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Tema: mi hermana placer de dioses

  1. #1
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    17 ene, 08
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    Predeterminado mi hermana placer de dioses



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    Desde mi cuarto no pude escuchar demasiado bien la reprimenda que mi madre le echaba en la cocina a mi hermana, pero debió ser más o menos en estos términos:

    «Anita, te he dicho un montón de veces que no te pasees por la casa con ese pantaloncito corto tan ceñido ni con esa blusa medio transparente. Ya no eres ninguna niña. Tienes dieciocho años y posees un cuerpo que volvería loco a cualquier hombre. Sé que tu hermano te quiere mucho y que te mira como lo que eres, como su ºnica hermana, pero él también es un hombre joven, que acaba de cumplir veinte años, y seguro que en alguna ocasión le has excitado.»

    Mi madre no iba descaminada, pero se quedaba corta. Anita no me excitaba «en alguna ocasión», sino que me la ponía dura a todas horas y casi todos los días. No cesaba de hacerme pajas pensando en sus nalgas, en su coño, en sus maravillosos pechos, en sus labios carnosos… Además, mamá presumía que mi hermana no era consciente del deseo que provocaba en mí, pero yo tenía dudas al respecto. Creo que Anita sabía perfectamente que me empalmaba, pero le divertía hacerlo. Contonearse por la casa con poquita ropa era para ella como una especie de juego o de coquetería femenina que le producía el placer de sentirse deseada. Supongo que nunca pretendió que la cosa pasara de ahí, claro, pero ya se sabe que quien juega con fuego termina quemándose…

    Lo cierto es que desde hacía cuatro o cinco meses la idea de follarme a mi hermana se había convertido para mí en una obsesión. Continuamente maquinaba planes para lograr ese objetivo, pero ninguno terminaba de convencerme. Descartada la posibilidad de violarla, que también pasó por mi cabeza, llegué a la conclusión de que lo ºnico infalible para no poner en peligro mi deseo más anhelado era armarme de paciencia y, como el cazador que acecha a su presa, estar atento para no dejar escapar la ocasión que pudiera presentarse.

    Hoy sé positivamente que mi decisión fue la más correcta porque, como dice el refrán, «todo llega al hombre que espera». Aguanté con mis pajas la primavera y el verano, pero mi sueño dorado se vio cumplido en el invierno, si bien el punto de arranque ─una simple conversación─ llegó en el otoño… Nuestros padres se habían ido a dormir, y ella y yo nos quedamos a ver la tele. Anita quiso cotillear un poco:

    ─ Carlos, ¿puedo hacerte una pregunta?

    ─ Claro, pesada.

    ─ El guaperas que me presentaste ayer, tu amigo Vicente, ¿tiene novia?

    Un fogonazo de inspiración circuló en ese momento por mi cerebro. Esa pregunta era una ocasión de oro. Debía darle respuestas envolventes y conducir la conversación justamente a donde yo quería.

    ─ ¿Novia? No exactamente.

    ─ ¿Qué quieres decir? No estará casado, ¿o sí?

    ─ ¿Casado? No, no exactamente.

    ─ Tío, me dejas en ascuas. ¿Sale con chicas o no?

    ─ ¿Chicas? La verdad es que no tiene muchas amigas.

    ─ Pero bueno, entonces ¿de qué va el tal Vicente? ¿Es gay?

    ─ ¿Gay? No exactamente.

    ─ Joder, Carlos. Si no quieres contestarme en serio me lo dices y me callo.

    ─ No sé si debo hacerlo. Puede sentarte mal, puedes ver brujas… ¡y yo no quiero líos!

    ─ Dime lo que sea de una puta vez, anda…

    ─ Se… se… se folla a su hermana.

    Ana saltó como un resorte del sillón, se puso de pie y, medio gritando, dijo:

    ─ ¿Â¡Queeé!? ¿Me tomas el pelo o me estás insinuando algo, cabrón sinverguenza?

    ─ Tº me has pedido que sea sincero y lo he sido. ¿Te das cuenta ahora por qué no quería contestarte? ¿Ves cómo has visto brujas donde no las hay?

    ─ ¡Te lo has inventado todo! ¡Eres un mentiroso y un enfermo!

    ─ No invento nada. Vicente y su hermana son amantes. Follan como locos casi todos los días.

    ─ ¡No te creo! Eso es incesto, un pecado gordísimo… Me mientes aposta con algºn propósito obsceno.

