dame tiempo para acostumbrarme ¿Vale?
Ella le miró, con sus lindos ojos negros. Él acercó una mano y le secó las lágrimas, calmándola en el acto. Sintió tanto alivio ante la posibilidad de quedarse allí, de no tener que vagabundear por las calles, que se arrodilló junto a él y lo abrazó con fuerza.
-Gracias, gracias Fernando. Eres todo lo que me queda. Trataré de no ser un estorbo para ti. Y en cuanto pueda valerme por mí misma, me iré.
Sorprendido por el repentino abrazo, Fernando la rodeó también con sus brazos, con cautela. Contra su pecho sintió como se aplastaban los dos de ella, haciendo que su entrepierna pugnara por coger aire. Le acarició el cabello, con ternura.
"Joder, tú siempre a lo tuyo" -dijo, dirigiéndose mentalmente a su descarada polla. "¡Qué es tu hija, coño!"
-Venga, siéntate.
Ella volvió a sentarse y él hizo lo propio, con rapidez, para que ella no llegase a ver el evidente bulto que se formaba en su pijama.
-A lo que me refería antes es que... Bueno. No sé nada de ti. ¿Qué haces? ¿Estudias, trabajas? - preguntó, poniendo cara de bobo al darse cuenta de que parecía la clásica pregunta de un ligón de discoteca.
-Estaba estudiando para técnico de laboratorio.
-¿De grado superior?
-Sí. Pero lo dejé cuando mi madre...enfermó.
-Bueno, ¿Pero podrás retomarlo, no?
-Supongo. Buscaré un trabajo. No quiero ser una carga.
-Leonor...no hace falta. No soy rico, pero vivo desahogadamente. Puedes concentrarte en los estudios.
Fernando se sorprendió a sí mismo. Se dio cuenta de que estaba ejerciendo de padre responsable.
-¿A qué te dedicas? - se interesó ella.
-Soy arquitecto municipal.
-Funcionario.
-Jeje sí. Pero de los que trabajan.
-¿Los hay que trabajan? No sabía... -dijo ella con cara inocente.
Los dos rieron con ganas, haciendo que la tensión se suavizara bastante. Lo que no se suavizó fue la hombría de Fernando, ya que la risa de Leonor hacía que sus pechos se moviesen arriba y abajo... turgentes... apetecibles.
"Esto va a ser un tortura. Como siga usando esos pijamitas a mi me da algo.", pensó Fernando. "Será mi hija, pero está más buena que el pan...Joder, ya está hablando mi lado sátiro".
Esperó unos minutos para que sus partes nobles se calmaran.
-Si vas a vivir aquí, será mejor que conozcas la casa. No es que sea una mansión, pero es lo que hay.
-Solo el salón es más grande que donde vivía con... mi madre.
-Bien. Esto, habrás adivinado, es la cocina - dijo haciendo un gesto y abarcando la estancia.
-Sí, eso lo pillé - respondió Leonor, sonriendo.
-Chica lista. Esa puerta da a la despensa. Aquella da al cuarto de lavado. Ven.
Se levantó y Leonor lo siguió. Abrió la puerta que daba a la pequeña solana.
-Lavadora y sacadora. Esa cesta es para la ropa sucia. Dos veces en semana, lunes y jueves, viene una señora a limpiar la casa. Ella pone la lavadora y se encarga de todo.
-Bien.
Leonor lo siguió por el resto de la casa. Su padre le enseñó el baño pequeño, la habitación que usaba él como estudio y otra habitación con dos camas.
-Es una casa grande - dijo la chica.
-Bueno, sí. Para una persona sola es algo grande. Pero fue una oportunidad. La compré más bien como inversión para el futuro y al final me acostumbré a vivir aquí.
-Ah, veo.
La llevó al baño principal, en donde hacía un rato la había pillado orinando.
-Coge dos repisas del armarito para tus cosas. Los mejunjes de mujer.
-Vale. Gracias.
-Y... bien. Eso es todo.
Ella le miró a los ojos. Al ser más baja que él, tenía que levantar la cara.
-Gracias otra vez, Fernando... por...
-Nah, ya basta de gracias - la cortó, esbozando una sonrisa.
Sus ojos negros eran preciosos. Algo tristes, pero hermosos. Sus labios carnosos, invitaban a besarlos. Más abajo, aunque luchaba por no mirarlas, Fernando sabía que sobresalían sus dos hermosas tetas.
-Te dejo tranquilo para que hagas lo que suelas hacer. No quiero ser un estorbo.
-Ay, que no eres un estorbo, mujer. Es domingo, y los domingos no hago nada. Bueno sí.
-¿Qué?
-El vago.
-Jajajaja.
La sincera risa de Leonor volvió a provocar un sensual movimiento de las redondeces de la hermosa joven. Fernando desvió la mirada.
-Bueno... esto...voy a vestirme e iré a por pan - dijo Fernando saliendo con rapidez del baño.
Leonor estaba en la puerta, y al pasar Fernando junto a ella, se rozaron. Él echó las caderas hacia atrás para no restregarle su medio dura polla por la barriga, pero no pudo evitar que las dos tetas de Leonor rozaran su pecho. Ella no le dio importancia, ni se dio cuenta, pero a Fernando le provocó que su polla se pusiese dura del todo y se escondió metiéndose en su dormitorio.
Para mantener a ralla a su descarado amigo, decidió ponerse un ajustado vaquero.
Leonor también se fue a su cuarto. Se quitó el pijama, se puso unas bragas, unos vaqueros y una camisa. Como no pensaba salir, no se puso sujetador. No solía llevarlo nunca en casa.
Ya más tranquila después de hablar con Fernando, sacó las cosas de la maleta y empezó a colocarla en el armario. Había salido tan precipitadamente de su casa que no pudo coger todas sus cosas.
