Conocí a Cristina hace unos cuatro años; ella era la masajista y al mismo tiempo la encargada en un gimnasio al que yo concurría tres o cuatro veces por semana. Nuestra relación no pasaba en un primer momento de un saludo ocasional cuando nos cruzábamos y los invariables comentarios acerca del clima o su trabajo en el gimnasio; al año o cosa así con un trato algo más fluido me comentó que se había separado recientemente de su esposo y con una hija adolescente a cuestas su existencia no era sencilla. Noté que necesitaba con desesperación alguien con quien hablar y compartir algunas cosas, -después descubrí que el sexo era quizás la más importante en ese tramo de su vida- y si alguna cualidad tengo es la de ser un buen escucha; no sólo quien pone la oreja, sino el que intenta aportar alguna solución. Yo por mi parte estaba casado, con dos hijos y llevaba una existencia normal de un ejecutivo de clase media.
Ni siquiera sé cómo ni porqué, pero la cuestión es que una noche entre bíceps y abdominales me encontré mirando con mucha atención el par de tetas que la remera de Cristina transparentaban para solaz mío y el hermoso culo que su pequeño short apenas contenía. Mi erección no le pasó desapercibida; debo haberme sonrojado porque sonrió con picardía y al poco rato me trajo un vaso de agua helada, preguntándome con ironía: -¿necesitás algo para refrescarte?.
Un par de días después estaba acostado con Cristina en una pila de colchonetas del gimnasio cogiendo con ferocidad como si al día siguiente llegara el fin del mundo.
Ese fue el primero de una serie de encuentros sexuales en los cuales experimentamos las variantes que conocíamos, más todas las que encontramos en libros, revistas, videos. Sexo oral, sexo vaginal, sexo anal, cogíamos en el sauna con cincuenta grados de temperatura, nos enjabonábamos en las duchas mientras nos masturbábamos hasta que acabábamos juntos, probamos con consoladores, intentamos las posturas más diversas que leímos en un kamasutra y todos los etcéteras se puedan agregar.
Todas las semanas hallábamos un tiempo para nuestros fogosos combates sexuales cuando cerraba el gimnasio. Eso duró algo más de un año y finalizó con un beso de despedida cuando Cristina me comentó que había encontrado un hombre con el cual pensaba en una relación más estable que la que teníamos nosotros. Sabido es que toda mujer dará preferencia a quien le proponga matrimonio y eso era algo que yo no podía ofrecerle. Así pues nos saludamos de manera amistosa y cada uno siguió su camino por la vida; muy poco después dejó su trabajo en el gimnasio y allí le perdí el rastro por completo.
Pasaron unos tres años hasta que un día de manera ocasional me crucé con ella en un supermercado. Debo decir que el tiempo no había desmejorado sus cualidades, las tetas y el culo que tanto había admirado seguían siendo como los había visto y palpado miles de veces. Nos saludamos como viejos amigos y aceptó la invitación a tomar un café. La charla no pasó de las trivialidades de esos encuentros. Hijos, trabajo, las cosas comunes.
-¿Tu esposo?.
–No, nos separamos. Lo nuestro no funcionó mas que unos meses.
–Que lástima, lo siento.
–No te hagas problema, ya lo superé. Al principio fue difícil, pero ya pasó.
-Dame tu teléfono así te llamo alguna vez.
-Dame el tuyo.
-Chau Cris.
-Chau Edu.
Su tarjeta fue a parar al fondo de un cajón del escritorio porque estoy convencido de que no se puede revivir a un muerto y lo nuestro había terminado hacía mucho.
Un mes más tarde como resultado de algún esfuerzo en el gimnasio tuve una contractura en la espalda que al cabo de dos o tres días me tenía a mal traer; allí me acordé de Cristina y me dije: -¿Porqué no?