    ─ Sigues viendo brujas, Anita. No te miento. Vicente opina que eso del incesto es cosa de los libros malos, de las religiones, de las costumbres sociales, de tabºes. Dice que para los griegos el sexo entre hermanos era «un placer de dioses», y que ellos simplemente son dos jóvenes que se dedican a disfrutar de sus cuerpos. Segºn él, son miles los hermanos que follan a diario en todos los países del mundo.

    ─ Me voy a mi cuarto para no cruzarte la cara con un guantazo. Sigo sin creerte lo más mínimo, pero, en todo caso, que te quede bien claro que no comparto las ideas del Vicente de marras. ¡Menudo pájaro! ¡Menudo amiguito que tienes! Adiós, y cuida que no te contagie su grave enfermedad…

    El primer paso ya estaba dado. Esa conversación era el punto de inflexión que necesitaba, el que marcaría un antes y un después. Tenía la certeza de que Anita no dormiría esa noche pensando en todo lo que escuchó de mi boca, pero dudaba si al hacerlo humedecería sus braguitas o si sentiría verdadera repulsión. Decidí que a partir de ahora mi estrategia iba a ser la misma: no forzar los acontecimientos en ningºn sentido. Me limitaría a observar la reacción y la evolución de mi hermana.

    Al día siguiente Anita no me dirigía la palabra y hasta evitaba cruzarme la mirada. Esta situación se prolongó durante una semana, pero poco a poco nuestra relación fue recuperando su normalidad. A mí incluso me parecía que mi hermanita se había vuelto más melosa, más dulce, pero la verdad es que nunca volvimos a hablar sobre el tema ni nunca dio pie a que nuestra relación tomara un rumbo distinto al habitual. Las pajas y las corridas en honor a su cuerpo seguían siendo mi ºnico consuelo.

    Un par de meses después de estos avatares llegó el invierno. Los medios de comunicación decían que era el más frío registrado en nuestra ciudad en los ºltimos cincuenta años. Lo cierto es que mis padres llevaban muy mal aquellas bajas temperaturas y decidieron reponer fuerzas pasando una temporada en casa de unos familiares que vivían al sur del país, en la costa, donde el clima era más benigno. Ni mi hermana ni yo podíamos acompañarles debido a que ambos cursábamos nuestras respectivas carreras universitarias. Así que les dijimos que se fueran tranquilos, que hablaríamos por teléfono todos los días, que recordaran que ya no éramos unos niños, que mi hermana tenía dieciocho años y yo veinte, que nos apañaríamos bien, que si patatín y patatán…

    Y viajaron, claro. Imaginen el regocijo de Anita, que ahora podría salir con sus amigas todas las noches que quisiera, e imaginen el mío, que ya daba rienda suelta a mis fantasías y me veía follándome a mi hermana una noche sí y otra también…

    Pero del dicho al hecho media un trecho. Los días pasaban sin que ocurriera nada extraordinario. Mi hermana casi no paraba en casa y, cuando lo hacía, se encerraba en su cuarto a estudiar y hasta echaba la llave, si bien es cierto que acostumbraba hacerlo así incluso cuando estaban nuestros padres en casa. Otras veces se alejaba de mí recurriendo a las socorridas jaquecas: «Me duele un montón la cabeza. Voy a acostarme y a dormir; por favor Carlos, baja el volumen de la tele y no hagas ruido. Gracias.»

    Un viernes sucedió el milagro… Anita tenía previsto pasar el fin de semana con sus amigas, en el chalet de los padres de una de ellas, pero sus planes se vinieron abajo por culpa de una tormenta eléctrica descomunal. El cielo parecía haber desatado todas sus iras: rayos, truenos, relámpagos, lluvias torrenciales, vientos huracanados. Hasta la casa parecía temblar. La autoridades insistían a través de la radio y de la televisión en que no se saliera a la calle salvo en casos de extrema necesidad y que, por supuesto, no utilizaran el coche. Era una situación de alerta roja total. Mi hermana, que desde pequeña sentía un miedo atroz hacia las tormentas, estaba horrorizada, temblaba continuamente y hasta lloriqueba como cuando apenas tenía seis o siete añitos.

    Sabedora de que no podría dormir por culpa de esa tormenta, y haciendo de tripas corazón, avanzada la noche casi no le quedó más remedio que decirme: «tengo tanto miedo que hasta me gustaría que durmieras conmigo en mi cama, pero no me atrevo a pedírtelo después de lo que me dijiste aquella vez que hablamos sobre tu amigo Vicente». Naturalmente, yo supe de inmediato que aquella era la ocasión que venía esperando desde hacía tanto tiempo, la que no podía dejar pasar, la del «ahora o nunca», y le respondí con delicadeza: «Anita, cariño, vuelves a ver brujas. Si yo me acuesto contigo no pasarás miedo y no ocurrirá nada que tº no quieras. Sabes que soy incapaz de hacerte el menor daño; no me lo perdonaría nunca. Eres mi hermana y te quiero mucho».