Lo que sí cogió, lo único que jamás habría dejado, fue un porta retratos con una foto de su madre. La colocó sobre la cómoda, mirándola con un nudo en la garganta.
-Pues ya está, mamá - le dijo a la foto - Ya conocí a mi padre. Parece un buen hombre. Me ha...acogido en su casa. Creo que estaré bien.
Se secó las lágrimas que no pudo evitar que cayeran por sus mejillas. Cogió el pijama y salió hacia la solana. Lo dejó, junto a otras prendas, en la cesta de la ropa sucia. Después regresó al salón.
Allí estaba ya Fernando. Cuando la vio entrar, apretó los dientes.
"¿Es que esta niña no conoce los sujetadores? ¡Joder!" -. gruñó para adentro al ver claramente las dos tetas casi desnudas.
-He puesto ropa a lavar. ¿No te importa, verdad?
-Claro que no mujer. Mañana la señora pondrá la lavadora.
-Bien.
Leonor se frotó los muslos. No sabía qué hacer. Se acercó al otro sofá y se sentó. Puso las manos sobre las rodillas, mirando al techo.
-¡Así que el vago! - se le ocurrió decir.
-Sip. Algunos dirían que el funcionario.
-Jajajajaja.
Fernando se arrepintió enseguida del tonto chiste. No por la encantadora risa de Leonor, sino por como se movían sus tetas al compás de su risa. Y encima, el pantalón ajustado no solo no evitó que su polla no se empezara a despertar, sino que al estar tan constreñida, le molestaba.
-Ah, el pan. Bajo a la panadería de la esquina. ¿Quieres algo especial?
-No, pan está bien.
-A esta hora lo tienen calentito. Vuelvo enseguida.
La dejó allí sentada y salió a toda prisa hacia la puerta, esperando que la presión de los pantalones cesase.
Leonor aprovechó que Fernando se iba para levantarse y mirar las fotos que había en uno de los muebles. Eran gente totalmente desconocida para ella. Dos personas mayores. Se preguntó si serían los padres de Fernando, sus abuelos. Vio la foto de una mujer, de 30 y largos. Se parecía algo a su padre. ¿Sería su tía? ¿Sería esa la mujer que su madre había visto con Fernando y que había tomado por su esposa?
Se dijo, con tristeza, que si ese día lo hubiese visto solo, quizás las cosas habrían sido diferentes. Pero ya no se podía hacer nada.
El ruido de la puerta la hizo girar. Fernando, con una bolsa en la mano, iba hacia la cocina.
-¡Pan calentito, Leonor! Vamos a desayunar - le gritó por el camino.
Lo siguió a la cocina y le ayudó a preparar el desayuno. Él le fue indicando donde estaban las cosas.
Fernando lo intentó. Con todas sus fuerzas, pero no podía evitar mirarla. Sería su hija, pero su mente no la veía así. Al menos no aún. Lo que su mente veía era una mujer hermosa, con un cuerpo de infarto. Si su culito ya era hermoso en con pijama, ahora, enfundado en aquellos vaqueros, era... ¡Perfecto!
La presión de sus pantalones, en la zona baja, volvió.
Desayunaron y se fueron a ver la tele. Fernando buscó una película para ver. Los dos trataban de hablar, para conocerse un poco.
Al medio día le preguntó a Leonor si le gustaba la comida china. Ella le dijo que le encantaba y pidieron arroz tres delicias, tallarines tres delicias, ternera con pimientos y pollo con almendras.
Después de comer Fernando le dijo que se iba a hacer una siestita. Ella también se fue a su cuarto a dormir un poco. Leonor se durmió enseguida, no así Fernando. Su polla, dura como una piedra, no le dejaba.
No tuvo más remedio que agarrarla y darle lo que quería. Empezó una placentera paja, con los ojos cerrados. Nicole Kidman, arrodillada entre sus piernas, le sonreía acercando su boca a su enhiesta polla. Pero su precioso cabello rubio se fue oscureciendo y su cara se fue transformando en la de Leonor.
-'Dita sea...
Apretó los ojos. Scarlett Johanson, vestida de blanco y rubita, corría por el desierto. No era Ewan McGregor, sino él, el que iba con ella. El que le miraba aquel precioso culito.
-¿Te gusta mi culito... papi? - le preguntó Scarlett, solo que ya no era Scarlett... era Leonor.
Estaba claro que su cabeza iba por libre. Que le importaba un bledo quien era ella. Fernando se dijo que era inútil luchar, que mientras todo quedase ahí, encerrado en su libidinosa cabeza, no pasaría nada. Se abandonó a su lujuriosa imaginación.
-Me encanta tu culito, Leonor.
-¿Y nada más? - le preguntó ella, mirándolo como miraban las chicas de los videos de internet y acariciándose las tetas.
-Tienes unas tetas preciosas. Toda tú eres preciosa.
-¿Por eso me miras tanto?
-¿Te diste cuenta?
-Y también vi como se te pone la polla. ¿Es por mí, papi?
-Claro que es por ti - le dijo, acercándose a ella y tomándola entre sus brazos. La agarró por el soberbio culo y le restregó la polla por la barriga. Ella, gimió.
Minutos después Fernando estalló en un intenso orgasmo que lo dejó relajado y pudo dormir.
El resto del día pasó igual. Vieron un poco la tele. Intentaron hablar, conocerse, pero ninguno de los dos sabía muy bien qué decir.
Sobre las once de la noche, Fernando se despidió.
-Mañana me levanto temprano, Leonor. Me voy a dormir.
-Ah, bien.
-Esto..., la señora llega a las nueve. Tiene llave, así que no te preocupes. Le dejaré una nota. Tú...haz lo que quieras. Puedes tomarte un par de días sin hacer nada antes de volver a las clases.
-Sí, eso haré. Gracias.