La llamé por teléfono temprano por la mañana y después de explicarle mi problema y la necesidad de su terapia combinamos para ese mismo día por la tarde. Con puntualidad inglesa llegué a su domicilio y toqué el timbre un par de veces. Cuando se abrió la puerta casi me infarto; tenía puesto un guardapolvos rosa muy corto y ajustado que dejaba muy poco para la imaginación. Las piernas largas y bien formadas producto de muchas horas de gimnasia, las tetas grandes y redondas.
-Hola, Eduardo, pasá.
-Hola...
Cuando me acerqué a besarla en la mejilla, su perfume me envolvió con hermosos recuerdos.
-Vení, por acá.
Se dio vuelta para iniciar el camino y pude apreciar su culo firme y parado. Tuve un estremecimiento y mi pija palpitó. Sacudí la cabeza para alejar esos pensamientos. Me condujo a una salita con un pequeño escritorio, dos sillas y una camilla de masajes que ocupaban casi todo el espacio disponible; dos sahumerios llenaban el ambiente con perfume de citronella y la música suave y una luz tenue completaban el lugar de trabajo.
-Sacate el pantalón, la camisa, los zapatos, las medias y el calzoncillo y acostate boca abajo.
-Pero...
-Enrollate esa toalla en la cintura y no te hagás el tímido conmigo.
Seguí en ese orden su consigna, y comenzó su trabajo después de untarme la espalda con un aceite que me hizo recordar otros tiempos y otras actividades.
Debo confesar que era excelente en lo suyo y poco a poco fue deshaciendo los nudos de la espalda que me atormentaban desde hacía varios días.
El alivio físico dejó paso a pensamientos que tenían mucho que ver con el pasado y me imaginé encamado de nuevo con Cristina; mi pija respondió al estímulo mental más rápido que lo que tardo en escribirlo.
-Ahora date vuelta.
En ese punto fue imposible evitar que se diera cuenta de la erección que tenía, pero siguió con lo suyo como si nada.
En el momento en que se estiró sobre mí para masajearme un hombro, no resistí más la tentación y con suavidad apoyé mi mano sobre una de sus tetas y empecé a acariciarla. Cerró los ojos, suspiró y ahí supe que nuestra historia tendría un segundo capítulo.
Nos besamos largamente, mientras nuestras manos recuperaban el tiempo perdido. Los cuatro botones de su guardapolvo saltaron por el aire dejando a la vista su físico intacto a los treinta y pico de años. Movió los hombros y en un santiamén estuvo desnuda por completo, sólo con sus zapatos de taco alto. Por mi parte la breve toalla cayó al piso dejándome también desnudo.
Al juntarnos en un abrazo frenético sonó el timbre. Un timbrazo largo, insistente.
-Dejá, no vayas.
-No, si no voy va a seguir insistiendo. Ya vuelvo.
Se colocó una bata que estaba en el perchero y salió para atender. Me tumbé de nuevo en la camilla y entrecerré los ojos imaginando lo que vendría. Escuché algunos cuchicheos que duraron un par de minutos. Se abrió la puerta y desatando el lazo de la cintura volvió a desnudarse para proseguir lo nuestro.
-¿Quién era?.
-Nadie. Una sorpresa.
-¿En qué estábamos?, le pregunté.
-Estaba a punto de ponerte una teta en la boca para ver si te acordás como se chupa.
-¿Y si la otra se pone celosa?
-Entonces chupame las dos.
Se subió a la camilla, apoyándose sobre mi vientre de forma tal que sus tetas quedaron a la altura de mi boca. No me hice rogar y me prendí a sus pezones lengüeteando lentamente y mordisqueando a derecha e izquierda. Estaba en eso cuando alguien me empezó a chupar la verga. No podía ser Cristina que tenía su boca por arriba de mi cabeza. Espié por el costado de su cuerpo y vi sólo una melena rubia que subía y bajaba acompasadamente.
-¿Y esa?
-Es Mara, una amiga.
Mara dejó de chupar y sin soltarme la pija con una sonrisa saludó: -Hola, Eduardo.
-Ho..., hola.