    A los pocos minutos ya estábamos los dos debajo de las sábanas. Ella llevaba un pijama de franela, de chaqueta y pantalón corto, y yo otro bastante parecido, pero de tejido algo más fino. Se colocó de costado, dándome la espalda, y tapó su cara con la sábana, como si sintiera verguenza o timidez. Yo traté de tranquilizarla y, acariciando suavemente su cabecita y su pelo lacio, le dije «puedes dormir tranquila, Ana, que aquí está tu hermano para cuidarte, para ayudarte a pasar esta horrible tormenta» y dicho esto me recliné un poco sobre su cuerpo y le di un besito cariñoso en la frente. Ella debió sentirse más relajada y destapó su cara, por lo que yo volví a darle otro beso de hermano, pero esta vez lo deposité cerca de la comisura de sus labios y lo hice más duradero. Noté que Anita tembló un poco y que arremolinó su espalda y su cabecita contra mi pecho, si bien trataba de mantener su culo alejado de mi polla, que ya estaba dura como una piedra. Todo continuó así durante unos minutos, sin que ninguno pronunciara ni una sola palabra. Yo tenía que hacer un esfuerzo tremendo para frenar mi deseo de meterle mano por todas partes y follármela sin demora, y para conseguirlo se me ocurrió hacerme el dormido, simulando incluso que roncaba un poco…

    Fue entonces cuando mi hermana tuvo una reacción sorprendente y maravillosa. Acercó su culo a mi entrepierna, como explorándola, y le daba golpecitos con sus nalgas, como si buscara saborear el calor que emanaba de esa zona de mi cuerpo o como si tratara de calibrar el tamaño de la polla que se ocultaba bajo mi pijama. Esa presión fue para mí la luz verde, el visto bueno que necesitaba. Ya no me corté lo más mínimo. Rodeé sus muslos y caderas con mi brazo izquierdo y la estreché fuertemente al tiempo que restregaba mi polla con fuerza contra sus nalgas. Ella intentó rechazarme, pero lo hizo de manera tímida, sin convicción, y poco a poco fue cediendo hasta el punto de que su culo terminó acompasando mis movimientos y, mientras yo empujaba hacia delante, sus nalgas presionaban hacia atrás. Ya la notaba entregada, completamente entregada. Nuestros cuerpos hervían y disfrutaban a más no poder. Enseguida advertí que estaba a punto de correrme y, claro, después de pasar tanto tiempo soñando con este situación, no era cuento venirme de esa guisa, con el pijama puesto y sin meterle la pinga en ningºn sitio. Menos mal que mi hermana pareció entender lo que sucedía y acudió en mi auxilio:

    ─ ¡Quitémonos los pijamas, Carlos! ─, dijo al tiempo que encendía la lámpara de la mesa de noche.

    ─ Sí, Anita. Lo que tº digas, mi amor.

    Por primera vez pude ver el cuerpo de mi hermana en todo su esplendor. Tenía a la vista los dulces encantos que siempre ocultó bajo sus vestimentas. Era una hermosa hembra de ojazos verdes y de estatura media-alta, con un cuerpo glorioso, de perfectas curvas y de pechos grandes y erectos. Su piel ─blanca y deliciosa─ hacía que pareciera tremendamente oscura la mata de pelo rizado que enmarcaba a su coño y, por detrás, su culo redondo y altivo sobresalía insinuante junto a unos muslos exquicitamente prietos.

    Yo no salía de mi asombro ante aquel pedazo de mujer, pero ella también parecía impresionada:

    ─Me dejas boquiabierta, Carlos. ¡Vaya polla que te gastas! Mi «ex» la tenía mucho más pequeña. ¿Cuánto mide?

    ─Veintidós o veintitrés centímetros, pero creo que contigo crecerá hasta los veinticuatro. Mi pinga nunca ha gozado de una mujer tan apetitosa como tº.

    Anita sonrió ante mi erótica galantería, y yo aproveché para tumbarla nuevamente sobre la cama. Esta vez volvimos a colocarnos de costado, pero dándonos la cara. Nuestro primer beso en la boca fue apoteósico. Parecía que nunca iba a terminar. Las lenguas no pararon quietas en ningºn momento, a la vez que nuestras manos horadaban nuestros respectivos cuerpos. Ella me apretaba fuertemente la espalda, y yo subía y bajaba continuamente de sus muslos a sus nalgas, estrujándolas, pellizcándolas, deleitándome con sus hoyitos o masajeando la raja de su increíble culo.