-De nada. Buenas noches.
-Buenas noches.
Leonor se quedó un rato más viendo la tele. Cuando el sueño la venció se fue a dormir.
A los pocos segundos, el timbre volvió a sonar.
-¡Joder!
Entonces se acordó de que aunque el partido fuese en directo, podía pausarlo, despachar al pesado que estuviese tras la puerta y seguir viendo luego el encuentro desde el mismo punto. Cogió el mando y pulsó la tecla de pausa.
-¡Maravillas de la técnica! - dijo cuando en la pantalla quedó congelada la imagen de Iniesta pasándole el balón a Chavi.
Se dirigió a la puerta y, con cara de pocos amigos, abrió. La cara le cambió ipso facto cuando vio quien tocaba. Era una preciosa chica, de pelo negro azabache pero de piel blanca como la nieve. El cabello lo tenía largo, ligeramente rizado, sobre los hombros. Vestía ropa vaquera y llevaba una mochila. A sus pies, una maleta.
-¿Sí? -preguntó Fernando, mirando de arriba a abajo a la bella joven.
-¿Eres Fernando Cifuentes?
-Sí.
-Hola. Soy... tu hija.
-¿Qué? ¿Es una broma?
-No. No es broma - respondió la chica, visiblemente nerviosa.
Fernando la volvió a mirar de arriba a abajo. Él no tenía ninguna hija. Debía de ser una broma de mal gusto o tratarse de alguna desequilibrada. Se acordó del pase de Iniesta que tenía en pausa y en ese momento algún vecino gritó ¡GOOOOOOOL!
"Seguro que Messi metió un golazo" - se dijo.
-Mira, guapa, no tengo ninguna hija. Vete a molestar a otro.
Le cerró la puerta en las narices y volvió al salón. Se sentó, pulsó play y disfrutó al ver como Messi recibía el balón y entre cinco contrarios se escabullía y ponía el balón en el fondo de las mallas.
-¡Toma...GOOOOOOOOOOL! - gritó.
Siguió viendo el partido hasta que a los dos minutos el árbitro pitó el final de la primera mitad. Contento, se levantó y fue a la cocina a por una cervecita y algo para picar hasta que empezara la segunda parte.
Al pasar junto a la puerta principal le pareció oír un sollozo. Se acercó, pegó la oreja y ahora oyó claramente a alguien llorar. Abrió la puerta y se encontró a aquella chica, sentada en el suelo, con la cara entre las manos y llorando desconsoladamente. ´
Fernando sintió pena por aquella extraña. Se arrodilló y le tocó una rodilla.
-Hey, ¿Qué te pasa? - le preguntó.
Ella, sin levantar la vista, entre suspiro y suspiro, trató de hablar.
-No tengo... a donde ir. ¿Qué va a ser de mí?
Ella levantó la mirada. Sus bellos ojos negros ahora estaban rojos, hinchados, llenos de lágrimas. Su cara reflejaba una profunda pena que caló en el alma de Fernando.
-Tranquila, tranquila. Ven, levántate.
La ayudó a levantarse. Ella seguía llorando, en silencio.
Fernando volvió a mirarla. ¿Qué hacer? ¿Volver a cerrarle la puerta en las narices? Se dijo que no. Que no sería de buen samaritano.
-¿Cómo que no tienes a donde ir? Pasa y llamaremos a tus padres.
-Mi madre ha muerto. Ya...ya no tengo casa.
-¿Y algún familiar? ¿Algún tío, abuela? ¿Alguien?
-No. No tengo a nadie. Estoy sola.
La chica perdió las fuerzas y casi se cae al suelo, pero Fernando fue rápido y la sostuvo.
-Hey, hey. ¿Cuánto hace que no comes?
-No... no lo sé.
-Ven, pasa. Tienes que comer algo. Ya arreglaremos las cosas luego.
La ayudó a entrar en la casa. Cogió la maleta y la dejó junto a la puerta. Le quitó la mochila que llevaba, y no pudo evitar fijarse en los hermosos pechos que lucía la joven. Era delgada pero sus senos parecían abundantes. Debía tener 21 o 22 años, como mucho.
La llevó al salón y la hizo sentar en el sofá. Desde su posición más alta, sus pechos parecían aún más apetitosos.
"Joder, Fernandito. Esta chica hecha polvo y tú mirándole las tetas. Eres un salido"
-Espera aquí. Te traeré algo de comer.
La dejó allí y se fue a la cocina. Le preparó un par de sándwiches de jamón y queso, cogió una lata de refresco y se lo llevó.
Se la encontró hecha un ovillo, sobre el sofá, llorando otra vez. Dejó la comida sobre la mesa y se sentó a su lado.
-Oye, tranquila. No pasa nada. Todo está bien. Mira, se ve que tienes hambre. Te traje mi especialidad. Sándwich de jamón y queso.
La chica se incorporó, se secó las lágrimas y cogió un sándwich. Se lo llevó a la boca y empezó a comer.
-Gracias - dijo
Fernando le abrió la lata de cola y se la dio. Ella le dio un buen trago.
-¿Cómo te llamas?
-Leonor.
-Lindo nombre. Leonor...
Ese nombre le trajo recuerdos. De su primer amor. También se llamaba Leonor. Y también era morena, de piel clara. Se fijó mejor en la chica que devoraba el sándwich y se dijo que se parecía mucho a aquella Leonor de su juventud.
Entonces la chica sacó algo de su bolsillo. Parecía un sobre. Se veía raído, sucio, arrugado al estar en el bolsillo. Se lo acercó a Fernando.
Sus miradas se encontraron un segundo. Él vio miedo en los ojos de la muchacha. Cogió el sobre. Fuera, escrito a mano, ponía Leonor.