La rubia era alta, delgada, tenía puesto un pantalón brilloso superajustado y una remera que le marcaba unas tetas chiquitas pero bien formadas. La miré de nuevo y algo no encajaba en su sitio.
-Cris ..., Mara es...
-Si boludo, es un travesti. Pero como ves está muy bien. Me pidió participar de nuestra fiesta y no me pude negar. ¿Tenés algún problema?
Y sin esperar mi respuesta, Mara se volvió a prender de mi pija con su boca, al mismo tiempo que me acariciaba los testículos. Cristina por su parte se sentó a la altura de mis hombros para que yo le chupara la concha. Mi lengua empezó a trabajar y en un santiamén ubiqué su clítoris hinchado.
Mara dejó por un momento su ocupación para sacarse la ropa y subiéndose a la camilla le acariciaba las tetas a Cris tomándola por detrás.
Nos bajamos de la camilla, ya que empezó a tambalearse peligrosamente. Cristina abrió una puerta y entramos al dormitorio. La gran cama era una invitación que no desaprovechamos.
Me tumbé boca arriba y al instante Cristina se ensartó cabalgando con movimientos circulares suaves. Mara por su parte le chupaba las tetas y yo mientras tanto le acariciaba las suyas.
Después de unos minutos Cristina acabó con un gemido largo y pronunciado y yo por mi parte eyaculé dentro suyo.
Quedé acostado entre ellas, recuperando el aliento y mis energías, cuando me dijo: -Edu, ¿no te gustaría dársela por el culo?.
A esa altura Mara era sólo una boca, un par de tetitas y un culo, por lo que la proposición de Cris me pareció lo más normal del mundo. Era algo extraño ver a una mujer con una pija finita y no muy larga, pero eso era un detalle poco importante.
Mara se colocó en cuatro patas, Cris me embadurnó la pija con una de sus cremas y me guió hasta colocarme en posición adecuada. De un empujón se la clavé hasta las pelotas. Empecé el entra-sale con Cristina besándome y acariciándole las tetas al mismo tiempo. Mara bufaba como un ferrocarril y sus movimientos experimentados no tardaron en hacerme acabar.
A los cuarenta años este raid era todo lo que podía soportar mi físico, así que me desplomé boca abajo en la cama, con las dos mujeres –o mujer y travesti más bien- acariciando y masajeándome la nuca, la espalda, las piernas, los pies.
recomencé mi relación con Cristina; estaba por esos días divorciándome y el proceso era lo suficientemente traumático como para buscar un bálsamo en cualquier mujer. Sin embargo tenía claro que no quería una pareja estable ni convivir con ella, al menos por un tiempo. Por eso Cristina me ofrecía lo que necesitaba, la posibilidad de disfrutar del sexo sin ataduras ni complicaciones.
Una tarde, después de un día difícil, decidí pasar por lo de Cristina a tomar un café y en una de esas...
Un minuto después de tocar el timbre me abrió la puerta con una sonrisa deslumbrante; estaba tan linda como siempre. Me dio un beso rápido y me dijo: -Pasá, Edu. Esperame diez minutos que estoy con una paciente.
Me acompañó a la sala dejándome allí.
-Servite lo que quieras y no me extrañes.
Me instalé en el sillón con una taza de café y encendí la tele. Empecé a buscar algún programa para pasar el tiempo.
-Ah, picarona... Tenías el canal porno y yo no lo sabía.
Le di la vuelta a los cincuenta canales y nada me atrajo, así que volví al comienzo, es decir al canal instructivo. Uno siempre trata de aprender algo o establecer algunas comparaciones, que siempre son odiosas porque uno la tiene más chica que el negro de la película. -¿De dónde carajo los sacarán con esas pijas? Un poquito de envidia dan esos negros. La rubia que aparecía era contorsionista o algo parecido porque sino no se entiende como podía coger de parada con una pierna por sobre el hombro del negro y gozar.