    El peligro de correrme enseguida volvió a ser inminente, pero mi hermana ─aquella noche toda una caja de sorpresas─ volvió a darse cuenta y reaccionó con sabiduría. «Ponte boca arriba», me dijo bajito al oido, «que te voy a chupar la polla como nunca te la han chupado».

    Le hice caso, recordándole también al oído que «tus deseos son órdenes para mí, cariño». Al poco sentí su lengua en mi glande, recorriendo muy despacio todo su perímetro, y poco después noté en mi polla sus labios y el interior de su boca. Por un momento me la soltó para decirme «chico, pero si no me cabe en la boca de lo gorda que es», pero yo la cogí de la nuca e hice que se la metiera otra vez al tiempo que le daba un buen empujón hacia dentro. «¿Ves, Anita? ¿Ves como si te cabe» Chupa… chupa… que lo haces divinamente». A medida que se fue familiarizando con su grosor y largura sus chupadas eran más succionantes, más intensas, y ambos sabíamos que de un momento a otro mi semen saldría disparado. Pero mi hermanita, adelantándose de nuevo a los acontecimientos, me tranquilizó: «No te preocupes Carlos. No tienes que sacarla. Córrete en mi boca. Seguro que tu leche no me da asco». Y, ciertamente, no le dio asco alguno. Se le atragantó un poco por la gran cantidad y la fuerza con que la leche llegó a su garganta, pero se la tragó todita, sin perder ni una sola gota ni rechistar lo más mínimo; luego, ya más relajados, se dedicó a limpiarme el glande con su cariñosa y juguetona lengua.

    Minutos después nos tumbamos boca arriba para relajarnos y tomarnos un respiro. Mientras mirábamos al techo, pensativos y callados, seguro que por nuestras mentes pasaba el mismo pensamiento: ¡Lo que nos hemos perdido durante tanto tiempo!

    Una vez más, Anita quiso tomar la iniciativa,,,

    ─Bueno, Carlos, ahora a dormir que ya está bien por esta noche y estamos bastante cansados.

    Creo que no dijo eso con demasiado convencimiento, pero desde luego yo no estaba dispuesto a contentarme con la corrida en su boca. Quería más, mucho más…

    ─De eso nada, monada. La noche es joven. Para una vez que nos decidimos no lo vamos a dejar aquí…

    ─¿No decías que mis deseos eran órdenes para ti?

    ─Espera. Voy a tratar de adivinar cuáles son tus auténticos deseos…

    Nada más decirle esto, empecé a besarle suavemente sus pechos, a mordisquear con mis labios sus pezones, que cada vez se hacían más erectos y voluminosos. Sus gemidos de placer fueron volviéndose bastante sonoros, y ya ni siquiera podía evitar dedicarme algunas frases que estimulaban mi hombría: «¡Sí, Carlos, sigue, sigue!… ¡Me estás matando!... ¡Me vuelves loca!... ¡Como me pones! … ¡Voy a correrme ahora mismo!» A veces se agarraba los pechos con las manos y me los metía en mi boca, luego me apretaba la cabeza contra sí como para que no se me escaparan, para que no cesara de chuparlos frenéticamente. Pero mi intención no era quedarme todo el rato en sus tetas. Anita tenía otras cosas que ofrecerme. Así que fui bajando, dándole besitos en su vientre, y poco después en su pelo pºbico y en sus ingles. Retrasa aposta mi desembarco en su coño. Eso la calentaba aºn más. A veces ella misma trataba de llevar su vulva hasta mi lengua, pero yo declinaba su ofrecimiento. Anita no tenía demasiado claro lo que sucedía. Tal vez pensó que a mí si que me daba asco su coñito… pero pronto le despejé las dudas. Mi lengua trabajó su clítoris con oficio, con paciencia, recreándose, y acabó entrando también en su encharcado coño. Su sexo se abría por efecto del cosquilleo de mi lengua que, ni corta ni perezosa, chapoteaba sin parar con sus líquidos vaginales. Anita estaba como transportada a un paraíso. Se corría una y otra vez. Su cabeza iba de un lado a otro como flotando, y por fin se rindió al llamado de su naturaleza sexual:

    «¡Fóllame, cabrón, fóllame!... ¡Ya no aguanto más!... ¡Hazme tuya!... ¡Déjame sentir que soy tu esposa y que esta es mi noche de boda!», decía de manera atropellada y delirante, casi como si estuviera drogada…

    «No me lo pedirás dos veces», le dije mientras me agarraba la polla y la dirigía a su coño, cuando de pronto me interrumpió bruscamente: «¡Por ahí no, cabronazo! ¡Fóllame el culo! Sé que me lo vas a destrozar con esa polla tan gorda, pero lo prefiero a que me embaraces. Hazlo, mamón, hazlo… ¡rómpemelo!»