Metió los dedos y sacó el contenido. Una carta, escrita también a mano, y una foto. Cuando miró la foto, su corazón casi se para. Era una foto de él y de la Leonor de su pasado. Había sido tomada en la playa, en aquel mágico verano en que la conoció. Boquiabierto, miró la foto y después a la chica. Ahora el parecido era más evidente.
-¿Eres...eres su hija?
-Sí.
-Entonces, ella...
-Murió la semana pasada - dijo la chica al tiempo que una lágrima caía por su mejilla - Esa carta me la dio el día que murió.
Fernando aún no podía reaccionar. Se quedó mirando a la chica, que se frotaba las manos, nerviosa. Cuando se serenó un poco, empezó a leer.
"Mi querida Leonor.
Ya no puedo seguir luchando más. Al final, esta maldita enfermedad me ha vencido. Créeme si te digo que he luchado con todas mis fuerzas, por ti, por no dejarte sola.
Pero ya no puedo más. Las fuerzas me abandonan y sé que se acerca el final. Lo que más siento, por encima de todas las cosas, es que te quedes sola. Eso no me deja descansar.
Por eso te voy a decir la verdad. Y la verdad es que tu padre no ha muerto. Te mentí. Aún vive. Y no sabe nada de ti. No sabe que existes.
Lo conocí un verano. Nos enamoramos locamente y me quedé embarazada de ti. Pero mi familia se enteró y me llevó lejos, arrancándome de su lado, sin poderme siquiera despedir de él.
Traté de buscarle, pero no pude. No sabía casi nada de él. Odié a mis padres por haberme separado de mi primer y único amor, y por eso me marché de casa.
Quizás no debí hacerlo. No te pude dar una vida digna. Mi familia era una familia con dinero y por orgullo renuncié a todo aquello. Te quité lo que era tuyo.
Años después, por casualidad, me encontré con él. Lo reconocí enseguida, pero él no me vio. Quise acercarme, decirle que era el padre de una preciosa niña, pero no estaba solo. Estaba con otra mujer. Supuse que se habría casado, que tendría otros hijos. No quise destrozarle a él también la vida.
Pero ya no tengo tiempo. No puedo seguir cuidando de ti. Búscalo, dile quien eres. Y dile que nunca dejé de amarlo.
Se llama Fernando Cifuentes.
Te quiere, siempre, tu madre"
Mientras él leía la carta, Leonor le miraba. Con el corazón encogido. Era su padre, pero no lo conocía. Y era lo único que le quedaba.
Fernando terminó de leer. Con un nudo en el estómago levantó lentamente la mirada para encontrarse con la de Leonor. Sin saber como, supo que era verdad. Supo que esa chica era en verdad su hija.
-¿Por qué no me lo dijo? ¿Por qué? Yo también la busqué. Y cuando al fin di con sus padres me dijeron que se había ido, que no sabían nada de ella.
-No lo sé. La verdad, no lo sé. No quería destrozar tu vida, supongo. Tu... matrimonio.
Uno de los temores de Leonor, además de ser rechazada por su padre, era que su mujer no la aceptara tampoco. Que no permitiera que una extraña se entrometiera en sus vidas.
-¿Pero qué matrimonio? ¡Si nunca me he casado!
Ella le miró, sorprendida.
-No entiendo...Entonces... ¿Esa mujer con la que ella te vio?
-No sé con quien me vería. ¡Quién sabe! Una amiga, mi hermana. No lo sé.
Fernando empezó a comprender. Leonor, su primer amor, a la que buscó todo lo que pudo, ya no estaba. Ahora sabía por qué había desaparecido de repente, sin una explicación, sin una adiós. Ahora sabía que ella también lo buscó. Y que cuando por fin lo había encontrado, por una maldita confusión no pudieron volver a estar juntos. ¡Pero si él jamás había vuelto a amar a ninguna mujer como la había amado a ella!
Miró a Leonor, su hija, una desconocida. El vivo retrato de su madre. Temblaba. Estaba aterrada.
-Siento lo de tu madre.
Ella se derrumbó y comenzó a llorar desconsoladamente de nuevo. Fernando se acercó a ella y la abrazó.
-Tranquila, Leonor. Todo se va a arreglar.
-No... ella...ella ya no está. Estoy sola. Sin nadie. Sin sitio a donde ir. Sin sitio en donde vivir.
-¿Cómo es eso?
-Vivíamos de alquiler. El casero me echó cuando no pude pagarle el alquiler.
Fernando le acarició el cabello, tratando de calmarla. Ella seguía llorando.
-Bueno, te puedes quedar aquí hasta que busquemos una solución.
Leonor gimió, en su llanto, pero ahora de alivio. Se veía a sí misma vagando por las calles, durmiendo en algún sucio portal, expuesta a quién sabe qué. Pero ahora, ese hombre, su... padre, le ofrecía cobijo, aunque fuera temporal.
-Gra... gracias.
-No hay de qué.
Se quedaron unos minutos así, abrazados, hasta que ella se empezó a calmar.
-Debes de estar agotada.
-Sí, no puedo más.
-Date una ducha y te vas a dormir. Ya verás como mañana no ves las cosas tan negras.
-Gracias...Fernando.
Una leve sonrisa apareció en los labios de la chica. Aún con la cara sucia, enrojecida e hinchada, era hermosa.
-Ven, tengo una habitación para invitados.
Le cogió la maleta y la mochila y la llevó hasta la habitación. Era sencilla pero completa.
-Instálate. El baño principal está allí - le dijo señalando una puerta al final del pasillo.
-Gracias.
-Y deja de darme las gracias, ¿Vale? - dijo, sonriendo.
-Vale - respondió, también con una sonrisa.
La dejó en la habitación y volvió al salón. Se sentó en el sofá. En la televisión Messi marcaba otro golazo de los suyos, pero Fernando no le prestaba la más mínima atención. Su vida, en un instante, había dado un tremendo vuelco.