En eso estaba cuando apareció una niñita de menos de veinte añitos con una pollerita tableada escocesa muy cortita, una camisita blanca semitransparente, medias blancas y dos trencitas. Una preciosura la rubiecita, piernas largas y bien formadas, un culito precioso, unas tetas algo grandecitas para su edad, una verdadera preciosura.
-Vos sos Eduardo, ¿no?
Si, soy Eduardo, ¿y vos?
Yo soy Lucía.
El nombre me sonaba familiar. -Vos sos la hija de Cristina.
-Y vos sos el que se la coge.
-Y... sí.
-Desde que salen juntos mamá ya no está tan nerviosa. ¿Está buena la película?. Porque son todas exageradas. Está bien que los negros la tengan grande pero estos además son máquinas de garchar. Correte.
Y sin decir más se sentó al lado mío. Muy al lado mío.
Ahí nomás apareció Cristina. -Ya está. Ya la despaché a la gorda. Hola, Lucía, ¿Recién llegás?. ¿Cómo estás?.
-Hola, ma. Si, recién llego, todo bien. Me voy a mi pieza a chatear por Internet así los dejo solos. Que se diviertan. Chau, Eduardo.
-Chau.
-Veo que conociste a Lucía.
-Sí.- dije tratando de darle poca importancia al asunto.
-Está bastante bien la nena, ¿no te parece?
-Sí, creo que sí. ¿Cuántos años tiene?
-Va a cumplir diecisiete. Y no seas hijo de puta que te la comías con la mirada.
-Cristina, por favor.
-Dale, que te conozco.
Cristina se sentó en el sillón, se sacó los zapatos, se desabrochó los botones de arriba del guardapolvos. Lo poco que vi me motivó lo suficiente.
-Cris, vamos al dormitorio. Seguimos viendo la película allí.
Está claro que mis intenciones iban un poco más allá de mirar una película porno, o en todo caso imitar algunas escenas que me habían parecido interesantes.
Apenas entramos en el dormitorio, me tumbé en la cama esperando que Cristina se sacara la ropa; se quitó el guardapolvos dejándome ver una bombacha blanca de encaje y un corpiño haciendo juego, unas medias blancas y un portaligas. Estaba deslumbrante. Se me acercó provocadora contoneándose, mientras canturreaba esa canción de 9 semanas y media. En un minuto y dos pasos se sacó la ropa interior. Comenzó a quitarme los pantalones, siguió por la camisa. Yo me había quitado los zapatos y las medias. Mi slip apenas podía contener las ganas que tenía de coger.
Me acarició la pija por encima del calzoncillo, mientras decía: -Pobrecito Eduardo, que inflamación. Vamos a ver si lo podemos curar. Ahí nomás me bajó el slip y empezó a pajearme con suavidad. Cerré los ojos para gozar con toda intensidad; Cristina empezó a chupármela mientras me acariciaba los testículos.
-Ahora me toca a mí- le dije. Me incorporé al mismo tiempo que ella se acostaba dejando colgar las piernas por el borde de la cama. Empecé acariciándole las tetas, pellizcando con suavidad los pezones rosados, presionando una y otra, besando y mordisqueando. Fui bajando lentamente lamiendo su estómago, su vientre, llegué a su concha y allí mi lengua comenzó a explorar con detenimiento, ubiqué su clítoris sorbiendo con ganas. Mientras tanto mis manos recorrían lo que mi lengua dejaba.
-Edu, esperá un minuto. Dejame que te vende los ojos.
-No, ¿por qué?
-Sí, dale.
-Bueno.
Había leído alguna vez que la falta de un sentido potencia los otros, aunque fuera como en este caso algo temporario y con un objetivo definido. Así que la dejé hacer. Sacó de no sé dónde un pañuelo de seda que me anudó sobre los ojos.
Tardé un instante en acostumbrarme a esa sensación extraña.
-Acostate boca abajo.