    Ver para creer… El culo con el que tanto había soñado tiempo atrás ya estaba a mi disposición, preparado para recibirme. Mi hermana se había puesto a cuatro patas y me pedía a gritos que se la metiera. Yo mojé mis dedos en sus líquidos vaginales y embadurné con ellos su ano y mi glande. La acerqué un poco al borde de la cama y, ella a cuatro y yo de pie, avancé hasta que la punta de mi polla quedó frente al pequeño orificio, El contacto con él me enloqueció y, empujando fieramente, introduje un buen trozo en su ano, incluso con escasa dificultad y aparentemente sin causarle dolor, pero la verdad es que Anita movía sus nalgas convulsivamente, como queriendo desalojarlo de su aposento, aunque sólo conseguía que le entrara más y mejor. Acto seguido me arqueé sobre ella, la agarré entre mis brazos y ataqué con fuerza hasta que mis testículos chocaron contra sus carnes y los cachetes de sus nalgas estuvieron junto a mi vientre. ¡Fue como si alcanzara los cielos! El cuerpo desnudo y tembloroso de Anita estaba literalmente comprimido contra el mío, y mi polla se hallaba escondida dentro de sus carnes, en su culo, solazándome con el calor de su interior. Paralelamente mis manos atenazaban y comprimían sus pechos palpitantes, tan convenientemente colocados en esta posición para darme deleite. ¡Aquello era el paraíso!

    Pero lo mejor estaba por venir. Sucedió cuando deslicé mi mano hacia el coño de Anita, cosquilleando su clítoris. El efecto fue automático. Mi hermana se pegó salvajemente a mí, presa de tumultuosos estremecimientos y temblores que le impedían articular palabra. No pudiendo resistir más y, tras un ciclón de vaivenes de su parte, mezclados con los violentos empujones de mi polla, me corrí locamente en su interior, inundando su culo con mi hirviente leche. Cuando sintió mi descarga, su coño buscó ansiosamente mis dedos al tiempo que la sacudía un violento espasmo y, con un extraño e indefinido grito, se vino abundantemente sobre mi mano, con la cabeza caída hacia delante y con el conocimiento semiperdido a causa del éxtasis.

    Fue un fin de semana apoteósico y que afortunadamente conservo nítido en mi memoria. Creo que nunca lo olvidaré. Perdí la cuenta de la cantidad de veces que lo hicimos. Ya el domingo incluso me la follaba vaginalmente, porque mi hermana al parecer encontró una píldora anticonceptiva ─o al menos eso dijo─ en alguna instancia de la casa. Lo malo fue que ese mismo domingo Anita me lo dejó bien clarito:

    «Carlos, la tormenta ya pasó… Esto que ha sucedido no se volverá a repetir. A partir de ahora volveremos a ser hermanos, y nada más. No quiero convertirme en tu amante. Será nuestro secreto mejor guardado, algo que hemos disfrutado juntos y que no olvidaremos».

    Y así ha sido. Ya ni siquiera se pasea con poca ropa por la casa. Huye de mí como el gato del agua, pero yo no pierdo la esperanza. Puede que algºn día aparezca otra tormenta como aquella y tal vez se repita la historia…

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  3. #2
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    Predeterminado Re: mi hermana placer de dioses

    Excelente aporte! muy buen relato!

  4. #3
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    Predeterminado Re: mi hermana placer de dioses

    esta muy bien tu relato se agradece
    NOO ESTABA MUERTO ANDABA DE PARRANDA

  5. #4
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    Predeterminado Re: mi hermana placer de dioses

    megusta mucho, esta pígina es genial, un saludo a toda la gente

  6. #5
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    Predeterminado Re: mi hermana placer de dioses

    [quote=crash777;517737]Desde mi cuarto no pude escuchar demasiado
    jeje esta buenisimo
    gracias por esto

  7. #6
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    Predeterminado Re: mi hermana placer de dioses

    yo quiero tener una hermana asi

  8. #7
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    Predeterminado Re: mi hermana placer de dioses

    una hermana o una diosa, buen relato...

  9. #8
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    Predeterminado Re: mi hermana placer de dioses

    buen relato

  10. #9
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    Predeterminado Re: mi hermana placer de dioses

    Buen aporte!

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