Leonor, a la que nunca dejó de amar, había muerto. Y ahora tenía una hija. De repente, a sus 43 años, era padre. Así, sin pedirle permiso, sin buscarlo.
-¿Y ahora qué? - dijo, frotándose las manos, nervioso - Al menos me ahorré lo del cambio de pañales.
Nunca había pensado en tener hijos. Para eso era necesario primero contar con una mujer con la que querer pasar el resto de la vida. Y esa mujer no llegó a existir. La única que podría haber sido esa mujer, Leonor, había desaparecido de repente.
Oyó a lo lejos el ruido de la ducha.
Leonor estaba acurrucada en la bañera. El agua caliente caía sobre su cuerpo. Otra vez lloraba. Por una parte estaba aliviada. Tenía un sitio donde dormir. Al menos por unos días. ¿Pero después qué? Aunque Fernando era su padre biológico, era un desconocido. No tenía ninguna obligación para con ella. Podría, simplemente, echarla de la casa como había hecho el desalmado del casero.
Y entonces, volvería a estar sola. Sin sitio a donde ir. Sin futuro alguno. Sin ninguna esperanza.
Se desahogó unos minutos y después recordó a su madre. Aunque al final la maldita enfermedad pudo con ella, siempre había sido una luchadora. Nunca se dejó derrotar y las había sacado a las dos adelante. Habían tenido una vida pobre, sin lujos, pero digna.
"Vive el día a día, Leonor. Las cosas al final, se arreglan", le solía decir.
Se levantó, se enjabonó y después de secó. Se sentía algo mejor. Se envolvió en una toalla y se fue a su habitación.
Había sido un día agotador, lleno de nervios, de temores. Necesitaba dormir. Buscó en su maleta un pijama y se lo puso. Abrió la cama dispuesta a acostarse y abandonarse a un reparador sueño, pero se dijo que debía, al menos, darle las buenas noches a Fernando. Siempre le daba las buenas noches a su madre. Ella solía abrazarla y darle un beso en la frente. ¡Cómo echaba eso de menos! Solo el recordarlo hizo que sus ojos se humedecieran.
Descalza, salió del cuarto para decirle a Fernando - aún no podía considerarlo como su padre -que se iba a acostar. Siempre había vivido sola con su madre, así que ni se fijó en como iba vestida. Se acercó a la puerta del salón.
-Fernando, me voy a dormir. Estoy muy cansada.
-Va...vale...Leonor. Que descanses.
Cuando la vio aparecer, Fernando sintió un estremecimiento. Por un momento pensó que era Leonor, la madre, no Leonor, la hija. La miró mejor, dándose cuenta de quien era. Y de como iba vestida. Con un pijama corto, ajustado, que dibujaba un precioso cuerpo, de figura esbelta. Supo que no llevaba sujetador. Sus generosos pechos se marcaban con total claridad, así que desvió la mirada con rapidez o se habría quedado embobado mirándolos.
Pero cuando ella se dio la vuelta, no pudo evitar que sus ojos se clavasen en sus nalgas. Un culito redondo, respingón, precioso, que el ceñido pantaloncito no hacía más que resaltar. Se quedó paralizado mirando como se mecía hasta perderse por el fondo del pasillo.
-¡Wow! - exclamó en un susurro.
Sintió una presión en los pantalones. Tenía la polla dura.
-¡Joder!
Leonor, ajena a todo, se metió en la cama, se acurrucó, tapándose hasta las orejas, y se durmió en el acto. Fernando, sin embargo, se pasó largo rato sentado en el sofá, sin prestarle atención a la televisión. Sin prestarle atención a nada. Solo pensaba, cavilaba.
-¿Y ahora qué? ¿Qué hago? ¡Una hija! Así, de sopetón. Sin avisar.
A las tantas de la madrugada sintió ganas de irse a dormir. Se levantó, apagó la tele, las luces y se fue a su habitación. Pasó antes por el baño, a hacer pis. Cuando salió, miró hacia la puerta del cuarto de invitados. ¿Estaría ella bien?
Se acercó cauteloso y escuchó a través de la puerta. No oyó nada. -Buena señal - se dijo. Pensó que detrás de esa puerta Leonor dormiría, con ese pijamita tan sexy que la hacía tan adorable y apetecible.
Notó que su polla empezaba otra vez a hincharse y se marchó, sigiloso pero deprisa, hacia su cuarto.
-¡Joder, Fernando! ¡Qué es tu hija!
Se puso un pijama y metió en la cama, dispuesto a dormir. Le costó, pero el sueño, finalmente, le venció.
+++++
Cuando Leonor abrió los ojos, al principio no sabía en donde se encontraba. Lo primero que notó fue que la cama le era extraña. También el olor de la habitación. Poco a poco empezó a recordar.
Estaba en casa de su padre. Todo volvió a su mente. Toda la angustia, todo el dolor. Se levantó y salió al pasillo. La casa estaba en silencio. Apenas la conocía. El salón, el pasillo, el baño y el cuarto en donde había dormido. Se dirigió al baño.
Fernando se despertó. No había descansado mucho. Su sueño había sido agitado. Tenía muchas ganas de orinar, así que con los ojos terrosos y medio cerrados, se levantó y salió a prisa hacia el baño.
Abrió la puerta y se quedó congelado. Allí, sentada en la taza del wáter, estaba Leonor. Los dos se sobresaltaron.
-Uy, perdona - dijo Fernando, saliendo y cerrando la puerta.
Se fue corriendo al baño pequeño. No se pudo quitar la imagen de Leonor de la cabeza. Estaba sentada, con el pantaloncito en los tobillos. Sus piernas eran preciosas. Largas, torneadas. De piel blanca y seguramente suave y sedosa. Cuando llegó al baño le costó orinar. La polla volvía a tenerla dura.