Obedecí y se acomodó a mi lado, besándome la espalda, recorriendo mi columna vertebral arriba y abajo y acariciándome las nalgas; sus dedos recorrían mi culo y alguno acarició mi agujero.
-Date vuelta.
Tenía un día sumiso porque no dudé en hacerlo. Sus manos se entretenían en mi entrepierna, en mis muslos. Empezó a besarme el vientre, el estómago, el pecho, llegó hasta mi cuello y volvió a bajar lamiendo. Era una sensación extraña la de concentrarme en mis sensaciones sin ver. Era extraño el silencio.
Mi nariz detectó un aroma diferente, era distinto al perfume que siempre usaba. ¿Era mi parecer o sus manos habían cambiado? ¿Era esa la boca que me había recorrido tantas veces? Con seguridad estar con los ojos tapados cambiaba la percepción de las cosas. Sin embargo...
Me quité la venda y comprobé que no era Cristina la que estaba sobre mí.
-¿Lucía... ?
Levantó la cabeza, se incorporó y efectivamente era Lucía, la hija de Cristina. Cristina estaba mirando al costado de la cama riéndose sin ruido. Lucía estaba totalmente desnuda y para ser sincero, madre e hija estaban muy bien, muy pero muy bien. Ahora podía apreciar su cuerpo joven en plenitud, su vientre plano, el vello de su pubis, sus tetas redondas, su piel blanca.
-Lucía me pidió que te diéramos esta pequeña sorpresa y no me pude negar. ¿Te parece mal?
No sé si era mi imaginación, pero noté un dejo burlón en su comentario.
-No, que me va a parecer mal.
Lucía agregó: -Entonces, como dijo el filósofo, argentinos a las cosas.
Y hay nomás volvió a arrimarse acariciándome la pija.
-Mamá, ¿vos no querés participar?.
-No, esta vez voy a gozar mirando como cogen ustedes.
Se sentó en la cama con las piernas bien abiertas y empezó a pajearse con una mano mientras con la otra acariciaba con suavidad a Lucía.
Lucía se acostó encima mío y empezamos un 69 yo con lengüetazos en su conchita ya húmeda y ella chupando lentamente para hacerlo durar un rato más.
Se bajó de encima mío y acostándose me dijo: -Ahora cogeme.
Miré a Cristina quien aprobó bajando los párpados y sin pronunciar una palabra; no me hice rogar. Empecé con movimientos lentos y de a poco fui aumentando los embates. Cristina estaba acabando con un gemido prolongado. No sé cuanto tiempo estuve encima de Lucía pero no quería que esta cogida terminara, quería seguir metiendo y sacando. Ella tuvo un orgasmo largo que sentí en sus contracciones en mi pija y un poco después acabé dentro suyo.
Me acosté a su lado y Cristina al lado mío. Estaba en esa etapa de meseta después de un polvo bien echado; cuando Cristina empezó a acariciarme mi verga respondió rápidamente, esa era una de sus virtudes, acortar el tiempo necesario para reponerme y empezar de nuevo. Lucía por su parte no dejaba sus manos quietas, acariciándome con una y acariciándose con la otra.
-Ahora es mi turno, Lucía.
-Pero má, siempre acaparando.
-Lucía, tenes que obedecer a tu madre, si no te vas a quedar sin postre en la cena. Portate como una nena buena.
-Está bien, pero me tienen que dejar hacer algo. Los negros de las películas lo hacen varias veces seguidas y con dos o tres minas al mismo tiempo.
-Sí, pero yo no soy el negro.
-A vos no te va tan mal, gordito-, dijo Cristina remedando a algún presidente que supimos conseguir.- Y continuó: -Si Eduardo me la da por el culo, vos y yo podemos hacer algunas cosas interesantes.
Este comentario me dejó helado; Cristina estaba considerando a su hija como un objeto de placer más allá de la relación de parentesco. Ya no eran madre e hija, sino dos personas dispuestas a entregarse una a otra o a otros para satisfacer los deseos.