Leonor terminó de orinar y volvió a su habitación. Se dijo que tendría que tener más cuidado. Ya no estaba sola con su madre. Ahora, al menos por un tiempo, iba a vivir con su padre. La próxima vez cerraría con pestillo la puerta.
Se miró en el espejo que había sobre la cómoda del cuarto. Estaba despeinada, con los ojos aún algo hinchados. Sacó de la maleta su neceser y se adecentó un poco. Cepilló su azabache cabello. A su mente acudió la imagen de su madre cepillándole el pelo suavemente largos minutos. Le entraron ganas de volver a llorar, pero se dijo que no. Que ese era un recuerdo lindo. Algo que siempre tendría. Así que se forzó en sonreír, y lo consiguió.
En la otra punta de la casa, Fernando hacía esfuerzos para vaciar su vejiga. La fuerte erección que tenía no le ayudaba. Cuando por fin pudo desprenderse de toda la orina, su polla se negaba a desinflarse. Solo había una cosa que podía hacer. Se aseguró de que la puerta del baño estaba cerrada, se agarró la polla y empezó una 'terapéutica' paja. Aunque trató por todos los medios de no pensar en la hermosa muchacha que tenía bajo su techo, no pudo evitar que su imagen se mezclara con la imagen de las otras mujeres en que solía pensar cuando se masturbaba.
Se corrió con intensidad, apuntando el chorro de abundante y espeso semen dentro de la taza. Jadeando tras el reparador orgasmo, echó de la cadena y se lavó las manos. Su polla empezó la retirada.
Salió del baño y fue hacia la cocina, a prepararse un café. Lo necesitaba.
+++++
La cafetera empezó a burbujear. Leonor la escuchó desde su habitación. Le apetecía un café calentito. Buscó sus zapatillas en la maleta y se la puso. Salió de su cuarto y siguió el agradable aroma de café recién hecho hasta la cocina. Allí estaba Fernando, de espaldas.
-Hola. Buenos días - saludó Leonor.
Fernando se giró para mirarla. Seguía con aquel pijamita tan sexy. Su cabello lucía recién peinado. Luchó con todas sus fuerzas para que sus ojos no se fueran derechos a las dos prominentes redondeces que eran los pechos de la chica.
-Ho...hola Leonor. ¿Qué tal has dormido?
-Bastante bien. La verdad es que estaba agotada.
-Sí, imagino. ¿Te apetece un cafecito?
-Sí, por favor.
-¿Cómo lo quieres? ¿Solo, con leche? No tengo sacarina. Solo insalubre azúcar refinado.
-Con un poco de leche y azúcar.
Fernando sirvió dos humeantes tazas y las puso sobre la mesa de la cocina. Ella se sentó.
-Oye... perdona por lo de antes - dijo Fernando - No estoy acostumbrado a que haya alguien en casa.
-No pasa nada. Fue culpa mía. En casa nunca cerrábamos las puertas con llave.
-Bueno, a partir de ahora tocaré ante una puerta cerrada, por si las moscas.
-Vale - dijo Leonor con una suave y encantadora sonrisa.
Se tomaron el café, en silencio. Fernando lo intentó, pero no pudo evitar admirarla cuando ella tenía la vista baja. Sus pechos subían y bajaba al ritmo de su suave respiración. La tela del fino pijama era como una segunda piel. Los pezones de la chica se intuían claramente. Los pechos, a pesar de su generoso tamaño, se adivinaban duritos y levantados, aún sin sujetador.
"Ummm, vaya par de tetas que tiene esta chica", se dijo Fernando con los ojos clavados en ellas, pero atento a la mirada de Leonor para cambiar la suya con rapidez. Su polla empezó a despertarse otra vez.
-Gracias por el café, Fernando. Gracias... por todo.
-No hay de qué, Leonor.
Leonor miró a Fernando. Miró a su padre. Su madre nunca le habló mucho de él. Apenas unas palabras cuando ella, de pequeña, le preguntaba. Crecer sin un padre le resultó duro, sobre todo cuando fue lo suficientemente mayor como ver a sus amigas con sus propios padres. Siempre le faltó algo. Aunque su madre la colmó de cariño y amor, siempre sintió que no era completo. Quizás por ser mujer anhelaba el calor de un padre. Poco a poco fue entendiendo que eso que necesitaba nunca lo iba a tener. Su padre estaba muerto y solo tenía a su madre.
Sin embargo, su madre ya no estaba y sentado, en frente suyo, el que sí estaba era Fernando.
Sus miradas se encontraban de vez en cuando. Ninguno de los dos sabía que decir. Eran, después de todo, unos completos desconocidos. El primero que habló fue Fernando.
-¿Qué piensas hacer, Leonor?
Ella se estremeció. Los dedos le temblaron. Entendió que él la estaba echando, que la urgía a desaparecer lo más pronto posible de su casa, de su vida. Casi no le salió la voz cuando le respondió, con la mirada baja.
-No...no lo sé. No te preocupes por mí. Mañana me iré. Ye me las arreglaré.
Fernando vio como ella temblaba. Como de sus ojos caían nuevamente lágrimas. Comprendió que su pregunta, así, de sopetón, en las circunstancias de ella, había sido un poco cruel. Se maldijo a sí mismo por ser tan insensible. Se levantó y fue hacia ella. Se arrodilló a su lado.
-Me entendiste mal, Leonor - le dijo, con voz suave - No tienes que irte a ninguna parte. Esta es ahora tu casa. Puedes quedarte el tiempo que quieras. Es solo que como te dije no estoy acostumbrado a vivir con nadie. Dame tiempo para acostumbrarme ¿Vale?
Ella le miró, con sus lindos ojos negros. Él acercó una mano y le secó las lágrimas, calmándola en el acto. Sintió tanto alivio ante la posibilidad de quedarse allí, de no tener que vagabundear por las calles, que se arrodilló junto a él y lo abrazó con fuerza.
-Gracias, gracias Fernando. Eres todo lo que me queda. Trataré de no ser un estorbo para ti. Y en cuanto pueda valerme por mí misma, me iré.
Sorprendido por el repentino abrazo, Fernando la rodeó también con sus brazos, con cautela. Contra su pecho sintió como se aplastaban los dos de ella, haciendo que su entrepierna pugnara por coger aire. Le acarició el cabello, con ternura.
"Joder, tú siempre a lo tuyo" -dijo, dirigiéndose mentalmente a su descarada polla. "¡Qué es tu hija, coño!"
-Venga, siéntate.
Ella volvió a sentarse y él hizo lo propio, con rapidez, para que ella no llegase a ver el evidente bulto que se formaba en su pijama.
-A lo que me refería antes es que... Bueno. No sé nada de ti. ¿Qué haces? ¿Estudias, trabajas? - preguntó, poniendo cara de bobo al darse cuenta de que parecía la clásica pregunta de un ligón de discoteca.
-Estaba estudiando para técnico de laboratorio.
-¿De grado superior?
-Sí. Pero lo dejé cuando mi madre...enfermó.
-Bueno, ¿Pero podrás retomarlo, no?
-Supongo. Buscaré un trabajo. No quiero ser una carga.
-Leonor...no hace falta. No soy rico, pero vivo desahogadamente. Puedes concentrarte en los estudios.
Fernando se sorprendió a sí mismo. Se dio cuenta de que estaba ejerciendo de padre responsable.
-¿A qué te dedicas? - se interesó ella.
-Soy arquitecto municipal.
-Funcionario.
-Jeje sí. Pero de los que trabajan.
-¿Los hay que trabajan? No sabía... -dijo ella con cara inocente.
Los dos rieron con ganas, haciendo que la tensión se suavizara bastante. Lo que no se suavizó fue la hombría de Fernando, ya que la risa de Leonor hacía que sus pechos se moviesen arriba y abajo... turgentes... apetecibles.
"Esto va a ser un tortura. Como siga usando esos pijamitas a mi me da algo.", pensó Fernando. "Será mi hija, pero está más buena que el pan...Joder, ya está hablando mi lado sátiro".
Esperó unos minutos para que sus partes nobles se calmaran.
-Si vas a vivir aquí, será mejor que conozcas la casa. No es que sea una mansión, pero es lo que hay.
-Solo el salón es más grande que donde vivía con... mi madre.
-Bien. Esto, habrás adivinado, es la cocina - dijo haciendo un gesto y abarcando la estancia.
-Sí, eso lo pillé - respondió Leonor, sonriendo.
-Chica lista. Esa puerta da a la despensa. Aquella da al cuarto de lavado. Ven.
Se levantó y Leonor lo siguió. Abrió la puerta que daba a la pequeña solana.
-Lavadora y sacadora. Esa cesta es para la ropa sucia. Dos veces en semana, lunes y jueves, viene una señora a limpiar la casa. Ella pone la lavadora y se encarga de todo.
-Bien.
Leonor lo siguió por el resto de la casa. Su padre le enseñó el baño pequeño, la habitación que usaba él como estudio y otra habitación con dos camas.
-Es una casa grande - dijo la chica.
-Bueno, sí. Para una persona sola es algo grande. Pero fue una oportunidad. La compré más bien como inversión para el futuro y al final me acostumbré a vivir aquí.
-Ah, veo.
La llevó al baño principal, en donde hacía un rato la había pillado orinando.
-Coge dos repisas del armarito para tus cosas. Los mejunjes de mujer.
-Vale. Gracias.
-Y... bien. Eso es todo.
Ella le miró a los ojos. Al ser más baja que él, tenía que levantar la cara.
-Gracias otra vez, Fernando... por...
-Nah, ya basta de gracias - la cortó, esbozando una sonrisa.
Sus ojos negros eran preciosos. Algo tristes, pero hermosos. Sus labios carnosos, invitaban a besarlos. Más abajo, aunque luchaba por no mirarlas, Fernando sabía que sobresalían sus dos hermosas tetas.
-Te dejo tranquilo para que hagas lo que suelas hacer. No quiero ser un estorbo.
-Ay, que no eres un estorbo, mujer. Es domingo, y los domingos no hago nada. Bueno sí.
-¿Qué?
-El vago.
-Jajajaja.
La sincera risa de Leonor volvió a provocar un sensual movimiento de las redondeces de la hermosa joven. Fernando desvió la mirada.
-Bueno... esto...voy a vestirme e iré a por pan - dijo Fernando saliendo con rapidez del baño.
Leonor estaba en la puerta, y al pasar Fernando junto a ella, se rozaron. Él echó las caderas hacia atrás para no restregarle su medio dura polla por la barriga, pero no pudo evitar que las dos tetas de Leonor rozaran su pecho. Ella no le dio importancia, ni se dio cuenta, pero a Fernando le provocó que su polla se pusiese dura del todo y se escondió metiéndose en su dormitorio.
Para mantener a ralla a su descarado amigo, decidió ponerse un ajustado vaquero.
Leonor también se fue a su cuarto. Se quitó el pijama, se puso unas bragas, unos vaqueros y una camisa. Como no pensaba salir, no se puso sujetador. No solía llevarlo nunca en casa.
Ya más tranquila después de hablar con Fernando, sacó las cosas de la maleta y empezó a colocarla en el armario. Había salido tan precipitadamente de su casa que no pudo coger todas sus cosas.
Lo que sí cogió, lo único que jamás habría dejado, fue un porta retratos con una foto de su madre. La colocó sobre la cómoda, mirándola con un nudo en la garganta.
-Pues ya está, mamá - le dijo a la foto - Ya conocí a mi padre. Parece un buen hombre. Me ha...acogido en su casa. Creo que estaré bien.
Se secó las lágrimas que no pudo evitar que cayeran por sus mejillas. Cogió el pijama y salió hacia la solana. Lo dejó, junto a otras prendas, en la cesta de la ropa sucia. Después regresó al salón.
Allí estaba ya Fernando. Cuando la vio entrar, apretó los dientes.
"¿Es que esta niña no conoce los sujetadores? ¡Joder!" -. gruñó para adentro al ver claramente las dos tetas casi desnudas.
-He puesto ropa a lavar. ¿No te importa, verdad?
-Claro que no mujer. Mañana la señora pondrá la lavadora.
-Bien.
Leonor se frotó los muslos. No sabía qué hacer. Se acercó al otro sofá y se sentó. Puso las manos sobre las rodillas, mirando al techo.
-¡Así que el vago! - se le ocurrió decir.
-Sip. Algunos dirían que el funcionario.
-Jajajajaja.
Fernando se arrepintió enseguida del tonto chiste. No por la encantadora risa de Leonor, sino por como se movían sus tetas al compás de su risa. Y encima, el pantalón ajustado no solo no evitó que su polla no se empezara a despertar, sino que al estar tan constreñida, le molestaba.
-Ah, el pan. Bajo a la panadería de la esquina. ¿Quieres algo especial?
-No, pan está bien.
-A esta hora lo tienen calentito. Vuelvo enseguida.
La dejó allí sentada y salió a toda prisa hacia la puerta, esperando que la presión de los pantalones cesase.
Leonor aprovechó que Fernando se iba para levantarse y mirar las fotos que había en uno de los muebles. Eran gente totalmente desconocida para ella. Dos personas mayores. Se preguntó si serían los padres de Fernando, sus abuelos. Vio la foto de una mujer, de 30 y largos. Se parecía algo a su padre. ¿Sería su tía? ¿Sería esa la mujer que su madre había visto con Fernando y que había tomado por su esposa?
Se dijo, con tristeza, que si ese día lo hubiese visto solo, quizás las cosas habrían sido diferentes. Pero ya no se podía hacer nada.
El ruido de la puerta la hizo girar. Fernando, con una bolsa en la mano, iba hacia la cocina.
-¡Pan calentito, Leonor! Vamos a desayunar - le gritó por el camino.
Lo siguió a la cocina y le ayudó a preparar el desayuno. Él le fue indicando donde estaban las cosas.
Fernando lo intentó. Con todas sus fuerzas, pero no podía evitar mirarla. Sería su hija, pero su mente no la veía así. Al menos no aún. Lo que su mente veía era una mujer hermosa, con un cuerpo de infarto. Si su culito ya era hermoso en con pijama, ahora, enfundado en aquellos vaqueros, era... ¡Perfecto!
La presión de sus pantalones, en la zona baja, volvió.
Desayunaron y se fueron a ver la tele. Fernando buscó una película para ver. Los dos trataban de hablar, para conocerse un poco.
Al medio día le preguntó a Leonor si le gustaba la comida china. Ella le dijo que le encantaba y pidieron arroz tres delicias, tallarines tres delicias, ternera con pimientos y pollo con almendras.
Después de comer Fernando le dijo que se iba a hacer una siestita. Ella también se fue a su cuarto a dormir un poco. Leonor se durmió enseguida, no así Fernando. Su polla, dura como una piedra, no le dejaba.
No tuvo más remedio que agarrarla y darle lo que quería. Empezó una placentera paja, con los ojos cerrados. Nicole Kidman, arrodillada entre sus piernas, le sonreía acercando su boca a su enhiesta polla. Pero su precioso cabello rubio se fue oscureciendo y su cara se fue transformando en la de Leonor.
-'Dita sea...
Apretó los ojos. Scarlett Johanson, vestida de blanco y rubita, corría por el desierto. No era Ewan McGregor, sino él, el que iba con ella. El que le miraba aquel precioso culito.
-¿Te gusta mi culito... papi? - le preguntó Scarlett, solo que ya no era Scarlett... era Leonor.
Estaba claro que su cabeza iba por libre. Que le importaba un bledo quien era ella. Fernando se dijo que era inútil luchar, que mientras todo quedase ahí, encerrado en su libidinosa cabeza, no pasaría nada. Se abandonó a su lujuriosa imaginación.
-Me encanta tu culito, Leonor.
-¿Y nada más? - le preguntó ella, mirándolo como miraban las chicas de los videos de internet y acariciándose las tetas.
-Tienes unas tetas preciosas. Toda tú eres preciosa.
-¿Por eso me miras tanto?
-¿Te diste cuenta?
-Y también vi como se te pone la polla. ¿Es por mí, papi?
-Claro que es por ti - le dijo, acercándose a ella y tomándola entre sus brazos. La agarró por el soberbio culo y le restregó la polla por la barriga. Ella, gimió.
Minutos después Fernando estalló en un intenso orgasmo que lo dejó relajado y pudo dormir.
El resto del día pasó igual. Vieron un poco la tele. Intentaron hablar, conocerse, pero ninguno de los dos sabía muy bien qué decir.
Sobre las once de la noche, Fernando se despidió.
-Mañana me levanto temprano, Leonor. Me voy a dormir.
-Ah, bien.
-Esto..., la señora llega a las nueve. Tiene llave, así que no te preocupes. Le dejaré una nota. Tú...haz lo que quieras. Puedes tomarte un par de días sin hacer nada antes de volver a las clases.
-Sí, eso haré. Gracias.
-De nada. Buenas noches.
-Buenas noches.
Leonor se quedó un rato más viendo la tele. Cuando el sueño la venció se fue a dormir.